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5 poemas de Una madeja de estambre, de Leonor Pataki

5 poemas de Una madeja de estambre, de Leonor Pataki

Leonor Pataki se alzó con el XXXVIII Premio Loewe a la Creación Joven gracias a un poemario del que, según Francisco de Paula Nieto, “todos los miembros de la cofradía de los amantes de los gatos se sentirán identificados (…). Leonor Pataki nos revela que en los gatos reside una devoción sin deuda, un amor sin servidumbre, una gracia ineluctable y una liturgia del sigilo”.

En Zenda reproducimos cinco poemas de Una madeja de estambre (Visor), de Leonor Pataki.

***

DE SU HAMBRE SIN MENDIGAR,
SU CAZA SIN GUERRA

No suplica alimento, lo exige con la dignidad
de quien jamás ha aceptado sobras con sonrisa.
Se sienta frente al cuenco con la certeza
de que no está pidiendo: está recordando que existe.
Y come sin premura, sin los modales del vencido,
con esa lentitud que no teme interrupciones.
Yo, que he comido en secreto para no ser llamada voraz,
veo en su gesto la pureza de una necesidad sin culpa.
Caza sin odio, mata sin odio, muerde sin odio.
No hay guerra en su acecho, solo oficio.
No hay crueldad en sus dientes, solo técnica.
Y aun así, el mundo le teme como a lo que no necesita
adornar su violencia con discursos de justicia.
Yo, que he sangrado por causas que no eran mías,
lo miro con envidia: él no se confunde de enemigo.
Su combate no es masacre, su victoria no es desfile.
Una vez vi como atrapaba un gorrión
y luego lo soltaba, no por piedad,
sino porque ese día no necesitaba matar para vivir.
Y entendí que la necesidad es mas limpia que el deseo.
Él no mata por arte, ni por fama, ni por venganza.
Solo porque el cuerpo lo pide con la precisión
con que el invierno pide abrigo y no discurso.
Yo, que he deseado venganza con el hambre
de quien fue traicionada por confiar,
aprendo de su olfato a distinguir el instinto del rencor.
No se mancha con lo innecesario.
El mundo no necesita sentido, solo orden.
Y en su rutina de depredador medido,
él ordena el caos sin violencia gratuita.
Si lo ves matar, no lo acuses:
obsérvate a ti mismo, comiendo con las manos limpias
tras haber pedido a otros que hagan por ti la matanza.
Él, al menos, asume el precio de su carne.

***

DE SU DUELO INVISIBLE,
SU TRATO CON LA MUERTE

Nadie ha visto a un gato llorar,
y sin embargo, sé que conoce la pérdida.
Cuando su compañero muere,
no maúlla su nombre, no entierra su cuerpo,
no exige ritos para retener lo que se ha ido.
Pero se aleja, a veces sin regreso,
como si el luto le tomara la forma de la ausencia.
No dramatiza su dolor: lo vive en la médula,
en el leve abandono de una esquina que solía habitar,
en la negativa a tocar el cuenco compartido.
Yo, que he aprendido a vestir el duelo con palabras,
a llorar con teatralidad para justificar mi tristeza,
lo observo continuar con una dignidad silenciosa,
que no pretende consuelo ni lo ofrece.
Su tristeza es suya, no la comparte,
como todo lo que le importa.
Y en eso, hay una verdad mas feroz
que la de todos mis llantos públicos.
No necesita gestos para confirmar su dolor,
porque el sufrimiento no lo debilita,
lo convierte en sombra, lo afina,
lo hace más exacto en su forma de ser.
Yo, que he temido que la muerte me borre,
veo en él una lección de cómo se sobrevive
sin traicionar la memoria del que se fue.
Lo que se ha ido, permanece, sin exigir presencia.
Y así vive él, no negando el final,
sino aceptando su ley como parte de su transcurrir.
No olvida, pero no se detiene.
Y en esa forma extraña de duelo sin lágrimas,
comprendo que la muerte no siempre exige espectáculo,
sino apenas la mudanza del alma a otro modo de habitar.

***

DE SU ENEMISTAD CON LA OBEDIENCIA,
SU PACTO CON LA SOLEDAD

No obedece porque no reconoce jerarquías,
ni pretende imponerlas sobre los demás.
Ninguna voz lo somete,
ningun mandato le sirve de brújula.
Obedecer, para él, sería una rendición sin motivo,
una renuncia al alma que lo nombra.
Yo, que he sido criada para complacer,
para decir ≪sí≫ con dulzura incluso al daño,
lo veo rechazar con firmeza la caricia no pedida,
la orden disfrazada de halago.
No teme el aislamiento, no llora si no lo buscan:
convive con la soledad como quien comparte el lecho
con una hermana que nunca hiere.
Para él, el aislamiento no es castigo,
sino refugio donde la identidad respira intacta.
Yo, que he temido el abandono mas que la muerte,
descubro en su distancia una forma distinta de cercanía,
un vínculo que no necesita proximidad constante
para ser profundo.
La soledad no es vacío, sino presencia sin testigo.
Y el, testigo de sí mismo, sin público ni aplauso,
me enseña que hay libertad
en no necesitar la mirada del otro para ser real.
Su lealtad no es servidumbre,
es elección silenciosa que cambia de forma,
pero no de fondo.
No viene cuando lo llamo,
y sin embargo llega cuando más lo necesito.
No porque se lo ordene, sino porque él decide.
Y en ese acto —ínfimo, grave, perfecto—
la obediencia se vuelve irrelevante,
y la soledad, una dignidad intacta.

***

DE SU FORMA DE HABITAR EL DOLOR,
SU HERIDA SIN DISCURSO

No dramatiza, no lo convierte en espectáculo.
Sufre como quien respira: sin llamar la atención,
sin esperar consuelo, sin pedir traducción.
No convierte el daño en identidad,
ni lo arrastra como estandarte o medalla.
Yo, que he elaborado mi pena con versos y diagnósticos,
que he necesitado testigos para mi quebranto,
me descubro infantil frente a su modo de herirse.
Cuando duele, se encoge.
Cuando el cuerpo reclama, se retira.
No exige, no maldice, no complica.
El dolor auténtico no tiene gramática,
y él, sin habla, lo demuestra:
cada espina que se clava en su pata
no necesita ser contada para ser verdad.
No hay resentimiento, ni espera de reparación.
Solo el presente herido, que pide silencio.
Yo, que he escrito mi dolor hasta vaciarlo,
veo en su quietud otra forma de decirlo todo.
No niega su fragilidad,
pero tampoco la celebra.
Y cuando sana, lo hace sin memoria.
Como si el dolor no le perteneciera,
sino que hubiera pasado a traves suyo
como pasa el viento por una rendija.
Así, su herida no es mapa ni himno:
es un instante puro,
que no deja cicatriz en la voz,
ni eco en la costumbre.

***

DE SU RELACIÓN CON LOS ESPEJOS,
SU REFLEJO SIN VANIDAD

Frente al espejo no se reconoce ni se extraña,
no busca en la imagen una confirmación,
ni espera encontrar allí una versión mejor de sí mismo.
Lo mira —sí—, con curiosidad cauta,
como si al otro lado viviera
una criatura que no le pertenece
pero que tampoco le amenaza.
A veces se acerca, toca el cristal,
como tanteando el límite de la presencia,
pero nunca se obsesiona.
No hay vanidad en su gesto,
ni el deseo de corregir la figura reflejada.
Yo, que he temido y amado el espejo,
que he buscado en el el rostro que el mundo exige,
lo veo aceptarse como solo se acepta lo que no se nombra,
y en esa indiferencia suya,
más cercana al misterio que al desdén,
reconozco una forma de libertad que yo no supe cultivar.
Lo que uno ve no es lo que es,
sino lo que ha sido enseñado a ver.
Y él, sin haber sido enseñado,
no se somete a la imagen.
No la combate, no la celebra.
El espejo, para él, no es otra cosa
que un muro brillante,
un umbral que no necesita cruzar.
Y yo, que he vivido entre reflejos
como si fueran los únicos testigos de mi ser,
entiendo que su sabiduría
consiste en no creerse jamás duplicado.
Él es uno, incluso en el cristal,
y esa unidad lo salva
de todas las dudas que el vidrio siembra.

—————————————

Autora: Leonor Pataki. Título: Una madeja de estambre. Editorial: Visor. Venta: Todos tus libros.

BIO

Leonor Pataki (Oaxaca, 1995) es artista transdisciplinaria. Su obra plástica se ha exhibido, entre otros espacios, en el Museo de Arte de Querétaro y en el Festival Internacional Cervantino. Actualmente es directora de proyectos de LibroDeArena, coordinando anualmente el desarrollo y la edición fílmica de un Coloquio de Semiología Cultural. Este libro, su primera obra publicada, ha obtenido en 2025 el Premio Loewe de Poesía a la Creación Joven.

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