En este estío casi apocalíptico, en el que la canícula nos hace vivir de continuo abrasándonos en las calderas de Pedro Botero, he disfrutado como un macaco leyendo la última criatura de nuestro colega en Zenda Emilio Lara. La ha titulado Un mar de oro verde: Historia cultural del aceite de oliva. Es un canto de amor a la tradición aceitera que alumbra el Mediterráneo, el cual amalgama a civilizaciones tan diversas como la mesopotámica, la fenicia, la griega, la romana, la árabe y la judeocristiana. Todas ellas se han servido del fruto de la oliva como palanca crucial en su desarrollo. Todas ellas han honrado el producto del primer olivo que plantara Atenea clavando su lanza en la cima de la Acrópolis, mientras se disputaba quién daría su nombre a Atenas con su tío Poseidón, señor de mares, fuentes y ríos.
Lara es profesor, de los de recia estirpe y no de los que se han dejado seducir por los cantos de sirena de los neopedagogos amigos de fuegos fatuos y otros chupinazos que degradan la enseñanza. Eso se nota: es capaz de cumplir a la perfección el imperativo horaciano del docere delectando. Para los que sucumbieron a las consignas de que las Humanidades no servían para nada y que estudiar latín o griego era o de curas o estaba más pasado que las enaguas de la tía Consolación, ese latinajo significa enseñar deleitando. Horacio era consciente, ya en el siglo I a. C., de que las mejores enseñanzas son aquellas en las que se instruye de manera deleitosa, en las cuales un saber con fundamento es transmitido de manera amena por un mentor bragado.
El autor hace un repaso de la historia del oro líquido desde su invención en el Creciente Fértil (entre Turquía, Siria e Irak). Nos impulsa luego, bogando con su verbo, a acompañarlo a un viaje ilusionante a Grecia, Roma, el mundo islámico, judío y cristiano, sin olvidar trasladarnos con el viento de sus palabras a América, Oceanía o Asia, territorios todos, aun los más ignotos, que de una manera u otra han rendido lanzas ante el fruto del olivar.
Su amenísima disertación está iluminada con pequeñas digresiones cinematográficas, hilvanadas a la perfección con el argumento principal. Conocemos, así, los gustos fílmicos del autor, con una cultura audiovisual apabullante. Pero no se queda ahí: Emilio es de Jaén, vástago por tanto de una tierra que ancestralmente ha honrado el olivar como se merece. A lo largo de las páginas nos va relatando pasajes de su infancia y mocedad, incluso de su vida sentimental (el libro está dedicado a su esposa María José, paisana mía, por cierto, a quien considera faro existencial). Todo ello nos descubre un escritor apegado a su terruño, amante de los suyos, paladín quijotesco de todo lo bueno que el producto de los aceitunos ha ofrendado a la humanidad.
Si a esto le añadimos que su documentación, como buen historiador, es exhaustiva y su estilo fresco y consistente cual excelente aceite de oliva picual, propio de sus lares, convierte su libro en una delicatessen, en el cual hay que mojar pan recién horneado y chuparse después los dedos, bañados del oro líquido, para no dejar escapar ni una gota.
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Autor: Emilio Lara. Título: Un mar de oro verde. Editorial: Ariel. Venta: Todostuslibros.


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