De la “maldad” de Alain Delon se sabía, como poco, desde 1963, cuando Romy Schneider abandonó Alemania, dejando también atrás esa imagen candorosa, inmaculada, que le dio su reiterada creación de Sissi. Haciendo oídos sordos al consejo de su madre —la también actriz Magda Schneider—, quien la advirtió encarecidamente sobre todas las lágrimas que iba a derramar por aquel seductor impenitente, se fue a vivir con él. Aunque siguieron siendo amigos hasta que ella se quitó la vida en el año 82, no vivieron juntos más que unos meses en los que él tuvo sonadas historias con algunas de las mujeres con más embrujo de toda Europa. Antes de que acabase el 63, un día, Delon no volvió a casa. “Me he ido a México con Nathalie. Mil cosas. Alain”, rezaba el escueto telegrama del adiós.
Pero en el otoño de sus días, cuando, ya anciano, el actor había perdido sus dotes de seductor, hubo protestas cuando Cannes le quiso rendir un homenaje, se recordó su pasado facha: fue paracaidista en la Guerra de Indochina —como Jean-Marie Le Pen, el fundador del Frente Nacional francés, con quien compartía ideario— y él mismo se jactó de haber abofeteado a las mujeres cuando lo creyó oportuno. Las que le amaron con locura habían muerto y sus hijas fueron implacables con el viejo seductor.
Una buena parte de la afición recordará al Alain Delon de Luchino Visconti —Rocco y sus hermanos (1960) y El gatopardo (1963)—. Yo también me descubro ante aquellas creaciones. Cómo olvidar a Tancredi Falconeri, el personaje de Delon en la segunda de aquellas producciones, en la secuencia en que confiesa al príncipe Salina (Burt Lancaster) que va a batirse contra el rey junto a los garibaldinos; y en esa otra, que vuelve de la guerra, ya tuerto y con la bandera tricolor.
Pero mi favorito es el Alain Delon de los grandes malotes, el hampón más solitario del polar, el actor más representativo del cine del gran Jean-Pierre Melville, sin que ello signifique menoscabo alguno para Lino Ventura y Jean-Paul Belmondo. Sin apenas diálogos, Jef Costello y Corey, sus personajes, respectivamente, en El silencio de un hombre (1967) y Círculo rojo (1970), dos obras maestras del gran Melville, vienen a sublimar todas las convenciones del noir más fatalista: valor, soledad, ocultación de los sentimientos, finales desdichados… Los prolegómenos del fatum, ese hilo del destino que no se puede esquivar.
Sí señor, Alain Delon era uno de esos tipos bien parecidos, eso está claro. Pero yo me quedo con su frialdad y capacidad para expresar el mal. De sus interpretaciones a las órdenes del gran René Clément puede seguirse que hubiera incorporado al perfecto Mefistófeles en cualquier versión de Fausto. De hecho, fue un sublime William Wilson —el Doppelgänger, el doble del relato homónimo de Poe—, que no dista mucho del Maligno, en el segmento de Louis Malle de Historias extraordinarias (1968). Pero con Clément recreó al primer Tom Ripley de la historia del cine. Aun sin contar con el favor de su creadora, realizó un trabajo admirable, como también lo fuera el de Maurice Ronet (Dickie Greenleaf). Casi podría afirmarse que, en ese final impuesto, estaba el origen del poco interés que mostraba Patricia Highsmith por la estimable A pleno sol (1959).
A fe mía, todos los Ripley que en la gran pantalla han sido han recreado con excelencia al gran malote de Patricia Highsmith: Dennis Hopper —El amigo americano (Wim Wenders, 1977)—, Matt Damon —El talento de Mr. Ripley (Anthony Minghella, 1999)— y John Malkovich —El juego de Ripley (Lilliana Cavani, 2002)—. Pero el primero, el de Delon, es especial. No por ello hay que olvidar al Marc Borel que interpretó en Los felinos (Rene Clement, 1964).
Imagen del mal —¡qué Mefistófeles hubiera incorporado!—, también dio vida a algunos héroes. ¡Cómo no! El Rocco Parondi de Rocco y sus hermanos no es malo, todo lo contrario; es un hombre bueno que intenta redimirse mediante el pugilato, como tantos desheredados de los primeros años 60, aquellos que también intentaban huir de la miseria a puñetazos, pero bajo las reglas que rigen a los golpes que se dan y se reciben en el ring. No obstante su don para encarnar el mal, Delon dio vida a uno de los grandes ingenuos del cine europeo de los años 60: Rocco Parondi, un tipo bueno donde no cabe la bondad.
Como productor puso en marcha cintas en las que incorporó a algunos flics, que llaman a los policías en el polar. Pero será mejor correr un tupido velo sobre títulos como Palabra de ley (José Pinheiro, 1985) o Por la piel de un policía (1981), como ya hemos dicho, dirigida por el mismo actor.
Una de sus primeras producciones, Borsalino (Jacques Deray, 1970), cinta que en su momento llamó mucho la atención por compartir el protagonismo junto a su gran amigo Jean-Paul Belmondo —antiguo boxeador—, cincuenta y cinco años después se nos descubre como un filme meramente comercial. Acaso sea el score de Claude Bolling lo más reseñable: otra de esas propuestas que acercaron la música del cine al lounge que se escuchaba entonces en las recepciones de los hoteles y en los restaurantes de postín.
El Alain Delon productor también lo fue de El otro señor Klein (1976), la memorable cinta de Joseph Losey en la que el actor nos brindó otro de sus grandes personajes: un arribista en los días de la ocupación alemana de Francia, vendedor de antigüedades, a quien la guerra le trae sin cuidado. Hasta que resulta llamarse igual que un hebreo. Tras ser confundido con él por la Gestapo, comienza a correr la suerte que estaba reservada para su homónimo, nunca mejor dicho.
Su colaboración con Losey debería haber bastado para la redención de Delon. En El asesinato de Trotsky (1972) había recreado a Frank Jackson, nombre bajo el que Ramón Mercader se ganó la confianza del paladín de la “revolución permanente” y lo asesinó. La interpretación de aquel comunista español, en el que Stalin encontró al mejor agente de la NKVD, para acabar con su mayor enemigo, dada la tendencia de la izquierda internacional a la justificación cómplice del estalinismo, hubiera debido ser suficiente para pasar por alto las maldades de Delon. Nadie protestó cuando al bueno de Pablo Neruda, estalinista confeso e irredento, se le concedió el Nobel de Literatura. Ni se le retiró el galardón cuando, en Confieso que he vivido (Seix Barral, Barcelona, 1974), confesó haber violado a la encargada de limpiarle la letrina cuando, allá por los años 20, se desempeñaba como cónsul de Chile en Ceilán, actual Sri Lanka.
Y es que una cosa es escribir versos de amor —y de odio, el odio que los estalinistas profesan a sus enemigos— y otra, muy diferente, incorporar a villanos. Los recreados por Delon podían llegar a ser tan románticos como el Jef Costello de El silencio de un hombre, o tan perversos como el William Wilson del episodio de Malle en Historias extraordinarias. A tres pasos del delirio podría ser la traducción literal del título original de aquella cinta basada en tres relatos del gran Edgar Allan. Mucho mejor.
Como ya hemos visto, en su vida personal, en los orígenes de Alain Delon, hay algo de villanía según el canon actual: tenía la mano muy larga con las mujeres —a las que dejaba locas—, y fue paracaidista en la guerra de Indochina, el mismo conflicto en que acabó de aquilatar su patriotismo Jean-Marie Le Pen, si bien es cierto que el futuro actor fue licenciado del ejército con deshonor. Como William Wilson, por cierto, e incluso el propio Edgar Allan Poe.
Alain Delon se estrenó en el cine, tras toda una experiencia errática en su vida anterior, en Quand la femme s’en mêle (Yves Allégret, 1957). Recuerdo sus personajes en la cartelera de los años 60 y 70. Le descubrí en El tulipán negro (Christian-Jaque, 1973), a mitad de camino entre La pimpinela escarlata (Harold Young, 1934) y El signo del Zorro (Rouben Mamoulian, 1940). Esa fue la proyección en la que me enamoré perdidamente de Virna Lisi, en una tarde de mis primeros inviernos en el Real Cinema de Madrid.
Algunos años después, ya en 1970, llegó la fascinación con el cartel de Círculo rojo. Me quedo con el Delon de los malotes, sublimes hasta la perversión. Eduard Coleman, el comisario de Crónica negra (Jean-Pierre Melville, 1972), ya me interesa un poco menos.
Y en esas cintas, que el mismo Delon producía y protagonizaba en los años 70, le aplaudí en dos: la italiana Tony Arzenta (Duccio Tesari, 1973), en la que Arzenta mataba a la gente mientras Ornella Vanoni cantaba “L’appuntamento”, y en Alias el gitano (1975), la mejor realización de José Giovanni.
Inolvidable su colaboración con Michelangelo Antonioni en El eclipse (1962), una de las cumbres de la incommunicabilità del maestro de Ferrara. Pero a quien evoco es al Jeff Costello de El silencio de un hombre, con un gesto lacónico, como los que se dedicaban los que iban a morir en el cine del gran Jean-Pierre Melville.


Alain Delon, un mamarracho con mucho talento, cierta inteligencia y una filmografía admirable, no fue nunca paracaidista en Indochina.