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Radicalizado, de Cory Doctorow

El periodista, novelista y activista canadiense Cory Doctorow publicó en 2019 Radicalizado, cuatro novelas de ciencia ficción urgentes sobre el presente y el futuro de Estados Unidos en un solo libro. El resultado es un tomo de ciencia ficción con un enfoque político, cultural y de análisis de la relación que establecemos con la tecnología y qué consecuencias tiene en nuestras vidas. Radicalizado son cuatro historias conectadas por visiones sociales, tecnológicas y económicas de la actualidad y de lo que podría ser Estados Unidos en un futuro cercano.

Zenda adelanta el principio de una de ellas, titulada “Pan no autorizado”, una historia sobre la inmigración, la toxicidad de la estratificación económica y tecnológica, y los jóvenes y los oprimidos que luchan contra todo pronóstico para sobrevivir y prosperar.

***

Así se enteró Salima de que Boulangismo había quebrado: el horno dejó de aceptar su pan. Sostuvo la rebanada delante y esperó a que la pantalla le mostrara un emoji con el pulgar hacia arriba, pero en vez de eso apareció el que se rascaba la cabeza y el horno emitió un leve «prrt». Volvió a mover el pan. «Prrt».

—¡Venga!

«Prrt».

Apagó el horno y lo volvió a encender. Luego lo desenchufó, contó hasta diez y lo enchufó de nuevo. Después recorrió las pan- tallas del menú hasta que encontró «RESTAURAR VALORES DE FÁBRICA», esperó tres minutos y volvió a introducir la contraseña de la wifi.

«Prrt».

Mucho antes de llegar a ese punto, ya se había convencido de que era un caso perdido. Pero esos eran los pasos que había que dar cuando un electrodoméstico dejaba de funcionar, así podías llamar al número 800 y decir: «Lo he apagado y encendido, lo he desenchufado, he restaurado los valores de fábrica y…».

Había una opción en la pantalla táctil para llamar al soporte técnico, pero no funcionaba, así que buscó el número en la pantalla de la nevera y llamó. Sonó diecisiete veces y se desconectó. Soltó un suspiró. «Otro que muerde el polvo».

El horno no fue el primer aparato en averiarse (ese honor lo tuvo el lavavajillas, que dejó de reconocer platos de otra marca una semana antes de que Disher se viniera abajo), pero sí fue la gota que colmó el vaso. Podía lavar los platos en el fregadero, pero ¿cómo diablos se suponía que iba a hacer las tostadas, con una vela?

Solo para estar segura, le pidió a la nevera los titulares sobre Boulangismo, y ahí estaba: su nube se había caído por la noche. Las redes sociales bullían de gente furiosa por su pan de cada día. Clicó en un titular y supo que Boulangismo era un barco fantasma desde hacía al menos seis meses, porque ese tiempo era el que los investigadores de seguridad habían estado poniéndose en contacto con la empresa para advertirle de que todos los datos de los usuarios —las contraseñas, las conexiones, los pedidos y las facturas— estaban en Internet sin encriptar y sin contraseña. Había notas de rescate en la base de datos, registros insertados por piratas informáticos exigiendo pagos en criptomonedas a cambio de man- tener el sucio secreto del penoso manejo de datos de Boulangismo. Nadie los había leído siquiera.

El precio de las acciones de Boulangismo había caído un 98 por ciento el año anterior. Hasta era posible que ni siquiera existiera ya. Siempre que Salima se había imaginado Boulangismo, había pensado en la panadería francesa que había en la pantalla de re- poso del horno, cubierta de harina, con mesas de madera e hileras de crujientes barras de pan. Había imaginado una escalera desvencijada que llevaba desde la panadería a una serie de oficinas abarrotadas que daban a una calle de adoquines. Había imaginado lámparas de gas.

El artículo incluía una fotografía de la sede de Boulangismo, un bloque de oficinas de cuatro pisos en Pune, cerca de Bombay, protegido por una garita vacía en la entrada que daba a la calle.

La nube de Boulangismo se había caído y eso significaba que no había nadie que respondiera al horno de Salima cuando preguntaba si el pan que estaba a punto de tostar procedía de un horno autorizado de Boulangismo, como así era. En ausencia de una respuesta, el pequeño artilugio paranoico daría por sentado que Salima pertenecía a esa clase de inicuos defraudadores que compraban un horno de Boulangismo con descuento y luego in- tentaban no cumplir su parte del trato insertando panes no auto- rizados, con consecuencias que iban desde incendios en la cocina a un tostado ineficiente (Boulangismo era capaz de ajustar las rutinas de tostado en tiempo real para adaptarse a la humedad relativa de la cocina y al tiempo que llevaba hecho el pan, y, por supuesto, rechazaba cualquier pan que estuviese demasiado duro), por no hablar de las pérdidas de beneficios para la empresa y sus accionistas. Sin esos beneficios, no habría superávit de capital para invertirlo en I+D que produjese las continuas mejoras que permitían que apenas pasara un día sin que Salima y otros millo- nes de «participantes» (nunca clientes sin más) despertasen con un emocionante firmware nuevo para sus queridos hornos.

¿Y los panaderos asociados a Boulangismo? Habían hecho lo correcto: habían solicitado una licencia a Boulangismo, habían sometido sus procesos a inspecciones y controles de calidad que garantizaban que su pan tenía exactamente la composición adecuada para tostarse a la perfección en los aparatos de precisión de Boulangismo, con la corteza y la porosidad en un perfecto equilibrio para absorber la mantequilla y otros alimentos de untar. Esos valiosos socios merecían que se reconociera su compromiso con la excelencia, y no que se les tomara por unos timadores oportunistas que querían tostar sin más cualquier mendrugo de pan duro.

Salima conocía esos argumentos incluso antes de que su estúpido horno le pusiera un vídeo explicándolos, cosa que hizo después de tres intentos fallidos de autorización del pan, sin pausa ni botón para silenciar el sonido, a modo de combinación de castigo y campaña de reeducación.

Intentó buscar en la nevera «piratear Boulangismo» y «desbloquear códigos Boulangismo», pero los aparatos se mantuvieron fieles unos a otros. Los filtros de la red de Ayuda en la Cocina engulleron sus preguntas y devolvieron sarcásticas pantallas de «No hay resultados», a pesar de que Salima sabía perfectamente que había toda una economía sumergida dedicada al pan no autorizado.

Tenía que ir al trabajo en media hora, y ni siquiera se había duchado todavía, pero, maldita sea, primero el lavavajillas y ahora el horno. Encontró el ordenador portátil que utilizaba antes y que ahora apenas funcionaba. La batería hacía mucho que se había estropeado y tuvo que desenchufar el cepillo de dientes para liberar un cargador. Después de iniciarlo y de instalar docenas de actualizaciones de software, pudo ejecutar el navegador de la red profunda que aún tenía instalado por ahí y buscar algunas cosas útiles.

Ese día llegó cuarenta y cinco minutos tarde al trabajo, pero tomó tostadas para desayunar. Maldita sea.

Luego le llegó el turno al lavavajillas. Una vez Salima encontró el foro correcto, habría sido una locura no desbloquearlo. Al fin y al cabo tenía que usarlo, y ahora estaba bloqueado. Y no era la única que había tenido doble mala pata con Disher-Boulangismo. Muchos idiotas también tenían la desdicha de poseer alguno de los aparatos fabricados por HP-NewsCorp —neveras, cepillos de dientes, hasta juguetes sexuales—, todos los cuales se habían estropeado por culpa de un fallo de Tata, el proveedor de la nube de la compañía. Aunque ese fallo no tenía que ver con la doble pifia de Disher y Boulangismo, todo el mundo coincidía en que el momento no podía ser más inoportuno.

Salima descubrió que el hundimiento simultáneo de Disher y Boulangismo tenía un motivo común. Las dos compañías cotizaban en bolsa y las dos habían visto como Summerstream Funds Management, el mayor fondo buitre del planeta, con un capital de 184.000 millones de dólares, adquiría más del 20 por ciento de sus acciones. Summerstream era un «accionista activista» y estaba especializado en la recompra de acciones. Una vez garantizado un asiento en cada consejo de administración —ambos ocupados por Galt Baumgardner, un socio minoritario de la empresa, pero de una buena familia de Kansas— contrataron al mismo consultor experto de Deloitte para auditar las cuentas de la compañía y recomendar un programa de recompra que garantizara que los accionistas obtuviesen el beneficio debido de las empresas, sin que el capital operativo de las mismas se viera tan afectado como para ponerlas en peligro.

Era todo matemáticamente demostrable, claro. Las compañías podían permitirse desviar miles de millones de su balance general hacia los accionistas. Una vez determinado esto, la obligación fiduciaria de la junta era votar a favor (lo cual resultaba muy conveniente, pues todos sus miembros tenían fajos de acciones de la empresa), y unos cuantos miles de millones de dólares después, las compañías habían adelgazado y estaban listas para la batalla, y ni siquiera echaban en falta ese dinero.

¡Huy!

Summerstream emitió un comunicado de prensa —citado a menudo en los foros que Salima visitaba ahora de manera obsesiva— echando la culpa de todo a la «volatilidad» y a «alfa», y tildando el asunto de «desafortunado» y «decepcionante». Con- fiaban en que ambas compañías se reestructurarían después de declararse en quiebra, tal vez después de una venta rápida a una empresa de la competencia, y en que todo el mundo podría empezar a tostar pan y lavar los platos pasados uno o dos meses.

Salima no iba a esperar tanto. Su Boulangismo no se rindió tan fácilmente. Después de descargarse el nuevo firmware de la red profunda, tuvo que quitar la carcasa (cortando tres sellos contra la manipulación indebida y una enorme pegatina que amenazaba con el riesgo de electrocución y de acciones judiciales, tal vez simultáneas, a cualquiera lo bastante tonto para no hacer caso de las advertencias), encontrar un componente específico y cortocircuitar dos bornes con unas pinzas mientras lo reiniciaba. Eso puso el horno en un modo de prueba que los desarrolladores habían desactivado pero no eliminado. En cuan- to apareció la pantalla del modo de prueba, tuvo que insertar su dispositivo USB (al quitar la carcasa había dejado al descubierto una serie de puertos USB, un puerto para pantalla e incluso una pequeña conexión Ethernet en el PC que controlaba el aparato) justo en el momento adecuado y luego utilizar el teclado de la pantalla para introducir el usuario de acceso y la contraseña, que (por supuesto) eran «admin» y «admin».

Necesitó tres intentos para hacerlo en el momento exacto, pero, al tercero, la pantalla vacía de inicio de sesión fue sustituida por la animación cursi en arte ASCII del firmwarepirata de un cráneo en tres dimensiones, que la hizo sonreír… y luego desternillarse de risa cuando apareció flotando en la pantalla la imagen en arte ASCII de una tostada, que el cráneo masticó hasta reducirla a migajas que fueron cayendo al fondo de la pantalla formando montoncitos. Alguien se había tomado mucho trabajo para hacer la simulación física de esa ridícula animación. Eso contribuyó a que Salima se sintiera bien, como si le estuviese confiando su horno a unos artesanos serios y no a unos cualquieras deseosos de medir su ingenio con el de los programadores sin rostro de unas compañías grandes y estúpidas.

Las migajas siguieron amontonándose mientras el cráneo masticaba, y el indicador pasó del 12 por ciento al 26 por ciento, luego al 34 por ciento (donde se atascó más de diez minutos, hasta que Salima decidió correr el riesgo de bloquear de verdad el puñetero aparato desconectándolo, pero entonces…) y al 58 por ciento, y así sucesivamente, hasta llegar a una agónica espera en el 99 por ciento, después de lo cual por fin todas las migajas subieron desde el fondo de la pantalla y salieron por la boca del cráneo hasta convertirse en una tostada: las partes se fueron alineando en filas que borraron el cráneo y la palabra «COMPLETADO» apareció reluciente en la superficie de la tostada, en forma de riachuelos de mantequilla. Acababa de coger el teléfono para hacer una foto de esa impresionante pantalla pirata cuando el horno parpadeó y se reinició.

Unos segundos después, sostuvo la rebanada de pan delante del sensor del horno y vio cómo se encendía la luz verde y la puerta se abría como un bostezo. Mientras masticaba la tostada, sintió una rara curiosidad. Puso la mano con la palma extendida delante del horno, como si fuese una rebanada de pan. La luz verde del horno se encendió y la puerta se abrió. Por un momento se sintió tentada de intentar tostar un tenedor, o una servilleta de papel, o una rodaja de manzana, solo para ver si el horno los tostaba, pero por supuesto que lo habría hecho.

Era un nuevo tipo de horno, un horno que aceptaba órdenes en lugar de darlas. Un horno que le daría cuerda suficiente con la que ahorcarse, que podía tostar una batería de litio, un espray de laca o cualquier otra cosa que quisiera: pan no autorizado, por ejemplo. Incluso pan casero. La idea le hizo sentirse mareada y un poco temblorosa. El pan casero era algo de lo que había leído en los libros o que había visto en viejas obras de teatro, pero no conocía a nadie que horneara su propio pan. Era como tallar tus propios muebles a partir de unos troncos o algo así.

Los ingredientes resultaron ser muy simples, y aunque su primera barra salió con el mismo aspecto que el emoji de una mierda, tenía un sabor increíble, todavía caliente del pequeño horno, y, en cualquier caso, la rebanada (bueno, el trozo) que guardó y tostó a la mañana siguiente estaba aún mejor, sobre todo con mantequilla. Ese día se fue al trabajo con una sensación mágica, cálida y «tostada» en el estómago.

Esa noche desbloqueó el lavavajillas. Los piratas informáticos de Disher eran mucho más prácticos, pero también eran suecos, a juzgar por las URL de los archivos «LÉEME», lo cual podría explicar su minimalismo. Había estado en Ikea, ya lo había pillado. Su Disher no requirió tantas complicaciones como su Boulangismo: abrió la tapa de mantenimiento, quitó la junta de goma del puerto USB, metió su dispositivo USB y lo reinició. La pantalla mostró mucho texto y varios crípticos mensajes de error, y luego se reinició en lo que parecía el modo de funcionamiento normal de Disher, pero sin las alertas parpadeantes indicando que no se había podido conectar al servidor que había mostrado toda esa semana. Metió los platos del fregadero en el lavavajillas y sintió una leve emoción cada vez que sonó el arpegio de «Nuevo plato reconocido».

Lo siguiente en lo que pensó fue en dedicarse a la alfarería.

Su experiencia con el lavavajillas y el horno la cambió, aunque al principio no habría sabido decir cómo. Cuando salió del apartamento al día siguiente, se descubrió observando el sistema de as- censores, mirando la placa del departamento de bomberos deba- jo de la pantalla de llamada y pensando en que los inquilinos de los pisos de protección oficial tenían que esperar tres veces más tiempo porque solo podían subir en los ascensores que disponían de puertas traseras y daban a la parte trasera del edificio. Esos ascensores ni siquiera se paraban en su piso si en ellos viajaba uno de los inquilinos ricos. Dios no quería que esa gente tuviese que respirar el mismo aire que los sucios plebeyos.

Salima no cabía en sí de contenta cuando consiguió un piso en su edificio, las Torres Dorchester, pues la lista de espera para los pisos de protección oficial que la concejalía de urbanismo había obligado a edificar al constructor era de varios años. En aquel momento llevaba ya diez años en el país, y había pasado los cinco primeros en un campamento en Arizona, donde había visto morir a una persona tras otra bajo el calor abrasador. Cuando el Ministerio de Exteriores terminó por fin de examinar sus papeles y la dejó salir, una asistente social la esperaba con una bolsa de ropa, una tarjeta de crédito de prepago y la noticia de que sus padres habían muerto mientras ella estaba en el campamento.

Recibió la noticia en silencio y no se permitió mostrar ningún signo exterior de sufrimiento. Había supuesto que sus padres habían muerto, porque habían prometido reunirse con ella en Arizona un mes después de su llegada, en cuanto su padre pudiera saldar sus viejas deudas y pagar los papeles y la manipulación de la base de datos que les permitirían subir al avión y llegar al puesto de control de inmigración de Estados Unidos, donde podrían pedir asilo. En aquel entonces ella era una adolescente, y ahora era una mujer joven, con cinco difíciles años en el campamento a sus espaldas. Sabía cómo controlar las lágrimas. Le dio las gracias a la asistente social y le preguntó qué habían hecho con los cadáveres.

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Autor: Cory Doctorow. Traductor: Miguel Temprano García. Título: RadicalizadoEditorial: Capitán Swing. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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