¿Puede una mujer ser libre sin volverse, en parte, masculina? La mayoría de las mujeres preferiríamos ser Kate Moss, rubias, higiénicas, delgadas, de nariz respingona y estilismo cool, a un gorila gigante que pisotea coches y cuenta los rascacielos para arrancarlos de cuajo. Por eso es tan importante leer a Despentes. “La feminidad es una construcción política que sirve para mantenernos a raya”… Ay. “El ideal de la mujer deseable es una prisión voluntaria”. “Nos quieren bellas, disponibles y silenciosas”… “Ser deseable es un trabajo a tiempo completo”. “La belleza no es un privilegio: es una obligación”. Para Despentes, lo mejor de sí misma no viene de cumplir con la feminidad, sino de traicionarla. “Nos enseñan a ser agradables, a gustar, a no molestar. Todo lo que se sale de ahí se castiga”.
Teoría King Kong es una escuela de pisotear premisas falsas y convenciones estructurales como un puto monstruo, desde la herida y sin anestesia. Y eso explica tanto su magnetismo como el rechazo que provoca veinte años después de publicarse. Leer a esta metralleta filosófica no es estar de acuerdo: es entrar en una celda donde van a decirte cuál es tu problema sin haberlo preguntado, mirándote a los ojos.
Nacida en Nancy en 1969, su biografía parece diseñada por ella misma: trabajó en tiendas de discos, fue adolescente punk, fue violada a los 17 y convirtió esa experiencia, sin aspavientos, en una de las columnas vertebrales de su divergencia. Despentes no escribe desde la teoría académica —gracias, Despentes—, escribe desde su coño (no se puede decir de otra manera, hijos), que ella misma expone, experimenta (se hace prostituta ocasional) industrializa y disfruta (“no hay nada más político que un cuerpo”).
Su debut, Fóllame (1993), fue una declaración de guerra (“el escándalo no es lo que digo, es que sea verdad”). La adaptación cinematográfica que codirigió fue censurada en Francia. Con Teoría King Kong alcanza una forma de lucidez (la de la pérdida de control) que la convierte en referencia internacional del feminismo contemporáneo, incluso para quienes la detestan. Feminismo poético, añado.
“Lo que se llama “virilidad”, la capacidad de imponerse, de no pedir permiso, de ocupar espacio, es exactamente lo que se nos prohíbe a las mujeres. Y es también lo que permite sobrevivir”. Lee a Despentes, escúchala, acude al teatro con tu madre y tu padre. No es pensamiento al uso, es un ideario sucio, feroz y patológicamente honesto. Como debe ser lo escrito. Materialista sí, anti normativo y anti institucional. No intenta salvarnos a las mujeres de nuestras contradicciones. Las exhibe (“no quiero ser respetable, quiero ser libre”). Me representa; hubiera titulado Feminismo irreverente así: Que os follen.
“Escribo desde la fealdad, desde la marginalidad, desde la rabia”. No es una pose. Es un posicionamiento psíquico que se vuelve ciencia social. Frente al feminismo limpio y bien planchado, ella reivindica lo que no encaja: la mujer violenta, la mujer orgásmica, la que no quiere gustar, la puta desdramatizadora. “Prefiero ser un King Kong que una Kate Moss”. Mejor monstruo que objeto.
Su trilogía Vernon Subutex (2015-2017) amplía el foco: ya no es solo el cuerpo femenino, sino una sociedad entera en descomposición, atravesada por el dinero, el sexo, la nostalgia y la precariedad intelectual. En él Despentes vuelve a constatar, lo quiera o no, que además de polemista es escritora, con oído exquisito para el ritmo.
Lo mejor y lo peor es que Despentes no ofrece redención. Si acaso una forma de orgullo personal inspiradora (“la vergüenza es una herramienta de control”) y una sensación de libertad que no resulta tranquilizadora.


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