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Ruido blanco

No he visto la película que inspiró, pero sí he visto los quince minutos de fama de una realidad que ya no sabe lo que ponerse y, en un descuido, introduce la mano en el armario con flores psicodélicas perteneciente a su hermanita pequeña, la ficción. Wikipedia recoge un bonito relato del acontecimiento bajo un título propio del género de catástrofes, 2023 Ohio train derailment (esto parece que ni sacado de John Carpenter), y la verdad es que yo creo que ya he visto esa película, cuando era niño, en formato VHS, tras rebuscar en las estanterías inferiores —donde guardaban toda la morralla— del videoclub de mi barrio:

El accidente ferroviario de Ohio de 2023 hace referencia al descarrilamiento de un tren ocurrido el 3 de febrero de 2023 a las 8:55 p. m. Varios vagones estuvieron ardiendo durante más de dos días, y posteriormente los equipos de emergencia realizaron una quema controlada de algunos vagones que liberaron cloruro de hidrógeno y fosgeno en el aire. A resultas de ello, los residentes en un radio de 1,6 kilómetros fueron evacuados y se inició una respuesta de emergencia por parte de las agencias en Ohio, Pensilvania y Virginia Occidental.

El tren mercante, propiedad de Norfolk Southern, uno de los grandes operadores ferroviarios de Estados Unidos, constaba de 141 vagones cargados, nueve vacíos y tres locomotoras.

No suena bien eso de “liberaron cloruro de hidrógeno y fosgeno en el aire”. Pero luego lees que en realidad se trataba de cloruro de vinilo, líquidos combustibles, acrilato de butilo y residuos de benceno y hasta echas de menos el fosgeno.

"En la novela de DeLillo el veneno comenzó a propagarse mucho antes de que el fosgeno encapotase los suburbios de una bonita ciudad americana"

Don DeLillo escribió esta misma historia exactamente 39 años antes de que sus palabras se apelmazaran en la forma de un caos ferroviario. Venía de publicar Los nombres, la primera de sus mejores novelas, un relato, precisamente, sobre el poder de la palabra, que tiene la apariencia perfecta de una sábana oreándose en la brisa del verano. ¿Quién no ha soñado alguna vez con escribir un libro así? Libra, su prolijamente documentada aportación al caso Kennedy, llegaría justo después, un poco como coqueteo con el sanctasanctórum en que yace en su forma perfecta el grial de la Gran Novela Americana, y un poco como contribución al psicoanálisis de la mente de Norteamérica —no la mente del conjunto de sus ciudadanos, sino la del enclave transformado por las imágenes en una entidad sintiente y pensante—, una deuda clásica que el escritor americano de izquierdas parece haber contraído desde antes de su nacimiento con todas las muertes del padre, pasadas, presentes y futuras. No se le puede objetar nada a DeLillo porque, incluso en sus momentos de flaqueza, desprende un poder mayor que el de muchos de sus colegas, pero comparado con buena parte de sus libros es imposible no reconocer que Libra parece más bien una obra escrita con los pies apretados dentro de unos zapatos con suela de plomo. Lo cual es entendible: DeLillo siempre es mejor cuando investiga su propia prosa, no el extraño caso de la muerte del rey. Su tercera mejor novela (no la tercera según un criterio de valor, sino el de algo más elemental como es su fecha de publicación) llegaría en 1997: el título español de Submundo, dicho sea de paso, siempre me ha parecido una dudosa solución, puesto que sitúa a sus personajes en un lugar intermedio entre el suelo y el infierno. La gente de las basuras de la novela de DeLillo ya está en el infierno. Y, sin embargo, ni siquiera “inframundo” me parece una solución mejor. Porque ese no es exactamente el infierno en el que todos ellos se encuentran. Y, con todo, que son almas en pena.

"¿Quién habla de esa forma? Nadie que no esté cayendo y dando vueltas por un vacío epistemológico, buscando mientras tanto aferrarse a algún saliente de comprensible realidad"

¿Y qué es lo que cuenta Ruido de fondo, la segunda de las mejores novelas de DeLillo? Pues, increíblemente, un poco lo que cuenta la entradilla de la Wikipedia acerca de la catástrofe del pasado febrero: la historia de un accidente en Ohio, la de una nube tóxica, la historia (en parte) de un pueblo envenenado. En la novela de DeLillo, sin embargo, el veneno comenzó a propagarse mucho antes de que el fosgeno encapotase los suburbios de una bonita ciudad americana. Ese veneno lo conocemos todos: se trata del “ruido de fondo” que emite su señal extraterrestre desde las tinieblas de la conciencia humana, el aviso constante de que uno, después de todo, no es de aquí. Jack Gladney y la variopinta humanidad que tiene por familia comen con ansia y murmuran en sueños para adaptarse a este pequeño rincón de la galaxia, tratando de reconocer una frecuencia familiar en las alitas de pollo servidas en cucuruchos de cartón o en las marcas de vehículos japoneses que les recorren durante sus sueños. Lo de menos es que Jack sea profesor de Hitler avanzado en la universidad de la colina (College-on-the-Hill), o que sus hijos pertenezcan a corrientes genéticas dispares, producto de una ensalada de terceras y cuartas esposas y de segundos y terceros maridos: todo esto —la propia vida, en suma— no es más que un retorcido aprendizaje del estar. Las conversaciones cruzadas entre Jack y su esposa, entre el matrimonio y sus hijos, entre los propios hijos hablándose entre sí o dirigiéndose, en medio del estrépito reinante, a la pareja formada por Jack y Babette (sólo pedagógicamente sus padres), son en realidad unos divertidísimos intentos de hacer pie. ¿Quién habla de esa forma? Nadie que no esté cayendo y dando vueltas por un vacío epistemológico, buscando mientras tanto aferrarse —con una desenvoltura sólo aparente— a algún saliente de comprensible realidad, venga ésta encarnada en la forma de Hitler, de los anuncios de comida basura o de los regímenes adelgazantes. ¿Y por qué no? A efectos de un hombre desesperado que escucha una señal procedente de otro mundo, Hitler puede ser una manera como otra cualquiera de poner un pie en el suelo.

"Ruido de fondo puede ser una sátira sobre el consumo como de las complejas relaciones familiares nacidas de un capitalismo enloquecido, pero más que otra cosa es un cántico espiritual del alma degradada a ciudadano"

Toca ahora explicar que ese “ruido de fondo” no es una señal, literalmente, de otro planeta. Quiero decir, no estamos ante una novela de ciencia ficción, ni ante la biografía de un lunático. En realidad, Jack Gladney es el sujeto más cuerdo que existe. Pensemos solamente en ese instante de pura proximidad con dios en que Jack acude a un cajero automático para verificar el estado de sus cuentas, y, al comprobar que el aparato no se limita a obedecer sus órdenes sino que incluso arroja el cálculo esperado, siente que el sistema “ha concedido la bendición a su existencia”. ¿Quién puede estar más cuerdo que un hombre que en estas pequeñas cosas cotidianas, como Teresa en unas prendas arrugadas, puede encontrar a dios? Esta aquí, Mr. Gladney, en esta esfera en equilibrio a la que decimos “mundo”, pero pese a todas las evidencias materiales, a la urgencia del consumo, a las patéticamente llamadas “funciones vitales”, a la absorbente necesidad de decir “yo”, sólo él sabe que se trata, con suerte, de un dudoso “aquí”. Ese ruido blanco, el soniquete que percibe sutilmente en el borde de las cosas, concierne a otro lugar, también nuestro (más nuestro aún que una triste “propiedad privada”), pero no el que equivocadamente consideramos nuestra casa. Está —por poner el ejemplo de otro colosal protagonista de la literatura de finales de siglo— un paso más allá de esa “información” que en su cerebro de reptil escucha Richard Tull, tan embebido en su propio ruido interior que incluso llora en sueños: Tull, otro místico de pavoroso oído, otro oyente de las atmósferas de fondo. Pero la información que le llega a él es de otra clase, de un género más humano que extraterrestre: es el aviso de su propia decadencia. El pobre Tull ya ha alcanzado la edad en la que se destruyen todos los pactos a los que un hombre todavía joven había podido llegar con su propio retrato mental, con una identidad vinculada estrechamente a lo que hasta ese momento en que uno empieza a escuchar “la información” había sido un aún inmóvil revestimiento, y el ruido que Tull escucha, sin más, es la vejez. Pero no la muerte. Y menos el lugar desde el que la muerte llama y llama.

"Es un retrato de lo que estaba sucediendo tan sólo unos instantes antes de que los conceptos se disolviesen, de que las palabras pudieran significar una cosa y su contraria"

Ruido de fondo puede ser una sátira sobre el consumo (que lo es) como de las complejas relaciones familiares nacidas de un capitalismo enloquecido (no lo creo), pero más que otra cosa es un cántico espiritual del alma degradada a ciudadano, todavía con su parte de percepción extrasensorial emitiendo señales por debajo del umbral del ruido ambiente. Es una gran novela —por suerte no otra gran novela americana— y, en medio del territorio soñado que ocupa la literatura de todos los siglos, un castillo de Transilvania recortándose contra la luna, pero sobre todo es un retrato de lo que estaba sucediendo tan sólo unos instantes antes de que los conceptos se disolviesen, de que las palabras pudieran significar una cosa y su contraria, de que personas y objetos pudieran ser redefinidos en función de una subjetividad sentimental. Hace 39 años explotó una nube tóxica en un monumental territorio literario, 39 años después la nube escapó y se materializó en ese mismo mundo al que parodiaba. Tres cuartos de la humanidad la respiró. ¿Alguien más se ha dado cuenta de esto: de que estamos en el siglo de la parodia?

Una curiosidad, para terminar: las víctimas de la nube del descarrilado tren mercante, todos habitantes de East Palestine, Ohio, habían trabajado como extras en la versión de Netflix de Ruido de fondo. Ninguno —estoy seguro— es consciente de que muchos años antes ya habían trabajado como actores en una ficción, la novela de DeLillo Ruido de fondo.

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Autor: Don DeLillo. Título: Ruido de fondo. Traducción: Gian Castelli. Editorial: Seix Barral. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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