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No puede

En la terraza. Noche. Frío.

Bastante frío. Insensible.

Miras las luces del fondo de la calle, el azul y el rosa del night club, el verde del restaurante, la hilera amarilla de las farolas del barrio.

Estás casi desnuda, pero no notas el frío, no te importa el frío, no piensas en el frío.

Insensible.

No piensas.

A tu espalda queda un mundo que prefieres ignorar, justo ahora, después de disfrutarlo como un animal. No fumas, no te gusta fumar, aborreces fumar, pero tal vez ahora anhelas el gozo del humo malsano y diabólico en tus pulmones, esa sensación de autodestrucción y levitación que da la droga a los condenados.

¿No se trataba de eso?

Pero nada puede ser tan fácil.

En la cama ha quedado alguien, algo, que apenas conoces, que no conoces en absoluto, que mucho menos te conoce él, ese alguien, ese algo, a ti.

¿No se trataba de eso?

Conocer y no conocer. Cavidades habitadas por serpientes del bien, serpientes ignorantes enfundadas en sus mudas, pieles de pez, brillantes y escurridizas, hidrodinámicas.

Cavidades de paredes de roca, que se abren y se cierran a un ábrete-ciérrate sésamo, entre alaridos sofocados por la discreción de la comunidad. Serpientes del bien, cavidades, objetos cóncavos y convexos conectados a circuitos complejísimos, mucho más complejos que las luces azules, rosas, amarillas de la calle, incluso que el ocre del árbol otoñal que te está tocando, tímido, casi, la nariz.

Hueles.

Hay gotas que no son gotas. Su forma oblicua, acuchillada, inofensiva, las hace ser otra cosa. Te llegan en bandadas, numerosísimas.

Es un punteo musical.

Y tú casi desnuda, desnuda, en el universo del “casi”, pero no te habías dado cuenta. ¿No vamos desnudos por todas partes?

Tú no sabes quién eres, pero alguien, o algo, piensa por ti: “Tu ignorancia es hermosa”.

Pero nada puede ser tan fácil.

Acabas de hacer el amor. Subidas y bajadas de una cumbre que creemos inmensa, inalcanzable, una hazaña, y no es más que el montículo en el que juega un niño con sus amigos, a la guerra.

Pitan de abajo. El coche en segunda fila. Pitan y pitan. ¿Por qué tanto odio? ¿Por qué somos tan impacientes? Piensas que tú eres una gran impaciente, y llevas toda tu puta vida esperando.

¿Puta vida?

Nada puede ser tan fácil.

En el momento de la cumbre abismal eres diosa, tocada por alas de ángel y coronas de emperatriz, laureles de hojas otoñales, ocres. Resplandeces.

Terminado el amor, ¿amor?, la diosa se ve rodeada de plumas de gallinero, las hojas de laurel otoñal están mojadas del guiso de los domingos. La luz que te hizo diosa se escondió en su linterna, la cavidad cerrada de paredes rugosas y deslizantes, el tobogán clausurado. La luz. ¿Cómo te pudo engañar?

La luz.

Te encuentras deseando, acodada en la terraza, mirando los edificios, los que ves y los que no ves, el asfalto que adoras, oliendo el ronquido de los semáforos, oyendo la humedad gris de esta ciudad que tanto amas y que tan bien te trata y te maltrata, beso y patada, te encuentras deseando que sea él el de la segunda fila, que aparezca la grúa y se lo lleve al depósito, y que te deje en paz. Al depósito de los amantes egoístas, insatisfactorios…

Humanos.

La impaciencia. La vida esperando.

Nada puede ser tan fácil.

Y te encuentras, porque eres cruel, aunque no demasiado, te encuentras comparando esta vez con todas las otras. Tienes una memoria prodigiosa. Éste y todos los polvos anteriores. Este hacer el amor, ¿se decía así?, con todos los anteriores.

Pero no piensas.

Hacer el amor. Es divertido. Piensas, si pudieras pensar con estas gotas oblicuas convertidas en diminutos proyectiles que te recuerdan cuál es tu realidad, que estás desnuda, casi desnuda, y que estás muy harta de tenerlo todo tan claro y de que la Tierra gire de una forma tan ambigua.

Tan humana.

El olor de los semáforos, la rugosidad de un claxon, insistente, escandaloso, reclamando sus derechos. Todos tenemos derechos.

Hacer el amor en una ciudad de otoño, mientras el país duerme, grita, baila, bebe, se droga, también hace el amor, la ciudad, un amor polvoriento, a veces limpio y veloz como una Harley Davidson de sueño. Sus alas. Mientras el país, por qué no, duerme.

Piensas, porque tienes una vena, tranquila y en tensión, masoquista e incisiva, piensas en eso de hacer el amor. Es gracioso, si el amor se pudiera hacer tan fácilmente la gente no viviría tan desgraciada. El amor como un producto, y luego el marketing…

El marketing del amor, las fábricas de hacer el amor, las tiendas que lo venden, con sus laureles de hojas otoñales, sus alas de diosa, plumas de espejismo…

Comerciales del amor, expositorios del amor, campañas publicitarias, congresos, convenciones del amor.

Pero no puede ser tan fácil.

Las aficiones de los equipos de fútbol pegan botes y bengalas en su escondite. Hay un precio para cada traición. El guardia de tráfico ha olvidado su silbato en casa. El Norte, el Sur, el Oeste y el Este se quedaron jugando al Risk en su mapa.

La lluvia te acaricia la frente, rema en tus ojos, se derrama en tu boca, hacia dentro, siempre hacia dentro. Porque todo lo llevamos hacia dentro, ya lo comprendes, tan lúcida.

El árbol que nace del asfalto y parece conducir los pitidos heroicos del vecino cabreado te hace señas desde su altura impotente.

Las gotas te dan la espalda, el punteo de las gotas. Ya eres un instrumento musical, pero el mejor piano del mundo nunca podrá tocarse a sí mismo.

Piensas y no piensas. Casi desnuda, desnuda.

Estás sola, con un desconocido en tu cama, las sábanas que fueron llamas, querido fuego, azufre dormido, inútil, ahora.

Miras a través de los cristales, los traspasas mientras reconstruyes tu reflejo. Hay algo, o alguien, por qué no una sombra, delante de otro espejo. Una luz blanca, del color de la ceniza cuando ya no puede dar más de sí, doblemente ceniza. Tic-tac-tic-tac. Un sonido irreproducible, cada día distinto, cada vez distinto. Un oleaje cortado, un oleaje de diminutas cuchillas de afeitar restregando un quiero y no puedo. Una marea que bate y rasura las profundidades.

Algo, o alguien, está intentando imaginarte, edificarte como se sopla el vidrio.

Pobre intérprete, pobre artífice de las pompas transparentes.

Alguien o algo está trazando las verdes y hondas curvas de tu cuerpo, buscando tu misterio de desnudez, casi desnuda, tu no-misterio, la resolución de todos los enigmas, inventándose el ombligo que no conoce, que tal vez no existe, porque nada que verdaderamente merezca la pena existe, tú lo sabes.

Sí, hay que inventarlo.

Como se sopla el vidrio, sin mover los labios.

Pero no puede ser tan fácil.

No puede.

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