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Por el sueño ligero

Hoy, 10 de diciembre de 2019, aniversario de la muerte de Alfred Nobel, es el día en el que se entregan los Premios Nobel en el ayuntamiento sueco. Este año ha recaído en dos escritores debido a que en 2018 no se nombró ninguno, aunque la Academia Sueca ha reconocido con el galardón de 2018 a Olga Tokarczuk por su «imaginación narrativa que con pasión enciclopédica representa el cruce de fronteras como una forma de vida”.

Peter Handke es el escritor galardonado con el Nobel de 2019. De él ha destacado los miembros del jurado «su trabajo influyente que con ingenio lingüístico ha explorado la periferia y la especificidad de la vivencia humana”.

Zenda ha ofrecido los últimos días diversos artículos, noticias y reseñas sobre la obra del escritor austriaco. Hoy reproduce un nuevo acercamiento de Lorenzo Luengo a la última obra de Handke, recién publicada por Alianza editorial: La ladrona de fruta.

Por el sueño ligero

El brotar de las flores y de las hojas
y el aire primaveral, impulsan a los pájaros
hacia viejos cantos,
pero yo puedo cantar cosas nuevas
aun cuando hiela, gentil dama,
y aunque no me recompenses.

Para escribir esta reseña voy a empezar por donde casi nunca suele hacerse, que es por señalar el puente. (Me niego, sin embargo, a decir que leer es viajar, en primer lugar porque no creo que esa afirmación sea cierta ni en un sentido metafórico, y en segundo lugar porque no creo que se esconda ninguna verdad importante detrás de los clichés). Así que voy a señalar el puente. La razón de que necesitemos un puente resulta obvia. Tenemos por delante de nosotros un lugar donde estar, y donde, además, estar muy bien: es un continente hecho de ideas y palabras, en el que reina un solo soberano, y en el que pasaremos un fabuloso tiempo ocelándonos como el camaleón amodorrado, o como la joya sobre la que se pasean diversos movimientos de la luz. Mientras tanto nosotros estamos aquí, donde la compañía no es tan mala y hasta se come bien, pero empieza a hacer frío. Así pues —por muchas razones que tienen que ver con un dejarnos en manos de un encantamiento, con un ponernos boca arriba y mirar la luz cambiante entre las hojas: dicho en otras palabras, con el deseo de ser piel roja—, sentimos la necesidad de estar en ese continente soleado. Pero sin el puente no pasaríamos de aquí. Veríamos el país de la orilla en la distancia y con suerte sabríamos ponerle nombre a un árbol encorvado sobre el río y a un pájaro fugitivo, y a la estela de colores de su vuelo perdido en la espesura. Llamaríamos flink a lo que quizá no es veloz, grün a lo que a lo mejor es unreif, kaninchen a lo que tal vez es un caniche y no un conejo. De modo que nos acercamos hasta el puente, porque de tan conscientes como somos de que existe un puente ya casi hemos dejado de reparar en él, y antes de olvidarnos una vez más de que está ahí —un tanto elevado, sólo ligeramente separado de la tierra— debemos dar las gracias por el puente. El agradecimiento no siempre le es posible al viejo reconocedor de puentes: en todo pasar de una tierra a otra tierra (con nosotros, recordemos, como algo tendido boca arriba y mirando la luz entre las hojas) encontramos puentes de diferentes clases, puentes desvencijados, puentes de oro y plata, puentes de (sobria) piedra y puentes que rechinan, y otros que, nada más pisarlos, advertimos ya que están a punto de caer. Otros son tan perfectos que hasta son invisibles. Jamás hubiéramos llegado a pintar ni un bisonte en una caverna si no nos conmoviera lo que vemos, pero el bisonte pintado no se hubiera convertido en una constelación evocadora de un destino si no nos conmoviera, muchas veces, también lo que no vemos. Permitidme, pues, que antes de que emprendamos el camino me detenga a admirar la transparencia de este puente para que después podamos sentirnos menos injustos por el hecho de que, gracias a su arte, nos hayamos olvidado de ella, Anna Montané Forasté.

" Siguiendo las líneas trazadas por Handke en el contorno de ese género de intriga, o mejor dicho, mirando los dintornos de sus obras, puede también decirse que desde entonces no sólo ha persistido en la pesquisa sino que la ha llevado a su lugar más alto; pero el crimen que a él le preocupa es el que la mirada ordinaria sobre las cosas corrientes comete contra lo verdaderamente recóndito y maravilloso del aquí y el ahora"

¿Y a dónde nos lleva este puente en concreto? Nos lleva hasta Alexia, durmiente de los trenes sin destino, lanzadora de cosas que después no lanza, asaltadora (que no salteadora) de caminos, sempiterna deseante de que alguien la siga, y, sobre todo, ladrona de fruta. La ladrona de fruta: así se titula la última novela de quien posiblemente conozca mejor que nadie el arte de poner títulos, Peter Handke (¿la última novela? En palabras de su hija, protagonista de la mil veces encantadora —y echando mano, ahora sí, de frase hecha, “nunca bien ponderada”— Historia de niños, “cuando alguien me pregunta si he leído la última novela de mi padre siempre digo: ¿seguro que es la última?”); es también, si no la mejor, al menos igual a la mejor de sus novelas de “epopeya”, o, por así decir, de la contemplación paseante, un estilo muy personal en la narrativa de Handke que empieza a definirse en Lento regreso (1979) y toma cuerpo en La repetición (1986), La ausencia (1987) y, sobre todo, en esa obra maestra de la escritura en un grano de arroz que es La tarde de un escritor (1987), motivada, más que inspirada, por el bellísimo cuento del mismo título escrito por Scott Fitzgerald (a quien Handke dedica su novela), y que, incluso en su mínima condición de granito de arroz, despliega el camino para los futuros paseos del caminante-narrador de historias que a veces persigue su sombra por el sendero más corto (La Gran Caída, Ensayo sobre el loco de las setas, En una noche oscura salí de mi casa sosegada, en cuyo título, por cierto, asoma el cariño de Handke por la poesía de San Juan de la Cruz) y otras deja que sean los caminos más largos, las rutas escondidas que, a través de un calvero o burlando un clos, salen al encuentro de otras rutas, quienes describan un más largo y errabundo recorrido (La pérdida de la imagen, La ladrona de fruta y Ayer, de camino, todas ellas escritas a partir de unas mismas anotaciones de viaje). En una ocasión anterior me referí a Handke como el cuidador de la palabra en su estado más inocente y a su literatura como un “huésped de mirada limpia”, uno de los, no sé si últimos —siempre se teme que nuestros últimos sean en verdad los últimos—, pero al menos sí más altos cuidadores que, con la voz ensanchada por “el tono de la fábula y el mito”, todavía se acercan a la palabra con el debido respeto: de ahí que la palabra vuelva a ellos convertida en acontecimientos, en canciones, en juego. Así celebrada, a Handke siempre le regresa la palabra provista de todo eso y algo nuevo, una suerte de calor suplementario. Y ahora, una vez más, una novela suya rebosa de calor suplementario. Una vez más, esa novela se sustenta en el muy escogido arte —cantado hace casi diez siglos por un caballerito de Poitiers— de no buscar nada. Y una vez más su mayor virtud descansa en el hecho, absolutamente maravilloso y extraño a nuestro tiempo, de estar toda ella poseída de lenguaje. Camino diferente del que recorre la mayor parte de los libros que hoy se escriben, editan y publican como “fenómenos literarios”, objetos, en realidad, tan sólo revestidos de palabras que en muchos casos parecen haber llegado a ellos a lomos de una carreta de heno, para ser arrojadas a esa fosa común de la hoja que lo resiste todo desde el borde de las mismas cubiertas.

"¿Qué son para un caminar así los senderos de la tierra? No pueden ser otra cosa que largas frases en blanco, rellenadas por el misterio de las cosas. ¿Qué pueden ser las frases? Caminos que llenar de piedrecitas, de ardillitas y conejos huidizos, de hojas volanderas, todas y cada una de esas cosas mensajeras de un misterio mayor"

¿Pero de qué trata la historia de La ladrona de fruta? No sé si debería volver a decir que los libros de Handke no se llevan bien con los esfuerzos sinópticos; que sus tramas son, antes que nada, sucesiones de destellos. Digamos, entonces, que La ladrona de fruta es una indagación. Pero se trata de una indagación muy particular, escrita “pensando que la historia de la ladrona de fruta no es una historia de detectives o una novela policíaca”. O quizá habría que precisar que se trata de un género distinto de “historia de detectives”, regulado por un bien apodíctico que lo envuelve todo y que nace de la relación de amistad natural entre la verdad y la belleza. De hecho, un poco a la contra de cierto mandamiento personal de Nabokov —no comulgar con el placer del profesor que reconoce leer novelas detectivescas en la intimidad de su despacho—, Handke nunca ha ocultado ser un lector apasionado de literatura policíaca (en algunas de sus novelas menciona a Philip Marlowe, en uno de sus poemas cita a James Hadley Chase, en 1975 tradujo a Patricia Highsmith y escribió sobre ella un artículo muy sagaz, Las particulares guerras mundiales de Patricia Highsmith), y hasta cierto punto la obra que le dio a conocer en todo el mundo, El miedo del portero al penalty (1970), puede decirse que está escrita en el contorno de la sombra del género, aunque enseguida desaparece la (nunca seriamente perseguida) intriga argumental en consideración a algo mucho más artístico y complicado de llevar a cabo como es una suerte de intriga del lenguaje (véanse las páginas en las que la realidad se disuelve en una inquietante iconografía suspensiva). Siguiendo las líneas trazadas por Handke en el contorno de ese género de intriga, o mejor dicho, mirando los dintornos de sus obras, puede también decirse que desde entonces no sólo ha persistido en la pesquisa sino que la ha llevado a su lugar más alto; pero el crimen que a él le preocupa es el que la mirada ordinaria sobre las cosas corrientes comete contra lo verdaderamente recóndito y maravilloso del aquí y el ahora (o, como escribe en algún momento en La ladrona de fruta, refiriéndose a los que matan de puertas afuera y se asesinan de puertas adentro: “¡Largaos del poco Aquí y Ahora que queda. Desapareced de mi día!” —los signos de exclamación son míos—), y su cometido como escritor, antes que permitir el crimen, es actuar en el lugar del crimen antes de que se cometa el crimen. Por ejemplo, un padre distraído puede llegar a matar de indiferencia la palidez tan llamativa de su propio hijo por no haber sabido verla entre un millón de palideces iguales, de pálidos ya vistos entre muchos pálidos. ¿Y Handke? ¿Cómo pone a salvo al hijo de ese crimen? Mirándolo siempre como por primera vez; así: “Sí: otra vez en la vida me había ocurrido que se presentaban ante mí, en persona, los que en mi interior eran precisamente los más cercanos, y yo los veía como fantasmas, como totalmente otros, como especialmente pálidos, como desconocidos y, a la vez, con su palidez especial, llena de vida, como especialmente otros. Con mis hijos también me ha pasado lo mismo: ‘¿Quién será, pues, ese niño desconocido con esa palidez tan llamativa que me acaba de abrir la puerta?’. Y sólo al cabo de un rato: ‘¡Dios mío, si es mi propio hijo!’” Todo esto, además, lo resuelve caminando: caminando, se diría, por el sueño ligero. Heredero de una “literatura del vagar” tan esencialmente centroeuropea, y en particular tan propia de la lengua alemana —si nos da pereza remontarnos hasta los versos de Wolfram von Eschenbach, donde creo que al menos esa clase de caminante aparece por primera vez, podemos plantarnos en el Camino de campo de Heidegger, el infinito andar de Walser o el Kafka que se emociona ante la perspectiva del paseo repentino a medianoche, “cuando uno parece definitivamente decidido a quedarse en casa” y la escalera ya está a oscuras, y además llueve—, no fue menos, sin embargo, lo que aprendió Handke en sus caminatas por Soria, Linares y la Sierra de Gredos, viajes al encuentro de las cosas que le llevaron a concebir la novela de la que parte La ladrona de fruta, la historia de la “estudiante de Dresde o Lepizig” convertida en banquera, convertida luego, también, en caminante, de continuo sobrevolada por la sombra de Don Quijote: aprendió, por ejemplo, a desfacer los entuertos causados por una desidia del mirar, y a celebrar (una vez era el entuerto desfacido) lo que aparecía justo después: el acontecimiento. ¿Qué son para un caminar así los senderos de la tierra? No pueden ser otra cosa que largas frases en blanco, rellenadas por el misterio de las cosas. ¿Qué pueden ser las frases? Caminos que llenar de piedrecitas, de ardillitas y conejos huidizos, de hojas volanderas, todas y cada una de esas cosas mensajeras de un misterio mayor. Paseante él, tanto en el camino digamos “real” como en el camino de la página escrita bajo la noción de ser también entorno, lugar, paisaje revelado, cada frase de Handke se interroga a sí misma y se desdobla en el mismo hacerse y deshacerse que en un paseo cualquiera sería un indolente perderse entre revueltas. De ahí las persistentes dudas y vacilaciones —“¿de qué?”, “¿de dónde?”, “¿¿el tren??”, “¿qué significa esto?”, “¿esto es así?”, “así, o como se escriba”—, de ahí las posibilidades abiertas y el clos (otra vez) que se abre entre rastrojos.

Muy bien, pero entonces, ¿de qué trata la historia de La ladrona de fruta? Lo cierto es que si tuviera que responder a esa pregunta en los términos sinópticos a los que, desde las epistulae de Aldo Manuzio, conmina el arte de editar libros —y el de comentarlos—, recurriría a los versos de ese jovial y melancólico espíritu tutelar que se pasea por sus páginas, al que he mencionado hace un momento, y que ya ha asomado al inicio de esta reseña:

El color de las resplandecientes flores brillará
más con el rocío en todos los sitios…
Mi canto busca tu compasión,
dulce mujer; ayúdame ahora, pues tu ayuda es necesaria.

La ladrona de fruta es una novela sobre “el color de las resplandecientes flores”. Es también una novela que nos hace mirar cómo ese color se tornasola de otro modo al verse, todavía con el alba, salpicado de rocío, y qué encantadores tornasoles son esos. Es una novela, también, sobre la compasión: hacia el hombre por ser hombre y verse tantas veces aplastado en esta forja de las almas —en palabras de Keats— que es el mundo de la carne puesta a prueba. Y es, cómo no, la novela de la “dulce mujer” que sólo con su estar y su mirar consigue que las flores resplandezcan, que la mirada se detenga en sus (tan pronto perdidas) cuentas de rocío; aunque puede que no haya recompensa y aunque fuera haga frío. Y quien dice las flores dice todo lo que resplandece, que es, en verdad, todo; y quien dice el rocío dice también todo —es decir: todo— lo que está a punto de perderse. Wolfram von Eschenbach (¿1170-1220?), el autor de El brotar de las flores y de las hojas, aparece por el camino que traza la novela de Handke con las vestiduras de otro de sus poemas, no el mágico Parzival sino el inacabado Willehalm, donde pueden leerse unos versos que, tal vez, no estaría de más que todos hiciéramos nuestros:

Señor,
no importa cómo pequé contra ti.
Sólo hazme, Señor,
hazme consciente,
de toda bendición y dicha eterna
que alguna vez sorprenda a mi destino.

Todo es una bendición y una dicha eterna, y todo debería ser contemplado como si fuera al mismo tiempo un saludo y una despedida a nuestro embelesado, dolido, perplejo, muchas veces feliz o consternado, pasarnos por aquí: la suerte de la vida encarnada en esta forma que somos nosotros, entre muchas formas. A eso nos invita siempre Handke. A eso nos invita el caminar por el sueño ligero de este feliz y vagabundo “continente soleado”. ¿Soleado de qué? De muchas cosas: soleado de sol, soleado de luna, soleado de caminos no trillados, soleado del mirar atento y conmovido. Soleado de frutas que relumbran en el borde de todos esos caminos como los “naranjos encendidos” de Machado (un favorito de Handke). Soleado de árboles encendidos de palabras y cada palabra, también, “un fruto redondeado y risueño”, a la espera de ser recogido por nosotros, no menos redondeados y risueños, agradecidos y felices, hechizados y encendidos lectores.

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Autor: Peter Handke. Título: La ladrona de fruta. Editorial: Alianza Editorial, 2019. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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