Envejecer bien es un arte. De pronto te levantas con dolores nuevos y descubres que el mundo no te debe nada, sino que pasa factura. A menudo acudes al médico en busca de soluciones, y sin fijarte en ellas pasas ante librerías que a tu edad son más útiles que las farmacias. Leer a los filósofos estoicos antiguos es uno de los mejores analgésicos que conozco. Como las aspirinas o el paracetamol, no quitan las causas del dolor, pero ayudan a soportar el dolor. Y eso no es ninguna tontería.
Los estoicos no prometen felicidad, ni buenos rollitos en TikTok. Lo que Epicteto, Séneca, Marco Aurelio y otros colegas ofrecen es mejor: consejos para no vivir y morir como un imbécil. Mientras los modernos manuales de autoayuda sostienen que el universo y sus mantras están de tu parte –lo que es una mentira cochina–, los viejos estoicos te miran a los ojos y dicen: «No te agobies por lo que no depende de ti, pringado, y deja de lloriquear». Leerlos a cierta edad, cuando ya le ves las orejas al lobo, es hojear un manual de instrucciones que olvidaron darte a los veinte. Porque explican con minuciosidad cruel que hay cosas que controlas y cosas que no, que envejecer con dignidad consiste en aceptar que el mundo no se adapte a tus achaques y manías, que los jóvenes –también lo fuiste– usen palabras para ti incomprensibles, que la música te irrite las trompas de Eustaquio y que nadie tenga la obligación de cederte el asiento en el metro. El estoicismo prepara para el paisaje hostil con una herramienta que se llama indiferencia selectiva. No la del pasotismo idiota, sino la del francotirador que elige bien a qué dispara y a qué no.
Los estoicos no eran vendedores de optimismo por fascículos. Eran tipos duros que sabían que la vida no mejora por quejarse de ella y que el tiempo es un carnicero eficiente. Por eso insistían en la fugacidad de todo: la salud, el prestigio, la belleza y hasta el pelo, que se cae y no pasa nada. Leerlos te reconcilia con la idea de que perder cosas no es tragedia personal sino norma universal. Y cuando todo el mundo pierde tarde o temprano, ya no hay humillación posible. Solo son las reglas.
Además, el estoicismo es una vacuna magnífica contra el patetismo tardío. Me refiero al ridículo senil: ese impulso peligroso que empuja a fingir que tienes veinte años menos, a hablar como los adolescentes o a disparar certezas con una seguridad impropia de quien ya debería saber que, cuantos más años cumples, más certezas se van al carajo y sólo queda una conciencia exacta de la imbecilidad universal. El estoico asume su edad como una cicatriz honrosa: no alardea, pero tampoco la esconde. Sabe quién es y quién fue; y sobre todo, qué no necesita ya demostrar.
Hay también una forja del carácter. Los estoicos entrenan para soportar molestias menores –frío, calor, incomodidad, achaques naturales– con una entereza insolente. No porque seas espejo de virtudes, sino porque entiendes que protestar no mejora tu vida, molesta a los demás y además pudre el alma. El humor estoico es seco, casi militar. No es carcajada, sino media sonrisa. Es saber que el cuerpo falla, que la memoria traiciona y que levantarse del sofá requiere una planificación previa. El estoico no se queja del frío ni del calor: se abriga o suda, y punto. Esa actitud, aplicada a la vejez, evita el peor de los males: convertirse en una sirena de ambulancia o un recetario médico con patas. Como decía el actor Luis Gamero: «Yo a los amigos nunca les cuento mis problemas. Que los divierta su puta madre».
Otra ventaja es la elegancia moral: asumir que el silencio es una forma superior de inteligencia y, sobre todo, de elegancia. No porque no tengas razón, sino porque no tienes ganas de explicarla tres veces. Envejecer con dignidad implica tener la boca cerrada y, cuando la abres, que te importen un carajo las consecuencias. El estoico sabe que no puede educar al mundo y que discutir con necios es una pérdida de tiempo. Así que, cuando no hay más remedio, dice lo que piensa o guarda silencio, según la coyuntura. Después se levanta y se va.
Y al final, naturalmente, aguarda la muerte, que no falta a ninguna cita: última pareja de baile que incomoda a todos menos a quienes aprendieron a tratarla como compañera de viaje. Los estoicos no desean morir, pero tampoco lo dramatizan. Lo consideran parte del contrato temporal que llamamos vida. Y ahí el estoicismo vuelve a su papel lúcidamente analgésico, porque te recuerda que cada día bien jugado es una victoria, aunque el marcador final sea la derrota. Morir es inevitable, pero vivir como un imbécil es opcional. En la vida puedes ganar o perder, pero al final siempre pierdes. Y no hay en la historia de la Humanidad héroes más admirables que quienes supieron perder con estilo.
____________
Publicado el 20 de marzo de 2026 en XL Semanal.


Excepcional, don Arturo. Justo ahora, a las 6:15, casi es lo único que se me ocurre decir. Casi.
Lo único que echo en falta es una referencia a la soledad. El estoicismo tambièn va de eso. La soledad no es enemiga del viejo. Hay que saber apreciarla, hacer que sea tu amiga y aprender, si no lo habías hecho ya en tantos años, a disfrutarla, a estar sólo contigo mismo, con tus recuerdos, con tus errores y aciertos, con tu vida. Con tus diferentes identidades. Debatir con ellas.
La soledad hay que saber apreciarla, hasta que nos llegue esa otra compañera fnal que a todos nos demanda.
Concienciarse de que los viejos estamos ahora en una sociedad a la que no le hacemos falta y que no nos demanda nada. Asumir que estamos de sobra.
El estoicismo también va de eso. No convertirse en miembro de un cardumen de viejos ja-ja-ja, visitando todo lo visitable, en manada y expulsando el único sonido audible: ja, ja, ja.
Estoicismo. Quizás es necesario haberlo apreciado en el pasado.
Saludos a todos.
Perder con estilo es lo más dificil de la vida, sin rabietas ni complejos. La última pérdida es la muerte, eso que don Arturo ha denominado maravillosamente como “la parte del contrato temporal que llamamos vida”. Un contrato por cierto -son las reglas- que nosotros no firmamos y que nos viene impuesto por voluntad amorosa o irresponsabilidad y desenfreno de nuestros ascendientes. Es la regla de oro siempre, en toda ponderación y decisión que tomemos: tener a la muerte como consejera y aceptar el reto de una forma elegante. Pero también hay que entender el cabreo monumental de quien juega en ese contrato, en esa partida vital, con malas cartas o cartas marcadas casi siempre y desde el principio; cuando compruebas que otros tienen una vida fuelle y fácil. Porque en ese viaje que es la vida no es lo mismo viajar en acémila que en avión en primera clase. El estoicismo sirve únicamente para, al cabo del tiempo, comprender que todo viaje es una aventura y que esta surge y se disfruta según tu pasión y estado de ánimo en cualquier circunstancia. Lo malo es que esa lección se aprende normalmente tarde y a las malas, cuando ya tus buenas cartas, si alguna vez las has tenido, se han desaprovechado en luchas banales y, la mayoría de las veces, impuestas por una sociedad estúpida, cobarde y tramposa. Tarde, casi siempre llegamos tarde al conocimiento y a la virtud.
No sé quien dijo esto de: “es curioso el ser humano: vivir no sabe, y durante la vida, las más de las veces, sufre, y sin embargo, morir no quiere”. En esta frase se podría resumir nuestro vagar por el mundo. No sabemos vivir, y por tanto, no sabemos envejecer, ni morir. Y sin embargo, morir habemos.
Ha mentado usted a los estoicos, los padres de la filosofía clásica. Deduzco, no sólo un magnífico conocimiento de ellos, sino, y perdón si me equivoco, un cierto aire de ateismo al obviar a la religión, al cristianismo y al judaísmo, fundamentalmente, los cuáles, no sólo nos dan las claves para saber vivir, sino también, para saber morir.
Recuerde esa magnífica frase de Mateo 16, 26.: “De que le vale al hombre ganar el mundo, si pierde su alma”. Esta frase, en un mundo que ha sustituido el culto a Dios por el culto al dinero, que “ha elevado a cero” el estudio de la filosofía y de las humanidades en el “bachillerato”, y que esta sacando al mercado laboral, profesionales; médicos, ingenieros, abogados, con nulos conflictos morales consigo mismos, resumiría muy bien el estado actual de las cosas.
Saludos.