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Una naturalista no tan olvidada

Una naturalista no tan olvidada

Ser escritora a mediados del diecinueve no debió de ser fácil para ninguna mujer. Tampoco para Susan Fenimore, que recibió de su padre tanto la ayuda a la hora de publicar como un apellido demasiado deslumbrante. Más allá de esta doble circunstancia, la edición de Rural Hours (1850) fue lo suficientemente bien como para que George Putnam lo reeditara ilustrado un año después, y para que volviese a imprimirse al menos otras tres veces más en lo que quedaba de siglo. Por desgracia, nada de esto ha podido evitar el sorprendente ostracismo al que este libro se ha visto abocado mientras llegaba la atención académica y periodística que merecía. A modo de primer volumen, Pepitas acaba de poner a nuestra disposición su primera parte (Primavera y Verano), permitiendo que los aficionados a la literatura de Naturaleza en español conozcan mejor a quien también escribiera una novela titulada Elinor Wyllys (1845) y un buen número de artículos misceláneos que ya han sido antologizados.

"Es sorprendente que se sepa tan poco de una contemporánea de Thoreau y John Burroughs, que de hecho se adelantó cuatro años a Walden y que llamó la atención de Darwin"

En efecto, es sorprendente que se sepa tan poco de una contemporánea de Thoreau y John Burroughs, que de hecho se adelantó cuatro años a Walden y que llamó la atención de Darwin. Cooper dio a conocer el recurso estacional mediante el que tantos libros sobre lo salvaje se han titulado y capitulado, casi inauguró ese manejo heterodoxo de fuentes tan de la nature writing y se anticipó a más de una decena de nature writers (incluyendo a la recientemente fallecida Sue Hubbell y Annie Dillard) en más de un aspecto formal y conceptual. Las reseñas que han surgido al albur de la traducción hablan de protoecologismo, llaman “literatura rural” a lo que en Estados Unidos —muy elocuentemente— se considera pastoral, y ponen el foco en los hándicaps de la autora por su doble condición de mujer e hija de un escritor tan importante como James Fenimore Cooper, que se prodigó con unas cuantas novelas de aventuras, incluyendo El último mohicano (1826). Lo cierto es que podemos fijarnos en algún que otro aspecto no menos significativo, y es lo que procuraremos hacer a continuación.

"Diario rural está lleno de alusiones a figuras monumentales del pensamiento europeo"

Gracias a la labor diplomática de su padre, Susan Fenimore recibió una educación europea: una impedimenta intelectual que se llevó de vuelta a Norteamérica, permitiéndole poner en relación lo nuevo y norteamericano frente a la Naturaleza intelectualizada de las grandes letras del Viejo Continente: “Por desgracia, una gran cantidad de nuestras plantas son descubrimientos nuevos —nuevos, al menos, si se comparan con la margarita de Chaucer, el clavel de Spenser o los pensamientos y verbenas de Shakespeare—”. De ahí que Diario rural esté lleno de alusiones a figuras monumentales del pensamiento europeo (unas más pretéritas que otras), pero también a ornitólogos, naturalistas y escritores decimonónicos, incluyendo a algún que otro estadounidense del momento. Así, Cooper pone de largo el que será uno de los rasgos más característicos de las letras de Naturaleza: el eterno retorno desde ese vitalismo tan proverbialmente americano hacia las lecturas íntimas; hacia la biblioteca personal, que en este caso es especialmente erudita.

En definitiva, estamos ante la obra de una naturalista más o menos amateur y —después de todo— no tan olvidada. Aparte de las dificultades inherentes a ser Susan Fenimore Cooper en pleno ecuador del diecinueve, quizá que el Diario rural no sea tan dado al aforismo ni al rapapolvo existencial tenga que ver con el hecho de que no haya alcanzado la popularidad de un Walden. En cualquier caso, es un libro pulcro sobre plantas y pájaros (y curiosamente nostálgico de las plantas y los pájaros de las orillas viejas del Atlántico), que arranca con la apelación a un concepto tan potente como el del “brillo virtuoso” que se adquiere a través de la vivencia directa de la Naturaleza, y que contiene pasajes preciosos, mismamente como el que cierra esta reseña: “Solo sabemos que los vientos estivales, cuando llenaron las velas de Colón y de Caboto, hace trescientos años, llegaron soplando sobre estos pinares, murmurando entonces igual que los oímos murmurar hoy”.

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Autora: Susan Fenimore Cooper. Título: Diario rural. Primavera-Verano. Editorial: Pepitas de Calabaza. Venta: Amazon

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