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El libro del sepulturero, de Oliver Pötzsch

El libro del sepulturero, de Oliver Pötzsch

En el Prater, el parque más importante de la ciudad, aparece el cuerpo de una criada asesinada de forma brutal. Leopold von Herzfeldt, un joven inspector de policía, será el encargado del caso, a pesar de no contar con el favor de sus colegas, que no quieren saber nada de sus novedosos métodos de investigación, como la inspección de la escena del crimen, la obtención de pruebas o la toma de fotografías. Leopold contará con el apoyo de dos personajes del todo dispares: Augustin Rothmayer, el sepulturero mayor del cementerio central de Viena; y Julia Wolf, una joven operadora de la recién inaugurada central telefónica de la ciudad con un secreto que no quiere que salga a la luz.

Leopold, Augustin y Julia se verán inmersos en los profundos abismos ocultos tras las puertas de la glamurosa ciudad en una carrera para dar con un asesino despiadado que sembrará Viena de cadáveres inocentes.

Zenda adelanta el prólogo y las primeras páginas de El libro del sepulturero, una novela de Oliver Pötzsch publicada en España por Planeta.

***

PRÓLOGO

El hombre del ataúd abrió los ojos y escuchó su propio sepelio.

Al fondo de la fosa llegaban retazos de palabras sordas entremezclados con los lamentos y el llanto de una mujer. El enterrado creyó saber quién estaba llorando y se le partió el alma.

Contra todo pronóstico, dentro del féretro no olía mal. La madera de abeto rojo recién cortada desprendía un agradable aroma de resina y por las estrechas rendijas que dejaba la unión claveteada de la tapa con la caja entraba un poco de aire. Un débil resplandor, apenas visible, se colaba en el interior. Una voz profunda sonó entonces en la superficie. El hombre del ataúd no captó el contenido exacto del discurso, pero seguro que fue un buen parlamento, de aquellos que hacían ver a los demás la gran persona que había sido uno. ¿Por qué nunca habían hablado así de él cuando todavía vivía?

Pero ¿en qué estaba pensando? Estaba vivo.

Le dolía mucho la cabeza, como si la tuviera sumergida en un barreño de aceite de linaza, pero sin duda estaba vivo. Para comprobarlo, primero movió los dedos de las manos y los pies; después, el pie derecho y el izquierdo, y finalmente los brazos. El ataúd era más espacioso de lo que había pensado al principio, solo que un poco duro, y un clavo mal remachado le oprimía el omoplato derecho. Por lo demás, tenía frío y no le habría venido mal una manta.

En la superficie, la mujer volvió a gemir y un sonido monótono y gutural salió simultáneamente de muchas gargantas. Era una palabra de dos sílabas que murmuraron los asistentes y que el hombre tardó en reconocer.

«Amén.»

La ceremonia concluyó.

De repente se oyó un ruido distinto, mucho más cercano esta vez, un ligero estrépito seguido de un repiqueteo a intervalos regulares. Chas… Chas… Chas…

El hombre contuvo la respiración. Estaban paleando tierra sobre el ataúd. Las piedrecillas tamborileaban y rodaban sobre la tapa de madera, y la luz en el interior de la caja iba atenuándose gradualmente a medida que la fosa se llenaba de tierra grasa y arcillosa.

Chas… Chas… Chas…

Entonces se hizo la oscuridad, una oscuridad, precisamente, sepulcral.

Chas…

Una última paletada, voces que se desvanecían, pasos que se alejaban.

Silencio.

El hombre casi podía palpar el silencio. Era como una masa oleosa, negra y viscosa que le subía por las piernas, le recorría el cuerpo tembloroso, llegaba hasta la cabeza y el cabello y le taponaba los oídos. Estaba literalmente bañado en silencio. Era una sensación agradable, en parte porque sabía que no duraría eternamente.

El hombre esperó. Aguzó el oído y se mantuvo a la escucha hasta que por fin oyó algo. Era un golpeteo constante, como si alguien estuviera llamando a una puerta lejana. Los golpes eran cada vez más rápidos, más sonoros.

«¡Ya están aquí! ¡Por fin han llegado!»

Pasó todavía un rato hasta que se dio cuenta de que el sonido que escuchaba eran los latidos de su propio corazón. Palpitaba a toda prisa, como un reloj cuando le dan cuerda demasiado rápido.

«¿Qué está pasando ahí arriba? ¿Por qué no ocurre nada?»

El hombre gritó y su propio grito le resonó tan fuerte en los oídos que el mundo entero debió de escucharlo. Pero nadie le oía, a lo sumo los pocos escarabajos, cochinillas y lombrices que reptaban y serpenteaban muy cerca de él a la espera de hurgar en sus oídos, ojos y tripas. El aire empezaba a escasear. ¿Cuánto tiempo podría durar metido en esa caja? ¿Una hora? ¿Media? ¿Menos? Alzó las manos desesperadamente hasta que le quedaron a la altura del pecho y empujó con todas sus fuerzas la tapa del ataúd. La tierra entraba por los bordes y le caía en los ojos. El hombre tosía, gritaba, empujaba, vociferaba, presionaba… Pero era inútil. Clavaba las uñas en la madera como si así pudiera abrirse paso a través del ataúd y la tierra y salir al exterior, de vuelta al mundo de los vivos.

El hombre volvió a gritar.

Gritó porque pensaba que así despertaría. De niño había tenido una pesadilla: un lobo enorme con el hocico ensangrentado tiraba violentamente de él y lo despedazaba sin matarlo. En aquella ocasión había gritado y se había despertado bañado en sudor frío. Su madre acudió a su cama, le cantó una nana y todo volvió a la normalidad. Ahora esperaba, rezaba por que esta vez se tratara también de un sueño.

Pero no lo era.

«Es real —pensó el hombre mientras se sumía lentamente en un estado de locura—. Es la cruda realidad. Estoy solo, nadie me va a ayudar, tampoco ella…»

Ese ataúd era su tumba, una tumba tan real como el olor a moho de la tierra, como su propio jadeo cada vez más débil, como el cosquilleo que le producían las cucarachas, cochinillas y arañas, como la eterna oscuridad que tiraba de él hacia un lugar cada vez más profundo.

I

Viena, noche en el Prater, octubre de 1893

El potente haz de la linterna de petróleo se movía a tientas en la noche como un tentáculo fino y alargado. Su sigiloso revoloteo atravesó arbustos y árboles, recorrió un par de puestos de salchichas y tiovivos en la lejanía, palpó la elevada cúpula de la Rotonda y la pared trasera de un colorido teatrillo de títeres de cachiporra y se detuvo finalmente sobre la berlina de caja negra que se aproximaba desde el Prater a gran velocidad. El cochero refrenó los dos caballos y el carruaje se detuvo con las ruedas rechinando sobre la avenida principal del parque. Con una sonrisa burlona miró hacia atrás por la mirilla y, guiñándole un ojo a su pasajero, le dijo:

—Tan rápido como un vapor inglés. Hasta podría apuntarme al Derby del Prater. Servidor de usted, caballero… —Expectante, el hombre extendió la mano y Leopold, tal como habían acordado, le pagó el doble de la tarifa, incluso unas monedas más.

—Muchas gracias —respondió Leopold, y, acompañándose de un leve quejido, se incorporó en el asiento forrado de cuero. El trayecto infernal lo había dejado baldado—. Ha ido usted condenadamente rápido. Puede estar contento de que no nos haya parado ningún guardia.

—Descuide, que con un policía en mi fiacre no nos detendrá ningún guripa —respondió el cochero. Cuando el conductor abrió la portezuela, una humedad fría con olor a hierba, estiércol de caballo y fango, típica de las tormentas otoñales vienesas, dio la bienvenida a Leo. El hedor le hizo pensar en una gran bestia en estado de descomposición.

Hacía horas que llovía, pero no tan fuerte como al principio. La intensa lluvia de octubre golpeaba el techo del carruaje y goteaba de los castaños como si fuera resina. Leo abrió la tapa de su Savonette de plata: el reloj de bolsillo indicaba que eran exactamente las doce y ocho minutos de la noche. Apenas habían tardado doce en llegar hasta allí desde la Jefatura de Policía en el Schottenring haciendo caso omiso de todas las normas de tráfico. Habían tenido suerte de que no se les hubiera cruzado ningún tranvía tirado por caballos o, peor aún, ninguno de esos nuevos automóviles conducidos por ricachones borrachos acompañados de sus amantes que Leo había visto circular por las calles de Viena.

Volvió brevemente la mirada por encima del hombro hacia la avenida que, trazando una franja negra, dividía el gran parque en dos mitades. El Prater era una extensa zona de recreo jalonada por los humedales del Danubio, pequeños grupos de bosques y arbustos; llegaba hasta el edificio del Lusthaus y el hipódromo de Freudenau, donde acudían a divertirse la nobleza y la burguesía. Justo detrás de los árboles, donde terminaba el también llamado Wurstelprater, la ciudad parecía refulgir. Las numerosas farolas de gas envolvían los teatros de variedades, cafés, salas de espejos mágicos y puestos de puntería con una cálida luz amarillenta. Aquí, al noroeste del parque, era donde el pueblo llano venía a divertirse siempre de la misma manera. Incluso a esa hora tan avanzada salían de las cantinas risas, gritos y los acordes melancólicos pero a la vez cantarines del schrammel, el género musical tradicional vienés. Una guitarra desafinada, acompañada por un acordeón de botones típico de la región de Estiria, tocaba una vieja tonadilla:

Ligera como el viento corre la sangre por mis venas,
solo soy un verdadero, un hijo de Viena…

Sin darse cuenta, Leo se puso a tararear la melodía. Se colgó al hombro la raída bolsa de la cámara y un estuche con placas secas, tomó con una mano su descuadrado maletín de piel y se bajó del carruaje. Con un último chasquido del látigo, el cochero dio media vuelta y se dirigió hacia el lugar de donde venían la música, las luces y el bullicio, allí donde había vida.

En el bosque aguardaba la muerte.

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Autor: Oliver Pötzsch. Traductor: Héctor Piquer Minguijón. TítuloEl libro del sepultureroEditorial: Planeta. VentaTodostuslibros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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