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Tiziano en el umbral

El Tiziano de las últimas obras (El desollamiento de Marsias, La coronación de espinas, San Sebastián, Tarquino y Lucrecia, Ninfa y pastor…) es un Tiziano que estremece, un Tiziano que afronta la muerte en el extremo de la pintura. La luz palpita temblorosa en la oscuridad de sus cuadros, la carne blanca llamea como si fuera fosfórica, como si el músculo fuera de la misma sustancia que las alas de las polillas. Esto llega a su consumación en La Piedad, la última puerta, su cuadro final, casi inacabado y sin embargo entero, de una intensidad dolorosa. Lo pintó para su propia tumba en la iglesia de Santa Maria dei Frari, aunque ahora es el ápice que completa el camino por las galerías de la Academia de Venecia. La ciudad misma estaba en trance de muerte aquellos años. La peste bubónica acabó con un tercio de la población. De ahí nació, como iglesia votiva, el Redentor de Andrea Palladio y las fiestas de finales de julio, que celebran la supervivencia. La Piedad también es un gran exvoto. De hecho, su esquina inferior diestra, como un espejuelo, contiene un pequeño exvoto físico, retratado: Tiziano se arrodilla con su hijo Horacio frente a una Piedad similar a la grande del cuadro. Horacio murió durante la epidemia y Tiziano, octogenario, no llegó a terminar la obra.

"La noche gélida porfía con las llamas. Hay un temblor. Procede del cuerpo muerto de Cristo, que hace olvidar el resto de la extraordinaria pintura"

Todo en él aparece geminado: las dos figuras centrales (Cristo muerto y María, madre que lo porta), dos testigos (el dolor expansivo de María Magdalena y la inclinación de rodillas de José de Arimatea, en el que se autorretrata Tiziano, que cede su sepulcro a Cristo), dos estatuas (el Moisés de las Tablas de la Ley y la Sibila Helespóntica, que anuncia la Pasión que sellará el Nuevo Testamento), dos ángeles (uno concentrado, con un aguamanil, y uno que se proyecta con una antorcha encendida), dos cabezas de león esculpidas, el símbolo de Venecia. En el ábside, el mosaico misterioso de un pelícano, símbolo de amor sacrificial y salvación. En este cuadro está todo Tiziano, pero trascendido, como llevado a su último grado. La noche gélida porfía con las llamas. Hay un temblor. Procede del cuerpo muerto de Cristo, que hace olvidar el resto de la extraordinaria pintura. Todo se deja atrás al contemplarlo, el arte se deshace como telarañas, todo ha sido preámbulo para llegar hasta allí. La materia se desintegra, el óleo brilla pero ha abandonado su untuosidad, se desprende de sí mismo, la carne empieza a ser otra cosa en medio de la oscuridad en la que ha ingresado quien lo observa. Es el canto del cisne de un maestro máximo. Ningún humano permanece impasible ante esto, porque resulta imposible no sentirse abismado.

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Nota con motivo del 450º aniversario de la muerte de Tiziano

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