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Cómo nacen las ideas, de Edoardo Boncinelli

Cómo nacen las ideas, de Edoardo Boncinelli

El autor de este libro, un genetista famoso por el descubrimiento de los “genes arquitectos”, trata de responder a algunas preguntas fundamentales en el mundo del arte. ¿Qué es una idea? ¿De dónde proviene? ¿Es una aparición repentina o es el resultado de una larga preparación?…

En Zenda ofrecemos un capítulo de Cómo nacen las ideas (Círculo de Tiza), de Edoardo Boncinelli.

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Las ideas

Conceptos e ideas

Solemos atribuir a Sócrates el descubrimiento de los conceptos o, mejor dicho, del concepto de concepto. Los griegos fueron los reyes de la palabra, tanto hablada como escrita. Compusieron poemas épicos, poemas líricos, tragedias, comedias, crónicas, discursos, gramáticas e incluso tratados sobre la belleza, además de memorables obras filosóficas. Partiendo de lo que nos queda de esta maravillosa etapa de la evolución cultural de la humanidad, no es difícil imaginar el transcurso de la vida cotidiana en una de las ciudades o villas de la época. Todo nos parece moteado y contrapunteado de discursos y palabras, y a veces de juegos lingüísticos.

En los tiempos de Sócrates, uno de los juegos más populares consistía en tratar de demostrar que se puede defender cualquier tesis. Si se tiene cierta habilidad para la oratoria, ya sea por un don natural o porque se ha aprendido pagando a un maestro experto en argumentación, es posible defender cualquier afirmación. Por diversión, para pasar el tiempo o para engañar a otras personas. Los verdaderos maestros de este arte se hacían llamar sofistas: los virtuosos del juego lingüístico, los juglares de la expresión y de la argumentación. Gorgias y Protágoras, los más famosos entre ellos, dejaron huella en la historia del pensamiento.

Aunque no gozan de muy buena reputación entre nuestros contemporáneos, los sofistas fueron los primeros en situar al hombre en el centro de atención, en descubrir el valor casi taumatúrgico de la palabra y en meditar sistemáticamente sobre sus usos posibles. Nos obligaron, aunque fuera solo de forma indirecta, a preguntarnos qué hay detrás de las propias palabras, cuál es su origen, qué las transmite, qué suscitan en quienes las escuchan, llevando así a cabo un análisis paralelo al que, de modo independiente, realizaban los grandes poetas y retóricos de la Grecia clásica.

Sin embargo, fue Sócrates, coetáneo suyo y uno de sus críticos más agudos, quien descubrió el correlato mental de la palabra, el concepto. Más allá y por encima de todos los posibles usos de la palabra «caballo», explica Sócrates, existe la idea unificadora de la «caballidad», es decir, el concepto mental de caballo. En todas sus argumentaciones, en sus demostraciones y en sus observaciones irónicas, Sócrates critica la ausencia de un centro de referencia fijo para los términos utilizados por los sofistas y por sus seguidores, recordándonos continuamente la necesidad de definir y de analizar en profundidad el significado de los términos empleados. Buena parte de la fuerza de su arte, llamada mayéutica, reside en su repetida invitación a definir con precisión el significado de las palabras utilizadas, incluso las más habituales.

Detrás de todos los posibles usos de la palabra «caballo» se encuentra inevitablemente el concepto de caballo; detrás de todos los posibles usos de la palabra «virtud» se encuentra el concepto de virtud. Platón conferirá poco después a las Ideas, una versión idealizada e hipostasiada de los conceptos, la dignidad de componentes esenciales de la realidad. Para Platón, el mundo de las Ideas es una realidad paralela y ontológicamente superior a la del mundo material. Nuestra alma ha contemplado el conjunto de este mundo ideal antes de enterrarse en nuestro cuerpo. Podrá conocer las cosas del mundo a través de un proceso de «reconocimiento», es decir, devolviendo las imágenes y las palabras de la vida a su matriz original, las Ideas correspondientes, que recuerda vagamente haber contemplado en su primera vida. Mediante esta poética estratagema, Platón ofrece una solución al problema del conocimiento, invirtiendo en realidad los términos de la cuestión: las Ideas preceden a las cosas, son eternas e inmutables. No podríamos entender nada del mundo, parece decirnos Platón, si no existieran previamente los instrumentos para comprenderlo, si detrás de todos los caballos no existiera el concepto de caballo y, detrás de este, la Idea de caballo.

Más allá del planteamiento mitológico-metafísico de Platón, el debate sobre las ideas, sobre su naturaleza, sobre su génesis y sobre su curso ha continuado a lo largo de toda la historia del pensamiento filosófico, en el que ha representado casi una especie de hilo conductor. El quid de este debate cabría identificarlo en el dilema entre «innato o aprendido».

Según una cierta corriente de pensamiento, las ideas presentes en nuestra mente tienen un gran componente innato, si es que no son totalmente innatas y están presentes en ella desde el principio. Es decir, que preexisten dentro de nosotros y «aprovechan», por así decirlo, nuestra observación del mundo exterior para emerger y materializarse. Lo mejor, por lo tanto, es que cada uno de nosotros mire dentro de sí mismo, libere las ideas del envoltorio «larvario» que las contiene y las deje florecer. La experiencia sensible no es otra cosa que la oportunidad que se nos brinda para poder llevar a cabo todo esto.

Según la otra vertiente de pensamiento, llevada a su plena madurez por los empiristas ingleses, no se pueden formar ideas en nuestra mente si antes no se pasa por la experiencia de los sentidos. A través de los sentidos que escrutan el mundo, los conceptos y las ideas que contienen se forman en nuestra mente, y es ahí donde son elaborados y, si se da el caso, se modifican en profundidad. Los empiristas no niegan que la mente pueda producir ideas y pensamientos, ni desprecian su labor, pero sitúan fuera de la mente el origen de todo ello. Antes de abrir los ojos, la mente es una tabula rasa desprovista del más mínimo vestigio de una idea. Únicamente después de haberse «asomado» al mundo, de haber conocido su configuración y haber seguido su curso, la mente puede comenzar a trabajar sobre algún contenido, para luego producir todo aquello de lo que es capaz.

Según los empiristas, las ideas, una vez formadas, también pueden componerse y descomponerse y, en cualquier caso, relacionarse entre sí sobre la base de una similitud o de una diferencia más o menos marcada, a través de un mecanismo que puede denominarse «asociación». Es mediante el mecanismo de la asociación como se consolidan, memorizan, vinculan y desvinculan las ideas elementales. Por lo tanto, es a través de la acción de las asociaciones más diversas como se forman las ideas complejas, es decir, aquellas que comúnmente llamamos ideas declaradas, intuidas o contempladas.

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Autor: Edoardo Boncinelli. Título: Cómo nacen las ideas. Editorial: Círculo de Tiza. Venta: Todos tus libros.

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