Una pregunta recorre la obra de Llucia Ramis como un escalofrío: ¿quién soy? En sus primeras novelas (Cosas que te pasan en Barcelona cuando tienes treinta años y Egosurfing), la escritora mallorquina se buscaba a sí misma por las calles de esa capital catalana en la que se instaló tan pronto como cumplió los dieciocho años; en las siguientes (Todo lo que una tarde murió con las bicicletas y Las posesiones) se adentraba en la memoria familiar para explorar sus propias raíces; y en la última, Un metro cuadrado / Un metre quadrat (Libros del Asteroide / Anagrama), consciente ya de que los años se acumulan, rastrea sus propios pasos en Barcelona regresando a los diez pisos en los que ha vivido a lo largo de las tres décadas que lleva afincada en la ciudad y pidiendo a sus nuevos inquilinos —en algunos casos propietarios— que le permitan entrar. Una vez en su interior, la autora observa cómo han cambiado no solo las viviendas, sino también los edificios, los barrios y la ciudad donde se encuentran. El resultado: una crónica sobre la evolución personal de una escritora, un relato sobre la transformación de Barcelona y una investigación periodística sobre la crisis inmobiliaria que mereció el IV Premio de No Ficción Libros del Asteroide.
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—Tus libros suelen buscar respuesta para la pregunta “¿quién soy?”, pero en Un metro cuadrado / Un metre quadrat introduces otro interrogante: “¿De dónde soy?”.
—Nací en Mallorca y me instalé en Barcelona a los dieciocho años, y a menudo me pregunto si soy de aquí o de allí. Durante la pandemia mucha gente me sugirió que me fuera a mi casa a pasar el confinamiento; no me veían como alguien de Barcelona, aun cuando llevaba veinticinco años viviendo aquí. Me interesa saber cómo se construye el sentimiento de pertenencia a lugares que, en principio, no te pertenecen. Y eso es lo que son los pisos de alquiler: lugares que no son de tu propiedad, pero que tú consideras —o has considerado— tu hogar. Además, el libro trata de responder a otra cuestión: qué queda de nosotros en los lugares que hemos habitado y, de igual modo, qué queda de los lugares que hemos habitado en nosotros. Los pisos, los barrios, los vecindarios, las ciudades forman parte de nuestra memoria, pero nosotros también formamos parte de la suya. De ahí que se pueda afirmar que la actual crisis de la vivienda está en la base de la pérdida del sentimiento de pertenencia que se detecta a nuestro alrededor. Nos están robando los recuerdos, están borrando nuestras huellas.
—En Cosas que pasan… / Coses que passen… y en Las posesiones / Les possessions ya reflexionabas sobre la deriva de las ciudades. En cierta manera, se puede decir que es tema recurrente en tu obra.
—Quienes siempre han tenido una casa de propiedad no entienden la angustia en la que viven quienes siempre han vivido de alquiler. La sensación de que te pueden echar de tu casa, de que el contrato es una cuenta atrás, de que tendrás que cambiar de barrio, te acaba destrozando. De hecho, a igualdad de salario laboral, dos personas pueden vivir realidades completamente distintas, según sean propietarias o inquilinas. Y muchas veces el primero no es consciente de la situación del otro. Y es que mucha gente vive aterrada ante la posibilidad de tener que volver a casa de sus padres. En mi caso, volver a Mallorca sería abandonar la ciudad a la que en realidad pertenezco. Cuando eres joven piensas que a medida que pase el tiempo tu situación económica mejorará y podrás vivir en pisos más grandes. Pero eso no ocurre, y menos en el caso de los autónomos. Yo cada vez he vivido en un piso más pequeño que el anterior. La idea de progreso se ha roto. La precariedad se ha normalizado. Cada mudanza implica empezar de cero, vivir de un modo provisional, reiniciar el contador. Actualmente, la idea de futuro se limita a los cinco años que dura el contrato de alquiler. No puedes hacer planes más allá de ese plazo de tiempo.
—Algunos de tus antiguos pisos, que en la época en la que los habitaste eran considerados cutres, hoy se alquilan como pisos con encanto.
—Muchos de esos pisos hoy tienen un alquiler de 900 euros, como mínimo. Además, algunos son bastante céntricos y hoy, cuando dices que quieres vivir en esa zona, te reprochan que quieras vivir en el centro, como si eso fuera un lujo que no debe estar a tu alcance. Pero, si los barceloneses no viven en el corazón de su ciudad, ¿quién tiene derecho a vivir allí? ¿Para quién es el centro? La población ha sido expulsada de su propia ciudad.
—El otro día conocí a una chica de treinta y cinco años que todavía compartía piso con dos amigas. Con esa edad debería estar viviendo sola, o en pareja, o con su propia familia… Pero no con una amiga, como si fuera una estudiante.
—La serie Friends se estrenó cuando yo era adolescente y recuerdo que siempre pensaba: estos tipos son demasiado mayores para vivir juntos. Pues hoy eso es lo normal: seguir compartiendo piso cuando ya deberías estar en otra fase. Yo me independicé cuando terminé la carrera, y empecé a vivir sola a los 26, pero con la crisis de 2008 tuve que volver a compartir piso. No me atreví a pedir una rebaja a mi casero y acabé compartiendo piso. Ese es otro tema importante: los inquilinos no quieren ser problemáticos o parecer insolventes. Prefieren no llamar la atención, vivir en silencio, para que los propietarios no les echen. Eso invisibiliza el problema y normaliza la situación.
—Nadie debería ver una casa como una inversión.
—Lo que antes era un hogar hoy es una inversión. Recuerdo que cuando firmé la hipoteca de mi casa me dijeron: “Has hecho una gran inversión”. Y yo pensé: “¿Inversión? Yo solo quiero vivir tranquila”. Ahí está el cambio: hemos vaciado de sentido la palabra “hogar”. Antes la gente luchaba por mantener su tierra, su casa, pero ahora todo está a la venta, todo puede convertirse en dinero, todo es una inversión. Pasó en Baleares y ahora pasa en Barcelona: nos vendemos con demasiada facilidad. Parece que no somos del todo conscientes del valor de lo que estamos perdiendo. Y luego nos quejamos de que nos convierten en exiliados de nuestras propias ciudades. Hay mallorquines por toda la “España vaciada”, mallorquines que no pudieron quedarse en su isla.
—El problema del desarraigo es enorme. Perder de vista a tu familia, a tus amigos, a tus vecinos… Es terrible.
—Los “desahucios silenciosos” son un problema tremendo. Cuando no te renuevan el contrato o te imponen un alquiler inasumible tienes que macharte. No hay escena visible, pero el resultado es el mismo: te quedas sin casa. Fíjate: cuando alguien pierde su vivienda por un incendio o una catástrofe, decimos: “Lo ha perdido todo”. Pero cuando hay un desahucio silencioso nadie dice nada. No hay imagen del desastre, es como si no hubiera ocurrido nada. En España hay una precariedad extendida: hemos normalizado que la policía se persone en los desahucios y también hemos normalizado que la gente desaparezca de nuestros barrios sin hacer ruido.
—Muchas veces son los propios habitantes de una ciudad quienes, convirtiendo los pisos que tienen en propiedad en activos, encarecen el precio de la vivienda y expulsan a quienes en el fondo son sus iguales.
—Me llamó mucho la atención descubrir que había gente que compraba pisos con una lógica de rentabilidad o inversión, no de refugio y comodidad. De hecho, en Barcelona hay familias que tienen edificios enteros: al principio les daban un uso familiar, pero más tarde lo convirtieron en pisos para alquilar. Mi madre es belga y siempre se ha mostrado extrañada ante la obsesión española por la propiedad. Para ella ser propietario es una complicación. Ella siempre ha defendido que es mejor vivir de alquiler, sin endeudarte con hipotecas ni nada similar. Me inculcó eso y yo quería vivir como ella decía. Pero la situación actual del mercado inmobiliario me ha llevado a comprar una propiedad. Pero soy una afortunada. Lo hice justo antes de la crisis inmobiliaria actual. Hoy la mayoría de gente invierte tanto dinero en el alquiler que no puede ahorrar para la entrada de un piso.
—La casa de los abuelos suele ser la primera que desaparece de nuestra vida. Y nos deja un vacío enorme.
—Es la que más duele, en el fondo. De pequeña yo fantaseaba con acabar mi vida en casa de mis abuelos. Y todavía hoy sueño con ella. Y estos sueños son los que me llevaron a regresar a los pisos donde había vivido en el pasado. Cuando haces eso ocurre algo muy parecido a lo que pasa cuando te reencuentras con alguien que fue importante en tu vida: el recuerdo corrige la realidad. No es la memoria la que se ajusta a la realidad, sino al revés. Tú ves en esa persona o en esos pisos más cosas de las que tiene a primera vista. Es como si la memoria ampliara el presente: vemos lo que hay, pero también lo que hubo. La realidad no se reduce, sino que se expande. Y cuanto más conocemos el pasado más capacidad tenemos de proyectar el futuro. Por eso creo que es un gran problema que las ciudades pierdan la memoria. Se están volviendo amnésicas, están debilitando su tejido social, que es el sistema nervioso de toda ciudad.
—Barcelona es una ciudad esquizofrénica: pone a Ada Colau en la alcaldía, pero permite que los extranjeros lo compren todo, y aplaude los discursos contra la especulación inmobiliaria que lanzan personas cuyas familias viven de la especulación inmobiliaria, como vimos recientemente con el caso de la exdiputada Eulàlia Reguant… Esta ciudad vive en la contradicción continua.
—Hay una relación directa entre turistificación y gentrificación. Si hacemos caso al dicho popular que asegura que Ibiza va cinco años por delante de Mallorca y que Mallorca va cinco años por delante de Barcelona, solo tenemos que mirar a mi isla para saber qué nos pasará en el futuro inmediato. Una isla siempre muestra el futuro a escala reducida. Las islas no pueden crecer indefinidamente, pero tampoco puede hacerlo Barcelona, que está delimitada por los accidentes geográficos. Pero bueno, lo que vemos al mirar a Ibiza y Mallorca es que la gente no puede permitirse una vivienda, ni siquiera teniendo un trabajo. Las habitaciones compartidas alcanzan los 800 euros, muchas personas viven en caravanas, otras abandonan la isla… Ese es el día a día de Mallorca e Ibiza. El turismo de masas lo ha destrozado todo y, sorprendentemente, Barcelona está copiando el modelo. El año pasado aterrizaron 19 millones de turistas en Baleares. ¡19 millones! Con esa invasión, las casas dejan de ser para los residentes. Es un monocultivo. Y como todo monocultivo, está erosionando lo de alrededor: no hay espacio para otras actividades económicas y, al final, todo el sistema depende de aquello que lo desgasta.
—Franco nos convenció de que lo bueno era ser propietarios.
—Franco acuñó eso de “una España de propietarios y no de proletarios”, pero ese eslogan se defendió porque el franquismo sabía que los propietarios están más preocupados por defender su propiedad que por rebelarse contra una dictadura. La propiedad te ancla, te acomoda, te hace conservador; el alquiler te permite moverte, cambiar, rebelarte.





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