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Acerca del otro Burroughs

Acerca del otro Burroughs

 

Todo el mundo conoce a Burroughs, William Burroughs, maldito de manual y nombre socorrido en conversaciones aparentemente cultas y muchas veces desenvueltas en la barra de un bar. No todo el mundo conoce a John Burroughs (1837-1921), pero su tiempo ha llegado, como llegó el de Thoreau y más últimamente el de John Muir. Sí, es otro autor de Naturaleza traducido y editado por Errata Naturae, que acaba de lanzar El arte de ver las cosas. Este otro Burroughs es un escritor meticuloso y profundo que disecciona el lenguaje para expresar lo que ciertamente quiere expresar: algo que tiene sobre todo que ver con las posibilidades de la percepción de la Naturaleza aunque —como avisa desde el primer momento— sin prescribir ni proscribir nada. A pesar de que el libro compila textos nunca antes leídos en nuestro idioma, del carácter misceláneo que cabría esperar de sus páginas, todos sus temas se relacionan coherentemente, danzando como danzan alrededor de la gran cuestión: la de la Naturaleza como salvación, que, por cierto y afortunadamente “no es una póliza de seguros avalada por un obispo o un sacerdote; ni siquiera es una fe: es un amor, un entusiasmo, una consagración a la verdad natural”.

"La atracción de lo salvaje se antoja más como un canto a la vida pastoral o arcádica"

En efecto, y entre otras muchas cosas, Burroughs reflexiona sobre ciencia y sentimiento religioso, en contraposición a la esclerosis de una religión tradicional que —de tanto mirar a su pretérito mito fundacional— se pierde el presente natural. En su caso, reivindicar la mirada del momento equivale a observar y oír pájaros con una curiosidad a la vez infantil y científica —léase Los cantos de las aves— o a adquirir Una perspectiva sobre la vida que tiene mucho de cielo en la tierra; es decir, del panteísmo propio de su contexto intelectual, con Emerson capitaneando la revolución de los sentidos, pero también con su amigo Whitman o El salvajismo de Thoreau. Respecto a este último texto, el asepticismo con el que nuestro protagonista cita lo que cita de Henry Thoreau no es casual: fue crítico con el cada vez más célebre responsable de Walden, a quien ni consideró un buen filósofo ni un buen naturalista ni un buen poeta, eso sí, reconociendo su importancia como nature writer. Burroughs también se distancia de H.D. con una escritura mucho menos moralista y en la que, además, la atracción de lo salvaje se antoja más como un canto a la vida pastoral o arcádica, por expresarlo en clave clásica.

De seguir a Don Scheese, especialista en la materia y autor de un más que revelador Nature Writing: The Pastoral Impulse in America, Thoreau se encontraría (junto a Muir, Mary Austin y Edward Abbey) entre los pastoralistas duros; dicho de otra forma, entre quienes sintieron lo que podríamos considerar una verdadera pulsión precivilizada. No sería tal el caso de Burroughs, a quien sí podríamos relacionar con Aldo Leopold y Annie Dillard, en el ámbito de un pastoralismo suave en el que cabe contextualizar Una vaca en la capital, por nombrar otro de los títulos que este libro contiene; títulos que tienden a subrayar los beneficios de lo rural, “donde muchas de las comodidades y facilidades de la ciudad se unen a la gran libertad y los grandes beneficios del campo”. En efecto, John Burroughs es un autor mucho más “realista”, quizá en sintonía con los grandes críticos y hasta detractores de Henry David; es un trascendentalista tardío y heterodoxo de la región neoyorkina de los Catskills, emersoniano de pro y mucho más próximo al mundo de Whitman; ese en el que lo civilizado también puede participar de la belleza del Wilderness.

"El otro Burroughs no consiguió parecerse tanto al gran intelectual norteamericano, desarrollando por el camino estilo e inquietudes propias"

Más allá de todo lo dicho, a las pocas páginas de esta recolección de opúsculos damos con una de las citas más protoprimitivistas de Thoreau, que estaba convencido de que su genio provenía “de una era más antigua que la agrícola”, y en la que aseguraba que clavaría “su pala en la tierra con la misma libertad descuidada pero precisa con la que el pájaro carpintero clava su pico en un árbol”. Quizá el genio de Burroughs no sea tan preagrícola como el del padre de la Desobediencia civil ni como el de un ambientalista radical como Abbey, pero la imagen nos sirve porque los dieciséis escritos que El arte de ver las cosas compila ofrecen una escritura a la vez libre y precisa. En ese ajuste, hay cabida para la reflexión escatológica y la ironía, para los métodos del naturalista y “Un capítulo egotista” que contiene, entre otras, dos curiosas confesiones. J.B. dejó los Ensayos de Montaigne por considerarlos —muy osadamente— demasiado “personales y chismosos”. La otra informa de hasta qué punto intentó escribir como Emerson, el “maestro hechicero” de un periodo de su vida, y probablemente de todos los que sucedieron a su descubrimiento. Solo queda decir que, por fortuna, el otro Burroughs no consiguió parecerse tanto al gran intelectual norteamericano, desarrollando por el camino estilo e inquietudes propias. Esa impronta es la que nos obliga a recomendarlo y a declarar sin ambages que este arte de ver las cosas es, ante todo, buena literatura de Naturaleza… descuidada y precisa.

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Autor: John Burroughs. Traductora: Ana González Hortelano. TítuloEl arte de ver las cosasEditorial: Errata Naturae. VentaAmazonFnac y Casa del Libro.