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Insultando se entiende la gente

Insultando se entiende la gente

España fue siempre un lugar de insultadores ingeniosos, aunque ya no lo parezca. Durante siglos nuestro desprecio verbal fue una herramienta seria, peligrosa y a veces mortal. Se insultaba como Dios manda, con certeza del peso de cada palabra. Se insultaba de puta madre. Hoy, en cambio, se insulta mucho y cutre. O sea, mal. En eso, como en tantas otras cosas, hemos perdido el oficio. Aunque no las ganas.

En el Siglo de Oro, insultar era un arte social. Llamar imbécil a alguien era un quiero y no puedo, un improperio de chichinabo, porque lo que se zahería no era la inteligencia, sino el honor. Decirle villano a un hidalgo equivalía a negar su condición; llamar cobarde a otro era invitarlo a batirse; decir cornudo no apuntaba a la intimidad conyugal sino a la humillación pública, la risa ajena, el descrédito. El insulto no rebatido con letras o sangre era una grieta en la reputación.

Había insultos que hoy parecen simples, pero que antes funcionaban como minas antipersona. Hijo de puta no era un comodín fácil como lo es hoy —yo mismo lo uso mucho—, sino una imputación al linaje en una sociedad obsesionada con la sangre limpia. Judío, moro o converso, utilizados como acusaciones, eran sospechas con consecuencias legales. Por eso los grandes escritores sabían hacerlo con precisión quirúrgica. Quevedo no lanzaba improperios sino ejecuciones; cada palabra estaba escogida para humillar a muerte. No necesitaba levantar la voz, pues sabía que un verso eficaz clavaba al adversario en la memoria colectiva. El insulto era literatura, porque la literatura era poder.

Con el paso del tiempo, el insulto fue a otros ámbitos, mezclado con la política: afrancesados, servilones, ojalateros. Durante la Segunda República y la Guerra Civil, sustantivos convertidos en insultos señalaban y mataban: terrateniente, agitador, marxista, derechista, podían llevar a las cunetas cebadas por unos u otros. Y con el franquismo, el insulto circuló por conducto vertical: unos lo usaban de arriba abajo y otros de abajo arriba. Ya no se trataba de dañar el honor ajeno, sino de señalar a partidarios o enemigos del orden establecido: fascista, antiespañol, estraperlista, degenerado, falangista, meapilas, invertido, eran palabras administradas sin ironía ni ingenio, pero a veces de una violencia burocrática devastadora, pues —las que iban de arriba abajo, sobre todo— tenían serias consecuencias materiales.

Hoy estamos en la fase idiota del proceso: el insulto sin responsabilidad. En las redes sociales se vomita bilis sin pagar el precio ni dar la cara, incluso sumándose a otros con un simple clic del ordenador o el teléfono. Tampoco se ataca el honor o la lealtad a lo que sea —averiguarlo requiere esfuerzo y tiempo—, sino la supuesta filiación del objetivo en cuestión: machista, masón, nazi, cuñado, taurino, seguidor del Real Madrid o del Barça. El insulto español contemporáneo es rápido, fácil y pobre, una contraseña tribal: tú, cabrón, puta, no eres de los míos. No se insulta a alguien por lo que es, sino por lo que se supone que es. Incluso por lo que se supone que no es.

Aparecen además epítetos muy contemporáneos: viejuno, maruja, señoro, misógino, amorfa. También tienen mucho éxito los insultos a la ambigüedad. No militar en algo es imperdonable: moderadito, equidistante, tibio, maricona. La diferencia entre antes y ahora no es que insultemos más, sino que insultamos peor. Antes implicaba riesgo de un pistoletazo, de una bofetada; hoy se insulta pensando más en la audiencia que en el adversario. Y ahí entra el algoritmo que no recompensa el ingenio, sino la reacción. El improperio que triunfa no es el que requiere talento para construirlo, sino el fácil de compartir. Insultos diseñados para circular, no para definir de verdad. De ahí la pobreza léxica, la reiteración, la monotonía.

Esta variedad moderna tiene sus ventajas para quien la ejerce: facilita la deshumanización. Ya no hace falta escuchar, ni reflexionar. El insulto más sobado funciona como recurso para mentes incapaces de complejidad, pues permite sentirse del lado correcto sin ningún esfuerzo intelectual: fascista, machista, racista, rojo de mierda, son recursos ideales. Lo malo es que cuando de verdad es necesario señalar un fascismo real, un machismo real, un racismo real, un rojomierdismo real, ya no queda munición; de tanto usarla para todo no sirve para nada. Éste es el gran daño colateral del insulto español contemporáneo: vacía el lenguaje de precisión. Cuando todo se plantea como intolerable, nada lo es del todo. Si es cierto que insultando bien se entiende la gente, sabiendo a qué atenerse, quizá sea ésa la causa de que cada vez nos entendamos peor.

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Publicado el 2 de marzo de 2026 en XL Semanal.

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ricarrob
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2 horas hace

Lleva usted razón, don Arturo. No solamente en el Siglo de Oro, que quizás fue la culminación del uso del idioma en general y, por lo tanto, la culminación de los insultos, con Quevedo a la cabeza, sino que también cuando España no era un país desarrollado, cuando yo o usted éramos pequeños, creo que se insultaba mejor y con más gracia.

Hoy no hay imaginación ni gracia. Es tal la falta de esas dos virtudes que hasta se contrata a asesores o a departamentos de “relatos” para que inventen nuevos insultos (me refiero por ejemplo al ya tan manido de fachosfera ya que llamarle facha a alguien, como para un grupito reducido, todo el resto del contingente mundial es facha, ha perdido su significado).

Entonces, en los 50 ò 60, me refiero, el hijo de puta se usaba muy poco y era considerado como un último recurso. La ofensa era mayúscula.

Había insultos que hacían mucha gracia y que definían lo que se quería expresar. Uno que recuerdo y que ha desaparecido es “caraculo”, aplicable hoy perfectamente al estamento político. Gilipollas se sigue usando pero no así “tontochorra” que tiene cierta gracia (dícese de cierto político de derechas que no sabe dónde ubicarse). Llar entonces a alguien “alcornoque” (se ve que entonces no éramos ecologistas, pobre árbol, tan bonito él) era dejar su inteligencia a la altura del betún. “Burro”, “asno”, “acémila”, eran de alguna forma graciosos y descriptivos. “Fantoche” también aplicable a la mayoría de nuestros políticos. Y graciosos de nuevo, recurriendo al elemento escatológico, como “cagapoquitos” o “ese no puede cagar de hambre” que dicho en tiempos del racionamiento y que estar gordo era sinónimo de salud y riqueza, era tildar a alguien de no tener recursos económicos. “Berzotas” era un cierto insulto de tontura pero dicho en plan un tanto cariñoso. Otro antiguo que se podría aplicar a los políticos corruptos y a sus manejos es “trapisondista” que tampoco se usa ya. Es una pena. Estamos perdiendo la riqueza de nuestro lenguaje también en los insultos. No me voy a extender porque la variedad que había entonces era muy extensa.

El testo de don Arturo trae justo a colación un cierto insulto que nos han hecho a los españoles sin culpa ninguna: somos “terribles”. Me tiene este calificativo un tanto despistado y confundido. No sé si semánticamente tiene en inglés los mismos sentidos múltiples que en castellano pero si se consulta a la RAE dice que su significado es: horrible, horrendo, horripilante, terrorífico, espantoso, aterrador, espeluznante, horroroso, tremendo, tremebundo, insoportable, inhumano, insufrible, atroz, espantoso, grande, enorme, desmesurado, atroz, tremendo, terrorífico, horrible, disparatado, horroroso, brutal. Dejarnos sin gas no es tan preocupante ni tan dañino como habernos llamado “terribles”.

La verdad es que con una sola palabra, nos han puesto a caldo sin merecerlo lo más mínimo. Me siento muy disgustado, oiga.

Pues nada, yo, en mi nombre, y como me siento insultado por pertenecer a este colectivo, le voy a decir a ese señor que es un “caraculo”.

Saludos disgustados a todos.

ricarrob
ricarrob
2 horas hace

Perdón por lo de “testo”. Se me ha ido la tecla de la maldita tablet. Por supuesto, donde digo testo, no digo testo, digo texto. La verdad es que me ha quedado gracioso ya que se podría entender como una referencia a la cabeza pensante de don Arturo, una masculinización de testa. Disculpas.

basurillas
basurillas
17 minutos hace

Me extraña muchísimo que un apasionado, como don Arturo, no haya encontrado un hueco en la Patente de Corso de esta semana para recordar los insultos graciosos, imaginativos y divertidos del temperamental y borrachín Capitán Haddock en los libros de Tintín; por ejemplo murciélago, energúmeno, ornitorrinco, ectoplasma y similares. Tiene, el personaje de Hergé, todo un repertorio inacabable de la cuestión que, al leerlos en las viñetas, hace que sueltes probablemente una carcajada
Ese es otro arte o faceta, el insultar en broma, sin que el destinatario se ofenda y se comporte tras recibirlo como un compadre del que lo emite. Cuando yo llamo ¡mamón! a un amigo, riéndome por alguna ocurrencia o gracia del mismo, le estoy alabando como a un inteligente compañero de andanzas y peripecias. Y de esas expresiones y giros existen centenares.
En otra vertiente muy distinta, pero también literaria, están los insultos reales o imaginarios en otros idiomas. Recuerdo un insulto, leído en una novela de un tal Sven Hassel (tal vez “Los panzers de la muerte”) que, traducida la expresión del ruso o el polaco, significaba más o menos: ¡Vete a casa a jo..r con tu madre!
Sería interesante conocer insultos significativos en otros idiomas. Tal vez nos sorprenderíamos de su escasa delicadeza.
Saludos ¡Hotentotes!

Pepe Cuervo
Pepe Cuervo
3 minutos hace

El insulto es algo muy español, las redes se han convertido en un vertedero de opiniones, amenazas y exabruptos a golpe de teclado, eso si, con kilómetros o contenientes de por medio, ¡Así cualquiera!. Lo que si he observado y procuro llevar a cabo es que, los que menos gritan, los que menos improperios lanzan y te hablan en voz baja y calmada, con esos si hay que tener cuidado.