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El perro de la guerra

Casi sesenta años después vuelvo a tener en las manos Hazañas bélicas, de las primeras series publicadas en los años 50 y todavía ilustradas por el gran Boixcar: una colección mítica de tebeos infantiles que cualquier veterano de mi generación conoce bien. Un amigo lector me ha hecho llegar varios números antiguos, de los que aún no llevaban a la izquierda de sus clásicas portadas de formato apaisado la imagen, tan característica, del soldado de aspecto fatigado, tramado en verde, con casco de acero y ametralladora Thompson.

Aquella colección de episodios bélicos, leidísimos entre los chicos de entonces y también por numerosos adultos, fue incluso más popular que El guerrero del antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín, El capitán Trueno y El Jabato. Sus historietas, dibujadas primero por Boixcar y luego por su hermano, que firmaba Boix, y por artistas como Vicente Farrés y Alan Doyer, se centraron principalmente en la Segunda Guerra Mundial, y en menor medida en la de Indochina y la de Corea. Pero los números que hoy tengo delante, de la serie primitiva, poseen una particularidad especial, un puntito de morbo extra, pues son historietas de la División Azul en Rusia, de ésas que poco a poco fueron escaseando hasta desaparecer por completo cuando el régimen franquista prefirió que sus nuevos amigos los Estados Unidos, con los que estaba en plena luna de miel, olvidaran aquellos otros viejos tiempos del cuplé.

Supongo que hoy resulta difícil, por muchas y complejas razones, hacerse idea de lo que significaron esos tebeos para los niños de entonces. Su enorme influencia y las horas de lectura y juegos derivados que suscitaron. Dibujábamos a hurtadillas soldados y tanques en el cole, jugábamos a la guerra con los amigos, poníamos el rostro del mal a los siniestros comisarios soviéticos o a los diabólicos oficiales comunistas coreanos. La edad y la vida fueron situando las cosas en su sitio, y ahora, a sesenta o setenta años de aquello, la lectura de Hazañas bélicas hace sonreír con sus tramas ingenuas, buenistas y parciales tan propias de la época, con su anticomunismo radical, con su pacifismo tontorrón y cursi basado, paradójicamente, en el militarismo entonces al uso. Y todo eso me parece rodeado de un halo de tristeza añadida al considerar lo que entonces ignorábamos: que Guillermo Sánchez Boix, el genial Boixcar, guionista e ilustrador de aquellos primeros episodios, había combatido por la República y regresado a España desde un campo de concentración en Francia.

Fui, como mis compañeros de colegio y otros chicos de mi tiempo, seguidor de Hazañas bélicas, cuyos números se deshacían en casa de tanto sobarlos mis amigos y yo. Pero es que, además, puedo rastrear en ellos apuntes personales que, vistos y recordados ahora, me hacen sonreír. Como el premonitorio corresponsal de guerra Donald Bell, personaje del guionista Alex Simmons y el ilustrador Vicente Farrés. O como la noche en que, sin sospechar siquiera situaciones que se darían muchos años más tarde, realicé la primera incursión de comandos de mi vida.

No puedo evitar reírme, al recordar. Yo tenía nueve años, jugaba con mis amigos, y la chacha Pepita –escribo deliberadamente chacha, y nada más cariñoso que esa vieja y entrañable palabra doméstica– me había cosido una capucha de trapo con agujeros para los ojos; y al pasar así enmascarado ante la casa de un vecino que se apellidaba Forné o algo parecido, lo oí decir a su mujer: «Ese niño es tonto». Gravemente ofendido en mi honra infantil, lector apasionado de Hazañas bélicas como era, decidí tomar cumplida venganza del agravio recurriendo a bélicas maneras. Así que muy shakespearianamente –aunque todavía ignoraba quién diablos era Shakespeare–, decidí gritar ¡devastación! y soltar los perros de la guerra. Vivía en un lugar de Cartagena, el Valle de Escombreras, donde los niños de ambos sexos nos movíamos con una libertad que hoy resulta inimaginable. Así que esa misma noche me vestí con ropa oscura, me tizné la cara con un tapón de corcho quemado, me ceñí a la cintura mi puñal de comando de plástico y, mientras mi amigo Antoñito Rafael Lorente Muñoz vigilaba afuera equipado de la misma guisa, me introduje sigiloso en el jardín del vecino arrastrándome por las tapias, y al amparo de las sombras le vacié sistemáticamente en el suelo al señor Forné, arruinándoselas una tras otra, todas las putas macetas del jardín. Después me arrastré en retirada con la satisfacción del deber cumplido. Y al dejarme caer al otro lado de la tapia me sentía –lo juro por la memoria de Boixcar– como si acabara de volar los cañones de Navarone.

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Publicado el 16 de octubre de 2021 en XL Semanal.

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ricarrob
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1 mes hace

No había internet, ni guasap, ni consolas, ni videojuegos. Por no haber, casi ni había televisión. Pero había lecturas y había imaginación, creatividd infantil. Y nos lo pasábamos de p, m. inventando juegos, inventando historias y leyendo «Hazañas bélicas». Y era un poco subversivo aquel tebeo ya que todavía, socialmente, aunque no oficialmente, se admiraban las hazañas nazis y estudiábamos FEN con nota (hoy se estudia FEP, Formación del Espíritu Progre; hay cosas que no cambian nunca en esta piel de toro) . Que los héroes fueran los americanos y los ingleses , como digo, me parece ahora un tanto subversivo, dada la época. ¡Lamento mi colección, que perdí, y la recuerdo con verdadera nostalgia! Porque, un poco, somos los héroes y las hazañas que admiramos y que nos construyen y… los necesitamos. ¡Decadente una sociedad sin héroes, sin hazañas!

Bixen
Bixen
1 mes hace

Robar mazorcas y luego asarlas al fuego, sorteando perros ladradores y cartuchos de sal, mereció la pena. No por hambre, en mi caso, sino por la raza que de niño tenía dentro.

Basurillas
Basurillas
1 mes hace

«Realicé la primera incursión de comandos de mi vida». Dicho así parece que a esa «primera» incursión le siguieron otras del autor . En fin cada unos tendrá las suyas; como aquella de quien veía todas las tardes mas de quince coches de niños de papá aparcados en línea en lugar prohibido, obstaculizando gravemente la circulación de peatones y autobuses de transporte público, sólo por comodidad, pues el centro educativo a donde iban sus dueños tenía aparcamiento privado con cancela de seguridad. A pesar de frecuentes llamadas a la grua y consiguiente retirada de algunos vehículos, la práctica ilegal de aparcamiento seguía produciéndose tarde tras tarde; hasta que un día una pobre ancianita se cayó al subir al autobús intentando evitar los vehículos estacionados. La cosa terminó, según se cuenta, cuando algún ciudadano ejemplar montó su propia operación de comandos y roció con un spray rosa las carrocerías laterales de todos los coquetos vehículos mal aparcados con las, se supone, consecuentes molestias, pérdidas de tiempo y, tal vez, gastos de taller de chapa y pintura para sus dueños. Nunca más volvieron a producirse los estacionamientos incontrolados. En el barrio se agradeció muchísimo la actuación del ciudadano ejecutor. «Who dares wins», don Arturo, como decía el lema de los comandos británicos…

Federico Salmeron Alonso
Federico Salmeron Alonso
1 mes hace

A veces, y no son pocas, usted nos trae memorables situaciones vividas que andaban arrumbadas en los fondillos del cerebro.

jose v.
jose v.
1 mes hace

Uf… Me ha hecho sonreir don Arturo, yo también fui ávido lector de Hazañas Bélicas. Y cierto es que después escenificábamos las escenas: 2 bandos y a pedrada limpia, y de esa manera volvíamos a casa, con unos cuantos chichones pero con la satisfacción del deber cumplido al no haber dado un paso atrás. ¡Qué tiempos!

Alberto Peñaloza
Alberto Peñaloza
1 mes hace

Buena columna, bellos recuerdos y fantástica historia. Gracias, Don Arturo.

sepolvora
sepolvora
1 mes hace

JAJAJAJA!!! Pérez Reverte también fue terrorista 😮 Esta revelación aparecerá mañana en todos los medios de comunicación educados, o sea, mediocres. En cambio, todos los que también hicimos barrabasadas de niños, aunque sean inconfesables, estaremos, desde hoy, acuerpados. Mal de muchos…

Tono Conesa
Tono Conesa
1 mes hace

Me recuerda mucho a mi infancia!!!

Bixen
Bixen
1 mes hace

En la tienda ‘La Ramoni’, gallega ella, cambiábamos tebeos al 20% de su precio (un por dos quitando un cero, me aprendí), a condición de que el dejado fuese igual o más caro que el llevado. Si lo tenía muy sobado, esperaba a que estuviese su marido (también gallego), que era más condescendiente. Ella, un par de veces, sonriendo ambos, me lo cambió por uno NUEVO… de «Mortadelo y Filemón». Los de Julio Verne me eran intransferibles.

prop1
prop1
1 mes hace

Me he quedado con lo de la «chacha». Yo no tuve chacha. ¡Hay que ver la cantidad de escritores que han tenido chacha! Igual resulta que es una condición sine qua non: nacer en casa de buena familia, que puedas ir a la universidad e incluso jugar a la «resistence», que ya vendrá la parentela rica y/o influente a sacarte del apuro. De verdad, envidio a los que tuvieron chacha… y estudios.

Cartagenero
Cartagenero
1 mes hace
Responder a  prop1

No tuve «chacha» ni «familia influyente», ni tengo resentimiento alguno por ello, aunque sí estudié, es cuestión de esfuerzo. Yo también era ávido lector de Hazañas Bélicas y disfruté como lo que era: un niño.
Por cierto, cuando uno lee una historia debe quedarse con el todo no con la anécdota.

Última edición 1 mes hace por Cartagenero
prop1
prop1
1 mes hace
Responder a  Cartagenero

Creo que se ha cortado. Decía que yo también estudié, mientras trabajaba. Y los tebeos me los compraba, de niño, vendiendo cobre. Y he entendido perfectamente el contenido de la historia. Solo remarcaba la cantidad de gente de letras que viene de familia acomodada. Me hubiera gustado tener chacha y no tenerme que poner a currar antes de hora, sin cotizar, que así estaban los tiempos. Y antes de los 14, es decir, en negro. Pero había que ganarse la vida. Solo repito que envidio a los que tuvieron todo eso. No soy un resentido: cada uno nace en la familia que nace.

luios
luios
1 mes hace

Desde niño fui un ávido lector de todo lo que caía en mis manos ya fuera hazañas bélicas,los TBOS de bruguera,de vértice etc,etc. Tengo la sensación de que nuestra generación leía mucho más que la actual y que afortunada

luios
luios
1 mes hace

No teníamos aparato absorbe cerebros como se tiene ahora como consolas y teléfonos y nos dedicábamos a la lectura y juegos en la calle.Francamente…no cambio aquella infancia por la de ahora,a pesar que no teníamos prácticamente nada material pero si mucha imaginación y ganas de pasar las tardes con juegos,lecturas o haciendo alguna travesura.

luios
luios
1 mes hace

Por cierto me importa un carajo-con perdón-si el Reverte tuvo chacha o mayordomo,lo único que me interesa es que disfruto como un perro con un hueso con sus libros.Así que si me hace disfrutar me da igual que lo llevara al cole su chacha o la madre que lo pario en limusina

Última edición 1 mes hace por luios
Gustavo González
Gustavo González
1 mes hace

Gracias Don Arturo, llevarnos a la infancia y con esta calidad nos emociona !

Begoña
Begoña
9 ddís hace

Yo crecí leyendo las historias del Capitán Trueno y el Jabato y los cómics de Marvel.
Para poder comprar los números semanales , cuando salíamos del colegio mi hermano y yo , en vez de coger el autobús , íbamos andando a casa y así podíamos ahorrar las pesetillas que nos costaban los tebeos.
Todavía los guardo. Siempre he sido una ávida lectora y como los libros eran caros aprovechaba bibliotecas .
Buenos recuerdos.