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Para sobreponernos al desastre

La vida privada de los escritores

No me parece raro que, ahora que se ha muerto, se difundan ciertos escritos más bien personales de Juan Marsé —Notas para unas memorias que nunca escribiré (Lumen)—, pero sí me sorprende que fuese él mismo quien decidiera su publicación y hasta llegara a completar las correcciones pertinentes. No se trata de que en esos apuntes suyos —en realidad, entradas de un diario la mayoría, anotaciones aisladas en libretas el resto— incurra en observaciones, vamos a decir, controvertidas sobre colegas de oficio, porque a estas alturas, y después de tantas declaraciones públicas, nadie espera la menor corrección política por parte de Marsé; se trata, más bien, de que ni en sus glosas literarias o políticas ni en sus apuntes netamente privados se dejan ver los deslumbramientos de la prosa que lo ha convertido en uno de los autores imprescindibles de nuestras letras. Aunque no lo considere una buena práctica, sí encuentro normal que los herederos de un autor se apresuren a dar a imprenta cuantos textos éste dejó inéditos, por intrascendentes y hasta vulgares que resulten: a la voluntad crematística, que es legítima, acaso se una la convicción de que esas palabras tendrán algún valor póstumo en tanto que aportan conocimiento sobre el oficio o la privacidad de quien optó por mantenerlas confinadas en su esfera más íntima. Si bien lo ético sería mantener a salvo esos documentos, o hasta deshacerse de ellos, como muestra de respeto hacia quien los pergeñó y ya no puede mantenerlos ocultos, tampoco reviste especial importancia el hecho de que salgan a la luz, puesto que aquél que podría sentirse dolido o perjudicado por su publicación ya no está para verlo ni sentirlo. Es cierto, además, que en algún que otro caso hemos descubierto no pocas voces que hoy consideramos indispensables —pienso ahora mismo en Kafka, o en Pessoa— gracias precisamente a que sus deudos desobedecieron o ignoraron las instrucciones que ellos mismos habían dado y permitieron así que todos conociéramos aquello de lo que hasta entonces sólo sabían unos pocos, si no únicamente sus artífices. El caso de Marsé, como digo, es bien distinto: fue él quien quiso que los lectores tuvieran ante sus ojos esas líneas, acaso por un interés puramente crematístico —lo cual, insisto, no sería en ningún modo censurable— o quizá porque él mismo, que no sale precisamente bien parado en algunos pasajes, quiso a última hora convertirse en un personaje más de su propia obra, como aquéllos a los que tanto había diseccionado en esas novelas cuyos títulos figuran hoy con letras de oro en el canon de la literatura española contemporánea. Curiosamente, el ardid lo humaniza y nos arroja a un Marsé tan de andar por casa que a veces incluso causa cierto pudor espiar en diferido sus andanzas domésticas, sus rutinas cotidianas, sus lamentos y sus nostalgias. Las hijuelas que, al cabo de un año, van jalonando este relato particular de la vida privada de un escritor que, como ocurre siempre, desmitifica esa aura que rodea a quienes dedican sus días a la creación artística en cualquiera de sus facetas. El Marsé que apuntó estas notas con vistas a unas memorias que no pensaba escribir nunca es un Marsé que, cuando no andaba metido en sus novelas, se comportaba exactamente igual que cualquier otro hombre de su lugar y de su tiempo y tenía vicios y virtudes similares a las de cualquiera de sus semejantes. Que tuviera la valentía de exponer ante todos sus filias, sus fobias, sus arrebatos de lucidez y sus contradicciones no deja de decir algo bueno acerca de su valentía, por mucho que algunos lectores tuerzan el gesto ante tanta humanidad desaforada. No hay muchos escritores que se presten a autorretratarse para la posteridad tal y como fueron y no como los inmaculados seres de luz a los que querrían que el mundo recordase.

Elogio de una posdata

"No hay muchos escritores que se presten a autorretratarse para la posteridad tal y como fueron"

Alguna vez, antes de publicar una cita en Twitter, he procurado consultar distintas fuentes para asegurarme de su exactitud, hasta el punto de sorprenderme cotejando si la puntuación de mi transcripción se correspondía exactamente con la del original. Justifican esa especie de manía dos razones: la primera, y fundamental, es mi respeto por la literalidad cuando de reflejar textos ajenos se trata; la segunda sólo se da de vez en cuando y tiene que ver con el temor a que alguien me pille en un renuncio, salte con que la cita no es exactamente así y la cuestión desemboque en una de esas discusiones larguísimas y estériles que inevitablemente conducen al silenciamiento o el bloqueo. Por eso leo con especial simpatía el apartado que Javier Marías ha colocado al final de su Tomás Nevinson (Alfaguara) —la novela es magnífica, pero eso ya lo ha dicho todo el mundo, o casi— para consignar las referencias, unas veces literales y otras parafraseadas, que desfilan a lo largo de sus casi setecientas páginas. «Como el mundo se ha llenado de detectives quisquillosos e incultos —con Internet no hace falta haber leído para detectar citas o «apropiaciones»—, más me vale consignar las que aparecen en este libro, según mi honrado saber», empieza señalando. Luego se demora en una larga enumeración de autorías, indicando en cada caso si su presencia en la novela se sustancia en menciones textuales o en glosas más o menos libres, y da por cerrada la cuestión con un par de frases ante las que no puedo hacer más que sonreír: «Con esto espero no dejarme nada. Y si algo me dejo, qué se le va a hacer». Ganas me dan de coger en propiedad esas palabras, debida o indebidamente, y fijarlas en mi perfil de Twitter. O al menos de copiarlas y guardarlas en algún cajón, indicando a quien corresponda que, cuando llegue el momento (toco madera), alguien se ocupe de grabarlas en mi tumba a modo de epitafio.

Ventanas cerradas

"Al igual que sus vecinos, y que todos o la gran mayoría de cuantos habitamos esta calle, salíamos a cumplir con aquel aplauso de las ocho"

Llegan a mis oídos unas voces procedentes de la calle y me asomo al balcón a ver qué pasa. No consigo averiguar de dónde procede la riña —son dos hombres, parecen soliviantados; deben de estar discutiendo en la esquina de mi calle con la avenida colindante, fuera de mi campo visual— y de pronto reparo en las ventanas del edificio de enfrente. Todas están cerradas y la mayoría tienen las persianas a medio bajar. Sólo en uno de los pisos, el tercero, se ven luces en dos de sus estancias. Una es el salón, donde una mujer se enfrasca en la lectura de lo que parece ser una revista. La contigua puede ser tanto un dormitorio como una sala de estar secundaria, y en ella juegan, despreocupados, un hombre y un niño que debe de tener cinco o seis años. Los conozco porque hace ahora justo un año los veía asomarse cada tarde, más o menos a esta hora. Al igual que sus vecinos, y que todos o la gran mayoría de cuantos habitamos esta calle, salíamos a cumplir con aquel aplauso de las ocho que era una forma de homenajear a las personas cuyos trabajo y esfuerzo y tesón permitían que los demás pudiéramos seguir en nuestras casas, a salvo de contagios. Pero también lo hacíamos porque, después de pasar unas cuantas horas encerrados en nuestros dormitorios, en nuestros salones, en los cuartos que habíamos tenido que habilitar para continuar desarrollando a diario las labores que nos procuraban ocupación y sustento, aquél era un modo de recordarnos que seguíamos cerca unos de otros, que la soledad impuesta por una circunstancia inverosímil era algo provisional y pasajero, que no dejábamos de estar juntos aunque nos sintiéramos tan lejos. En aquellas tardes —que fueron muchas al final, casi cincuenta, yo no fui consciente de la exageración hasta el primer día que se me permitió salir a la calle y me acerqué a ver el mar y todo lo vivido en los meses que quedaban atrás se me asemejó mucho a un mal sueño— me fui fijando en aquellas personas que vivían a unos pocos pasos de mí y de las que no sabía absolutamente nada. Había una señora mayor que, en el primero, se asomaba mucho antes de que lo hiciéramos el resto, debía de vivir sola y probablemente era aquélla la única socialización que podía permitirse en aquel periodo confinado. Estaba la familia del tercero —la madre, el padre y el niño—, que escenificaban una especie de fiesta con la intención de que su criatura no se entristeciera, o no más de lo que lo deprimiría de por sí la situación. Había en el quinto, casi en la esquina ya con la avenida, una mujer de edad mediana que se mostraba siempre seria y hasta aburrida, igual que si estuviese ante un trámite más de los que se obligaba a sí misma a cumplimentar durante el día, a fin de no sucumbir ante la pesadumbre. Del matrimonio del cuarto supimos que ella era enfermera y que se desplazaba a trabajar todas las mañanas al ambulatorio del barrio: nos hablaba, de ventana a ventana, de personas que entraban con síntomas fatales y de otras que los tenían más llevaderos. Había más gente a la que observaba de refilón en los edificios contiguos: un grupo de bohemios que se juntaban en la azotea para dar vivas y bravos a cuanto los rodease —no debían de sufrir mucho el encierro ellos, eran ocho o diez y convivían en lo que casi parecía un piso franco, era la suya una fiesta perpetua— y uno o dos portales más allá una pareja solía colocar en la cornisa unos altavoces que nos amenizaban el trance con el consabido «Resistiré» —creo que nunca he cogido tanta tirria a una canción, si acaso a algún viejo éxito de Alejandro Sanz— antes de replegarnos a nuestros aposentos. También aquello se convirtió en costumbre y acabó perdiendo luz y fuelle y magia, pero en los primeros días —cuando algunos optimistas confiaban en que el enclaustramiento durara sólo dos semanas, un mes a lo sumo, y era fácil creerse aquellos lemas bienintencionados que vaticinaban que de ésta todos saldríamos mejores— soplaba en mi calle, a las ocho de la tarde, un aire fresco de solidaridad compartida que no he vuelto a respirar y del que sólo alcanzo a evocar un suave aroma ahora que, al asomarme al balcón, veo cerradas las ventanas que se abrían puntualmente entonces y me pregunto qué habrá sido de las personas que hace un año poblaban sus interiores y que, como yo, salían y miraban a los ojos a quienes los rodeaban y, sin necesidad de decir nada, expresaban con esa mirada y ese aplauso su desconcierto ante un mundo que de repente no era nuestro, ante un porvenir que se antojaba inexistente, ante el destierro invertido que nos expulsaba de las calles, ante un presente que carecía de sentido porque se revelaba desprovisto de futuro. Sin saber muy bien por qué —estamos ahora mejor que entonces, aunque sigamos estando mal—, echo de menos ese instante fugaz en el que las miraba y encontraba en sus rostros la nostalgia de las costumbres abolidas, pero también el anhelo feroz de reanudar la vida que se nos había quedado interrumpida. La certeza de que sólo apoyándonos los unos en los otros alcanzaríamos la dignidad suficiente para sobreponernos al desastre.

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