En Esto ha sucedido (Alfaguara) se compila la última obra columnística de Juan Gabriel Vásquez, publicada en El País. El paseo por la década pasada, en la mirada de Vásquez, estimula por su perspectiva y su cuidado milimétrico del lenguaje. Al terminar el libro y la conversación, aún reiterándolo, no te acabas de creer su pesimismo.
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—¿Cómo es su relación con el columnismo?
—Yo empecé por casualidad, por una pequeña indignación que me ocurrió en el 2007, y mandé un artículo a El Espectador pidiendo que me abrieran un espacio para protestar por esta situación que me molestaba. Y después de eso les hizo gracia la idea de que siguiera y acabé escribiendo semanalmente durante siete años. Tengo una relación ambigua con el columnismo, porque me parece que al mismo tiempo es un vicio con el que se corren riesgos para un novelista. Es decir, un escritor para el cual la novela es la manera principal de mirar el mundo, los artículos de prensa son casi como cambiar de ética, cambiar de mirada, pasar de lo que hace el novelista, que es escribir a partir de la incertidumbre y las dudas, a escribir desde la certeza mínima o efímera, pero certeza, y el proselitismo, la recompensa. Entonces, son dos éticas distintas y casi que opuestas, y ejercerlas al mismo tiempo durante una semana, pues puede causar cortocircuitos.
—¿En qué tipo de columna está más cómodo? ¿Una con mayor espacio o más acotada?
—Yo me siento muy cómodo en lo que estamos haciendo ahora en El País: mil doscientas palabras que me permiten una variedad de recursos muy grande. Algunas son más narrativas, pero las que son puramente argumentativas me permiten, por el espacio, una precisión en las pruebas: traer las pruebas duras para convencer al lector de mi tesis. Y además me permiten escribirlas con esa vocación de permanencia. Estos artículos me han resultado, digamos, más exigentes de lo que quisiera, porque los escribo con la misma dedicación que a un párrafo de ficción, o casi la misma, y tengo un cierto orgullo artesanal en darle a esta prosa una atención, como si fuera a durar. Que no siempre es verdad, pero bueno…
—Y como lector de columnas, ¿con quién, vivo o muerto, puede ser varios, con quién se alegra de encontrarse, aunque no esté de acuerdo?
—Leía cada columna que publicara Javier Marías, leo todo lo que escribe Muñoz Molina, todo lo que escribe Javier Cercas. Es que la nómina, para no salir de mi periódico, es muy grande. Leila Guerriero, Martín Caparrós, son muchos registros, y además la gente con la que comparto los domingos. El domingo en El País es una especie de salón de clases en el que estamos Leonardo Padura, Leila Guerriero, Irene Vallejo y yo. Y leerlos a los tres siempre es un placer. Y me dejo nombres: Sergio del Molino, por ejemplo. Me estoy dejando muchos nombres, pero es que la nómina de gente a la que sigo, que me interesa, es muy, muy grande.
—¿En qué han cambiado sus preocupaciones y su posición desde ese 2007?
—No, digamos que mi posición no ha cambiado. Yo escribo desde el mismo sitio del 2007. Escribo desde unas coordenadas, que son políticamente las de la socialdemocracia, con un cierto afán de cuestionar a veces ideas recibidas, sobre todo escribiendo desde España: ideas recibidas de lo que es América Latina. Pero trato de ser fiel a mi mirada de novelista aunque tenga un gran problema: la incapacidad para no ver el otro punto de vista. Yo creo que un novelista puede a veces distinguirse por eso, por el vicio de entender o de ver el mérito en las ideas contrarias. Y yo trato de abrirle espacio a eso, de no traicionar ese vicio novelístico que es encontrar mérito en las ideas contrarias, o preguntarse de manera honesta y activa por el mérito posible de las ideas contrarias.
—En una de sus columnas pide defender el periodismo. ¿Hay que defender el columnismo a pesar de los manoseos de esta época, donde es facilísimo escribir una opinión?
—Sí, estoy de acuerdo contigo, y sin embargo creo que hay que defender el oficio de tratar de iluminar nuestra experiencia común desde una opinión más o menos informada y más o menos estudiosa, que es lo que yo trato de hacer. Creo que es más urgente que nunca, más pertinente que nunca, justamente por la distorsión del lugar de la opinión en nuestro tiempo. Hay uno de los temas que obsesionan a este libro, que es la manera como la opinión ha sido secuestrada y distorsionada por la conversación en redes sociales, una conversación guiada o regentada, digamos, por nuestras emociones más oscuras, por la manipulación de los algoritmos, por lo que llamamos polarización, que no son más que mecanismos muy meditados de las plataformas digitales para para crisparnos, enfrentarnos como ciudadanos y lograr entonces más atención y más tiempo y, por lo tanto, más lucro. Entonces, en ese mundo en que nuestras preocupaciones de ciudadanos se manifiestan en una opinión, dichas opiniones están siendo manipuladas conscientemente para poder monetizarlas, y la información que nos llega está siendo distorsionada o la desinformación está mandando la conversación. Por tanto, creo que ese artículo largo de opinión que se quiere razonado y estudioso y responsable es más urgente que nunca.
—«Donald Trump es desde la semana pasada uno de los hombres más peligrosos de nuestro tiempo». Esto escribió en 2023.
—Mira, releer estas columnas para su publicación y su organización, lo que me ha demostrado tristemente es que basta ser un pesimista congénito como soy yo para acabar teniendo razón. Porque el estado desastrado de nuestro mundo lo que hace, lo que ha hecho en los años en los que he escrito estas columnas, es siempre confirmar el peor augurio. Cuando mis artículos han sido oscuros, pesimistas y he recibido esas acusaciones en su momento de pesimismo, derrotismo, he visto vindicadas esas opiniones. Y sí, Donald Trump me parece el personaje más peligroso de nuestro momento presente, como lo anunciaba hace tres años. Y creo que el peligro que representa va a más, se va a volver más peligroso.
—Su opinión, expresada hace unos años y vista hoy desde un presente más conservador, se ha desplazado, sin moverse, todavía más a la izquierda. Como, por ejemplo, ocurre con su posición sobre las drogas y el aborto. Y eso que su posición está escrita desde la moderación y la razón, creo.
—Estas dos opiniones son peleas personales que llevo sosteniendo desde que empecé a escribir columnas en el 2007. Mi primera columna sobre la necesidad de legalizar las drogas data del 2008, yo diría, y mi primera defensa del aborto más o menos de esos mismos años. Eran opiniones escandalosas en la Colombia del 2008, la Colombia ultraconservadora de Uribe. De alguna manera lo siguen siendo, pero claro, lo que ha pasado es que alrededor de ellas el mundo se ha hecho más de derechas en muchos sentidos, incluido este de los derechos civiles y las libertades individuales. Creo que estamos asistiendo a una contrarrevolución. Creo que hay un pánico que han sufrido recientemente ciertas fuerzas sociales que las ha llevado a una contrarrevolución para dar marcha atrás con muchos de los derechos sociales que hemos conquistado en el curso del siglo. El derecho de las mujeres a abortar, la legalización de la droga, pero también los derechos de las minorías sexuales.
—Se reabre el debate de la eutanasia en España.
—Y la eutanasia, sí. Entonces, en todos esos asuntos que pertenecen un poco al fuero privado de las personas ha habido un cambio que no es un cambio político, aunque se manifiestan cuestiones políticas, es un cambio de mentalidad. Nuestra sociedad se ha hecho más conservadora. Creo que lo que se gesta es una especie de contrarrevolución, liderada desde una conjura muy extraña. Uno de los grandes temas de nuestro tiempo: una conjura entre los autócratas tipo Trump y los plutócratas de la tecnología, como los llamo en el libro, como Musk o Zuckerberg, que han encontrado el provecho de convertirse en altavoces de esta contrarrevolución. Esto tiene su origen en los excesos recientes, pongamos por ejemplo, del wokismo, que han facilitado a la mentalidad conservadora el discurso de guerras culturales que, además, permite a los conservadores caer en un cierto victimismo.
—¿Cómo se siente opinar sobre Colombia en Colombia? ¿Cómo se siente opinar sobre Colombia desde España? ¿Y cómo se siente opinar de España siendo colombiano? Porque usted ha hecho las tres cosas.
—Opinar sobre Colombia desde España es lo que he hecho de manera constante desde el año, bueno, desde el año 96, cuando empecé a pasar mucho tiempo fuera de mi país. Desde el año 96 al 2012. Luego volví a Colombia y en el 2023 volví a salir. No logro separarme de Colombia, no logro que Colombia deje de ser una obsesión constante. No he escrito una página de ficción que no sea obsesivamente colombiana desde el 2004. Y mi ejercicio de la ciudadanía es también obsesivamente colombiano. Es la obsesión el demonio que me acompaña. Opinar sobre España es algo que hago muy rara vez, muy rara vez, porque considero que si escribo en un medio español rodeado de opinadores españoles, creo que mi espacio está mejor utilizado para opinar sobre otros lugares. Para opinar sobre España hay una autoridad que inevitablemente no tengo, y me gusta esa idea de respetar esa autoridad que otros tienen. Pero por más que haya pasado la amplia mayoría de mi vida adulta fuera de Colombia, esa es mi obsesión y ese es mi tema. Y la opinión sí cambia desde la distancia, me parece a mí que para bien. Creo que opino con una cierta perspectiva y con una libertad distinta. Esos diez años que pasé en Colombia, en la época más álgida, también han quedado reflejados en las columnas, porque era la época en que nos obsesionaba el proceso de paz y sus resultados. Y yo defendí ese proceso de paz, lo sigo defendiendo, y eso pues me ha generado no pocas incomodidades.
—Otra cosa que inevitablemente ha ocurrido desde 2007 hasta ahora es que se le ha muerto gente. ¿Cómo gestiona en sus columnas estas desapariciones?
—Hay muchas, muchas figuras que han sido importantes para mi educación sentimental o literaria o política o ciudadana, que se han muerto en los últimos años. Es una función de la edad, ¿no? Entras en los cincuenta y tus maestros, que eran la gente que nació treinta años antes, o casi cuarenta, empiezan a morir. He tratado de juzgar cuántas de esas muertes han abierto un vacío en mi vida. Y cuando eso pasa, pues no sé, hay algo que me pide dejar constancia de eso. Pero desde luego, no he escrito sobre toda la gente que se me ha muerto, porque bebemos de muchas fuentes y mi espacio en El País podría convertirse en un obituario virtual, a estas alturas. Pero lo hago cuando, por razones misteriosas, tengo una necesidad realmente de dejar constancia de que se ha abierto una carencia en mi vida de escritor o de ciudadano. Me gusta que este espacio se convierta también en un lugar de gratitud, de muertos y de vivos. Aquí hay una columna, un espacio dedicado a Serrat, un espacio dedicado a Salman Rushdie, espacios que están en la última sección del libro, que pertenecen, digamos, al departamento de compartir entusiasmos. Son espacios importantes, sobre todo tratándose de alguien que no tiene el optimismo a flor de piel, como decíamos antes. En los pocos lugares de mi vida que me producen un cierto optimismo, que es mi relación con las artes como manera de estar en el mundo, pues ahí creo que está justificado que le dedique un espacio para compartir esos entusiasmos y decir por qué no todo está perdido.
—Entrevisté a Fernando Aramburu, que publicó una columna de despedida de El País donde argumentaba que ya no tiene más que decir sobre el mundo en una columna, que todo se puede extraer de sus antiguas columnas. ¿Usted cree que en algún momento va a dejarlo? Miguel Delibes dijo aquello: «Doy mi vida por vivida». «Doy mi columnismo por escrito».
—No, no creo que nunca llegue a ese sentimiento. Sí creo que pueda llegar a un sentimiento que es comparable, que es análogo, que es el miedo a que las opiniones oscurezcan las novelas o las cubran o las distorsionen, porque nuestra época también tiene una tendencia a leer ficción de maneras extrañas, distorsionadas, y eso sí que me daría miedo, que mi máscara de ciudadano que opina en la prensa pueda distorsionar, entorpecer la relación entre mis lectores y mis novelas, que son lo principal. Yo soy un novelista que escribe en la prensa, no lo contrario. Entonces, eso sí me daría miedo, esa capacidad que tiene la figura pública de un columnista para distorsionar o contaminar esa conversación que a mí me interesa más, porque es más sofisticada y más ambigua, entre una novela y su lector.






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