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Trabajos forzados

Trabajos forzados

El novelista Henry Green (1905-1973) no tenía necesidad de trabajar, pero lo hacía. Cada día acudía a sus oficinas en la empresa Pontifex, de su propiedad, y por allí se paseaba o, si acaso, escribía un par de páginas. Cuando le preguntaron por qué no dejaba aquel trabajo para dedicarse a escribir en casa contestó que aquellas rutinas laborales ordenaban su vida y, además, le proporcionaban experiencias para utilizar en su escritura. Así, de hecho, el autor se ubica en una de las dos orillas en las que puede dividirse el panorama de los escritores: la de aquellos que necesitan un trabajo al margen de la literatura para avanzar en su obra y la de los que no.

A esta última pertenece el protagonista de esta novela de Alfonso López Alfonso, quien, después  de un hipnótico arranque sobre la vida laboral en los tiempos modernos, de inequívoco aire kafkiano, despliega poco a poco el viejo dilema de la literatura o la vida, ya presente en nuestras letras desde Cervantes al menos, pero que aquí aparece bajo un prisma nuevo, más en la línea de lo recientemente planteado por Karl Ove Knausgård en su ciclo Mi lucha y que no es otra cosa que el de la épica que ofrece, no ya la lucha contra venteros y gigantes, sino la vida familiar, cada vez más complicada, por cierto.

"Al final parece —¿o tal vez solo lo parece?— que Andrés Longo se contente con leer a John Fante en lugar de ser él mismo John Fante"

Pero la vida que aquí se nos presenta ya no es épica en realidad, pues, a la manera de la de un Lord Byron que, esta sí, empata con la del Quijote, si no, más bien, narcótica, dulce, tal vez, en su tramposa placidez, como también lo es el trabajo en el instituto de prevención de riesgos laborales en el que un torturado Franz Kafka —al igual que Andrés Longo— malbarata su talento. Porque aquí Longo, si bien en un primer momento nos lleva de la mano por su periplo de trabajos anodinos que, sin embargo, a la manera del joven J. M. Coetzee de Juventud, le permiten al menos escribir (aunque no lo hace), después nos arroja en los dulces brazos de una vida familiar que tampoco es que le empuje, desde luego, a la escritura pero de la que, sin embargo, no trata de zafarse como hizo Ulises con las sirenas.

Así, encontramos en esta parte mucha felicidad —la que depara el reencuentro con la familia— pero poca escritura —o poco combate por la escritura— por lo que parece que al final gane la vida. Porque al final parece —¿o tal vez solo lo parece?— que Andrés Longo se contente con leer a John Fante en lugar de ser él mismo John Fante, como se proponía al principio de la novela. Menos mal que Alfonso López Alfonso, como demuestra el parto de esta novela, fresca, directa y transparente, transparente en su acidez y vitalidad, y en su capacidad para recordarnos unas cuantas verdades, no opina igual.

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Autor: Alfonso López Alfonso. Título: Territorio distópico. Editorial: Impronta. Venta: Todostuslibros y Amazon.

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