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Poemas de «Madre», de Manuel Juliá

Poemas de «Madre», de Manuel Juliá

Manuel Juliá es escritor polifacético con amplia obra publicada. Dentro de ella, la poesía ocupa un lugar privilegiado. En Madre Juliá ha combinado la prosa y el verso para dedicar un libro entero a su madre. Así lo confiesa: Decidí de lo que iba a escribir, escribiría de ella. Aún no sabía ni la estructura ni el contenido, ni siquiera si sería un libro de poemas o una novela, pero tenía claro que escribiría sobre ella y que el libro se llamaría Madre, el más fiel título posible a mi texto, sin búsquedas ingeniosas, sin pretensiones culturalistas. Madre, lo que es, lo que era, lo que será si como dice Omar Jayyam al final nos espera la misericordia y no la nada. El posible contenido bullía en desorden dentro de mí, pero sabía que escribiría de lo que ella representa. Expresaría su bondad, el rasgo triunfador de su carácter. La vería como el símbolo de la maternidad no solo en lo minúsculo, lo individual, también en lo general o universal. No solo hablaría de mi madre, también lo haría de la madre del universo, de la madre de la vida. La madre como la más intensa fuerza del ser y la más hermosa expresión de la razón por la que el ser humano merece la pena. Con la idea clavada en mis dedos y en la última de mis neuronas llegué a casa y me puse a escribir sin parar salvo para dormir o comer. Y en poco tiempo, como aquellos hornazos y rosquillas que mi madre sacaba del horno de las panaderías, saqué Madre del horno de mi corazón. Madre es un libro de amor, porque si alguien puede levantar mejor que nadie la bandera del amor es una madre.

MI SOLEDAD, MI POEMA

Cierro los ojos y siento que no estoy solo. Veo a la muerte. Sostiene una luz en la lejanía y me acerco hasta ella esperando ver la eternidad, que es un viaje con mi padre en un camión destartalado cruzando los olivares de Jaén para llegar a un pueblo que aún no ha derruido la memoria. Llego hasta donde está la muerte y me dice que la siga. Observo que está vestida con harapos de recuerdos oscuros podridos en el alma, harapos de días y niebla iluminados por un sol oscuro que sale de sus ojos. La muerte me obliga a seguirla. Me atrevo a tocarla y percibo que se ha vuelto de repente una niebla dorada que sale de la cocina luminosa, donde mi madre está sentada mirando la nevera y el calendario. Mi madre me mira, me habla, me dice que hay una estrella azul en la camisa de las sombras, que hay una voz viajando por la oscuridad, una voz que me dice que en la muerte encontraré mi verdadera casa después de tantos siglos vagando sin saber adónde voy. Mi juventud, mi pelo gris, mi soledad, mi poema, mi palabra que llega a la muerte y olvida que navega por las aguas turbulentas de un sueño. Mi muerte que me habla cuando aún estoy vivo. Ese amor por ti que se desvive en el tiempo. Esa mirada que se queda quieta en los años. Ese amor que permanece siempre igual en la memoria. 

FOTOS DE UN ÁLBUM DE TERCIOPELO

Cuánto esfuerzo y cuántos días y cuántos años para llenar este álbum de años muertos. Días desperdigados como hebras de cortinas viejas. Tardes perdidas en la soledad. Patios y sombras. Sonrisas y manzanos. Ojos velados por la grisura del tiempo. Manos metidas en bolsillos de chaquetas tan viejas como el amor, que se resiste a huir por un pasillo negro que hay más allá, o más adentro del terciopelo. Cuánta muerte viva en sonrisas de mujeres que ya no están. Todas murieron y ya no pueden abrazarme y sujetarme entre sus grandes pechos. Peinados ilusos de vida quieren derrotar a la muerte con una mirada que todavía tiene la belleza. Cuerpos de niños y ancianos mirándose. Se quedan quietos en el camino y son lo mismo, peregrinos que no saben hacia dónde se dirigen, pero que en cualquier lugar se detienen y sonríen felices porque así es la vida. Hay que reír frente a esa mano que detiene el tiempo. La muerte está tan lejos de estos ojos que recuerdo mirando segundo a segundo la soledad de los claveles. El primer beso. La primera caricia. La primera mirada lasciva. Todo tiene la temperatura glacial de la ausencia. Todos los habitantes del álbum vuelan por la muerte, viven en este edificio de terciopelo, en un lugar en el que todos los rostros son ya penumbras amando la eternidad de un recuerdo.

El PARQUE

Pido una Coca-Cola y me quedo ensimismado

con unos cómicos andantes que llenan la plaza

metidos en fluorescentes uniformes del pasado. Un violín

ahoga un poco el ruido de los niños sobre las baldosas.

Destella una canción del ayer en labios del payaso,

se apodera de la bruma de insectos que sale

de la yerba, las flores mojadas. Estoy feliz,

todo está en su sitio, hay un frescor vivo en la materia,

una canción de cuna en la herida de los árboles.

Estoy feliz porque veo llegar a los niños riendo

con sus labios llenos de horchata, porque suena

la canción del payaso ya no viniendo de ayer

sino del viento de ahora que atrapa las chispas

de la fuente de colores que inunda la noche.

Estoy feliz porque creo que me miras

más allá del tiempo de ayer de hoy o mañana,

me miras desde una vida que no ha helado la muerte.

Desde tu fe en la sombra todo florece dos veces,

en mi memoria y en tu sed de no perderme.

AZUL

Sí, es domingo ahora, aunque no lo sea.

El sol es una magia del que nunca habla, un dictado

en la lengua más extranjera que existe sobre la vida,

una metáfora escrita por Dios, la metáfora del silencio.

Te acercas sin que te vea, caminas a mi lado,

vuelves, ¿de dónde has llegado para ser voz de ausencia?

Con la luz de los pájaros avanzas hacia mí.

Eres la blancura de este sol de domingo pleno,

este sol que está en tus ojos y en tus dedos y en

tu vestido de seda que brilla como si estuviera

en un cuerpo vivo. Voy a caminar por el campo

para saber que no estoy muerto ni perdido.

Voy a celebrar que este recuerdo no muere porque

se alimenta de un sol elegido para amarme,

y para caminar conmigo por la memoria

mirando la fuerza más poderosa de la ausencia,

un sol de domingo que enciende en mí tu nombre.

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La obra de Manuel Juliá (Puertollano, 1954) abarca varios registros literarios. En poesía ha publicado: De Umbría (1998), Sobre el volcán la flor (2009), y en Hiperión El sueño de la muerte (2013), El sueño del amor (2014) y El sueño de la vida (2015), recogidos después en una única edición, Trilogía de los sueños (2018). En narrativa ha publicado Cuarenta latidos (2009 y 2011), La gloria al rojo vivo. Diario de una proeza (2010) y Que nadie diga que no luchaste contra molinos de viento (2020), nueve narraciones en las que se basó la serie de Telecinco Quijotes del siglo XXI. Ha recopilado artículos en Intemporal, entre dos siglos heridos y Dioses de fuego y aire. Es columnista de Promecal, grupo de periódicos de Castilla y León, Castilla-La Mancha y La Rioja y el diario Marca, donde en su contraportada escribe todas las semanas una visión literaria del deporte en su sección Las cuatro esquinas. En televisión es colaborador de Mediaset, propuso y ha participado en los proyectos España mira a la Meca y Quijotes del siglo XXI. Es colaborador del diario El Mundo y ha colaborado en Diario 16, Diario de Alcalá, La Gaceta de los Negocios o el Diario de Caracas. Ganó el premio Clarín de cuentos que concede la Asociación de Escritores y Artistas Españoles con La región del olvido y el premio Virgen de las Viñas por la serie de seis reportajes publicada en el diario El Mundo “Por el Valle de Alcudia con don Quijote y Sancho”. La Asociación de Edit ores de Poesía declaró El sueño de la vida como el mejor poemario editado en 2015.

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Autor: Manuel Juliá. Título: Madre. Editorial: Hiperión. Venta: Todostuslibros

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