Compré un televisor nuevo. No porque lo necesitara, sino porque soy un ingrato: el antiguo funcionaba sin pedir a cambio más que cariño. Encendías, salía la imagen y punto. Algo que ni el progreso ni mi estupidez podíamos tolerar. El nuevo llegó en una caja enorme que abrí como quien desactiva una bomba: con cuidado, sudor frío y la intuición de que hagas lo que hagas, cable rojo o cable azul, algo va a salir mal. Dentro estaba él: negro, ultraplano, mirándome con la arrogancia silenciosa de los objetos que saben que eres un tiñalpa. Yo soy moderno y tú no.
Ahí comprendí —la jiñaste, Burtlancaster— que no había comprado un televisor; había adquirido un funcionario, un burócrata electrónico con alma de rascapuertas y vocación de notario. ¿Iniciar sesión? Claro, cómo no. Porque todo ciudadano decente tiene, por supuesto, una cuenta creada para cada electrodoméstico que compra: una para el microondas, otra para la aspiradora, otra para la madre que los parió. Pero, bueno. De perdidos al río. Metí mi correo. Contraseña incorrecta, naturalmente. Recuperar contraseña. Móvil en mano. Código. Otro código. El código ha caducado. El televisor me observa de reojo, juzgándome. Supongo que descojonándose entre circuitos internos. Yo empiezo a sudar como en esas saunas que ustedes saben. Creo una cuenta nueva. Nombre. Apellidos. Correo. Contraseña. Una contraseña fuerte, dicen. Fuerte para quién, me pregunto. ¿Para resistir un dron de Putin, una extracción de Maduro estilo Trump, o para dar por saco al usuario? Procedo. Mayúsculas, minúsculas, números, símbolos y, a ser posible, un trauma infantil, Flori. Aquella novia que tuve con siete años en el cole: Fl0ri1958CaRT. Acepto. Pulso.
Vendí la piel del oso antes de cazarlo, porque ahora vienen los términos y condiciones. No los leo, claro. Nadie lo hace. Pulso ‘aceptar’ con resignación fatigada y suicida. Probablemente acabo de ceder al hacker de la esquina mis datos, mi historial visual y mis derechos de autor. «Le hemos enviado un correo de verificación», me dicen. Voy al correo, ingenuo cual parvulito. No está. Refresco. Sigue sin estar. Spam. Ahí aparece al fin, escondido como un ladrón en la noche digital. Verifico. Todo correcto. Vuelvo al televisor. Inicio sesión. Error. No un error concreto, no. Un «error inesperado». Que es la forma tecnológica de decir «búscate la vida, gilipollas». Respiro hondo. Vuelvo a empezar. Esta vez sí entra. Milagro. «¿Desea mejorar su experiencia activando el asistente de voz?». No, perra. No deseo hablar con la tele ni con nadie. Con mi abogado, si acaso. Desactivo todo. Me pregunta la máquina, supongo que en plan recochineo, si estoy seguro. Pues claro que estoy seguro. He leído Historia, cabrones.
Siguiente fase: actualización del sistema. Obligatoria. Barra de progreso eterna. El televisor se reinicia. Me da tiempo a pensar en el fracaso de mi vida, en la decadencia de Occidente. En Flori. Vuelve a encenderse. «Bienvenido». Idioma. País. WiFi. Inicio sesión. Todo de nuevo. Porque el progreso también consiste en repetir las cosas hasta echar la pota. Por fin accedo al menú principal; un caos de iconos, anuncios y aplicaciones que no pedí, no quiero y no puedo borrar. Toqueteo aquí y allá y me sale una china con tetas grandes vendiéndome un sofá. Me la salto. «Debe sintonizar los canales». Vale, sintonizo. Hay 843 canales: la mitad son teletiendas, ochenta emiten en una resolución digna de Los Intocables y treinta y dos están repetidos. Los otros ni los miro. Ordenarlos es manual, claro. Automatizarlo —capten la ironía— sería demasiado humano. Cuando termino, ya no soy el mismo: me duele un codo, la espalda y he condenado mi alma con blasfemias que escandalizarían a mi difunta madre. Por fin pulso un canal al tuntún y aparece la imagen. Algo azul. Los Pitufos, me parece. O no. Pero sobre eso, superpuesta, una pregunta: «¿Desea valorar su experiencia de configuración?».
Aquí es donde comprendes que la máquina no es tonta, ni complicada. Es cruel. Sabe chotearse. Sabe exactamente lo que ha hecho contigo, la hija de la gran puta.
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Publicado el 20 de febrero de 2026 en XL Semanal.


Es lo que tiene el progreso, que avanza.
Le pasó lo mismo al que usó por primera vez la imprenta, la maquina de coser o el teléfono.
Se llama “sesgo de la generación definitiva”, y es casi tan ancestral como el ser humano: al llegar a cierta edad se tiende a pensar que la generación a la que pertenece cada uno era mejor en todo, y que determinados avances (sobre todo tecnológicos) no eran necesarios, o están programados para hacernos la vida más difícil.
Creáme, no es así: por más que idealicemos lo anterior, el pasado era una mierda, en casi todos los sentidos; y cuando hablo de pasado, hablo de cualquier pasado: el de hace 5000 años y el de hace 50.
El siglo XX es, de largo, el más importante en la historia de la humanidad, y nos dió, como el XXI, saltos tecnológicos que hicieron nuestra vida infinitamente mejor, más larga y de mayor calidad; y estoy convencido, como decía al principio, que también hubo problemas (como el de configurar una tele nueva) con los primeros usos de la máquina de rayos X, del tractor o del telégrafo.
Por favor, sr. Demogorgon, si es usted tan amable, lea por favor las obras de Jared Diamon y en concreto un documento titulado “El mayor error en la historia de la humanidad”. Este biólogo, premio pulitzer, dice que nunca deberìamos haber pasado de nuestro estadio de cazadores-recolectores. Por mi parte, yo estoy de acuerdo con él.
Saludos.
Claro que sí, y morir de gripe, infección dental o en un parto, y tener una esperanza de vida de 30 años.
Insisto:
https://m.youtube.com/watch?v=Az01fUwV078&t=641s&pp=ygUYZWwucGFhYWRvIGVyYSB1bmEgbWllcmRh
En la época de lascuevas, viviendo en pequeñas bandas de cazadores, no habìa infecciones, ni virus. Las infecciones y las pandemias las tenemos los humanos desde que vivimos agrupados como hormigas y conviviendo con animales domesticados que nos transmiten sus enfermedades.
Respecto a la esperanza de vida, le transmito lo que decía mi abuelo: mas vale vivir pocos años a gusto que 100 a disgusto. Vivimos más años, muchos como gilipollas y el resto forrados diariamente a pastillas, esperando que los hijos nos manden a tomar por el culo a una residencia. ¡Para vivir así!
El anciano, en la antigüedad era un ser respetable, con autoridad. La tribu o la banda se reunía para aprender escuchando sus historias, su experiencia. ¿Para que queremos hoy ancianos si tenemos la IA, internet y la Wikipedia de los cojones?
Respecto al parto, decirle que hemos sobrevivido a los rigores del parto durante cien mil años, y más desde que bajamos del árbol. Ahí tiene usted a Lucy nuestra madre ancestral. Mi madre dió a luz en casa asistida por una de las viejas parteras o comadronas de siempre. Las modernidades son muy recientes y siguen muriendo mujeres de parto.
El supuesto progreso es muy cuestionable.
Saludos.
Es increíble leer en 2026 determinadas cosas, de modo que intentaré simplificar mis argumentos, aunque deduzco que ni aun así le serán útiles, así que le prometo que no le molesto más:
– Los virus y las bacterias son anteriores al ser humano, así que si usted era un cazador/recolector en un pequeño grupo social (condenando a su especie a la decadencia genética por endogamia, por cierto), estaría expuesto a su contagio en cuanto comiera animales o plantas contaminadas. Por cierto, le insisto: la esperanza de vida del homo sapiens se disparó con la domesticación de las plantas y de los animales (es decir, con la agricultura y la ganadería), entre otras cosas porque su gasto energético se redujo exponencialmente, sus necesidades básicas se simplificaron y su tiempo libre aumentó, que sumado a una mayor ingesta de proteínas, aceleró el desarrollo cerebral del pensamiento, y por tanto, dio pie al origen de la tecnología.
-La esperanza de vida ha aumentado considerablemente en el siglo XX gracias a los descubrimientos y a los inventos científico-tecnológicos, y no, no se pasó de vivir de 70 a 90 años, pero “peor vividos”, como sugiere usted: hablamos de no morir hoy por cosas que nos parecen banales, pero que hace apenas cien años eran absolutamente mortales; hablamos de pasar de una esperanza media de vida de 30 años a 80; solo una cuestión: ¿es usted consciente de la tasa de mortalidad infantil en los años de sus padres o abuelos? Le invito a que la compruebe y a que la compare con la actual.
-Darle autoridad al anciano, como se ha hecho muchos años, era darle autoridad a la experiencia, al ensayo/error; cuando se sustiyó el “las cosas pasan así”, por el “las cosas pasan por esto” (otra vez el pensamiento ligado al progreso), las posiblidades de desarrollo aumentaron porque los fenómenos de la naturaleza, de sobra conocidos por los ancianos, pasaron a ser previsibles y hasta cierto punto controlables, por lo que la “autoridad” pasó al conocimiento, en detrimento de la veteranía.
-En la última voy a ser tan simple como su razonamiento:
1) Hemeroteca: compare la tasa de mortalidad niño/madre/parto de hace 100 años con la de hoy, y busque razones que expliquen tan sustancial diferencia.
2) Ejercicio consecuente: supongo que si usted tiene esposa, hermanas, hijas o nietas, y estas han dado o van dar a luz, les instará a hacerlo en casa y sin ningún tipo de asistencia sanitaria profesional junto a ellas.
Saludos y mucha, mucha suerte
Por favor, no me molesta, sr. mío. El diálogo y el intercambio de opiniones enriquece. Siemore que se esté dispuesto a aprender.
Empezando por el final, mi esposa falleció por una terrible enfermedad que la todopoderosa ciencia actual no es capaz de erradicar. Esa ciencia que es capaz de traer al mundo niños con más seguridad que hace 60 años pero que no es capaz de encontrar solución para las enfermedades desmielinizantes.
Respecto a esto, en una conversación, en una discusión, me parece reprobable recurrir a aspectos personales. Yo no lo he hecho y no he mencionado ni su estado civil, ni su género, ni he mentado a sus descendientes.
Las tasas de natalidad y las de mortalidad en el parto no se pueden comparar en una época de baja natalidad progresiva con otras èpocas de natalidad desbordante.
La suerte se la deseo a usted. Yo, con una edad avanzada y al final de mi vida, ya no la necesito, creo.
El “las cosas pasan por esto” llevan a que en el mundo actual, se repiten los ducradores, se repiten las guerras, se repiten las pandemias, el hambre, las enfermedsdes, la miseria, la enfermedad, la corrupción, la estuoudez en suma.
En este momento y con la que está cayendo, alabar las virtudes del positivismo más decimonónico, como el suyo, y el darwinismo más asquerosamente putrefacto, no es de rigor, no es presentable.
Si los grupos de cazadores recolectores del Homo sapiens hubieran sido endogàmicos, hoy no estarìamos aquí, ni usted, ni yo, ni nadie. Los grupos eran independientes pero se relacionaban e intercambiaban, tecnologìa, alimentos y genes. Se equivoca usted con los neandertales que símeean endogámicos y se extinguieron por ello. Y siendo cazadores-recolectores sobrevivimos 100.000 años, sin hospitales y sin tecnologìa siglo XXI. Está oor demostrar cuánto vamos a sobrevivir los actuales urbanitas. Lo del Covid es una señal, por supuesto.
Usted, no me tiene que enseñar que los virus y las bacterias son anteriores y son las primeras formas de vida (aunque los virus no está claro si lo son o no), no se crea superior por eso. Quizás mi formación no sólo expetiencial sino también académica sea superior a la suya. No sea usted tan engreido. No me trate como a un terraplanista o yo le trataré como a un gilioollas engreìdo. Pero los virus y las bacterias proliferan en entornos de sobrepoblación animal. En grupos pequeños y dispersos la bacteria o virus que ataca a un grupo, no afecta a los demàs. En la sociedad actual y con el mundo totalmente intercomunicado, la propagación puede ser letal.
¿O esto usted no lo sabìa? Pues si lo sabìa no intente argumentaciones falsas para despistar.
Estoy acostumbrado a esos comentarios de superioridad asumida como el de su primer pàrrafo. Y eso si que es increible. Y no me desee usted suerte de forma condescendiente como si habitara por derecho propio en el Olimpo y me concediera una de sus gracias divinas.
Yo, de verdad, le deseo a usted mucha suerte.
Sin saludos, ni cordiales ni nada.
La primera vez que usé un teléfono o una máquina de coser no me preguntó nada.
Si hubieran tenido el don de la palabra solo habrían dicho:
-!Buen día caballero! (O dama). -¡Cuando usté quiera!
El pasado es una mierda, sí señor. Ni punto de comparación el estofado que hacía mi abuela con el tofú y el sushi; mucho mejor un tren con megafonía pregrabada y máquinas de vending donde viajas con seres pendientes de una pantalla que esos trenes de antes en los que tenías que socializar e incluso conseguías el teléfono de la chica guapa que encontrabas en el bar, ¡qué aburrimiento! Por no hablar del cine y la literatura de antes, que donde haya una buena peli de Eduardo Casanova, que se quite Jean Renoir… Y qué envidia me da la generación de los que ahora tienen veinte, con charlas de sexualidad y condones gratis desde el insti y con menos experiencia de trato con el otro sexo que un pingüino trans. Los de mi generación teníamos que relacionarnos hablando y por otras vías, ¡qué mierda!
Es absurdo criticar todo lo moderno por el mero hecho de ser nuevo. Pero el argumento de que cualquier crítica a los “avances” viene del inmovilismo, es falaz.
Yo creo que las “teles” son mejores ahora que lo eran antes. Ahí hay poca discusión. Pero me parece absurdo que cada cachivache te OBLIGUE a usar una cuenta, contraseña y demás parafernalia. Está muy bien como opción, para aquel que quiera tener todo interconectado, contar con un registro de lo que hace, y cosas así. Pero otros preferimos lo simple. La tostadora para tostar el pan, ya sabes. No hace falta que me diga el tiempo que hace fuera (para eso está otro cachivache llamado ventana), ni que me guarde de un día para otro el número de tostadas que preparé.
Por cierto, soy programador. Y precisamente por eso, distingo y veo estas imposiciones de cuentas y datos personales en electrodomésticos como algo supérfluo y muchas veces abusivo.
La lucha del hombre contra la máquina. No, ya no. O no solo. El control y sometimiento del hombre a través de la conectividad de sus necesidades y fuentes de placer.
Primero sometimos a las máquinas gracias a la energía abundante. La flota de esclavos energéticos nos convirtieron en ironmanes superproductivos. El mono desnudo bajo perfusión fósil que todos somos (unos más sue otros, pero nadie escapa).
Es fácil, basta con apretar un botón. Siempre un botón, para enceder luces, subir persianas, ver tele, activar microondas, arrancar coche, iniciar ordenador…
Tirar de la cadena… Pero qué cadena, si es un botón. Apretar un gatillo también es hoy un botón. Al omnipresente y definitivo, lo llaman nuclear.
Acostumbrados y fascinados por los botones, por consumir como razón existencial, en el acto segundo aparece la red, para pescarnos en ella, gracias a la interactividad. Nuestros receptores son ya también emisores, para una mayor oferta de contenidos y una mejor experiencia. Por fin podemos ser rastreados, monitorizados, analizados y categorizados. Sin opción. Eso o la expulsión del paraíso maquinista digital y el destierro a nuestro mundano entorno inmediato.
Humanos instrumentalizados entre instrulentos humanizados. La escena final nos muestra el conjunto, todo con todos, complejo, entrelazado, interdependiente, exorbitante, aún brillante, pero achacoso, fundado sobre cimientos menguantes. No se sostiene o no por mucho tiempo, barruntan unos pocod. Se impone una simplificación, amplia, para la asegurar un mañana, la gran simplificación que nadie de la fiesta desea aún.
Aléjese de botones y redes alienantes. Busque resguardo, sustento, proximidad, control, contacto con el terruño y la gente.
Colapse ahora y evite aglomeraciones.
Gracias, A. P.-R., por compartirnos su “unboxing” ; )
1984, Geoge Orwel.
“Los límites del crecimiento”, Meadows et al., 1972
Como la vida, puta vida, misma. O como todo lo vuelven complicado. Te dan un asistente virtual que no te asiste, te joroba la existencia y extiende un inmenso velo de amargura sobre la misma. Ah, eso es el progreso, dicen.
Buenos días, sr. B., estimado. Yo creo que el hombre es el único animal de la naturaleza que es capaz de amargarse la vida. Si existe la transmigración, yo me pido pasarme a una orca o a un búho.
Un abrazo.
Sí, como dicen algunas conclusiones de fiscales: solo o en compañia de otros.
Otro abrazo, fuerte.
P.D.: No diga muy alto lo de esos animales; le catalogarán con esa nueva palabreja: therian, jejeje.
Muy bueno, hay una canción de Manolo Kabeza Bolo que dice que quiere ser “reptil gusano “, canta y toca fatal pero es un letrista cojonudo, les recomiendo que lo escuchen de vez en cuando, ya saben:
Los niños, los borrachos y los locos dicen las verdades…
Éste tiene un poco de todo.
¡No, por Dios!
Sobre por qué comparto comentarios aquí.
Quienes acudimos desde los inicios semanal y casi reverencialmente a la columna del maestro, disfrutamos de su estilo impecable, elegante y pirata a la vez, y de sus asuntos.
Los temas habituales son conocidos: recuerdos de reportero dicharachero, homenajes a amigos, parajes de sus próximas novelas, experiencias de marino, biblioteca como refugio, historias de la Historia, ajustes de cuentas con la vida misma, con Occidente y sus moderneces…
Es conocido también su cariño por los perros, fieles compañeros frente a las miserias humanas. Pero no encuentro en él, o no recuerdo, una extensión de ese amor allende otros animalillos, parajes, naturaleza en definitiva. Le reconozco más urbanita que “campestre”. Hijo de su época desarrollista, lejos de Delibes o Machado. Es mi impresión, discúlpenme.
Mientras tecleo una semana más sobre mi teléfono, desde un vagón camino a la oficina, guardo la esperanza de que algún día, disfrute de su libertad, salga de la guarida de sus certezas, de su control de la situación, y acuda a charlar con Pedro Prieto. Es ingeniero teleco, más o menos de su quinta, se ha corrido medio mundo, tiene una visión digamos más material, pero desde una reflexión profundamente humanista e ingeniosa. Fue pionero de la divulgación y ahora retirado del bullicio, quizás cansado, observa el panorama del que alertaba.
Como si Vds. fuesen los Reyes Magos (¿habremos de buscar al tercero?), háganme el regalo, hágannoslo, por favor: conózcanse. Hagan empresa común para contarnos como pocos saben hacerlo dónde estamos, de donde venimos, adónde nos dirigimos y principalmente hacia dónde orientarnos. Deriva y derelicción o viraje a todo trapo.
Ahí lo dejo, por si no tuviese Vd. otra tarea pendiente más importante en el cajón. 🙂
Tal como lo cuentas, eso es. Yo me compré el de oferta, el más barato pero algo grande. Al menos tiene menos opciones y ahí lo tengo varios años. A veces se actualiza y me aparecen más aplicaciones. Eso no me lo esperaba.
La tecnología inútil
La tecnología inútil
Sobrevuela amenazante
Como el córvido de Putin
Abasteciendo al farsante.
Ya librarse de tal lacra
Es un imposible estricto
Pues se extiende como plaga
De las que asolaba Egipto.
Es mejor no resistirse
Y asociarse en comandita
Como ese famoso chiste,
Chiste de la petaquita.
Hacer caso a los lumbreras,
Panolis recalcitrantes,
Que desgastan rodilleras
Alabando al “ser triunfante”.
Ir de derrota en derrota
A la “Victoria final”
Con esa nutrida tropa
De capullos del rosal.
PD:
Las nuevas tecnologías,
Tan frías y artificiales,
Sólo controlan las vidas
De cretinos integrales.
¡Bravo, querido Aguijón!
Le doy un +1 y porque no le puedo poner más. Vaya pensando en una para el maldito algoritmo, que debe estar al caer.
Gracias, se hará lo que se pueda.
“Las malvadas nuevas tecnologías”, maldijo, mientras escribía en su PC, en su tablet o en su smartphone, conectado a una red wifi…
Dije frías y artificiales, pero le compro lo de malvadas…
Lo escribí en mi teléfono móvil, viví 40 felices años sin él.
Mis abuelos también vivieron 50 años felices lavando en el río y labrando con mula, sí.
Nadie pone en duda el avance de la lavadora automática, precedida del suministro de agua corriente, ni de la maquinaria agrícola, era una tecnología completamente útil.
Ahora describanos la utilidad de la tv de don Arturo, que es de lo que se trata, y yo dejaré de calificarlo como tecnología inútil.
Saludos
Navegar por internet, tener multitud de aplicaciones, acceso a plataformas streaming, conectarse con el resto de usuarios para jugar on line…
Es posible que a usted esto le quede muy lejos, pero hay para quien una smart tv es tan imprescindible como para usted el wifi en su móvil.
Y sí, todo lo que hace esa malvada tv que le pide un proceso endemoniado para configurarse, también puede hacerse desde un PC; pero es que todo lo que hace usted desde su teléfono, también lo puede hacer desde su PC, y sin embargo lo hace desde su telefono. ¿Por qué? Porque es más cómodo. Aplique ese razonamiento y pregúntese si prefiere ver una película en una pantalla de 50 o de 6,5 pulgadas.
Mire, las herramientas tecnológicas son exactamente eso, herramientas, y no son ni malas ni buenas; su uso no es obligatorio y depende de la utilización que usted les quiera dar. Por naturaleza un cuchillo nos hace la vida más sencilla, pero también sirve para lo que ha servido miles de años: asesinar.
En cualquier caso, es muy sencillo: sigue habiendo mercado de tv que no son smart, así que ya sabe.
Yo creo que hay que hacer una distinción en la tecnologîa. Se puede dividir en dos partes antitéticas. Hasta mediados del XX la tecnologìa tenía el objetivo de sustituir el esfuerzo físico humano y multiplicar dicho rendimiento fìsico, desde las primeras tecnologìas que fueron los bifaces de silex.
Desde mediados del XX, la tecnologìa tiene el objetivo de sustituir el esfuerzo mental, en sustituir el pensamiento humano.
Esa es la clave de todo este asunto.
La configuración de don Arturo es guiarnos como estúpidas ovejas al redil. No pienses, no razones, sigue mis instrucciones. Dictaduras posthumanistas.
Yo creo que Orwel ya lo anticipó cuando hablaba de “autogiros” y “telepantallas” en 1984, el objetivo es claro:
El control de la masa que denunciaba Ortega.
Pero ya ve, los hay felices porque “juegan” on line…
Seguro que lo más redondo que han visto es una onza de chocolate.
Todos tienen razón y sus argumentos sobre utilidad y nuevas herramientas son defendibles. Pero no va de eso. Va de que pudiendo hacerse las cosas fáciles las hacen complicadas y agotando tu paciencia sin existir otras posibilidades para el consumidor, salvo renunciar a la nueva tecnología esclavista de doña complejidad. De eso va. Por emplo :enchufas el electrodoméstico de don Arturo, él mismo auto programa los primeros cincuenta canales de más audiencia y se conecta solo a internet, buscando la señal del wifi instalado en su vivienda. Y luego, el que quiera más complejidades que las busque y solucione en un menú facilorro sin necesidad de perder media tarde siguiendo un máster iniciático.
No hay cadena más férrea que la que nos ponemos nosotros voluntariamente.
Podría usted haberse comprado una tele sin SmartWatch (Con perdón), sin acceso a Internet y tal. O bien podría haber usted pasado de configurarla para tal fin. O en última instancia, devolver el artefacto a la tienda, y quedarse con la que tenía usted, que se veía chachi, que cumplía su función,y si encima era de las de tubo, podía usted poner la flamenca, el torero, el paño de ganchillo y la Mare de Deu dels Desamparats, en el caso de que usted usará el mueble televisivo para tales fines.
¡Pero no! Usted cayó. No le culpo. Yo también lo hice. Ver YouTube por la tele, y los nuevos canales por Internet, y navegar por la Redcon el mando de la tele….
¿Al final sabe para que la uso? Se va a reír: veo televisión, si, pero series, películas, documentales y programas de los años 80. Fíjese que incluso me ha dado por ver los telediarios de esa época, presentados por Lobatón, Concha García Campoy, Ángeles Caso, Campo Vidal. Incluso, el otro día apareció usted, con cuarenta años menos, micro en ristre, hablando desde Líbano, me parece que era, ¿o era Israel?…
¡Qué cosas! La nostalgia de un pasado sin tantas gilipolleces, lo que hace.
Saludos.
Buenas tardes. Igual me pasa a mi. Noticias y cotilleos no veo. Para eso me zampo al despertar el mundo, el pais y el abc, para tener ingredientes de un buen gazpacho. Pero en rtve me calzo a Rodriguez de la Fuente, a Paisaje con figuas de A. Gala, a Jesús Quintero en sus entrevistas en Youtube, los programas de La Clave, y cosas así. Puede ser nostalgia, pero también era calidad. Un saludo.
Quiero recordarles que en RTVE y YouTube también están disponibles los programas de “A fondo”. No sé si lo conocerán, pero por sus gustos estoy segura de que lo disfrutarán mucho… Echen un vistazo y me cuentan…
Si, las entrevistas de Soler Serrano. He visto algunas. Muy recomendable.
Muy bueno el programa de entrevistas. El primero que veré será la entrevista a Borges. Gracias por el soplo.
Leo la Patente de Corso semanalmente desde que soy adolescente. Con Pérez Reverte me pasa como con Carlos Boyero, no comulgo con todo lo que opina, pero suelo coincidir en un noventa por ciento con sus gustos y/o opiniones.
De ahí que no deje de sorprenderme cuando últimamente leo y veo cómo lo acribillan a críticas y lo tildan de carca y derechoso. De tanto leerlo y seguirlo creo que lo conozco como si fuera mi padre y lo que veo desde siempre en este hombre es sensatez, cultura, respeto, educación y un puntito de rebeldía que más quisieran para sí muchos niñatos de dieciocho años.
En fin, en estos tiempos que corren nos encanta juzgar y etiquetarlo todo. Teniendo ideales de izquierdas me siento más representado por este hombre que por cualquier abraza farolas de los que pululan por las bancas de babor del Congreso…
Muy bueno!! Jaja me paso lo mismo
Hace poco me tocó la enorme proeza de cambiar de teléfono celular. Una odisea igual o mucho peor.
Por lo menos lo logro usar en un día.
Han pasado semanas y todavía tengo sorpresas.
Pero descubrí algo interesante.
Si no quiero algo, lo desinstalo, lo elimino y listo.
Y vuelvo a recuperar algo que nunca debimos perder: el control.
Tiene usted toda la razón. Precisamente lo que me disgusta es que el descontrol y lo inutil…viene de serie; por defecto (nunca mejor dicho), como dicen los técnicos.
Para qué hacer simple con lo simple que es hacerlo complicado…
Para justificar el precio con cantidad de opciones y aplicaciones que, como mucho, usarás una vez en la vida.
Decir, don Arturo, que a mi me ha pasado lo mismo, que ya no hay artilugio hogareño que no te pida hasta el número del zapato o la talla de calzoncillos, no tiene interés. Hasta una simple báscula de baño te solicila una cópula (mental, claro, o quizás no) con ella.
Además, los datos se los quedan para luego freirte a publicidad y a pedirte la opinión todas las semanas. Y si a la empresa fabricante le va mal, le venden todos los datos a la internet oscura, también llamada dark web para luego intentar que caigas en una de las miles de estafas que pululan por la nube. Lo llaman el big-data aunque yo lo llamarîa el caca-data.
Bueno, todo gobernado por la IA, que la meten de rondón hasta en los envoltorios del papel higiénico. Sí, don Arturo, la IA, la que han diseñado y la ponderan gentes como su gran y defenestrado gran amigo el Chema, el del gorrito de dormir. Mucha gente vive hoy a costa de este tinglado, muy bien, por cierto. Y son los que diseñan todo esto y se carcajean, hasta reventar, de los demás.
Bueno, nos lo hemos ganado, los aparatitos tienen vida propia y nos odian. Es como los navegadores, el Google-map de los cojones, que siempre nos lleva al peor de los atascos o a calles sin salida.
Es el progreso. ¿Si?
No.
Saludos a todos.
El problema, a mi modo de ver, no es la tele. El problema es que hemos aceptado que cada objeto que compramos venga con un manual de instrucciones emocionales. Ya no basta con enchufar y ver la imagen. Ahora hay que identificarse, aceptar condiciones, actualizar, reiniciar, y al final, cuando todo funciona, ¡tachán!, llega la pregunta fatídica: «¿Desea valorar su experiencia de configuración?».
La tecnología y servidora nos llevamos bien, la empleo a diario y le saco partido. Pero incluso así reconozco ese momento de absurdo en el que llevas diez minutos peleándote con un menú mientras la tele, impasible, te observa con su lucecita roja que parece un ojo burlón. No es un drama, claro, es solo una molestia. Pero es una molestia tan extendida, tan universal, que me temo ya forma parte del paisaje. Y lo inquietante no es que ocurra, sino que lo aceptamos como si fuera lo más normal.
Lo mejor de su texto, para mí, es la capacidad de convertir una anécdota doméstica en una crónica de nuestra época. Con Flori, con las contraseñas imposibles, con ese asistente de voz al que nadie ha invitado pero que está ahí, siempre dispuesto a «mejorar su experiencia». Porque al final, de eso va todo: mejorar experiencias que antes no necesitaban mejora alguna. En fin, vender soluciones para problemas que no teníamos.
Y me pregunto; ¿cuándo empezamos a confundir lo necesario con lo accesorio? ¿Cuándo aceptamos que cada pequeño gesto cotidiano requiera una negociación con una máquina? La tele al final se ve, sí. Pero, ¿a qué precio de paciencia, de tiempo, de esa sensación de que ya nada es sencillo?
Don Arturo, gracias por ponerle humor a lo que a todos nos pasa en algún momento. Porque si no nos reímos, acabaremos hablando con los asistentes de voz como si fueran terapeutas. Y quién sabe, igual algún día no muy lejano ellos, también nos pregunten cómo nos ha ido el día.
¡Olé, Amanda! Que bien amueblada tiene usted la cabeza. Muy bueno su comentario.
Pero lo malo no es que lo aceptemos, es que no te dan opción. Yo compré el último aparato en el “corte anglosajón” y pedí que no tuviera menú, ni asistente, ni manual que hubiera que consultar en una web, de todos los fabricantes, de todos los precios, de todas las calidades. Imposible todas las marcas igual. Es un acuerdo universal fastidiar al consumidor, para que pierda su tiempo, su paciencia y su capacidad de resistencia a las monsergas inútiles. Y en otra tienda y en otra exactamente igual.
Y pensé que la técnica creaba nuevos empleos. Si yo tuviera otra vida me emplearía de fastidiador de consumidor. Lo que me iba a divertir tras cursar el máster de Jardiel Poncela. Perdone la charla, no la molesto más.
Para contestar pulse 1
Basurillas,
Me ha alegrado el día con lo del máster de Jardiel Poncela. Me lo apunto para cuando me pregunten qué quiero ser de mayor. Tiene usted mucha razón en que la auténtica especialidad universitaria del futuro no será ingeniería ni informática, será «Fastidiador de consumidor certificado», con prácticas en tiendas de electrodomésticos y menús de configuración imposibles.
Y sí, lo peor no es que lo aceptemos, lo peor es que no nos dejan alternativa, ¡gran verdad! Da igual la tienda, da igual la marca. Todos han firmado ese pacto secreto del que usted habla, ese acuerdo universal para que perdamos los papeles delante de una pantalla.
Zygmunt Bauman lo resumía mejor que nadie: «el consumismo es una economía del engaño». ¡Y vaya si lo es! Entramos a comprar una tele y salimos con un contrato de adhesión emocional, un asistente de voz que no hemos pedido y la sensación de que nos han timado sin saber muy bien en qué.
Así que nada, cuando abran esa facultad, avíseme, que me apuntaré presta al máster. Mientras tanto, seguiremos pulsando el 1 para contestar, como usted bien dice, y resistiendo como podemos a tanto menú innecesario.
P. D.: Por cierto, hace poco que descubrí este foro y estoy encantada de poder participar. Y más aún de toparme con personas como usted, con las que da gusto conversar. Gracias por la carcajada.
¡A sus pies!
¡A sus tobillos!
¡A su cerebro….!
¡… y a sus nudillos!
¿Lo harán a propósito? ¿Serán así los cibernéticos? Hay un sadomasoquismo de las instrucciones… Pérez Reverte nos salva con el sabroso añadido contra la pudibundez de los pacatos, ignorantes, que nunca han leído a Quevedo.
Me he reído como hacía tiempo que no lo hacía … 🙂 Me siento TAN identificada … GRACIAS por el artículo
Hace rato que terminó la lucha del hombre contra las máquinas. O contra cualquier cosa, en realidad. El hecho es que perdimos. Perdimos y ellas mandan. Sin razonamiento ni alma, sin control ni medida, ellas nos dictan lo que hemos de hacer, como vivir y hasta como morir.
Y nosotros cumplimos nuestra función de pulsar los botoncitos, nomás.
La tecnología avanza inexorablemente bajo la premisa de “hacernos la vida más fácil”. Normalizamos ceder nuestros datos, historial de esto y lo otro (da igual que lo pongas en privado, enseguida se inventan uno nuevo). Nos hacemos dependientes y controlados, es el progreso; así tenemos anuncios personalizados, “para mejorar nuestra experiencia”, para crearnos necesidades, es parte del proceso de vivir en una sociedad consumista. Tenemos mil canales y otras tantas aplicaciones, todas absolutamente necesarias; realmente no se usa casi ninguna y todo es “darle hacia abajo” para consumir contenido. Con la llegada de la IA, personas que el siglo pasado sobrevivían perfectamente, ahora no saben lavarse las manos sin preguntarle a la autoridad artificial cómo se hace. Parece una distopía decir que el ser humano perderá capacidades cognitivas, cuando se prefiere que un modelo de lenguaje diga cómo se hacen las cosas para así ahorrarse unos segundos de procesamiento mental. No pasa nada, ya mejoraremos, cambiará el paradigma mental y nos dedicaremos, de forma precisa e inteligente, a decirle a la IA lo que queremos… si es que lo sabemos. Una odisea para encender la tele, lo normal, como muchas otras cosas normalizadas. Me he reído mucho con su artículo, don Arturo, tan hilarante como real.
Pues sí, a veces parece que la tecnología nos complica la vida en vez de hacerla más cómoda. Esos tipos eficientes de las empresas tecnológicas no acaban de entender que el 90% de los compradores compraría un televisor más caro con tal de que sea más fácil manejarlo. Es lo que tiene saber de muchas cosas y, a la vez, ser lerdo respecto a las personas; saber mucho de inteligencia artificial y ser un paquete en inteligencia emocional, como dicen ahora, los muy horteras.
Don Arturo, usted, en su enorme sapiencia, conoce aquel contundente bolero, de 1965, escrito por unos tales Dino Ramos y Ramón “Palito” Ortega. Ese que Don Pablo “Tito” Rodríguez versionó, para nunca olvidarlo, y que se inicia con aquella sólida frase: “A mí me pasa, lo mismo que a usted…”
Hoy, para más INRI, en mi oficina, tengo un par impresoras. A ellas les dio por ponerse interesantes y decidieron joderme la tarde -saca mete toner, reiniciar, hacer el viejo truco de desconectarlo todo, conectar y ser como esos engendros se ríen de mí-. Es un exquisito momento de acto sacramental, lleno mis pulmones de todo el aire posible, antes de buscar una mandarria y volver a crear en universo con todos ellas.
Job es un idiota a mi lado.
Sólo me queda decirle un solidario: “Welcome to the club”
PS: Aun las muy muy -puede colocar un sonoro sustantivo- no funcionan.
Muchas gracias D. Arturo por arrancarnos una sonrisa con esta crónica tan realista del mundo tecnológico que nos toca sufrir cada día (y lo digo con 48 años…), aunque no llega al nivel sublime de “Hoteles inteligentes y la madre que los parió” (por favor, leanlo los que no lo hayan hecho todavía), una relectura obligada y recurrente para alegrarme esos días que parece que todo ha ido mal. Una pena que su nuevo televisor no le hubiera saludado con “Bienvenido Sr. Pérez” 😉
ja, ja, ja, Me he divertido. Gracias.
Reconozca que para poner un comentario sufrimos lo mismo…No soy un puto robot, dígaselo a reCAPTCHA
Siete, siete pantallas de captcha me he tragado hoy en un mensaje: motos, escaleras, autobuses….y repetidas muchas. Una bromita adicional al artículo.
Me ha ocurrido esta misma semana. Llevé el coche a la revisión anual, ya saben, cambio de aceite, niveles, frenos, escobillas, etc.
Volví en tres horas al avisarme de que no había ningún problema adicional. Todo muy automatizado, programado, con sus correspondientes mensajes.
La fase final del proceso era entregarme el informe para firmar la conformidad antes de retirar el coche. Lo tenìan que imprimir. La correspondiente impresora imprimió la hoja en blanco. El tóner agotado. El proceso, tan sabiamente programado se paró. Imposible retirar el coche. Comprueban que no tienen reservas de ese tóner concreto. A alguien se le ha olvidado reponer.
¡Horror! Tiempo de espera y desesperación. Tengo prisa.
El joven que me atiende veo que abre la impresora, saca el tóner y, para estupefacción por mi parte, le pega unos meneos, varios golpes con mala saña y un par de, y lo vuelve a colocar en la impresora. Mi sorpresa no tiene parangón.
¡Maravilla! Me imprime el informe a la primera y perfectamente legible. Mi admiración y mi gratitud eternas ahí quedaron.
Lo primero que pensé ante esta demostración de iniciativa y de saltarse la tecnología por toda la entrepierna es que…
AÚN PODEMOS TENER ESPERANZA…
A eso se llama evolución, los de nuestra edad comenzamos escribiendo con plumilla, luego bolígrafo, invento maravilloso, y cuentas bancarias impresas a mano por un funcionario. Luego ordenadores e inteligencia artificial y el culmen podemos poner en marcha un puñetero televisor que se ríe de nosotros en nuestro careto. La evolución funciona, Darwin tenía razón
Lo mejor o lo peor de todo es que da igual la edad que tenga cada uno. A todos nos ha pasado y nos volverá a pasar, somos así de gili…
Sí, la única diferencia es quien lo acepta de buenas incluso con risa idiota, y quien lo acepta ciscándose en todos los muertos del fabricante, del diseñador o del vendedor. Y luego está el inteligente o el héroe que pasa del televisor nuevo, aguanta con el antiguo que durará mucho más, no siendo un ingrato, y se va a leer un libro de Arturo Pérez-Reverte. Y tan ricamente…
Jajajaja, ya no tenemos edad para estas gilipolleces, con lo qué fuimos nosotros, don Arturo, de los Hermanos Maristas, a la carrera, pasando por La Legión, por culpa de P. J. Wren, Beau Gest, Beau Ideal, Beau Sabreur etc. Superé mi estadía en el Tercio, y ahora esto?
!!!A la Mierda!!! Llamo a mis hijos y punto.
Exacto. Gracias a los hijos y la IA, adiós folleto explicativo y adiós reparaciones.
Me resulta curioso lo que ha desatado este artículo en los comentarios… a mi se me ha desencajado la mandíbula de risa, al sentirme tan identificado… y ya… gracias por conseguir que no me sienta tan solo ante el progreso.
Que gracioso, por eso cuando compro un aparato pido que me lo instalen, algunos llevan su tiempo.
No pienses que ya has acabado, de vez en cuando te vuelven a pedir la contraseña, por lo que más vale tenerlas apuntadas.
Un truco, don Arturo. Regístrese, inicie sesión y toda las mamandurrias que le piden, y cuando ya esté dentro, cierre sesión y vea la TV sin que asocie a su correo el historial de visionados y navegación. Al menos en LG aún te lo permiten.
Esta misma historia no se publicó aquí mismo pero firmada por otra persona?
La misma no. Chema Alonso escribió sobre instalar una pantalla similar para su madre: https://www.zendalibros.com/solo-para-gente-smart/
Cierto, era para la madre de Chema Alonso y ésta para él. Completamente diferente.
¡Insensatos!, no pongáis nunca vuestra cuenta . Eso es peor que vender el alma al diablo.
Gracias por hacer un retrato tan preciso y jocoso-mordaz de cómo nos torturan las tecnológicas para llevarnos a sus huertos de traficantes de datos.
Aunque creo que configurar una tele es una broma comparado con un móvil.