Compré un televisor nuevo. No porque lo necesitara, sino porque soy un ingrato: el antiguo funcionaba sin pedir a cambio más que cariño. Encendías, salía la imagen y punto. Algo que ni el progreso ni mi estupidez podíamos tolerar. El nuevo llegó en una caja enorme que abrí como quien desactiva una bomba: con cuidado, sudor frío y la intuición de que hagas lo que hagas, cable rojo o cable azul, algo va a salir mal. Dentro estaba él: negro, ultraplano, mirándome con la arrogancia silenciosa de los objetos que saben que eres un tiñalpa. Yo soy moderno y tú no.
Ahí comprendí —la jiñaste, Burtlancaster— que no había comprado un televisor; había adquirido un funcionario, un burócrata electrónico con alma de rascapuertas y vocación de notario. ¿Iniciar sesión? Claro, cómo no. Porque todo ciudadano decente tiene, por supuesto, una cuenta creada para cada electrodoméstico que compra: una para el microondas, otra para la aspiradora, otra para la madre que los parió. Pero, bueno. De perdidos al río. Metí mi correo. Contraseña incorrecta, naturalmente. Recuperar contraseña. Móvil en mano. Código. Otro código. El código ha caducado. El televisor me observa de reojo, juzgándome. Supongo que descojonándose entre circuitos internos. Yo empiezo a sudar como en esas saunas que ustedes saben. Creo una cuenta nueva. Nombre. Apellidos. Correo. Contraseña. Una contraseña fuerte, dicen. Fuerte para quién, me pregunto. ¿Para resistir un dron de Putin, una extracción de Maduro estilo Trump, o para dar por saco al usuario? Procedo. Mayúsculas, minúsculas, números, símbolos y, a ser posible, un trauma infantil, Flori. Aquella novia que tuve con siete años en el cole: Fl0ri1958CaRT. Acepto. Pulso.
Vendí la piel del oso antes de cazarlo, porque ahora vienen los términos y condiciones. No los leo, claro. Nadie lo hace. Pulso ‘aceptar’ con resignación fatigada y suicida. Probablemente acabo de ceder al hacker de la esquina mis datos, mi historial visual y mis derechos de autor. «Le hemos enviado un correo de verificación», me dicen. Voy al correo, ingenuo cual parvulito. No está. Refresco. Sigue sin estar. Spam. Ahí aparece al fin, escondido como un ladrón en la noche digital. Verifico. Todo correcto. Vuelvo al televisor. Inicio sesión. Error. No un error concreto, no. Un «error inesperado». Que es la forma tecnológica de decir «búscate la vida, gilipollas». Respiro hondo. Vuelvo a empezar. Esta vez sí entra. Milagro. «¿Desea mejorar su experiencia activando el asistente de voz?». No, perra. No deseo hablar con la tele ni con nadie. Con mi abogado, si acaso. Desactivo todo. Me pregunta la máquina, supongo que en plan recochineo, si estoy seguro. Pues claro que estoy seguro. He leído Historia, cabrones.
Siguiente fase: actualización del sistema. Obligatoria. Barra de progreso eterna. El televisor se reinicia. Me da tiempo a pensar en el fracaso de mi vida, en la decadencia de Occidente. En Flori. Vuelve a encenderse. «Bienvenido». Idioma. País. WiFi. Inicio sesión. Todo de nuevo. Porque el progreso también consiste en repetir las cosas hasta echar la pota. Por fin accedo al menú principal; un caos de iconos, anuncios y aplicaciones que no pedí, no quiero y no puedo borrar. Toqueteo aquí y allá y me sale una china con tetas grandes vendiéndome un sofá. Me la salto. «Debe sintonizar los canales». Vale, sintonizo. Hay 843 canales: la mitad son teletiendas, ochenta emiten en una resolución digna de Los Intocables y treinta y dos están repetidos. Los otros ni los miro. Ordenarlos es manual, claro. Automatizarlo —capten la ironía— sería demasiado humano. Cuando termino, ya no soy el mismo: me duele un codo, la espalda y he condenado mi alma con blasfemias que escandalizarían a mi difunta madre. Por fin pulso un canal al tuntún y aparece la imagen. Algo azul. Los Pitufos, me parece. O no. Pero sobre eso, superpuesta, una pregunta: «¿Desea valorar su experiencia de configuración?».
Aquí es donde comprendes que la máquina no es tonta, ni complicada. Es cruel. Sabe chotearse. Sabe exactamente lo que ha hecho contigo, la hija de la gran puta.
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Publicado el 20 de febrero de 2026 en XL Semanal.


Es lo que tiene el progreso, que avanza.
Le pasó lo mismo al que usó por primera vez la imprenta, la maquina de coser o el teléfono.
Se llama “sesgo de la generación definitiva”, y es casi tan ancestral como el ser humano: al llegar a cierta edad se tiende a pensar que la generación a la que pertenece cada uno era mejor en todo, y que determinados avances (sobre todo tecnológicos) no eran necesarios, o están programados para hacernos la vida más difícil.
Creáme, no es así: por más que idealicemos lo anterior, el pasado era una mierda, en casi todos los sentidos; y cuando hablo de pasado, hablo de cualquier pasado: el de hace 5000 años y el de hace 50.
El siglo XX es, de largo, el más importante en la historia de la humanidad, y nos dió, como el XXI, saltos tecnológicos que hicieron nuestra vida infinitamente mejor, más larga y de mayor calidad; y estoy convencido, como decía al principio, que también hubo problemas (como el de configurar una tele nueva) con los primeros usos de la máquina de rayos X, del tractor o del telégrafo.
La lucha del hombre contra la máquina. No, ya no. O no solo. El control y sometimiento del hombre a través de la conectividad de sus necesidades y fuentes de placer.
Primero sometimos a las máquinas gracias a la energía abundante. La flota de esclavos energéticos nos convirtieron en ironmanes superproductivos. El mono desnudo bajo perfusión fósil que todos somos (unos más sue otros, pero nadie escapa).
Es fácil, basta con apretar un botón. Siempre un botón, para enceder luces, subir persianas, ver tele, activar microondas, arrancar coche, iniciar ordenador…
Tirar de la cadena… Pero qué cadena, si es un botón. Apretar un gatillo también es hoy un botón. Al omnipresente y definitivo, lo llaman nuclear.
Acostumbrados y fascinados por los botones, por consumir como razón existencial, en el acto segundo aparece la red, para pescarnos en ella, gracias a la interactividad. Nuestros receptores son ya también emisores, para una mayor oferta de contenidos y una mejor experiencia. Por fin podemos ser rastreados, monitorizados, analizados y categorizados. Sin opción. Eso o la expulsión del paraíso maquinista digital y el destierro a nuestro mundano entorno inmediato.
Humanos instrumentalizados entre instrulentos humanizados. La escena final nos muestra el conjunto, todo con todos, complejo, entrelazado, interdependiente, exorbitante, aún brillante, pero achacoso, fundado sobre cimientos menguantes. No se sostiene o no por mucho tiempo, barruntan unos pocod. Se impone una simplificación, amplia, para la asegurar un mañana, la gran simplificación que nadie de la fiesta desea aún.
Aléjese de botones y redes alienantes. Busque resguardo, sustento, proximidad, control, contacto con el terruño y la gente.
Colapse ahora y evite aglomeraciones.
Gracias, A. P.-R., por compartirnos su “unboxing” ; )
Como la vida, puta vida, misma. O como todo lo vuelven complicado. Te dan un asistente virtual que no te asiste, te joroba la existencia y extiende un inmenso velo de amargura sobre la misma. Ah, eso es el progreso, dicen.