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Principios de estío: vida y lecturas

Principios de estío: vida y lecturas

No olvido que Zenda es una revista de libros, y procuro escribir sobre lo que leo, pero compruebo con satisfacción lo mucho que se puede decir de uno mismo y de la vida en general a partir de los libros que se leen. También de las películas que se ven. El que escribe va tejiendo así un pequeño y humilde, más grande de lo que parece, tapiz cotidiano, no exento de poesía, y de filosofía, que creo que el que lee puede recibir también con satisfacción, con mucha satisfacción incluso.

Así, ahora estoy leyendo libros como los siguientes:

El diamante de Moonfleet, de John Meade Falkner (Zenda Aventuras), Historias de dos ciudades, de Charles Dickens, Conversaciones con yoguis, de Ramiro A. Calle y Siete moderno, de Andrés Trapiello, de su serie de diarios Salón de pasos perdidos.

También he visto recientemente películas como Resplandor en la oscuridad, Mi amigo Mr. Morgan, El mito de Bourne, Muerte de un ciclista… Acabo de ver El planeta de los simios (1968), dirigida por  Franklin J. Schaffner, basada en la novela de Pierre Boulle, la versión protagonizada por Charlton Heston, película que me gusta mucho y que me hace pensar. Ya la había visto, pero ahora la he disfrutado con mayor atención. ¿Por qué me parece tan atractiva? Por todo lo que dice sobre el ser humano, sobre esa hipotética historia que plantea, tan fascinante.

"Acción y reflexión se complementan muy bien y me hacen avanzar"

La última película que he visto, o que he vuelto a ver, mejor dicho, es 88 minutos (2007), dirigida por Jon Avnet, con Al Pacino, película muy bien hecha, en mi opinión. Esta película me suscita el pensamiento de que en una época hay unos cuantos actores que realizan la mayor parte de los papeles interesantes. Quizá ocurra lo mismo con los directores, o con muchos otros profesionales. Acaso sean también esos mismos profesionales los que hagan interesantes y de calidad los propios proyectos. Quizá se den los dos fenómenos.

Las citadas son películas que me hacen reflexionar, pero debo decir que yo tiendo a la reflexión en la lectura, en el cine y en la vida. También tiendo a la acción, en determinadas circunstancias. Creo que ambas, acción y reflexión, se complementan muy bien y me hacen avanzar.

Tanto El planeta de los simios como 88 minutos son películas para verlas varias veces y estudiarlas, al menos un poco, con el disfrute que eso entraña.

"Libros, películas, fútbol… es una maravillosa tríada, pero hay más"

Recuerdo en este sentido las Meditaciones de Marco Aurelio, que siempre tengo cerca, y que veo en mi librería con tanta frecuencia, atrayéndome. Como le decía el otro día a Pedro Ruiz, Marco Aurelio me da ideas, y me da seguridad. Lo primero tal vez sea evidente, pero lo segundo creo que no lo es tanto. Marco Aurelio me da seguridad como ser humano y como escritor. Como persona. Es uno de esos faros, y muy potente, que decía Carlos García Gual en su libro La luz de los lejanos faros. Me imagino al emperador, viejo en mi imaginación, al gran hombre, a esa gran persona, haciendo un hueco entre sus muchísimas responsabilidades y tareas, para proseguir sus estudios e investigaciones, sobre el ser humano y sobre sí mismo, entre otras materias. En cierto modo el tiempo pulverizó su imperio, pero ha sido más que clemente con su obra, que ahora disfrutamos, que ahora nos nutre, poderosamente.

En medio de todo, el calor, que me afecta, me “aplatana”, como se suele decir. Creo que es de buen sentido que nuestras vacaciones sean en verano, porque éste, con su calor, nos afecta mucho, o me afecta mucho a mí. Aunque curiosamente creo que es en verano cuando mejor escribo y cuando rindo más en el deporte.

Por cierto, veo el fútbol, partidos de la Eurocopa, sobre todo de la selección española, pero no sólo de ella. Como es un asunto de tanta actualidad, y que todo lo que diga de él perderá precisamente su actualidad muy pronto, no diré de este tema salvo que estoy disfrutando mucho de los partidos, como suelo hacerlo en las fases finales de los grandes torneos internacionales.

"El verano es especial. Tiene una atmósfera especial"

Libros, películas, fútbol… es una maravillosa tríada, pero hay más. El verano normalmente es época de viajes. Diré algo de viajes, aunque sea poco, viajes en los libros y fuera de los libros. Ahora que no viajo trato de viajar en los libros y fuera de ellos, en mi imaginación, utilizando precisamente el material de los libros y de los viajes que he hecho en el pasado.

En este repaso casi sentimental, siempre vital, sobre el verano, sobre la vida en sentido amplio, tengo que decir algo sobre la vacuna que nos están poniendo en estos momentos en España.

Un amigo me dijo que se emocionó al recibir la vacuna. Yo creo que también. En cualquier caso supe que era un momento importante en mi vida, un momento importante en mitad de una etapa importante, y retuve en mi memoria sus circunstancias, todo lo que rodeó a este hecho. Tal vez para escribirlo, aquí y en otros lugares.

Es curioso: mientras guardaba el tiempo requerido de 15 minutos después de que me pusieran la vacuna, creo que tuve un pensamiento muy de escritor, pero también muy de ser humano. Tuve una gran conciencia de que la vida estaba en el exterior, no en en mí mismo, ni siquiera en los libros que yo leía, imaginaba, escribía con tanto ahínco y dedicación, y que había que vivirla, pero que haciéndolo podía escribir libros, precisamente para ofrecérselos a esa misma vida, a los demás, a mis semejantes, de mi hoy y del mañana. Todo, pues, venía a ser lo mismo.

Recuerdo otros veranos, tengo recuerdos de muchos otros veranos. Este año me apetece más que nunca desplazarme y cambiar de aires.

El verano es especial. Tiene una atmósfera especial, porque en el verano que estamos viviendo están todos los veranos que hemos vivido, y quizá pase eso con los libros que estamos leyendo ahora, que en ellos están todos los libros que hemos leído en verano, hace años, hace muchos años tal vez. Y que efectivamente, todo puede ser un eterno retorno, un eterno retorno en proceso.

"Me acuerdo de que mi padre decía que para escribir un libro había que tener ganas, y la experiencia me ha enseñado que es lo más importante"

Así yo recuerdo en estos momentos Diario de un emigrante, de Miguel Delibes, leído en septiembre de 1989, durante un viaje que hice con mi familia por Levante, un viaje y un libro que nunca olvidaré. Es curioso: los viajes dejan honda huella —aunque a mí me dé pereza iniciarlos, y luego en cambio los disfrute tanto—, y los libros también. ¿Qué ocurrirá con los libros que leemos durante los viajes? Esos libros por supuesto son imborrables, si es que tenemos tiempo para leer, potenciando la fuerza de los propios viajes, fenómeno que sucede también a la inversa.

Por otra parte siempre me ha gustado escribir artículos de viajes, y me gustaría escribir algún día un libro de viajes.

Leo para documentarme para un libro, para un antiguo proyecto que tengo aparcado. Creo que he vuelto a él con ilusión, con ganas. Me acuerdo de que mi padre decía que para escribir un libro había que tener ganas, y la experiencia me ha enseñado que es lo más importante, porque si faltan éstas todo es mucho más complicado. Mi padre escribió dos libros, jurídicos: Diccionario jurídico de la Seguridad Social y Guía de prestaciones no contributivas de la Seguridad Social. Recuerdo ahora que Umberto Eco, cuando le preguntaban por qué escribió El nombre de la rosa decía: “Escribí una novela porque tuve ganas. Creo que es una razón suficiente”. Lo dice en Las apostillas a “El nombre de la rosa”.

Escribiendo sobre libros, y Zenda es una revista de libros, no puedo dejar de decir que Antonio Prieto me dejó fotografiar muchos de sus libros antiguos. He hecho más de cien fotografías, fundamentalmente de las tapas, de las portadas interiores y de las primeras páginas. Viéndolas aprendo mucho de los libros y, como me dice Antonio, gracias a ellos me acuerdo de mi profesor. Cuando estoy en su despacho, encuentro los libros llenos de elocuencia, de elocuencia y profundidad, de cinco siglos, pues los libros del XVI son los que más me han llamado la atención en su biblioteca, por muy antiguos, pero no sólo por ello.

Mirando esos dos libros, tocándolos, tengo la sensación de que aprendo algo muy importante que no había aprendido hasta ahora, y que de ninguna otra manera aprendería.

"Entre los “libros de nuestra vida”, nuestros libros más señalados, sin duda habrá varios que hayamos leído en verano"

Hace no mucho, quizá dos años, escribí en el periódico eldiadigital.es un artículo titulado “Los libros del verano”, que tuvo buena acogida. Yo creo que es un buen tema, un tema que nos suele gustar, por el verano, por los libros, y por esa unión de libros y verano. Este texto que ofrezco, como una esperanza —cualquier texto lo es—-, ahora puede guardar alguna similitud con aquél, pero no he querido ni siquiera mirar el antiguo para no imitarlo, conscientemente, lo más mínimo.

No quiero repetir ese artículo, pero sí que me gustaría recuperar aquí una idea central que exponía allí, si no recuerdo mal. En el verano, en los veranos, leemos libros claves de nuestra vida, libros que nos hacen particularmente felices, y que nos nutren también particularmente, hondamente, en realidad para siempre. A veces son libros más gruesos de lo normal, porque tenemos más tiempo y tendemos a lo extenso —tal vez como lo hacen nuestras vidas, en verano—, o a lecturas más ambiciosas también de lo normal, pero en cualquier caso son libros que nos hacen mucha compañía, que nos llenan, y que siempre estamos deseando volver a ellos.

Entre los “libros de nuestra vida”, nuestros libros más señalados, sin duda habrá varios que hayamos leído en verano, por ejemplo, en mi caso, El conde de Montecristo, que leí en un septiembre, creo que en 1990. Me acuerdo que volví de mis vacaciones de verano y que mis tíos Eduardo y Blanca me tenían preparado, a mi regreso, este regalo grande y mágico como un tesoro, de la editorial Porrúa de México, con el precioso prólogo de Mauricio González de la Garza, entre lo informativo y lo poético.

El conde de Montecristo es uno de los libros que más he disfrutado en mi vida, y recuerdo el efecto que tuvo en mí, cómo me metí en su mundo y en su aventura, abstrayéndome por completo, feliz, llevando a Edmundo Dantés a cualquier sitio al que yo iba, porque el libro ya no estaba fuera de mí, sino dentro, y de ese modo me acompañaba allí donde fuera, al tiempo que yo seguía a los personajes allí donde la imaginación de Dumas los llevaba. El libro era tan bueno que se había metido dentro de mí, pero es que yo me había metido complemente dentro del personaje.

Flaubert dijo: “Yo soy Madame Bovary”. Yo puedo decir en un sentido similar: “Yo soy Edmundo Dantés.” Si no me equivoco, algo parecido dice la Reina del Sur en la novela de Arturo Pérez-Reverte. En realidad fui Edmundo Dantés, el conde de Montecristo, viviendo lo que en el Bachillerato el profesor Víctor Ruiz me enseñó que era una experiencia simbólica, tal vez la mayor que he vivido nunca, con esa peculiar “realidad” que otorga la literatura y que no lo da ninguna otra cosa en este mundo, quizá los sueños, pero de forma distinta, y el cine, pero también diferente.

Por eso me resulta francamente difícil asumir que la literatura pueda desaparecer. Nos da demasiado, y demasiado que sólo encontramos en ella. En suma, la necesitamos, gozosamente.

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