Por regla general, la mayoría de personas que habitan este mundo tienen fe en algo. Excepto los nihilistas, claro. Esos están hechos de una pasta capaz de reducir la realidad del Universo a la nada. La fe es la creencia en algo de lo que no se tienen pruebas. La religión es un ejemplo de ello. Los que profesan una fe religiosa basan su creencia en algo que no han visto nunca y de lo que no tienen pruebas fehacientes. Pero hay otras clases de fe, aparte de la teologal. La electricidad y el magnetismo fueron fenómenos curiosos e invisibles que, desde la más remota Antigüedad hasta la Revolución Científica del siglo XVII, se intentaba mostrar su existencia mediante experimentos rocambolescos en reuniones sociales para divertimento de los asistentes. La electricidad no se ve. El magnetismo tampoco. Pero alguien tuvo fe en el estudio científico de aquellos fenómenos naturales de salón, llegando a unificar ambos campos, describiendo el Fenómeno Electromagnético en las Ecuaciones de Maxwell. La fe, sea teologal o no, mueve montañas. Por ello, Samuel Morse se subió a los hombros de un gigante como Maxwell para desarrollar la transmisión de mensajes mediante ondas electromagnéticas, revolucionando desde ese mismo momento las telecomunicaciones. He tenido la suerte de criarme en un entorno en el que todo esto era el pan de cada día. Los pitidos del código Morse emitiéndose y recibiéndose en los cascos de los radiotelegrafistas han sido parte de mi banda sonora vital. He sido testigo del montaje de antenas en parajes remotos cuya altura podía competir con la de las torres de una catedral. He caminado despacio, como quien cruza un campo de minas, para no pisar el enjambre de cables que se extendía bajo mis pies en lugares convertidos en estaciones de comunicación. He escuchado conversaciones entre los operadores de radio en las que se anunciaba que un contacto procedía de Belice o Sri Lanka; por aquella época no tenía ni la más remota idea de qué lugares del mundo hablaban. Las paredes de las Estaciones de Radio solían estar repletas de mapamundis. Me pasaba horas con el dedo índice sobre los mapas repasando los nombres de los países de los cinco continentes, tratando de localizarlos. Mientras, el eco de los pitidos del código Morse se recibía en los receptores de radio, impregnando el aire de un misterioso ruido que a mí me sonaba a mensaje secreto por descifrar. Aprendí mucha geografía entonces. Más que en el colegio. Con el paso del tiempo atendí a las charlas de sobremesa entre aquellos radiotelegrafistas. Por eso supe muy pronto lo que supuso la Telegrafía sin Hilos en todas las contiendas bélicas del siglo XX. Mi nueva novela, El Radiotelegrafista: España en la Primera Guerra Mundial, narra el papel de estos profesionales en una conflagración en la que, en todos los libros de Historia, aparece España como Nación Neutral No Beligerante. Invito a los lectores a realizar un ejercicio de imaginación para que recreen conmigo lo que significó aquella contienda para nosotros, los españoles, y cómo se respiró la atmósfera enrarecida, cargada de incertidumbre y confrontación, ante la catástrofe que inundaba el continente europeo como un pegajoso alquitrán que se adhería a todo y a todos, tanto en las trincheras como en los mares y océanos. Hombres y mujeres peleaban por mantener la cabeza fuera de las aguas revueltas de la Gran Guerra Europea. Unos lo consiguieron y otros no. Creo que la narración muestra los personajes adecuados para que el lector se acerque a una realidad vivida por los europeos hace ya más de un siglo. Cómo escritores indispensables, comandantes de la Marina Imperial Alemana, de la Armada española y de la Marina Mercante, gente del arte y de la ciencia, mujeres intrépidas o radiotelegrafistas envueltos en el universo de un lenguaje inventado por Morse, entrelazan sus existencias con el firme propósito de seguir sus propias convicciones e intereses, caminando por los peligrosos senderos de una guerra. Todos ellos viven en las páginas de la novela. La he escrito con la intención de que la nueva y rutilante tecnología no empuje al pozo oscuro del olvido lo que significó aquella revolución en las comunicaciones. Tanto en tiempos de paz como entre las fauces de una contienda de proporciones desconocidas hasta entonces.
Resulta llamativo que alguien como Samuel Morse fuese un consumado pintor, que tuviese la sensibilidad artística como para plasmar en un lienzo una escena a la que tituló Galería del Louvre. Pero no es incompatible el interés por la ciencia y por el arte, simultáneamente. Como no lo es profesar una fe religiosa y apostar por el desarrollo científico. Desde hace mucho sabemos que la religión, la ciencia, el arte o la filosofía pueden ser diferentes caminos que cada uno elige para buscar la verdad, siempre resbaladiza y esquiva, para tratar de encontrar explicaciones racionales o comprender hechos tan terribles como una conflagración mundial. Se asume que la guerra se produce por motivos puramente económicos y territoriales. Pero lo cierto es que en todas las guerras el ego y la megalomanía han jugado un papel decisivo, tal y como ocurre hoy en día. Por ello, el laberinto que dibuja la pasión humana en el tablero de juego de las naciones actuales es demasiado parecido al de siempre: tenebroso e impredecible. Aquella Primera Guerra Mundial es un claro ejemplo de hecatombe difícil de digerir que aún genera pesimismo a todo aquel que no se hace trampas jugando al solitario, a ese que tiene adiestrado el olfato para seguir el rastro de la tragedia antes de que estalle, y por eso sabe que la naturaleza humana es capaz de crear ciclos de miseria y horror tan puntuales en el tiempo como la migración de las aves. Esa es otra razón por la que he escrito El Radiotelegrafista: España en la Primera Guerra Mundial. En la novela, cada personaje tiene sus propias motivaciones para implicarse en los más oscuros escenarios de la Historia. Como lo haríamos nosotros, llegado el caso. No olvidemos que todos llevamos los afilados dientes de un lobo tatuados en nuestro espíritu. Y los enseñamos cada vez que la ocasión lo exige. La Naturaleza humana es la que es. Pero si el lector, leyéndola, indaga en la vida de personajes reales en aquellas circunstancias, quizás restalle, de manera súbita, la percepción de un leve destello muy parecido a lo que sería la esperanza de un mundo mejor para los miembros de nuestra especie. O quizás no. En este caso el lector lo decidirá conociendo el comportamiento del radiotelegrafista Alonso Llamas, así como el del capitán de corbeta de la Real Armada Española Jaime Janer Robinson, que llegó a comandar el acorazado España. O la actuación del cónsul alemán en Palma de Mallorca o el comandante del submarino alemán U-35, miembro de la Kaiserliche Marine, Lothar von Arnauld, en mitad de la locura desatada en Europa. Entonces, como ahora, cualquier acción tenía un precio. En la Primera Guerra Mundial ese precio se multiplicaba exponencialmente. La novela El Radiotelegrafista muestra cuánto tuvo que pagar cada uno de sus protagonistas en la vorágine de aquella pesadilla.
La literatura nos sirve para contarnos a nosotros mismos lo que percibimos en los distintos escenarios del mundo. Sólo me resta decirles que si deciden embarcarse para navegar entre las páginas de mi nueva novela, les doy la bienvenida a bordo, y las gracias por hacerlo.


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