Una entrevista a Juan Cruz no comienza en el momento de darle al botón a la grabadora, empieza cuando se la propones, en este caso el día anterior, en una comida junto a Irvine Welsh y Alan Hollinghurst en la Feria del libro de Málaga. En esa mesa, Juan ya empezó a contar y, sobre todo, a preguntar. La conversación continuó en los pasillos del hotel esa tarde, en el desayuno del día siguiente y prosiguió mientras paseábamos por el parque de la ciudad andaluza. Y todavía tuvo su epílogo por WhatsApp. Juan Cruz es un hombre preso por la curiosidad y cuajado por los recuerdos de la gran literatura y de los grandes escritores con los que convivió, como periodista y también como director de Alfaguara. Estos encuentros forman su último libro, Inolvidables (Galaxia Gutenberg), una cuidada selección de las mejores entrevistas de Juan Cruz con autores como Vargas Llosa, García Márquez, Günter Grass o María Zambrano.
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—¿Qué queda de aquel muchacho de trece años que hizo su primera entrevista a un militar que entrenaba al equipo de su pueblo?
—Queda todo. Mientras yo no me olvide de mi madre, ese chico soy yo.
—Su madre decía que el de periodista era un oficio de buena gente. Su padre no pensaba lo mismo.
—Bueno, mi padre decía en casa, y ella lo escuchó, que yo no debía ser periodista porque los periodistas estaban siempre con los calzones rotos por el culo. Entonces ella no dijo nada, pero desde entonces se sentaba por la tarde, después de hacer las cosas de la casa, en el patio a leer los periódicos. Y esta era su manera de decir: “Juanillo va a ser periodista”. Me convertí en periodista casi al tiempo en que aprendí a leer. Yo era asmático y no iba a la escuela con mucha frecuencia, me tenía que ausentar, y cuando estaba en casa escuchaba la radio. Mi madre la escuchaba conmigo. Acabo de escribir un artículo para la prensa canaria sobre un periodista de la radio que yo escuchaba cuando estaba en la cama de pequeño. En mi casa éramos muy pobres y las cosas que teníamos eran escasas. Mi padre compró una radio que funcionaba cuando ponía los dedos en el aparato; era todo muy artesano. La radio era muy importante; me pasaba los días pendiente de ella. Eso me hizo leer y me llevó a escuchar. Mi madre sabía leer, mi padre casi, pero mis hermanas no lo consiguieron hasta muy tarde. Yo viví una vida de fantasía. No sabía qué era la fantasía, no sabía nada, pero sí que me gustaba leer, e inmediatamente supe que me gustaba escribir, y todo eso no se ha borrado. Yo me pongo ahora a escribir y tengo las mismas dudas que cuando empezaba a escribir de chico.
—Es que esto va de dudar.
—Sí. Hay que dudar pero yo no sabía qué era dudar.
—Dudar y tener curiosidad.
—Claro. (Se incorpora del asiento) Yo era muy curioso. Mi madre decía: “Este chico se pasa toda la vida preguntando”. Y estaba muy orgullosa. Yo fui a El País a pedir trabajo, y lo obtuve. Mientras tanto, el director del periódico en el que yo trabajaba en Tenerife llamó a mi madre para decirle que no me dejara ir a El País, porque iba a durar sólo tres semanas. Ella no me dijo nada; jamás me dijo que le había llamado. Ella siempre quiso que yo fuera lo que yo quisiera, pero a la vez quería que fuera periodista.
—Su primer entrevistado importante fue Julio Caro Baroja, el sobrino de don Pío.
—Eso también tiene que ver con mi madre. Parezco el personaje de la película de Anthony Perkins…
—Psicosis.
—Sí. Esa. (Risas) Es que mi madre estaba todo el día contándome cosas. Cuando supo lo de Caro Baroja, ella consideró que para entrevistar a una persona así tenía que llevar buena ropa. Entonces me compró una chaqueta y un pantalón decentes. Con esa vestimenta me fui al hotel Mencey, que, como escribió Caro Baroja en la dedicatoria que me puso en el libro, era un hotel superburgués de Tenerife. Yo era un chiquillo; tenía dieciséis años. La entrevista fue fantástica y él estuvo muy cariñoso. Esa fue mi primera entrevista de “corbata”. No he vuelto a hacer más, pero mi madre me dijo: “Juanillo, tienes que ir bien vestido”. Eso era algo importantísimo para la gente pobre, porque si tú no ibas bien vestido a los sitios, la gente se burlaba de ti o no te trataba bien. Hasta los pobres eran cursis.
—Y clasistas.
—Cursis y clasistas.
—¿Cuál ha sido el criterio para seleccionar las entrevistas que se han incluido en el libro?
—El criterio no ha sido mío, ha sido de una de las personas más extraordinarias que yo he conocido en el mundo de la edición, Zita Arenillas. Ella buscó estos textos y se llevó un montón de cosas de mi casa, y cuando volvió con ellas ya tenía la selección hecha; y creo que acertó. Hay otras entrevistas que yo hubiera publicado también, pero a mí me gusta que la gente elija. Varias personas me han comentado: “Qué buena la entrevista a Imre Kertész”. Pero yo no me acuerdo de esa conversación con Imre Kertész. Cuando el libro estaba casi editado, me encontraba en la Gomera haciendo las entradillas y releyendo las entrevistas. Entonces, me di cuenta de una cosa. Y esto es algo que te cuento a ti por primera vez. Me di cuenta de que las leía como si yo no hubiera sido el autor. Es un libro honesto porque ninguna de esas personas fueron preguntadas para que yo me luciera. No hay una sola pregunta sobre lo que era evidente que había hecho en su vida. Lo que hago es mirar a los ojos, porque las personas hablan con los ojos y después lo hacen con la boca.
—Algunas de esas entrevistas fueron despedidas, como en el caso de John Berger, que murió unos meses después.
—Para mí fue dura, porque él era un hombre muy pensativo, no decía las cosas por decirlas; cualquier cosa que dijera nacía de nuevo, él no se repetía. Él pensaba como si estuviera buscando en su ser una respuesta que fuera, no el reflejo de mi pregunta, sino el de su corazón, de su vida. Es decir, cada palabra que decía tenía que ver con su vida, con lo que vivió y con lo que dejó de vivir. Berger estaba muy triste. De vez en cuando, se levantaba de la chaise longue en la que estaba y caminaba por la casa, una casa pequeña, y se agarraba la cabeza como si se la quisiera quitar para no volver a escucharla.
—Por cierto, en esa entrevista con Berger, usted cita una frase de Michael Krüger, “siempre la infancia te manda una postal”, que me recordó a su novela Mil doscientos pasos (Alfaguara).
—Es que la infancia está para siempre. Si no tienes infancia no has nacido. La infancia es lo que queda de la bondad de los niños. Y eso te sigue toda la vida.
—Llevo esta semana dándole vueltas a una frase que hay en el libro sobre Paul Bowles: “Era un hombre que perseguía la soledad”.
—Quise mucho a Paul Bowles. Lo fui a ver como editor cuando yo estaba en Alfaguara, y después nos hicimos amigos. Bowles era un hombre sin alegría, y yo trataba de darle alegría; era un hombre con mucho dolor. Un día le dije: “Paul, ¿por qué no vas a Madrid? Conozco a un gran médico que te puede ayudar a quitarte ese dolor físico”, y lo convencí. Le hicimos un homenaje en el Teatro María Guerrero: le pusimos música suya, después lo llevamos a un hotel fantástico, el Santo Mauro, y le juntamos con amigos. Bowles fue siempre cercano.
—En el libro hay unos cuantos premios Nobel, y también está Javier Marías, que se quedó sin el suyo.
—Yo creo que nadie es lo que no fue, porque si ahora nosotros decimos que Javier Marías tenía que haber sido premio Nobel significaría que le faltó algo. Y seguramente le faltó, pero ¿el premio Nobel qué es? Si lo tiene hasta Bob Dylan. (Risas) El premio Nobel es una casualidad. ¿Tú te imaginas que le dieran el premio Nobel a todo el mundo que tiene méritos para serlo? Tendrían que dar un premio Nobel todos los días.
—Hay personajes con conexiones en el libro, como Javier Cercas y Vargas Llosa. En la entrevista cuenta cómo don Mario convirtió en un éxito Soldados de Salamina.
—Pero la historia es aún más personal. Leí Soldados de Salamina cuando era el editor de Mario Vargas Llosa, que estaba en ese momento, como todos los años, en Austria con su familia para los conciertos de música. Le llamé y le dije que tenía que leer ese libro. La editorial le envió la novela y se quedó muy impresionado. Luego Vargas Llosa escribió el artículo en El País y yo los junté en Madrid. Organicé una cena en un restaurante; lo sabía la editorial, no fue algo clandestino. Habíamos quedado a las nueve y Mario no venía. Su hija lo buscó, lo llamó… Finalmente, Vargas Llosa llegó; para Cercas fue una alegría enorme. Pero había un hecho importantísimo en medio de ese encuentro: era el 11-S. Mario Vargas Llosa no se había enterado de lo que había ocurrido porque estaba en la Biblioteca Nacional trabajando. No había nadie por las calles de Madrid; el restaurante lo habían abierto sólo para nosotros. Fue un encuentro fantástico. Javier se emborrachó, yo un poco, y Mario no. Y después nos fuimos a casa, y allí se terminó de emborrachar mi hija. Esa fue la historia. Me siento muy orgulloso de haber juntado a esas dos personas.
—A Miguel Delibes lo entrevistó en su refugio de Sedano; estaba enfermo de cáncer, y de tristeza.
—La tristeza la mantuvo, excepto cuando estaban los nietos cerca. Ellos fueron la alegría que perdió cuando se murió su mujer. En un hombre como Delibes no es sólo la pérdida, sino lo que hay dentro de ella lo que no se puede decir, lo que no sabes cómo decir. Acaba de morir Sol Gallego-Díaz, que era una gran persona y una extraordinaria periodista. Ella tenía una solución para tu tristeza o para tu incertidumbre. La vida es pura incertidumbre, y Sol te sacaba de las incertidumbres porque era una persona llena de soluciones. Tenemos que rodearnos de gente que nos regala soluciones.
—Carlos Fuentes le contó, en la entrevista que se incluye en Inolvidables, una divertida historia que les pasó a Gabo y Cortázar junto a Kundera en Praga.
—Estaban en una sauna y les pasó de todo. Se supone que acabaron en el río. Lo más extraordinario de esa historia es que yo creo que era mentira. Porque no me imagino que Kundera fuera una persona alegre. Beatriz de Moura me contó que era un hombre muy difícil. Carlos Fuentes era muy mentiroso, así que a lo mejor todo es verdad, menos algunas cosas…
—La siguiente entrevista es la de Gabo. Me quedo con esta frase: “Yo no hubiera escrito ninguno de mis libros si no conociera las técnicas del periodismo”.
—Gabo era, como decía mi madre, un aumentador. Pero no mentía. Fabulaba. Fabular no es mentir. Y en esa entrevista lo encontré por primera vez atento a su corazón. Hay una foto en la que estamos los dos mirando al fotógrafo; él está casi por primera vez en su vida atento, porque Gabo estaba siempre como mirando a los helajes y aquel día estaba atento. La palabra “atento” es una palabra muy importante. Tú ahora mismo estás atento. Antes te diste cuenta de que miraba el reloj; no era que yo estuviera ausente, sino que a veces me asombro de tener reloj, porque durante muchos años no tuve reloj. Gabo ese día era Gabriel.
—Una de las entrevistas más largas es la de Vargas Llosa. ¿Cómo fue su relación con él?
—Mario fue una persona muy importante en mi vida. Como ser humano, a mí me dolió, como a su familia, el penúltimo paso de su vida. Mario tomó una decisión y nosotros la sufrimos, porque éramos amigos de toda su familia. Luego regresó con ellos. Me llamó un día, a las cuatro de la tarde, y me dijo: “Juanito, ¿puedes venir a verme?”. Ese fue el día que rompió con Isabel Preysler. Estuvimos hablando un buen rato, porque él era muy generoso en la conversación. En un momento, como a las cinco menos cinco, me comentó: “Ya me fui de casa de Isabel”. Poco después me comentó, en un almuerzo que tuvimos en su casa, cuando ya no estaba muy bien, que estaba intentando escribir un libro de reivindicación de Jean-Paul Sartre. Era como si le estuviera diciendo: “Me he portado mal contigo”. No terminó el libro. Ni siquiera lo avanzó. Mario es el escritor consagrado más generoso que han tenido los editores. Lo de Cercas es un ejemplo. Hasta yo soy un ejemplo porque también escribió un artículo sobre un libro mío.
—A Jorge Semprún lo entrevistó en varias ocasiones y lo acompañó al campo de exterminio de Buchenwald.
—En aquella ocasión tenía con sus compañeros del campo. Él estaba ya muy mal. Recuerdo que cuando salió del avión quiso ir caminando hasta donde le estaban esperando sus amigos. Desde el punto de vista de lo que es la metáfora, parecía que él se estaba acercando a Buchenwald, a sus amigos y a su historia; y lo hacía lentamente porque no tenía más remedio. Fue un reencuentro feliz. Todas las cosas que se dijeron entonces, y también antes, burlándose de Semprún como si él hubiera sido un privilegiado en el campo de concentración, quedaban desmentidas en ese momento, porque es imposible que él fuera recibido de esa manera tan gallarda y tan bella si él hubiera sido un descuidado de la historia.
—Lo de la reina Sofía pidiéndole la firma a Susan Sontag fue todo un momentazo.
—La reina iba a ir esa tarde a hacer una visita de estas que hacen las autoridades. Y entonces, cuando yo me enteré de eso, llamé al periódico para que mandaran a un fotógrafo, porque seguramente ella iba a encontrarse con la autora de un libro que tenía su raíz en Grecia. Y entonces vino el fotógrafo; coincidió que, en efecto, ahí estaban Susan Sontag y la reina. Vi cómo hacía la foto y llamé luego a la redacción para que, cuando saliera el periódico, me mandaran un ejemplar. Cuando terminó la feria, llevé a Susan Sontag a cenar con Javier Ríoyo a un restaurante céntrico de Madrid de los que a ella le gustaban. Y entonces, como a las once de la noche, me llegó el periódico; lo abrí y no estaba la foto. Me llevé un chasco enorme, entré otra vez, me senté delante de ella y no dije nada. Hasta que finalmente me fijé y la foto estaba en portada. Ella se sintió feliz porque tenía un ego siete veces mayor que el mío. (Risas)
—¿Cómo ha sido la vuelta a El País?
—Es una continuación. Nunca me fui de El País, tampoco me he ido de Prensa Ibérica, ni de El Día de Tenerife. Soy un periodista de todas las estaciones y no soy otra cosa. Soy un periodista. La otra historia que va conmigo es la persona que recuerda a los suyos. Entonces, ahí yo no soy un periodista, sino un extrañado, un niño extrañado.
—¿A qué escritor se quedó con ganas de entrevistar?
—No sé. (Piensa) He entrevistado a muchísima gente. Esta semana voy a entrevistar a Javier Solana. La primera vez que lo conocí fue en un tren que iba al sur de Inglaterra. Javier Solana era un muchacho y yo también. Y fíjate, ahora voy a entrevistar a Solana. Él ya es un hombre muy mayor y yo también lo soy; y tengo la misma ilusión de hacer preguntas que la primera vez que se las hice yendo en un tren al sur de Inglaterra. Y no sé qué preguntas le voy a hacer ahora.







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