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Rosa Montero y las fisuras de la realidad

Rosa Montero y las fisuras de la realidad

Hay autores que se te convierten en una referencia personal, que te acompañan desde joven, que forman parte de tu vida. Algunos sólo desde las páginas de sus libros, invisibles pero cercanos. A otros llegas también a conocerlos en persona y a establecer con ellos el diálogo de la amistad. Rosa Montero es para mí uno de éstos últimos. Por eso, para hablar de su literatura tengo que retroceder en el tiempo hasta las postrimerías del franquismo. Yo tenía entonces 16 años, era un joven desaliñado y soñador convencido, como concluía el primer Manifiesto surrealista que tanto me fascinaba, y como sentían tantos otros jóvenes españoles de mi generación, de que “la existencia estaba en otra parte” [1]. Más aún, de que tenía que estar en otra parte.

Porque la vida no podía ser tan sólo la grisura de aquel barrio madrileño de inmigrantes en que habitaba y aquella dictadura bajo la que había nacido y que parecía no tener fin. Para el joven que era yo entonces, la verdadera existencia latía en las páginas de los libros. Unos libros que no consideraba productos culturales ni mercancías ni instrumentos de prestigio o de fama. No, los libros eran pura vida. Porque en ellos estaba la otra vida posible. Tan real como la que vivía cada día. O quizás más, porque se nutría de las potencialidades de los sueños y del futuro, y ese afán de perdurabilidad y transformación es el motor mismo de la vitalidad. Allí estaban también las miradas de los otros: los autores de aquellos libros que se convertían de inmediato en hermanos mayores, en mentores del espíritu, en deslumbrantes aliados cuya inteligencia y arte eran capaces de iluminar el mundo, incluso el mundo gris que me rodeaba, para mostrarlo de otra manera.

"Conocí a Rosa Montero pocos años más tarde, en 1980, cuando yo daba mis primeros pasos periodísticos después de que la vida en España hubiera cambiado"

Después de cada lectura, sentía que mi propia mirada había cambiado y que era capaz de percibir las fisuras, los espacios negros del muro de la realidad, todo aquello que la moral y la retórica social se empeñaban en ocultar: el miedo, la traición, la violencia, la mentira. Sobre todo la mentira. Fisuras que no eran sino señales de la esencial mutabilidad del mundo. Porque esa otra vida, ese otro mundo, no sólo eran posibles, es que además eran deseables.

Conocí a Rosa Montero pocos años más tarde, en 1980, cuando yo daba mis primeros pasos periodísticos después de que la vida en España hubiera cambiado. Ella acababa de publicar su primer libro: Crónica del desamor. Y desde el primer momento reconocí en su escritura, en su mirada literaria, una inconformidad gemela a la que yo sentía como lector: la misma ansiosa rebelión contra la fatalidad de una vida heredada.

"Crónica del desamor supo expresar un estado de conciencia, el malestar de un tiempo y, en particular, el de las mujeres crecidas bajo una sociedad que al machismo unía el culto a un cruel caudillaje patriarcal"

Es esa sintonía, esa capacidad de escribir desde el corazón mismo de los sentimientos compartidos por una generación que vivió el fin de un mundo y cuyos sueños fueron puestos a prueba por los nuevos tiempos, la que explica en mi opinión tanto la extraordinaria acogida que los lectores han dado a la literatura de Rosa Montero desde su primera obra, como su inmunidad a los estragos de la fama. Su éxito comercial no es fruto de concesiones que envilecen sino resultado de la sensibilidad de una autora que ha sabido empaparse de su época y devolverle las palabras que ésta precisa para pensarse a sí misma.

Crónica del desamor supo expresar un estado de conciencia, el malestar de un tiempo y, en particular, el de las mujeres crecidas bajo una sociedad que al machismo unía el culto a un cruel caudillaje patriarcal. La propia Rosa Montero declaraba entonces que no se atrevía calificar de novela su libro sino más bien de “crónica periodística cuyas narraciones son inventadas”, una especie de “mirada alrededor” en la que los personajes resultaban, según ella, “bastante esquemáticos” [2].

Rosa ha tenido siempre un gran sentido crítico, puedo dar fe de ello porque muchos de mis libros han pasado por su bisturí antes de ver la luz, pero es su propia obra la primera en sufrir las inclemencias de su criterio. Quizá Crónica del desamor no sea una novela, en el sentido mayor que Rosa Montero da al término, pero sin duda era un libro necesario. Necesario para los lectores de aquella naciente nueva España y, sobre todo, para la propia autora. El paso inicial de una trayectoria literaria que ha ido adentrándose, libro a libro, en las fisuras, en las grietas del muro de lo que convencionalmente llamamos realidad.

"La ruta elegida por Rosa Montero para realizar ese viaje tiene un momento clave, un punto de no retorno, en la novela Temblor, publicada en 1990"

Ese es, para mí, el rasgo central de la obra de Rosa Montero: el paulatino descubrimiento de las zonas de incertidumbre en nuestra percepción de la existencia. Un descubrimiento que sitúa su escritura en lo que ella misma, recogiendo la expresión de Joseph Conrad, uno de sus autores de referencia, ha definido como “la línea de sombra”, esa parte de la realidad que “separa la luz de la oscuridad”, esa parte de la realidad de “márgenes confusos y fronteras inciertas” [3], vecina de lo que, también convencionalmente, llamamos mágico.

A lo largo de más de una docena de novelas, Rosa Montero ha llevado a cabo un portentoso viaje literario desde la realidad más cercana, desde la “mirada alrededor” de su primer libro, hasta un territorio de creación en el que el lector penetra en esa otra “superrealidad” que es la gran aspiración del arte y la literatura modernos: aquella que comprende no sólo el mundo físico y el pensamiento racional sino el infinito juego de espejos de los sueños, el universo fantasmagórico de los deseos, los delirios de las fantasías y, sobre todo, el reconocimiento del reinado del azar. Una realidad desordenada y caótica, presidida por la trágica certidumbre de la muerte, contra la que se rebela.

La ruta elegida ­­–si es que se puede emplear este término, pues nunca está claro cuánto hay de elección en la escritura y cuánto de impulsivo, de inconsciente– por Rosa Montero para realizar ese viaje tiene un momento clave, un punto de no retorno, en la novela Temblor, publicada en 1990.

Temblor se encuadra en un género literario que no goza de particular prestigio ni tradición en España, la ciencia-ficción, lo cual convirtió la apuesta literaria de Rosa Montero en doblemente arriesgada.

"En la obra de Rosa Montero hay un núcleo duro de temas, metáforas, personajes y estructuras narrativas que vuelven una y otra vez en sus libros, metamorfoseados gracias a la diversidad de sus argumentos, pero idénticos en el fondo"

A Crónica del desamor le habían seguido La función Delta, Te trataré como una reina y Amado Amo, y con ellos su escritura había profundizado en la espiral del amor y el desamor, así como en las relaciones de poder dentro de la pareja y de la cotidiana vida laboral, y había incursionado también en el inquietante submundo de los arrabales, la noche y la mala vida urbanos. Los lectores se encontraron, pues, en Temblor con un cambio total de registro. Y, sin embargo, la voz de Rosa Montero seguía siendo reconocible en aquel nuevo contexto. Más aún, parecía haber hallado una nueva amplitud, una potencia superior.

Sé que es ya un lugar común decir que en realidad un artista se pasa la vida escribiendo o pintando o componiendo una misma obra. Pero hay lugares que no por comunes son menos ciertos y útiles. Y si malo es acomodarse de forma acrítica a lo ya establecido, no menos nefasto resulta la búsqueda obligatoria de la novedad. En la obra de Rosa Montero hay un núcleo duro de temas, metáforas, personajes y estructuras narrativas que vuelven una y otra vez en sus libros, metamorfoseados gracias a la diversidad de sus argumentos, pero idénticos en el fondo. Y esa identidad central, que subyace a la anécdota argumental, es precisamente la que da coherencia y densidad a la obra de un autor.

Así, en Temblor nos hallamos ante un universo cien por cien Montero, en el que la soledad, el desamor, la opresión del poder y las zonas marginales de la sociedad están de nuevo presentes, aunque su acción se sitúe en un futuro tan remoto que ni recuerdo queda de nuestro mundo actual, en una sociedad totalitaria regida por una casta sacerdotal que hace un uso despiadado del conocimiento, en un planeta que literalmente va disolviéndose ante los ojos de sus desesperados habitantes, una Humanidad envejecida que ha perdido casi absolutamente la capacidad de engendrar hijos.

"Rosa forma parte de una generación de lectores apasionados y su literatura es rica en referencias a otros autores, aunque huya deliberadamente de la ostentación metaliteraria"

Temblor es una novela oscura cuya protagonista es una niña enfrentada a la muerte: la muerte de los suyos, la muerte de la sociedad. A ese enemigo invencible, la muerte, es al que combate sin desmayo Rosa Montero en cada uno de sus libros, y en esta novela lo hace a través de la fantasía y el mito.

La sacerdotisa mentora de la niña protagonista transmite a ésta su recuerdo más preciado, un recuerdo que intenta hacer durar más allá de su propia existencia. “Pensé”, le dice: “este momento pasará, y pasarán los años, y un día moriré. Pero sabía que ese recuerdo me iba a acompañar hasta el final de mi tiempo” [4]. Y en la novela, la memoria, la propia y la heredada, esa materia prima de la literatura, esa novela de su propia vida que cada ser humano guarda en su cabeza, se convierte en matáfora de la lucha contra la muerte. Más aún, en el mundo de Temblor, los lugares, las montañas, las casas desaparecen devoradas por la niebla cuando ya no hay quien las recuerde. Se borran simplemente del paisaje. Un poderoso recurso literario que parece sacado directamente de las páginas del relato de Borges Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, en el que éste escribía: “Las cosas […] en Tlön propenden asimismo a borrarse y a perder los detalles cuando las olvida la gente. Es clásico el ejemplo de un umbral que perduró mientras lo visitaba un mendigo y que se perdió de vista a su muerte. A veces unos pájaros, un caballo, han salvado las ruinas de un anfiteatro” [5].

"Esas son, pues, las dimensiones que definen también la siguiente novela que publicó Rosa Montero, tres años más tarde: Bella y oscura. Una novela por la cual, les confieso, tengo una particular predilección"

Rosa forma parte de una generación de lectores apasionados y su literatura es rica en referencias a otros autores, aunque huya deliberadamente de la ostentación metaliteraria. Referencias que juegan además, como se ve en el caso de Borges que acabo de citar, un papel mayor en la definición de su propio universo. Así, en Temblor, la forzada sumisión de los aprendices de sacerdotes a un orden sagrado que niega la lógica, castigados por negarse a decir que ven dos palos cuando les están enseñando tres —un tema éste de la manipulación del lenguaje y la razón por el poder, recurrente en su obra—, trae el recuerdo de las torturas infligidas al protagonista de la novela de George Orwell, 1984, al negarse éste a decir que ve cinco dedos cuando le están enseñando cuatro. “¿Cómo puedo evitar ver lo que tengo ante los ojos si no los cierro? Dos y dos son cuatro” [6], protesta antes de sucumbir a la violenta educación totalitaria.

Vemos pues que en Temblor quedan definidos los tres grandes temas que, como si se tratara de tres dimensiones, dan densidad, volumen y continuidad al universo literario de Rosa Montero: la muerte, la memoria y la mentira. Es en el espacio que éstos delimitan que han de buscar sus personajes la felicidad, la libertad y la verdad posibles.

Esas son, pues, las dimensiones que definen también la siguiente novela que publicó Rosa Montero, tres años más tarde: Bella y oscura. Una novela por la cual, les confieso, tengo una particular predilección. Es además, junto con Temblor, la novela que en mi opinión ha conformado definitivamente su proyecto literario.

"De esa manera, la prosa de Rosa Montero se desviste de costumbrismos y de lugares comunes. O, si se prefiere, eleva ambos a una dimensión superior pues, en el fondo, ¿qué es un mito sino un lugar común convertido en símbolo?"

Con Bella y oscura regresamos de algún modo al mundo canalla de Te trataré como una reina, pero en este caso el escenario principal no es tanto un local como una barriada marginal de una gran ciudad que, quizás, sea Madrid. Un barrio feo y miserable que adquiere, bajo la mirada de la niña protagonista, una dimensión casi mágica, como si el universo futurista y fantástico de Temblor se transparentara, en este libro, al presente. El relato se llena de hombres violentos, de personajes portentosos, como la abuela doña Bárbara, que parece gobernar el mundo desde su cama, o la liluputiense Airelai, ayudante de mago y contadora de historias que hablan de la inminente llegada de la Estrella de la buena suerte, del suplicio de una ballena víctima de la curiosidad brutal de los humanos, de misteriosos poderes propios de las mujeres, capaces de gobernar la voluntad de los hombres, o de su propio pasado como diosa minúscula en un país remoto… Así, la vida de la niña protagonista aparece iluminada bajo un resplandor de prodigio que contagia toda la narración.

En definitiva, el gran hallazgo de Rosa Montero en Temblor y en Bella y oscura es elevar lo real, con su carga de misterios y miedos esenciales, a la categoría de legendario. Sacándolo de lo cotidiano para emplazarlo en un contexto fantástico o, en sentido inverso, infiltrando lo fantástico por las grietas de la cotidianidad, al modo en que Julio Cortázar, otro eterno habitante de la infancia, afirmaba percibir la realidad: “Yo veía los huecos, digamos, el espacio que hay entre dos sillas y no las dos sillas. Y por eso, desde muy niño me atrajo la literatura fantástica” [7]. De esa manera, la prosa de Rosa Montero se desviste de costumbrismos y de lugares comunes. O, si se prefiere, eleva ambos a una dimensión superior pues, en el fondo, ¿qué es un mito sino un lugar común convertido en símbolo? El “te amo más que a mi vida”, por ejemplo, transformado en la tragedia de Romeo y Julieta.

"Por ello, concluyo yo, nadie mejor que un personaje infantil para dotar a un relato de una mirada mágica que nos ayude a penetrar en esa superrealidad de la que hablaba al principio de este texto"

Con ambas novelas, Rosa Montero llevó también a la realidad lo que ella misma postulaba en la prensa una década antes, al presentar su segunda obra: “Las mujeres deberíamos salir de la literatura testimonial y conquistar la imaginación” [8]. Eso es exactamente lo que ella ha hecho.

Resulta llamativo que, tanto en Temblor como en Bella y oscura, la protagonista principal sea una niña. En su extraordinario ensayo narrativo La loca de la casa, la propia Rosa Montero hace algunas reflexiones sobre la infancia que ayudan a comprender el porqué de la elección de esos personajes infantiles. “Los seres humanos entramos en la existencia sin saber distinguir bien lo real de lo soñado; de hecho, la vida infantil es en buena medida imaginaria. El proceso de socialización, lo que llamamos educar, o madurar, o crecer, consiste precisamente en podar las florescencias fantasiosas, en cerrar las puertas del delirio” [9]. Por ello, continúa, “el novelista tiene el privilegio de poder seguir siendo un niño, de poder ser un loco, de mantener el contacto con lo informe” [10]. Por ello, concluyo yo, nadie mejor que un personaje infantil para dotar a un relato de una mirada mágica que nos ayude a penetrar en esa “superrealidad” de la que hablaba al principio de este texto.

Sin embargo, creo que las referencias al mundo de la infancia en la obra de Rosa Montero van más allá de su utilidad a la hora de difuminar las barreras entre lo real y lo imaginario. En muchas ocasiones, aunque ahora recuerdo en especial una, durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara hará ya cerca de diez años, Rosa y yo hemos conversado sobre las posibles clasificaciones de los seres humanos, en general, y de los escritores en particular. Supongo que eso tiene que ver con una cierta necesidad de orden mental que permita hacer más llevadera la relación con esta Humanidad proliferante, en la que seis mil millones de egos se disputan, con desigual fortuna, el papel de protagonista en el teatro del mundo.

"Y la mirada infantil en sus novelas adquiere una inquietante lucidez escarmentada, terrible por lo que ese escarmiento tiene de precoz"

Su última novela, Instrucciones para salvar el mundo, comienza precisamente con una de esas clasificaciones: “La Humanidad se divide entre aquellos que disfrutan metiéndose en la cama por las noches y aquellos a quienes desasosiega irse a dormir” [11]. Pero otra de las posibles maneras de clasificar a los seres humanos, y muy en particular a los escritores, consiste en dividirlos entre aquellos que conocieron el Paraíso en su infancia y se pasan la vida añorándolo y tratando de regresar a él, y aquellos otros para quienes la infancia fue un Infierno del que no se cansan de huir durante el resto de su existencia. Reconozco que, como toda clasificación, esta presenta también, al aplicarse a personas concretas, una cantidad tal de excepciones y matices que perfectamente podría considerarse tan banal y traída por los pelos como las demás, si no fuera porque, a poco que se preste oído a la propia memoria, uno empieza a darse cuenta de que el tiempo de la infancia, como una lejana campana, sí que suele oscilar entre lo paradisíaco y lo infernal. Y uno de esos dos tonos termina resonando con más fuerza en nuestro recuerdo.

Pues bien, aquella noche en Guadalajara, Rosa y yo coincidimos en que a nosotros nos habían tocado infancias infernales. Quizá por eso en nuestras respectivas literaturas belleza y horror, amor e infierno, son territorios tan vecinos que a veces se confunden. Y la mirada infantil en sus novelas adquiere una inquietante lucidez escarmentada, terrible por lo que ese escarmiento tiene de precoz. Hay una frase en El corazón del Tártaro que suena casi como una maldición: “La infancia era el lugar en donde pasabas el resto de tu vida” [12]. ¿Toda una vida en el infierno? Es terrible, pero posible. Afortunadamente, la literatura permite exorcizar los demonios.

El Tártaro, el infierno de los clásicos, es el infierno de las drogas, los abusos sexuales y la traición en esa novela. Pero ya en Bella y oscura había definido Rosa Montero con exactitud la condición infernal: “El infierno no es un lugar, sino un estado. Un veneno que llevamos dentro de nosotros” [13].

"El lector percibe la desesperación y la injusticia en su verdadera dimensión a través de personajes que, por su misma condición, impiden que el relato caiga en el melodrama"

Sus personajes luchan pues por escapar del infierno que les rodea y les habita y que puede encarnarse en terribles relaciones familiares que van del incesto al crimen, en la explotación sexual de las prostitutas, en la violencia sádica de los delincuentes, en la mezquindad del desamor, en la hipocresía de las pulsiones de dominación que se enmascaran de buenas intenciones. Un infierno que adquiere todas las posibles formas de la violencia y la falta de piedad.

Con sabiduría narrativa, Rosa Montero construye su descensus ad inferos sobre una estructura de contrapunto. No se recrea en la brutalidad y el odio, ni tan siquiera en el dolor, por mucho que el dolor —en particular el dolor de la pérdida— esté siempre presente en sus historias. El lector percibe la desesperación y la injusticia en su verdadera dimensión a través de personajes que, por su misma condición, impiden que el relato caiga en el melodrama. Frecuentemente, Rosa Montero incluye en sus novelas personajes animales, compañeros de las andanzas y desventuras de los humanos. La perra Bruna, en Temblor, remedio de las soledades de la protagonista. La ballena martirizada de Bella y oscura, víctima de una crueldad gratuita. Los perros Chucho y Perra, de Instrucciones para salvar el mundo, que simbolizan la pulsión de vivir, o el lagarto Bigga, en esa misma novela, espíritu protector de una inmigrante africana prostituida. Al igual que el caballo ciego de la novela Germinal, de Émile Zola, se convierte, mientras huye por los pasadizos que se desploman, en metáfora de la tragedia de los mineros sepultados en vida, todos estos personajes animales contraponen en los relatos de Rosa Montero la inocencia de su condición a la violencia y la conciencia trágica propias de los seres humanos y, al hacerlo, nos hablan paradójicamente con mayor eficacia del sufrimiento de la Humanidad.

"Saben lo que es el sufrimiento, ser víctimas de limitaciones físicas o de la burla y la agresividad de los otros. Tienen algo de enfermos y de divinos, de sabios y de pueriles, de cómicos y de trágicos"

Pero, sin lugar a duda, los personajes que juegan un papel fundamental en el viaje narrativo de Rosa Montero a los infiernos son los enanos. Ya se ha señalado en muchas ocasiones que en la mayor parte de sus libros aparecen personajes enanos. La propia autora reconoce una fascinación por ellos cuyo origen confiesa desconocer. No voy a ser yo quien pretenda explicar ahora de dónde le viene esa atracción por enanos y liliputienses. Sin embargo, sí quisiera señalar el papel que esos personajes juegan en sus textos.

De un lado, el enano viene a encarnar, en su pequeñez, la pervivencia de la infancia. Su aspecto de “niños viejos”, su debilidad física, su infertilidad, incluso el hecho de que su punto de vista espacial siga siendo el de un niño —para ellos los adultos son gigantes, las mesas atalayas inalcanzables, las escaleras obstáculos, como le sucede a los niños— les convierte en personajes adecuados para expresar la inocencia y la fragilidad de la infancia. Pero, al mismo tiempo, han vivido, han acumulado experiencias, conocimientos. Saben lo que es el sufrimiento, ser víctimas de limitaciones físicas o de la burla y la agresividad de los otros. Tienen algo de enfermos y de divinos, de sabios y de pueriles, de cómicos y de trágicos.

Quiero decir con todo esto que ni animales ni enanos son personajes anecdóticos o caprichosos en la obra de Rosa Montero. Tampoco mera expresión de un espíritu compasivo. Son piezas fundamentales en su representación de los grandes conflictos que mueven al ser humano: el patético debate entre vida y muerte, amor y odio, bien y mal, piedad y violencia. Porque la literatura de Rosa Montero es, como bien puede deducirse después de esta enumeración, una literatura moral.

"Una fábula del presente son también las novelas de ciencia-ficción de su trilogía protagonizada por la detective replicante Bruna Husky"

Y aquí hay que hacer una precisión. Muchos de quienes crecimos bajo el franquismo hemos desarrollado una instintiva desconfianza hacia palabras como patria o moral, pues éstas derivaban, en la práctica social de aquellos tiempos, en patrioterismo y moralismo, y su invocación precedía sistemáticamente a todos los abusos. Quizá por eso algunos de los autores que vivieron en su juventud las postrimerías del franquismo han emprendido después en su obra la necesaria tarea de cimentar una moral y un sentido de la patria cívicos, basado en valores de libertad y respeto. Tal ha sido el caso, para mí ejemplar, de Antonio Muñoz Molina. También es el de Rosa Montero. Una ética basada en valores cuya preeminencia se postula desde la duda. Quizá también por eso buena parte de las novelas de Rosa Montero toma la forma de la fábula, género asociado íntimamente a la reflexión sobre el espacio del Bien y del Mal.

Fábulas son Temblor y Bella y Oscura, pero fábula es también, en el fondo, Historia del Rey Transparente, cuyos voluntarios anacronismos la sacan del registro de la novela histórica para convertirla, de hecho, en una ucronía que utiliza elementos del reinado de Leonor de Aquitania para sustentar un verdadero poema épico sobre la difícil construcción de la libertad, convirtiendo el pasado en espejo del presente. Una fábula del presente son también las novelas de ciencia-ficción de su trilogía protagonizada por la detective replicante Bruna Husky, y una fábula es a la postre Instrucciones para salvar el mundo, que bien podría haberse titulado “Instrucciones para salvarse del mundo”, epopeya de soledades en este populoso siglo XXI.

En la escritura moral de Rosa Montero, la bondad, la libertad, la felicidad nunca son absolutas, pues si el infierno no es un lugar sino un estado, con el paraíso sucede lo mismo. La transitoriedad de la existencia lo contamina todo: los sueños, la fe, el amor, la esperanza. La única certeza es la pérdida, y el vértigo que genera no puede combatirse sino con la única arma que por naturaleza se opone a ella: la palabra.

"Porque Rosa sabe bien que hay palabras que hieren, que matan, que nos destruyen, que nos envenenan. Palabras que mueven al crimen, a la desesperación, al suicidio"

Borges afirmaba que el idioma es “otra memoria”, una memoria más larga que nuestra corta memoria biológica. Y las palabras, señala Rosa Montero, cuando además vehiculan la imaginación, como sucede con las historias que Sherezade contó durante mil y una noches, “no solo pueden vencer a la muerte (o al menos conquistar un aplazamiento de la condena) sino que también nos curan, nos sanan, nos hacen ser mejores y más felices” [14]. En Bella y oscura, la niña protagonista se refugia, ante el miedo o la soledad, en una palabra bálsamo, una palabra secreta que sólo ella conoce aunque desconozca su significado: Baba. Una palabra que viene de algún rincón de la memoria, solitaria y misteriosa: Baba. Una palabra mágica que puede proteger de todo mal: Baba. Una palabra que le ayuda a vivir.

Leola, la campesina convertida en caballero andante que protagoniza Historia del Rey Transparente, levanta en alto la bandera bajo la cual Rosa Montero libra su batalla literaria al afirmar: “Es la palabra la que nos hace humanos, la que nos diferencia de los otros animales. El alma está en la boca” [15]. Para bien y para mal, cabría añadir. Porque Rosa sabe bien que hay palabras que hieren, que matan, que nos destruyen, que nos envenenan. Palabras que mueven al crimen, a la desesperación, al suicidio.

Lucía, la narradora de su novela La hija del Caníbal sugiere que “la sustancia misma de la vida es el temor”. Rosa Montero es una escritora pasional, escribe desde la pasión y las pasiones mueven y definen a sus personajes, como en toda gran literatura. Y es tal la pasión de vida que hay en su escritura que inevitablemente el dolor de la muerte se convierte, como ya apuntaba antes, en el gran protagonista de su obra.

"A las palabras confiamos, pues, no sólo la memoria de la felicidad sino también la de su desaparición, luz y sombra de lo que somos"

El dolor que aún no se reconoce como tal, como esa Estrella de la felicidad que al fin la niña de Bella y oscura ve resplandecer en el cielo sin comprender que se trata en realidad de la explosión del avión en que viajaba su padre. O el dolor omnipresente de quien, como Matías en Instrucciones para salvar el mundo, asiste a la muerte atroz de un ser querido, devorado por la enfermedad, y tiene que preguntarse cada mañana cómo se puede seguir viviendo después de eso, cómo se puede respirar minuto tras minuto cuando una garra te oprime el corazón. Cómo se puede vivir cuando todos nos sabemos condenados a muerte, cuando nos rodea tanto dolor, cuando habremos de perderlo todo. Absolutamente todo.

Al principio de este texto convoqué al joven lector apasionado que era yo a los 16 años y lo hice porque él ha sido siempre mucho más inteligente que yo. A él le pertenecen todos mis sueños y él se encarga de recordarme que los desengaños son sólo míos. Él es el otro que me habita, el guardián de los libros que me han dado forma. La voz que me dice: esto es literatura, por aquí pasó la vida, cuando un libro nuevo me fascina.  Él sabe, como se dice en la Historia del Rey Transparente, que “lo que nos daña también puede curarnos” [16], y que incluso hacer un doloroso duelo, como el de Matías, puede ser también un privilegio, porque toda pérdida presupone una dicha. A las palabras confiamos, pues, no sólo la memoria de la felicidad sino también la de su desaparición, luz y sombra de lo que somos.

Soy yo quien ha intentado hacer en este texto una lectura de la obra de Rosa Montero. Pero es aquel joven de 16 años quien le agradece a Rosa el tesoro de palabras de su literatura, porque con ella nos ayuda a vivir. A pesar de todo.

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[1] Pag. 70. Manifiestos del surrealismo, de André Breton.

[2] Diario El País. Madrid, 1 de noviembre de 1979.

[3] Pag. 68. La loca de la casa, de Rosa Montero.

[4] Pag. 13. Temblor, de Rosa Montero

[5] Pag. 30. Ficciones, de Jorge Luis Borges

[6] Pag. 265. 1984, de George Orwell.

[7] Pag. 25. Julio Cortázar. La biografía, de Mario Goloboff.

[8] Diario El País. Madrid, 24 de febrero de 1981.

[9] Pag. 18. La loca de la casa.

[10] Idem.

[11] Pag. 9. Instrucciones para salvar el mundo, de Rosa Montero.

[12] Pag. 203. El corazón del Tártaro, de Rosa Montero.

[13] Pag. 120. Bella y oscura, de Rosa Montero.

[14] Pag. 204. La loca de la casa.

[15] Pag. 171. Historia del Rey Transparente, de Rosa Montero. Ed. Alfaguara. Madrid, 2005.

[16] Pag. 398. Historia del Rey Transparente.

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