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Sobre Walter Benjamin

Walter Benjamin fracasa precisamente en su fama, porque en esa falsa fama no se salva lo fracasado ni lo sufriente, especialmente lo anónimo, ni se consigue poner los textos de Benjamin en las manos, sino que se cargan en las espaldas, aumentando el peso que ya soportaban los seres humanos. Los textos de Benjamin se convierten así en documentos de barbarie, en cuanto se olvida el momento de la transmisión de esa obra y aquello a lo que apunta o podría remover en nosotros como posibilidades para el futuro.

La experiencia moderna se caracteriza por la acumulación de vivencias del choque, en el trabajo, en la diversión, en el pasear por una gran ciudad. El interior, la vivienda, se convierte en un refugio donde se pueden alimentar las ilusiones falsas, pero en realidad es un nicho para los muertos vivientes. En tales condiciones, para una capa social inmensa se hace realmente difícil la posibilidad de asimilar algo semejante a lo que propone Benjamin, ya que requeriría de la misma disciplina que vive en la oficina o en la fábrica, sin remuneración alguna. La pretendida libertad del tiempo de ocio ya no lo permite, porque eso llamado libre está al servicio del tiempo de trabajo, que por mera oposición conceptual se transforma en tiempo esclavo que a su vez esclaviza. Pero también la lógica del trabajo, en el estudioso, en el estudiante, en el realmente interesado por una disciplina, choca con las exigencias mismas de ese trabajo, con lo cual convierte la filosofía que los cuestione en incomprensible, en enigmática, en escasamente rentable para avanzar en el conocimiento.

"Todo el esfuerzo filosófico de Benjamin fue una lucha por la felicidad, la buscó con la misma devoción que Proust, a nivel personal y colectivo"

La dificultad más trivial, la más dura, la más terrible para entender a Benjamin no es la mala edición de sus obras o la falsa fama, la dificultad de su prosa, lo abismático a lo que abre su filosofía en la superficie o el miedo que pueden desplegar sus textos, la máxima dificultad está en la pereza en la que nos sumerge un mundo guiado por la economía, por el trabajo, por una diversión a la sombra del trabajo e industrializada. Benjamin remite a una responsabilidad para cada generación en la que tendría que asumir una llamada relámpago del pasado. Benjamin llega a decir que el único pecado atribuible a los seres humanos está en entregarse al destino. Tal vez por eso vivimos en el infierno, que Benjamin determina como dominio de las fantasmagorías y presencia inevitable de la angustia. Todo el esfuerzo filosófico de Benjamin fue una lucha por la felicidad. La buscó con la misma devoción que Proust, a nivel personal y colectivo. Y cuando pudo ver que perdía la batalla dejó en el testamento de sus tesis, con esa pasión contenida que las habita y con la que contagia al lector, la idea de que la felicidad está en lo que nos remite al pasado, en lo no cumplido del pasado, en la negación actualizada del sufrimiento.

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Autor: Antonio Aguilera. Título: Paisajes benjaminianos. Editorial: Ediciones del subsuelo. Venta: Todostuslibros y Amazon.

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