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Negreros, de Salvador García Castañeda

Negreros, de Salvador García Castañeda

La historia oficial del siglo XIX español suele presentarse bajo el barniz del éxito comercial, la filantropía y el progreso industrial. Sin embargo, los cimientos de esa modernidad albergan un legado incómodo y sangriento: el de la trata de seres humanos.

En Zenda ofrecemos las primeras páginas de Negreros (El Desvelo), de Salvador García Castañeda.

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A partir de la segunda mitad del siglo XVII la prosperidad de Santander se basaba en la exportación a América de las harinas castellanas, y se manifestó en nuevas fábricas y casas de comercio y en una flota mercante que ya en 1800 contaba con más de treinta barcos. En 1817 ya era un puerto negrero del que periódicamente salían barcos dedicados a la trata que hacían el viaje triangular desde España cargados de mercancías diversas que cambiaban por esclavos en África, y desde allí rendían viaje en Cuba.

Cádiz destacaba por su actividad negrera a finales del XVIII y principios del XIX, Santander poco después y Barcelona comenzó su ascendente dedicación a la trata hacia los años 20.

En «Los últimos corsarios armados en Santander (1797-1825)», mencionaba Fernando Barreda nada menos que cuarenta y ocho barcos armados en corso entre bergantines, goletas, corbetas y fragatas de los que hace una descripción en ocasiones detallada (con nombres del propietario y del capitán, datos sobre la tripulación, matrícula, armamento y tonelaje, y algunos otros particulares). Y en «La trata desde el puerto de Santander» enumeraba quince barcos negreros de características semejantes. Entre los documentos referentes al comercio marítimo de esta ciudad entre 1750 y 1810 halló varios referentes a la trata de negros, entre ellos, contratos entre los armadores y las tripulaciones de los barcos que salían de Santander a la costa de África. Menciona quince embarcaciones negreras de la matrícula de Santander cuyo tonelaje oscilaba, entre las menores, como las goletas María Josefa de Ereño, de 90 toneladas, y Palafox, de 112; y las mayores, como las corbetas San Fernando, de 433 toneladas, y Flora, de 434. La Minerva, de entre 300 y 350 toneladas, emprendió viaje el 8 de abril de 1816 desde Santander a La Habana con escala en la costa de África.

A los barcos españoles se les concedía una Real Patente, y algunas lo eran de corso y mercancía, para dedicarse al tráfico de negros. La fragata Rita llevaba una dotación de cincuenta y cinco hombres, y su Real Patente, expedida en abril de 1817 por el Secretario de Estado D. José León y Pizarro, especificaba que era para dirigirse «a la costa de África a la compra de negros y conducirlos desde allí al Callao de Lima, Guayaquil u otro cualquiera puerto de la América meridional». Barreda da en «Apéndice» la «Contrata de sueldos del capitán y la tripulación de la goleta Mulata, firmada en Santander el 18 de febrero de 1815» y la de otros barcos. José Antonio Piqueras señala que en 1819 salieron de Santander para la costa de África el Nuevo pájaro y el bergantín Timoleón y, entre 1815 y 1820, fue el punto de partida de diecisiete barcos negreros. En «Un marino» (Escenas montañesas) recordaba José María de Pereda que en sus tiempos de estudiante en el Instituto «había para desternillarse de risa» cuando escuchaba a los admirados jóvenes pilotos contar sus aventuras y viajes a lejanos países «como la costa de África, adonde iban algunos, o Sierra Leona, adonde los llevaban los cruceros ingleses». Aparte de estos artículos de Fernando Barreda no parece que haya habido más estudios sobre la trata de esclavos relacionados con el puerto de Santander o con los montañeses que la ejercieron. Pero aunque el tráfico negrero de los españoles estuvo principalmente en manos de catalanes y de vascongados, los trabajos publicados en nuestros días han dado a conocer la gran participación que tuvieron los montañeses en la trata, y que algunos de ellos fueron de los esclavistas más destacados del siglo XIX.

Cádiz fue uno de los núcleos españoles de la trata más importantes en el XVIII pues su bahía, situada en la encrucijada de Europa, África y América reunía las mejores condiciones para la trata clandestina. A partir de 1830 hasta la prohibición del comercio transatlántico de esclavos en 1866, su puerto fue el principal de toda Europa para aquel comercio. En 1817, Santander se consideraba un puerto negrero del que periódicamente salían barcos dedicados a la trata, el de Barcelona lo era ya en los años 20 y más aún en los 30, y el de Cádiz tenía la importancia de ser puerto de salida o de parada para aprovisionamiento. En los años 30 la mayoría de las expediciones negreras hispanas salía de Cuba, de donde se exportaban mercancías para África.

En Voyages. The Trans-Atlantic Slave Trade Database, José Antonio Piqueras reúne información sobre 36.000 viajes negreros entre 1501 y 1875. Si nos limitamos al siglo XIX la etapa de comerciar con esclavos legalmente duró hasta 1820 cuando el Tratado bilateral España-Gran Bretaña de 1817, que se complementaría en 1820, declaró ilegal la trata de esclavos en todo el mundo. Fue ratificado en 1835 pero el comercio transatlántico de esclavos continuó mientras fue posible y, entre 1850 y 1866, Cuba fue el mayor receptor de negros hasta este último año en que el Real Decreto del 7 de octubre abolió la esclavitud en la isla aunque el inicio de la primera guerra cubana de independencia en 1868 supuso la paralización definitiva del comercio clandestino de esclavos.

Se consideraba «negreros» tanto a quienes compraban esclavos en el Nuevo Mundo como a quienes los poseían, y comprendía así «a quienes disponen de una propiedad amparada por las leyes, promovida por la Corona y aceptada en la metrópoli como una de las actividades respetables y más lucrativas que podían hallarse». Financiaban aquellas expediciones muchos empresarios, comerciantes y navieros tanto en Europa como en América que participaban en la trata asociándose para adquirir un barco, equiparle y comprar los negros, con discreción y sin exponerse personalmente. Ya fueran católicos o protestantes, no había conflicto entre sus escrúpulos morales y aquel negocio pues era una creencia extendida que los negros eran ganados así para el cristianismo y que tendrían mejor vida en América que en su propio país. Sus ganancias permitieron a los inversores, tanto en la trata como en las plantaciones, llegar a ser banqueros, y en Cuba hubo una especie de «esclavismo popular» en el que se invitaba a los migrantes y a los criollos a multiplicar sus ahorros en un negocio con grandes y rápidos beneficios.

En España, la real cédula de 1789 que autorizaba la libertad de la trata muestra la influencia que tenían en Madrid los hacendados cubanos, cuyos planes coincidían con los del Gobierno. Entre 1789 y 1821, llegaron a Cuba 342.000 esclavos en más de dos mil barcos negreros. La posesión de esclavos se mantuvo en las provincias españolas de Ultramar hasta 1886 pues para ello contaron con la complicidad de las autoridades españolas que se enriquecían con la venta de cargos, la distribución de favores y, sobre todo, con los porcentajes que recibían del comercio de esclavos.

Cuba y Puerto Rico no tenían los mismos derechos políticos que la Península, tanto por la diversa composición de su población como por ser la esclavitud legal en ellas, y estaban gobernadas directamente por el Capitán General, cuyos poderes llegaron a ser absolutos. Desde los años 20 la mayoría de los Capitanes Generales participaron de los beneficios de la trata pues recibían un tanto por cada africano desembarcado, y durante su mandato en Cuba Miguel Tacón (1834-1838) mantuvo una provechosa relación con un grupo de comerciantes peninsulares dueños de ingenios azucareros y de plantaciones de café, terratenientes y navieros, «la camarilla de Tacón», dedicados al comercio clandestino de esclavos. Este Capitán General acumuló así casi medio millón de pesos, y lo mismo hicieron otros, en especial, Leopoldo O’Donnell (1843-1848).

Cuando Jerónimo Valdés (1841-1843) denunció a la Regencia el tráfico de negros sufrió en 1841 una campaña de descrédito que culminó en su cese. Se le acusó de ceder a las intromisiones británicas y se pidió su sustitución inmediata en el mando de la isla. La campaña fue organizada en Cuba pero se dispuso que la acusación pareciera una iniciativa particular y la Diputación Provincial de Santander se prestó a hacerlo. Fernando Barreda ya dio a conocer esta Memoria que publica la Junta de Comercio de Santander (1842) que denunciaba entre otras cosas que el interés de los ingleses por acabar con la esclavitud en las colonias españolas no tenía el fin de «dar gusto al fanatismo de la secta abolicionista», sino hacerlas improductivas para entonces surtir ellos los mercados de Europa con sus productos de la India. Y denunciaba «el fanatismo repugnante a los progresos del siglo» que había en los dominios ingleses «a favor de los negros» y que la abolición no suponía el bienestar del esclavo pues con ella «pierde el derecho a ser alimentado, vestido y asistido en sus dolencias, y solo adquiere la facultad de entregarse al ocio característico de su raza, a la miseria que el ocio engendra, y al crimen que la miseria inspira». Tampoco consiguieron nada Juan de la Pezuela (diciembre 1853-septiembre 1854) ni Francisco Serrano (noviembre 1859-diciembre 1862), y cuando Domingo Dulce (1862-1866) estuvo de nuevo a cargo de la Capitanía General (enero 1869-junio 1869), al enfrentarse con el poderoso negrero Julián de Zulueta, que era socio y agente de la Reina Regente María Cristina, con Pancho Martí y con los O’Farril fue prácticamente expulsado de la isla. Es más, las dificultades puestas en el camino de los negreros aumentaban el precio del soborno a las autoridades y el de los esclavos.

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Autor: Salvador García Castañeda. Título: Negreros. Editorial: El Desvelo. Venta: Todos tus libros.

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