La Asociación Española de Críticos acaba de premiar a la escritora Eider Rodríguez (Premio de Narrativa en Euskera) por la obra Era todo el mismo hueco, un compendio de relatos con un denominador común: el vacío. En estas seis historias, que ha publicado en castellano Penguin Random House, la autora ha trasladado a la rutina de varios personajes la grieta que se está abriendo en la sociedad. Rodríguez continúa posando su mirada sobre lo pequeño para dotar a sus textos de la fortaleza de la autenticidad sin artificios. Parece que su mirada filtra la realidad y la despoja de lo accesorio. Su obra, con una narrativa minimalista, presenta al ser humano como en un espejo: el lector, en cada uno de los relatos, ve reflejadas sus carencias, sus secretos, la incomodidad de lo que escondemos a los demás.
Hablamos con ella del género del cuento, de la función que puede tener la literatura para ahondar en los recovecos sutiles de nuestra intimidad, descubrimos con la escritora la intensidad del proceso creador de un relato, cómo, con cada reescritura del texto, con cada pulido de las palabras, la verdad alcanza su máximo brillo.
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—Dice en su obra uno de los personajes que una vez desbrozada la maleza en los libros no queda nada. ¿Es este un libro sin broza?
—Me gustaría poder responder afirmativamente, pero es verdad que a veces la maleza también sirve como contraste para que otras plantas se vean más hermosas. Siempre tiene que haber un poco de maleza, o de mala hierba, para que los buenos parezcan más buenos. En un cuento es verdad que es muy importante que esté bien desbrozado, pero tampoco hay que dejarlo en un esquema. Encontrar el equilibrio, como en todas las cosas, es primordial.
—¿Por qué el título de este compendio de cuentos?
—Realmente se puso a posteriori. Me cuesta bastante pensar en los títulos. Estaba trabajando con el título “Todo era el mismo fuego”, pero me dijeron personas allegadas, que ya habían leído los cuentos, que la imagen del fuego no correspondía ni al tono ni a la imaginería de la obra, que había otro concepto que se repetía más, que era simbólicamente más apropiado, que era el del agujero, el hueco. De ahí viene: hay cráteres, hay cuevas, hay cosas que están huecas por dentro porque están en proceso de construcción, hay vacíos existenciales, hay una cavidad, un agujero físico que hace una mujer con sus propias manos… Todo esto hace de hilo conductor y nos habla también de la desazón del momento, creo que es algo compartido: el vacío, la falta de certidumbre. Cada vez es más difícil leer, interpretar, decodificar el mundo, lo que está pasando y hacia dónde vamos.
—Al hilo de esto, de que en estos relatos hay una oquedad, un dolor, un hueco físico, una grieta, ¿cree que solamente se puede construir ficción sobre mundos y vidas que se desmoronan? ¿Es mejor ficción la que está escrita sobre mundos que se desmoronan?
—No. No creo que sea mejor o peor. Cada uno fija la atención donde quiere o donde puede. Cada vez pienso más que escribimos como podemos y desde donde podemos y que, es más, las historias nos eligen, o los tonos o los puntos de vista nos eligen y no tanto al revés. A pesar de que tenemos la fantasía de que somos nosotras quienes decidimos. Me interesan las vidas frágiles, las vidas pequeñas, los diálogos que no hablan de grandes cosas, las cotidianidades que no aparecen en las noticias. Me parece que con esto también puede hacerse literatura, y es la literatura que a mí me interesa: con esa fragilidad, con ese momento en el que parece que no está sucediendo nada pero a la vez está sucediendo todo.
—Ha publicado varios libros de relatos y novelas. ¿Cómo descubre como autora el formato para cada historia?
—La propia historia marca el formato. Hasta ahora la mayoría de las historias que he querido contar han cabido en relatos. Hay otras que han cabido en ensayos y otras que han sido para niños. Hay dos (una inédita) que han sido novelas. Pero creo que marca la propia densidad de la historia y la propia historia en sí qué tipo de continente necesita.
—¿Cómo hace una escritora para aprender a mirar la realidad de modo que encuentre en ella historias o personajes que luego se conviertan en literatura? ¿Cómo mira la realidad?
—No suelo ir intentando cazar nada. Creo que la curiosidad es una de mis características más pronunciadas. Creo que soy una persona muy curiosa. Me interesa la gente, no pierdo la ocasión para hablar con cualquier tipo de gente. Se me van pegando las historias. Siento que tengo una especie de imán al que se van pegando notas, recuerdos, retazos de conversaciones. Se me pegan en el sentido de que se quedan ahí, encoladas, se van entremezclando entre sí y surgen historias. No suelo salir a la caza, soy más de estar paciente, observando, y ahí creo que surgen mis historias, en la quietud.
—En su blog de la Residencia Finestres escribía el 29 de julio de 2024: “Ayer fue día de reescritura. Volví al primer relato que escribí en esta casa, el de la casa en construcción. Fue horrible, se derruía a cada línea que avanzaba. Muy doloroso. Inseguridad, autodestrucción, pánico, vergüenza”. Comenta que al escribir el relato se derruía. ¿Qué cimientos deben sostener un relato para que se mantenga firme?
—No me acordaba de esa sensación. Me costó mucho escribir este relato. ¿Qué cimientos tiene que tener? Es una cosa muy frágil y muy sutil lo que sostiene un relato en la mente, en la emoción o en la energía de alguien que está escribiendo. Para empezar tiene que creer que necesita ser contado. Es una sensación que a veces es muy efímera. Atraparla me parece de vital importancia para poder alargarla en el tiempo y creer en ella. Es verdad que a veces una falta de confianza en ti misma o un mal día o una imagen que no te sale o un diálogo que no avanza puede hacer que pierdas la fe en los personajes y en la historia que estás contando. Hay que tener paciencia. Los cimientos muchas veces están hechos de paciencia, de compasión para con una misma y con los personajes y, en mi caso, también, de intuición. Dejo espacio a la intuición para que me lleve por lugares que no he previsto.
—Al igual que sus relatos, ¿se ha reescrito hasta ser la escritora que es hoy? ¿Qué diferencias encuentra respecto a sus inicios en la profesión?
—Confianza, he ganado confianza. Relativizo mucho más mi labor, mi función, la importancia de cada relato… ¡que es inexistente! Es decir, escribo porque hay alguien al otro lado que me lee, y eso ya me parece suficiente motivo para seguir escribiendo. No espero nada de ello más allá de que haya alguien que pueda disfrutar, entretenerse, emocionarse con mis relatos. Quizá al principio pensaba que era algo más trascendental el tema de la escritura, y hoy pienso que para nada. Me encanta mi oficio. Me parece muy noble, muy artesano y cada vez pienso más en eso, en la artesanía del oficio. Es algo que defiendo. También el sufrimiento. Al principio sufría mucho escribiendo. Hoy día, a veces, lo necesario.
—En uno de sus relatos aparece la isla de los Faisanes, un lugar que manifiesta lo artificial que resulta el establecimiento de fronteras. Respecto a lo artificial, ¿cómo consigue traspasar la vida a un libro sin que parezca un artefacto, una construcción?
—No sé. Tampoco sé si lo consigo. Al final alguien cuando lee un libro de ficción sabe que está ante un artefacto. Hay ahí un pacto no verbal que consiste en que el lector vaya a dar por bueno todo lo que le cuentas si tú te portas medianamente bien con ella. Parto de esa premisa: sabiendo que estoy haciendo algo artificial pero que sea verosímil, aunque sea fantasía. A veces son cosas increíbles las que contamos los narradores, pero tienen que parecer de verdad. Creo que cuando una se lo cree, y tú tienes el deseo de contar una cosa, la gente sigue a ese deseo. Si hay un verdadero deseo creo que es más fácil lograr que alguien te siga en la lectura.
—¿Qué hueco cree que están llenando los cuentos en el panorama literario español?
—No tengo ni idea. Creo que sí, que es un género menospreciado, no tiene tanto prestigio como la novela. Siento que mucha gente empieza a escribir cuentos y da, entre comillas, “el salto”, como si fuese un trampolín. Este es mi quinto libro de relatos y todavía la gente me pregunta por las novelas. Yo en el relato encuentro el lugar, el espacio suficiente para contar lo que quiero contar, entonces… quizá sí que hay más lectores que tienen menos miedo a enfrentarse a un libro de relatos o que se acercan más predispuestos. Pero mientras en Latinoamérica los relatos gozan de gran prestigio, aquí no lo sé.
—¿Recuerda el momento en que se dio cuenta de que era escritora?
—Sí. Más que darme cuenta fue que me permití a mí misma autodenominarme escritora. Hasta entonces la vergüenza, el típico síndrome de la impostora… En aquel momento tuvo que ver el auge muy fuerte, tanto cualitativa como cuantitativamente, del feminismo en el que se plantearon este tipo de cosas. Yo también había escrito un ensayo sobre los cuerpos de las escritoras, en el que entrevistaba a diferentes escritoras de diferentes épocas acerca de su función, de su labor, de su relación con el sistema literario, etc. Y creo que fue en ese periodo, 2018-2019, cuando dije: “Voy a empezar a firmar también como escritora”.
—¿Se puede hoy día vivir del cuento?
—(Risas) Hay mucha gente que vive del cuento sin saber escribir. Lo que creo es que la gente que sabe escribir cuentos no puede vivir del cuento, desgraciadamente.
—¿Para qué escribe Eider Rodríguez?
—Es una forma de respirar, de vivir, sobrevivir, contrarrestar la desazón y la ansiedad que me genera lo que veo en las calles, en las noticias… Todo lo que está pasando lo metabolizo a través de la escritura.


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