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Visto al pasar, de Carmen Antón

Visto al pasar, de Carmen Antón

Testigo del derrumbe de un régimen, el Monárquico, y del renacimiento de otro, la II República, la descripción minuciosa y apasionada que Carmen Antón hace de los acontecimientos vividos, de las personas que conoció o de los ambientes en el Madrid castizo, en un pueblo de Cuenca, en Valencia durante la guerra civil española o en Perpiñán cuando la retirada, por citar solo alguno de ellos, es cautivadora. El hecho de estar en el momento y en el lugar adecuado le permitió conocer a poetas y artistas de su tiempo.

Zenda adelanta un fragmento de la nueva edición de Visto al pasar, de Carmen Antón, publicada por el sello Renacimiento.

***

INFANCIA

«Yo tengo un Castillo,
matarile, rile rile,
yo tengo un castillo,
matarile rile ron».

Nací en Madrid, en un año ya lejano. Entonces Madrid era una ciudad pequeña, Madrid Villa y Corte, con gentes de perfil definido gente de campanillas, a veces adinerada y otras no; la clase media, (de media para abajo casi siempre) de cocido diario con principio, eso sí; y arroz los domingos, con natillas y arroz con leche en días de fiesta. Los de quiero y no puedo, también puchero diario, pero sin principio, los venidos a menos que no es lo mismo, los cesantes paseantes en Cortes título con cierta categoría, pues pasaban a serlo según el Gobierno de turno, los horteras, en principio designación de los dependientes de comercio y más tarde aplicable a muchas cosas los honrados menestrales, gentes de oficios calificados, linotipistas, ebanistas, tipógrafos y otras hierbas, gente de pelo en pecho, valientes provocadores y postineros, los de armas tomar, pendencieros y peligrosos con facilidad para usar la sevillana y los obreros que eran un poco de todo y que seguían fielmente el pensamiento de Pablo Iglesias merodeando por la Casa del Pueblo. Casi no había industrias y los parados eran numerosos teniendo en cuenta el escaso desarrollo económico que había entonces en Madrid. Nunca pedían, pues la dignidad era algo que se cotizaba entonces, pero en mi memoria quedó para siempre la imagen de un obrerillo que extendía la mano cubriéndose la cara de pura vergüenza, usaba un traje raidillo y lleno de piezas de todos los pelajes; sin contar los chulapos, las aguadoras, los barquilleros, todos barriobajeros como se les llamaba con cierto retintín.

Madrid (de Madrid al cielo y un agujerito para verlo) era bastante destartalado, bastante ruidoso y era así y no precisamente por el trafico pese a que el trote de los caballos y los gritos de los cocheros embadurnaban la tranquila y sosegada marcha de los de a pie. Los carreros sacudiendo sus látigos y fustas y vociferando a más y mejor hacían tambalear a más de un viandante, no sé si por la insospechada arremetida o por el soez lenguaje. Se decía «tiene una lengua como un carretero» y los modales al uso no admitían exclamaciones hoy de uso corriente. Había un lenguaje castizo, peculiar, «Pero, leche ¿qué me dice usted?» y otros muy extendidos que perduran a través del tiempo en sainetes y zarzuelas.

El transcurso del tiempo podía seguirse con sólo prestar atención a todo el batiburrillo de pregones, cantos, incursiones que a través del día marcaban el ritmo de la ciudad. La calle se abría como un inmenso escenario permanente en el que la luz va cambiando y se suceden uno a uno los distintos personajes que entran en escena y que yo miraba extasiada desde mi balcón, incrustada entre campanillas y enredaderas.

Vivía yo en la calle de Pelayo que era el centro casi de Madrid, un centro pobretón tal vez, pero con excelentes edificios y sobre todo el maravilloso Madrid de los Austrias. En mi retina están vivos la plaza de Oriente, el Jardín del Buen Retiro y ese extraordinario paseo que iba desde la Glorieta de Atocha y terminaba en la Moncloa. Mi época de estudiante está muy ligada al Jardín Botánico.

Muy temprano o quizás no tanto, en la mañana, un alegre campanilleo anunciaba el paso de alguna mujeruca montada en un asno ofreciendo «leche de burra pa’ los ancianos y los enfermos» porque al decir de algunos la leche de vaca traía la tisis. Casi esquina por medio ponían su puesto la churreras, primer paso de las chachas o chicas de servir (porque la clase media tenía sus chachas) para preparar el desayuno. A continuación comenzaba todo el ritual del ama de casa, empezando por el ventilado de las habitaciones:

—Hay que abrir todo bien para que entre el aire y se vaya el tufo.

Y vaya si entraba el aire, entonces purísimo. El viento del Guadarrama llegaba inundándolo todo con sus resabios de tomillo y romero y si bien era una bendición en verano, en invierno «ese viento sutil que mata a un cristiano y no apaga un candil» despertaba toses, tabardillos y feroces pulmonías, pero las amas de casa seguían impertérritas con obstinado empeño en abrir todo lo susceptible de ser abierto, previa extensión de sábanas y cobertores a la tan bien preciada brisa. Mientras el aire oreaba todo, salían cocineras y amas de casa acompañadas de la chacha «para llevar la cesta» que no era competencia para las señoras y este era el gran momento por mí anhelado en que aparecía el hombrecillo que a mí se me antojaba gigantón y que con un vozarrón gritaba: «¡Hay que ver qué toalla, que voy a dar por dos perras grandes!» y subiendo decibeles lanzaba su mejor oferta: «Tres paños de cocina que voy a dar por seis perras chicas, tres paños tres…». Me fascinaba ver aquella montaña multicolor que el grandullón colocaba encima de sus hombros.

Tras un fatigoso regateo y entre el que vendía limones tres por cinco y los pobres de solemnidad se iniciaba la vuelta a casa. Todo bien ventilado. Y si era invierno, a preparar el cisco para el brasero.

¡Todo bien ventilado! ¡Menos mal! Y a preparar la comida. Cuando empezaban a cerrarse los balcones que los ciegos con su otro sentido percibían, venían las coplas, romances, pasodobles. «Al pasar por la Plaza Mayor, Bomba le dijo a Vicente Pastor» … y menos mal, porque seguían cantando crímenes espantosos como el de la encajera o el de Jalón del que guardo memoria pues me lo había aprendido todo y que sólo cantaba en la cocina, que por otra parte era el sitio adonde siempre le enviaban a una cuando no tenía hermanos y ante la tertulia de todas las chachas de la vecindad en visiteo tolerado.

En la calle de Hortaleza
esquina a la Puerta ‘el Sol
allí estaba María Luisa
esperando a don Jalón.

Ven, Jalón, ven, Jalón,
venga venga conmigo a mi casa
que es el santo de mi madre
y te convido a unas pastas.

Y una vez allí le robaron y lo descuartizaron o algo parecido. A pesar del miedo que me daba escucharlos miraba con envidia aquellos papelitos de colores, las aleluyas tan bonitas, verdes, anaranjadas, azules y que se vendían por diez céntimos, material atesorado por las Menegildas.

La casa se llenaba de ese olor especial del cocido madrileño y como atraídos por el olorcillo se escuchaba la voz de los alcarreños «Miel, de la Alcarria miel» y en primavera «lilas de la casa de Campo y Requesón de Miraflores». Un trajín de no parar. Todavía en el verano cuando el calor se sentía caer como plomo, llegaban los ecos de «Fresas de Aranjuez, fresas» y un canto gitano «Moras deeeel Jardín moras, moooritas moras». Muchas cosas creo que olvidé, pero el eco y la rima de esos pregones me han acompañado siempre.

Quizás en otros barrios no haya sido igual, pero en ese madrileñísimo barrio se sucedían invariablemente.

Por la tarde, tras un profuso emperifollamiento de mi persona, y munida de un aro y una comba, salía con la chacha a jugar a la Plaza del Rey o a la de Santa Bárbara o Recoletos. Al pasar por el palacio de Florestán Aguilar en la calle de Femando Sexto sentía un extraño resquemor, era un palacio de cuento y siempre pensaba que quizás estaba habitado por personajes encantados. Todos ellos me vieron pasar, pero lo que más me gustaba era la plaza del Rey, porque allí estaba el Circo de Parish, lugar mágico y maravilloso, con sus funambulistas y los domadores de fieras. Me fascinaban los brillos de las écuyères y mi corazón latía fuertemente con los equilibristas, a los que miraba y no miraba, respirando luego tranquila con los clowns, siempre a dúo, uno listo y otro tonto pero que salía siempre mejor parado. Rico y Alex, los mejores; Pompoff y Thedy y más tarde Ramper. Envidiaba a una niña de mi edad que servía de ayudante y al final daba volteretas con grandes aplausos. En Recoletos, los curritos me encantaban y los títeres siempre fueron mis predilectos. Se llamaban títeres de cachiporra porque siempre había el malo que recibía el castigo a porrazo limpio y todos éramos felices.

Aquellos domingos también han quedado para siempre en mi memoria, misa en las Calatravas, y Museo del Prado, que recorría exhaustivamente porque nunca me cansaba y en mis cuadernos hacía copias nada menos que de La fragua de Vulcano, o Las Hilanderas. En la posguerra sirvieron para que mi madre encendiera la cocina. Mi madre conocía a una copista de Goya; yo la envidiaba y también me hubiese gustado pintar como ella pues lo hacia casi igual, según mi modo de ver.

Regresando a casa después de alguna función ya empezaban a verse los faroleros que subiendo la escalerilla que llevaban a mano, encendían la mecha azulada del gas: «Soy el farolero de la Puerta ‘el Sol, cojo mi escalera y enciendo el farol», cantábamos. La calle se iba llenando con siluetas amenazantes de borrosos contornos que tan pronto crecían como se achicaban, reflejando sombras y lívidas claridades que de pronto te inundaban de una luz plateada, irreal, o te sumergían en la obscuridad plena rebosante de peligros y amenazas.

Casi a la misma hora salían los vendedores de periódicos con sus estentóreas voces y melodramáticos acentos: «El Heraldo, ha salido el Heraldo. El Imparcial, con el crimen del tren correo». Escuchaba con ansiedad el voceo de crímenes, incendios y otras atrocidades («¡Qué cotilleja eres Carmencita!»). Pues sí, contestaba yo, estos no son como los otros pregones que repiten siempre la misma cantilena, esto eran cosas que pasaban de verdad, aquí había descarrilamiento, robos sensacionales, el Sacamantecas otra vez haciendo de la suyas, acontecimientos todos que me dejaban desasosegada, es increíble el morbo que puede tener un niño.

—Pero hija mía ¿Por qué escuchas esas atrocidades?

La guerra de Marruecos me proporcionaba grandes sobresaltos y el desastre de Annual resonó en mis oídos por largo tiempo con sus historias de degüello y manos cortadas.

Quizás no presté atención una noche en que pregonaban: «¡Golpe de Estado. Primo de Rivera asume el gobierno!». De no haberse producido este hecho quizás no hubiese venido ni la República, ni la guerra. Y posiblemente otro gallo nos hubiera cantado. Pero eso es otra historia.

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Autora: Carmen Antón. Título: Visto al pasar. Editorial: Renacimiento. Venta: Todos tus librosAmazonFnac y Casa del Libro.

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