Mucho se ha escrito sobre la libertad de expresión, como epítome de la libertad con mayúsculas. Se afirma que no es posible ser libre de verdad si no se tiene la posibilidad de ser uno mismo y de poder materializarlo en la expresión de las propias ideas, o incluso de las propias pulsiones, con independencia de la moral de la sociedad, de la religión imperante o de la ideología del Gobierno de turno. Parece existir un consenso afable en que el límite de nuestros exabruptos se encuentra solamente en el Código Penal y en la mala educación. Y sí, claro que eso es verdad, pero no toda la verdad, porque previa a la libertad de expresar nuestras ideas tiene que estar la libertad para tenerlas.
Los regímenes políticos dictatoriales y autoritarios se conforman con llenarte el cuerpo de cadenas: lo que hagas puertas adentro de ti mismo les importa una higa, siempre y cuando no perturbes el orden público. Sin embargo, los regímenes democráticos y liberales (“liberales” en el sentido de “de Estado de Derecho” o “de Estado liberal de Derecho”, que es lo mismo), cuando empiezan su irreversible decadencia, buscan engrilletarte el alma: lo que hagas puertas afuera es libre, pero disparan contra lo que haces puertas adentro de ti mismo, porque saben que, al final, serás afuera lo que seas adentro. ¿Libertad de pensamiento?
Hoy, la mayor forma de servidumbre contemporánea no es la imposición externa, sino el miedo a disentir; y, por lo tanto, resulta que la mayor forma de libertad ya no es la transgresión ruidosa, sino la autenticidad silenciosa que debe, primero, reconocerse en uno mismo para, solamente después, quizás hacerse carne… atreverse a hacerse carne.
Hoy —aunque seguramente desde siempre—, en nuestras democracias liberales (en el resto, siguen ahorcándote tras autoconfesiones de culpabilidad, suicidándote en sus celdas o cayéndote de lo alto de los edificios), las élites, los magisterios, los gobernantes, han perdido interés en decirte lo que puedes o no puedes expresar: es mucho mejor mostrarte lo que debes pensar. Y si eres revoltoso, ya no te matan físicamente, sino civilmente. Sobre todo, el progresismo a lo Procusto ha profesionalizado la estrategia y nos enseña cómo debe ser el tamaño de las camas donde descanse nuestro pensamiento, y en nuestros días quizás no te sierre las piernas, pero sí te corte las alas.
“¿Libre te llamas a ti mismo? Quiero oír tu pensamiento dominante, y no que hayas escapado de un yugo”. Yo también, amigo Zaratustra, yo también.
Pongamos los pies en la tierra. Hay libros que han sido elevados a las más altas cúspides de la literatura universal. Se los venera, se los cita, se los coloca en listas de imprescindibles, y todos los especialistas y críticos literarios exprimen sus meninges para encontrar un nuevo rasgo de genialidad en sus páginas, ignoto hasta su lúcido descubrimiento, que les haga sobresalir sobre la turba ignorante y repetitiva, y, como orugas de la procesionaria, se encaminan en fila india hacia el Olimpo de los poseedores de las claves y los secretos del alma humana impresa.
Los hermanos Karamazov de Fiódor Dostoyevski, La montaña mágica de Thomas Mann y El manantial de Ayn Rand son tres obras maestras de la Literatura, y, sin embargo, me parecieron tres tostones imposibles de digerir. Quizás los años me hayan ido agotando la paciencia, o quizás es que necesite pruebas de que todavía me queda un pensamiento dominante.
Dostoyevski y sus Karamazov se nos vende como una prospección profunda del alma humana, un drama espiritual, aclamado por su exploración de la fe, la duda y los conflictos morales; pero, tras las primeras doscientas páginas, uno se encuentra con un Fiódor Karamazov patético y exagerado, en permanente estado de excitación estupefaciente, y con unos hijos que se debaten en monólogos interminables a los que no sé si deliberadamente el autor tarda en dar verdadera consistencia. En definitiva, una trama sostenida por un tipo histriónico, un verdadero anormal de intervenciones forzadas y excesivas, que, creo, no permite nacer un interés rápido sobre unos hijos que aventuran más de lo que se ve al principio. Lo siento, porque la caracterización que ofrezco puede ser inexacta, dado que ni siquiera pude llegar a las discusiones filosóficas entre los tres, que realmente podrían haberme enganchado —si es que acierto en la primera impresión— en la lucha entre la voluntad (Dmitri), la racionalidad (Iván) y la fe (Aliosha). Retomo mis notas y casi me dan ganas de intentarlo otra vez, pero no soporto con deportividad que una supuesta epopeya del alma, en realidad, aburra a las vacas, y no por su contenido, sino por su forma. Todavía no me puedo creer que el inmortal ruso haya perpetrado este peñazo.
Pero si queremos hablar de tedio, por favor, coged en vuestras manos a Thomas Mann y su Montaña. Mann, por su parte, decide que lo verdaderamente emocionante es meter a un tipo en un sanatorio alpino y dejarlo allí páginas y páginas mientras charla, fuma, chismorrea, diserta y vuelve a charlar, fumar, chismorrear y disertar. Hans Castorp, el protagonista, nunca me ofreció autenticidad: soso, plano y sin verdadero interés, casi como si simplemente fuese un recurso literario del autor para ir desplegando ideas, como un mero instrumento. Comprendo y valoro la genialidad de conseguir un protagonista idéntico al propio Sanatorio de Davos en el que se encuentra, pero eso solamente acentúa la falta de tensión vital del conjunto. Y tampoco me gustó el recurso fácil de recurrir a un polemista y sabelotodo Settembrini, como si fuese el necesario precursor de un explosivo que precisase un cebado sin el que no deflagrarían los temas de discusión o de simple chascarrillo. He visto que la obra es celebrada por su análisis de la condición humana, la enfermedad y la cultura europea de principios del siglo XX, pero tampoco conseguí pasar de doscientas páginas, leídas con doping de café, paseos al lavabo a echarme agua en la cara y consignas de voluntad finalmente fallida: me aburrió tanto que, a lo que se ve, como la tortuga de Zenón de Elea persiguiendo a Aquiles, tampoco llegué a ese momento en el que los personajes, al parecer, se deben de dedicar a filosofar sobre la vida, la muerte y el sentido de la existencia. Qué desastre.
Y, por fin, llegamos a la novela-fetiche de Ayn Rand. En principio, todo parece ir bien; lento, pero asumible, esperando ávidamente la aparición de los elementos claves y magníficos de esa oda al individualismo frente al rebaño, a la genialidad frente a la mediocridad, y a los valores frente a los instrumentos. A las pocas intervenciones, Howard Roark ya empieza pareciendo rarete: demasiado estricto incluso para protagonista de una novela épica, imperturbable y sin ninguna cintura práctica, y, además, fácilmente engañable por cualquier poseedor de cuarto y mitad de inteligencia emocional como para ser el genio que se supone que es: la autora no nos muestra un ser humano real, nos muestra su visión de un supuesto ser humano ideal. En resumen, la consecuencia es que transmite al conjunto una apariencia total de irrealidad, pero uno sigue a la espera de que el argumento estalle y le sirva para algo ser un crack y se imponga de una vez sobre la maldad de la mediocridad. Pero no, de repente, doblando la apuesta, aparece Dominique Francon, tan idéntica en su rareza con Roark que pareciera que son el mismo personaje duplicado. Como en los folletines rosas se odian y se atraen a partes iguales, y sus diálogos irreales e imposibles son la gota que colma el vaso. Me rindo. Rand promete una épica que tarda demasiado en encarnarse narrativamente y ofrece, más que personajes, arquetipos. Humildemente, en los ensayos espero doctrina, pero en las novelas, sin descartarla, busco vida.
A las tres obras se las alaba por su supuesta profundidad, su complejidad filosófica y su trascendencia cultural. Y, para quien sí —al menos de boquilla—, si alguien no encuentra esos matices entre sus renglones, debe de ser porque no tiene sensibilidad y es tan inculto que, siendo un verdadero cerdo intelectual, no merece margaritas en su dieta. No dudo de ninguna manera que estas obras tengan hondura, complejidad y peso histórico, pero eso no las libra de un pecado capital literario, y lo sé como buen pecador: el aburrimiento. Creo que las tres obras, cada una a su manera, confunden densidad con pesadez, profundidad con oscuridad, y grandeza con inverosimilitud, y comparten algo más que su fama: son tres tostones de tomo y lomo. Obras que, bajo la promesa de profundidad más adelante, apilan páginas y páginas de tedio, personajes inverosímiles y tramas que avanzan a paso de tortuga hasta la exasperación. ¿De verdad nos quieren tener con redobles de tambores hasta las tres cuartas partes de la novela? ¿En serio hay que esperar doscientas o trescientas páginas para que una novela manifieste sus virtudes y empiece a dar lo que promete y a enganchar? Ahora, echo la mirada atrás, y me veo leyendo como si estuviera viendo secar la pintura o crecer la hierba, y me doy cuenta de que me queda demasiada poca vida para perderla.
Personalmente, no me afectan los edictos de fusilamiento al amanecer, aunque sólo sea porque para que el fuego queme es requisito indispensable no haber vivido en el Infierno, y tampoco espero que haya que seguir los pasos de Diógenes de Sinope o de Hiparquia de Maronea, pero sí defiendo que no nos dejemos amedrentar por los nuevos censores del pensamiento. Hoy, lo políticamente correcto no se impone tanto por censura como por miedo a la exclusión. La nueva táctica de los enemigos de la libertad consiste en colonizarnos el alma, invadirnos el pensamiento y convencernos de que hacemos bien pensando como es debido y actuando como hay que actuar; pero no por sutiles estrategias de lavado de cerebro o de afilado marketing del siglo XXI, sino por miedo, por puro miedo, por canguelo existencial, por jindama espiritual, por auténtica flojera de remos.
Hoy, se ha instalado la Cancelación como una especie de pedagogía del miedo. Lo políticamente correcto no necesita ya convencer: educa por escarmiento. Lo que es debido no se impone ya como doctrina, sino como advertencia. No se te dice que esto o aquello está prohibido, sino que se te muestra lo que les pasa a quienes no siguen el cencerro del cabestro. La Cancelación ya no enseña qué pensar, sino qué no decir, y, sobre todo, qué no atreverse a pensar en voz alta. Discrepar deja de ser un acto intelectual para convertirse en un riesgo biográfico; ya no se teme estar equivocado, sino ser señalado, quedar a la intemperie, ser asesinado civilmente. El cancelable no cree en lo que repite y acaba convenciéndose de que callar es sensato. El silencio no ha sido impuesto, sino que es interiorizado. Y es entonces cuando la corrección política ya ha triunfado: cuando ya no hace falta vigilar, cuando cada cual se convierte en su propio censor, ajustando palabras, reprimiendo gestos, administrando silencios. Uno calla o asiente para no ser el próximo.
En realidad, como en El traje nuevo del Emperador, de Andersen, todos saben que el rey va desnudo, pero todos temen ser el primero en decirlo. Los críticos fingen admiración con las obras admiradas por otros críticos, el lector aplaude por inercia lo que admiran los críticos o lo que leen otros lectores, los políticos lanzan ideas-fuerza secundadas por otros políticos y por periodistas en nómina, y el intelectual calla para no quedar fuera del círculo. ¿Cómo escapar de la genialidad de los hermanos Farabutto, al decir que habían fabricado una tela suave y maravillosa que tenía la especial capacidad de ser invisible para cualquier estúpido o incapaz para su cargo? ¿Quién se arriesgaría a pasar por imbécil o por incompetente? Pero, al final, un niño grita que el fulano va desnudo y se le caen los palos del sombrajo.
Reivindico la autenticidad como acto subversivo. Hoy, lo verdaderamente revolucionario ya no es poner el pecho al descubierto frente a los cañones, y ni siquiera tirar cascotes a la Autoridad o gritar contra el rebaño, sino simplemente no caminar con él cuando no se está convencido del camino que sigue. Hasta aquí ha llegado la épica de la resistencia. La libertad ya hay que defenderla no llegando a tener que arriesgarse a la muerte o la cheka, y ni siquiera enfrentándote abiertamente al grupo: empieza cuando uno acepta el coste social de decir lo que piensa… o de admitir lo que siente. Reivindico la disidencia íntima como cota de mallas contra la okupación del alma.
Quizá, nos reconforta ver al Flautista de Hamelín tocar su instrumento y llevarse a ahogarse a las ratas al río Weser —porque son ratas inmundas, sin duda enemigas del bien común—, pero, después, cuando se lleve a los niños ya será demasiado tarde y nos habrá robado el futuro. Cuenta la leyenda que solamente se salvaron tres niños: uno cojo, porque no pudo seguirles el ritmo; otro ciego, porque se desvió del camino sin querer; y un tercero sordo, que les siguió sólo al principio simplemente por curiosidad…
Uno echa de menos a un cuarto niño, al que no le gustase esa música y vea reyes desnudos por las calles.


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