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Salvada por la campana

Sylvia Plath gusta de asomarse sonriente al alféizar de las fotografías. En muchas de ellas rebosa vida en technicolor, en una hermosura palpitante a la que le han brotado las alas de la eterna juventud. Parecería un anuncio bien calibrado del sueño americano, un icono pin-up atemporal, hábilmente disecado para resistir inmune a la decadencia; no en vano se ha sugerido la existencia del mito de Sylvia Plath como “la Marilyn Monroe de la poesía”, en lúcida expresión de su biógrafa Heather Clark. “Soy una mujer sonriente”, escribiría Plath a modo de hilillo reluciente colándose a iluminar la rendija entre las tupidas cortinas de su postrero y descarnado poema “Lady Lazarus”, autoepitafio tallado a dentelladas y que vería la luz tras su prematura muerte en el magistral volumen poético Ariel (1965).

Algunas de las imágenes que la muestran en la playa han servido para acompañar reseñas o artículos que recogen su estancia de cinco semanas en Benidorm en julio-agosto de 1956, antes de que la población se transformara por completo, impulsada por el poderosísimo vendaval del boom turístico. Feliz y deslumbrada por el halo exuberante de un amor de sabor iniciático, junto a su recién estrenado marido, el flamante poeta británico Ted Hughes, Sylvia escribió versos luminosos y esbozó dibujos, llenos de alma, del panorama que se revelaba ante sus ojos. Su confesión del 7 de julio es taxativa: “Nunca me he sentido tan nativa de un país como de España”. Sin embargo, la memoria de Hughes alargaría su estela hasta las antípodas y dejaría después un poema yaciendo bajo la losa del título “Tú odiabas España”, donde afirma que era él, no ella, el amante de lo hispano: “España te aterrorizaba. España, donde yo me sentía en casa…”.

"La campana de cristal es una narración jalonada de autobiografía. Trata de exorcizar los demonios de la enfermedad mental contra los que la autora llevaba luchando toda su vida"

De las historias felices nunca se ha sabido que tuvieran novela, decía Martín Gaite. Cuesta trasponer esa escena idílica al presente e imaginar ahora allí a Sylvia y Ted, que de seguir vivos y juntos serían unos nonagenarios de habla inglesa, indistinguibles a la vista entre la muchedumbre de visitantes foráneos, y ya incapaces de identificar su paraíso perdido en un lugar donde se han borrado las huellas de lo que fue aquella primera vez, salvo el cielo, el mar y el paisaje del contorno. Pero eso no estaba llamado a ocurrir.

Acaban de cumplirse seis décadas de aquel día infausto en que Sylvia Plath se quitó la vida a los 30 años, y por tanto también de aquel otro, distante menos de un mes, del alumbramiento de su única novela, La campana de cristal, que Joyce Carol Oates compendió como “una obra de arte casi perfecta”. Para conmemorar la efeméride, Random House ha publicado una auténtica joya editorial con una cuidada traducción de Eugenia Vázquez Nacarino, un espléndido prólogo de Aixa de la Cruz y unas magníficas ilustraciones de Sonia Pulido, que logran sumergir al lector en la estética contemporánea al texto y facilitan internarse en la historia.

"En La campana de cristal Sylvia Plath se muestra dueña de un amplio abanico de recursos literarios y metáforas sorprendentes por la fuerza de su genialidad"

La campana de cristal es una narración jalonada de autobiografía. Trata de exorcizar los demonios de la enfermedad mental contra los que la autora llevaba luchando toda su vida. En un intrincado juego de espejos e identidades encubiertas, intuidas o desveladas, Plath, parapetada en el nombre de Victoria Lucas, elabora un relato sobre una joven que se diría su alter ego, Esther Greenwood, que en momentos de la trama elige a su vez utilizar el seudónimo de Elly Higginbottom y que comienza a redactar una novela cuyo personaje principal es ella misma, bajo el nombre de Elaine. Caprichosas carambolas del ser. Las sucesivas ediciones del texto, más allá de aquella primera emblemática de solo 2.000 ejemplares, y ya bajo el dominio de Ted Hughes y de la hermana de éste, Olwyn, no respetaron el deseo de la escritora y aparecieron con su nombre real. Plath, al esconder su autoría, habría querido evitar el oprobio de su familia (señaladamente su madre, con quien la relación siempre estuvo trufada de espinas), amigos y conocidos, que quedaban retratados de manera nada favorecedora en poses incómodas, y ahora además con un aura pública de culpabilidad difícil de asimilar.

Irreverente, ácidamente corrosiva, irónicamente incisiva y profundamente conmovedora, en La campana de cristal Sylvia Plath se muestra dueña de un amplio abanico de recursos literarios y metáforas sorprendentes por la fuerza de su genialidad, así como creadora de un estilo propio, perspicaz, inteligente y atractivo, infalible bisturí para destripar la enorme farsa social en la que la protagonista, dolorosamente inadaptada, trata de nadar a contracorriente. Es la campana de cristal, que comprime en una cruel asfixia: “Para quien está en la campana de cristal, vacía e inerte como un bebé muerto, el mundo es la pesadilla”. Por ello, la novela suele definirse como oscura, pese a la abundancia de toques de humor. Cuando Plath recibió un volumen de prueba en diciembre de 1962, escribió en su diario que le parecía “divertida y muy buena”. Ciertamente, el calificativo “divertido” aplicado a ella no se ha prodigado entre exégetas y críticos de la obra.

"La muerte se manifiesta invencible y sobrevuela la historia, omnipresente y aterradora, en toda su atroz magnitud. Se eleva como una bandada de buitres, entre la insatisfacción y el deseo frustrado de controlar la propia vida"

Los rasgos autobiográficos en la obra de ficción son numerosos y muy evidentes, y retrotraen al momento en que la autora tenía 19 años. Plath dota a la protagonista de sus mismas experiencias vitales en ese preciso instante de su existencia: ambas son de Boston, sufren la muerte del padre alemán en la primera infancia, son brillantes universitarias, sienten el desgarro del choque entre las expectativas sociales y su irrenunciable realidad íntima e interior, ganan una beca que les brinda la oportunidad de escribir en una revista de moda, y aquejadas de una honda depresión, caen en un intento de suicidio y pasan por un sanatorio mental donde reciben electroshock, hasta superar el episodio y reincorporarse a sus estudios de la universidad, lo que se palpa en la novela a pesar del final abierto. La vida biológica se abre paso, testaruda superviviente, por entre la consciencia que sufre. “Yo soy, yo soy”, cree oír Esther en cada latido de su corazón bombeante.

Pero la muerte se manifiesta invencible y sobrevuela la historia, omnipresente y aterradora, en toda su atroz magnitud. Se eleva como una bandada de buitres, entre la insatisfacción y el deseo frustrado de controlar la propia vida, que solo resuena ominosa y vacía como una calavera. Planea entre la mascarada de la incomunicación con los demás, el binomio excluyente entre la feminidad tradicional y la voluntad de autoafirmarse, y el pánico de no saber aprovechar las oportunidades que solo desfilarán una vez frente al portón de entrada. Se enseñorea de los engaños institucionalizados que la protagonista percibe nítidamente como defraudadores en la prensa y el mundo editorial, la universidad, la medicina, la gran ciudad, el ascenso social, la religión y la moral, la imagen y las apariencias, los roles de género, el sexo, el matrimonio, la maternidad o la familia. Un insoportable tedio, ebrio de amargura, ante un mundo crónicamente hostil, del que sólo se ve escape a través del suicidio, y que es objeto de la burla feroz de Plath al desafiar cada uno de los clichés y desatar metódicamente, uno a uno, los ganchos metálicos del corsé en que la embuten para someterla.

"Hughes y Wevill cargarían con el sambenito social de haber sido responsables del fatal desenlace y Ted además sería señalado por haber ocultado o destruido la parte de los diarios de Plath que narraban el tormento final de su convivencia"

Y la muerte, colofón del proceso de desintegración de la personalidad, un día de febrero, finalmente concluiría la larga espera y se detendría a tocar el timbre del apartamento londinense donde Sylvia Plath se había mudado con sus dos hijos pequeños tras la deserción de Ted Hughes, quien había comenzado una relación con la poeta Assia Wevill.

Aunque Plath inicialmente reconoció que se trataba de la calle y la casa donde siempre he querido vivir”, por haber sido la residencia de su admirado poeta W. B.Yeats, la sombra negra ganó el duelo con maestría pocos meses después. Solo podía quedar uno. “Morir es un arte, como todo lo demás. Yo lo hago excepcionalmente bien”, escribió Sylvia. Hughes y Wevill cargarían con el sambenito social de haber sido responsables del fatal desenlace y Ted además sería señalado por haber ocultado o destruido la parte de los diarios de Plath que narraban el tormento final de su convivencia.

Ted no dejó de llevar a Assia a Benidorm y se mudó con ella a la casa de North Tawton que un día compartiera con Sylvia, junto con los dos niños de esta, Frieda y Nicholas. Y fue deslustrando el vínculo a base de infidelidades. Seis años después, en un trágico giro del destino, Wevill se quitaría la vida de un modo que se asemeja mucho al elegido por Plath, aunque esta vez llevándose por delante a la hija que tuvo con Hughes. Sylvia aquel día de 1963 había tomado precauciones para que el gas no llegase hasta sus niños, preservándolos de daño. Pero su hijo Nicholas seguiría idéntica ruta suicida en 2009.

"Sesenta años después de la muerte de Sylvia Plath, su talento desnudo, sólidamente incontestable, se yergue como un faro emisor de destellos que recuerdan a los de la sonrisa iridiscente de las fotografías de juventud"

Más allá de las crónicas sensacionalistas, Plath y Hughes se consagrarían entre los cánones como dos colosos literarios para la posteridad. Sylvia Plath se alzó con el Premio Pulitzer de Poesía póstumamente en 1982 y Ted Hughes fue nombrado Poeta Laureado del Reino Unido en 1984. Imposible separar las vidas de la pareja. Complejo distinguir entre lo autobiográfico y la producción literaria de ambos. Pero sea como fuere, los dos dejaron en pos de sí un legado de altísima calidad creativa, honestamente veraz, que consigue estremecer por su tenor genuino.

Sesenta años después de la muerte de Sylvia Plath, su talento desnudo, sólidamente incontestable, se yergue como un faro emisor de destellos que recuerdan a los de la sonrisa iridiscente de las fotografías de juventud. Centelleos como esta nueva edición de La campana de cristal orientan a los lectores y salvan su travesía de las rocas con que los aspectos biográficos amenazan con alienar el disfrute de la obra de ficción, muchas veces camuflada entre la niebla de la crudeza de los acontecimientos históricos, que distrae de contemplar en plenitud la fulgurante belleza de su impecable composición.

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