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Este artículo me cabrea

Confieso que no es la primera vez que los artículos dominicales de don Arturo —que yo sigo leyendo en papel los domingos, aunque aquí en Zenda aparezcan los jueves— me arrancan una sonrisa. Incluso alguna carcajada. Pero su reciente Patente de corso sobre el escaso aprovechamiento cinematográfico de nuestra industria patria del subgénero “urbanitas que se mudan al campo” me ha provocado justo lo contrario. Su ingenio, esta vez, me ha tocado la tecla para mal. Me ha cabreado. Si me apuran, hasta me ha dolido.

¿A santo de qué tanta aflicción, pensarán ustedes? Vamos por partes, como Jack el Destripador. Para empezar, el insigne académico bautiza ese subgénero como «redención inmobiliaria del urbanita»: películas protagonizadas por ejecutivos con barba de tres días —o editoras neoyorquinas con traumas afectivos— que descubren que la vida verdadera empieza cuando uno hereda una ruina con encanto. Una mentira piadosa, dice. Y ahí, si me lo permiten, empieza mi matiz.

Quienes lean estas Crónicas desde el Cabo saben que esta editora no neoyorquina defiende con entusiasmo que en unas ruinas sí puede encontrarse cierto sentido a las cosas. Todo el que uno —o una— quiera ponerles, claro. Así que es evidente que Arturo Pérez‑Reverte no me ha leído. Sniff. Dejen que eso me haga un poco de pupita. Tengo derecho a sentirme ninguneada. Porque, pese a haber salido pegados en más de una ocasión en el resumen semanal de Zenda, es un síntoma claro de que nunca he despertado su curiosidad. ¿No les daría a ustedes un pellizco de tristeza que uno de sus escritores favoritos los ignorara así?

"Fue entonces cuando lo comprendí. Para ver esas películas, primero hay que conseguir que el televisor funcione"

Pero volvamos a su artículo, que es donde realmente me cabreo. Pérez‑Reverte lamenta que el cine español no haya explotado ese filón, cuando en realidad lo ha hecho con una crudeza que haría llorar a Diane Lane bajo el sol de la Toscana. El autor del reciente Enviado especial: Una biografía de guerra (Alfaguara), ironiza sobre buganvillas, albañiles que citan a Platón y romances entre viñedos, mientras aquí llevamos años filmando la versión real, la que no necesita filtros ni glamour: As bestas, As neves, Alcarràs, Lo que queda de ti, El molino… Cinco títulos —entre muchos otros— donde lo rural no es postal ni terapia, sino conflicto, barro, violencia, silencio y verdad. Nada de viticultores melancólicos ni arquitectos bohemios: películas donde el campo no redime; te examina. ¿Cómo va a sentarse uno a disfrutar del atardecer con una copa de vino si al atardecer tiene que estar huyendo de Luis Zahera persiguiéndolo con cara de loco e intenciones homicidas?

Fue entonces cuando lo comprendí. Para ver esas películas, primero hay que conseguir que el televisor funcione. Y ahí, como el propio don Arturo confesó hace tiempo, empieza la tragedia.

Recordarán su odisea con aquel aparato ultraplano que lo sometió a un interrogatorio digno de la Inquisición: idioma, país, wifi, contraseña, código caducado, términos y condiciones, error inesperado, asistente de voz, actualización obligatoria, 843 canales y, finalmente, la pregunta más cruel de nuestra era: «¿Desea valorar su experiencia de configuración?».

"Aquí la épica no consiste en enamorarse de un viticultor taciturno, sino en conseguir que un albañil coja el teléfono. Y créanme: eso sí que es cine de acción"

Si un televisor moderno ya reduce al académico —a un hombre que ha sobrevivido a guerras, naufragios y tertulias, como puede verse en las fotografías que expone en PHotoESPAÑA— a un manojo de blasfemias, comprenderán que muchos urbanitas jamás lleguen a adaptarse al rural. No porque no quieran, sino porque el entorno los derrota antes del primer combate.

Mientras tanto, algunos vivimos en casas reales, sin copas de vino como balones al atardecer ni cortinas a juego con el sofá de Chozes du Monde. Casas donde las vigas crujen sin efectos especiales, los marcos no se pueden mover ni por decreto divino y el tejado amenaza con desplomarse sin necesidad de metáfora. Aquí la épica no consiste en enamorarse de un viticultor taciturno, sino en conseguir que un albañil coja el teléfono. Y créanme: eso sí que es cine de acción.

Coincido con el escritor en algo esencial: todos buscamos una mentira que nos consuele. Él la encuentra en la ironía. Yo, en la autenticidad de una casa que se cae pero no engaña. Y me viene a la cabeza no una película‑postal, sino otra bien distinta: Regreso a Howards End.

En ella se despliega la idea que E. M. Forster clavó como una estaca: las casas importantes no se heredan; se merecen. Y no se merecen por dinero, ni por linaje, ni por barba de tres días, sino por sensibilidad, por esfuerzo, por esa rara capacidad de entender que un hogar no es un decorado, sino un destino moral.

En Howards End la casa elige a quien sabe oírla. En un pueblo, la casa elige a quien sabe aguantarle las goteras.

"Les aseguro que en Galicia, cuando llueve de lado y el viento se cuela por las rendijas, la única redención posible es tener un buen montón de leña seca para la chimenea"

Don Arturo imagina al abogado madrileño rehabilitando una choza en Orejilla del Huevo. Yo imagino a Margaret Schlegel intentando explicarle a él —a un hombre que se pelea con un televisor como si fuera un cosaco borracho— que hay casas que no se conquistan: se aceptan. Se negocian. Se escuchan. Porque si algo enseña Howards End es esto: Only connect. Conectar. No con el wifi, que ya sabemos que a algunos los humilla, sino con el lugar, con la historia, con la tierra que uno pisa aunque esté llena de tojos lacerantes.

Les aseguro que en Galicia, cuando llueve de lado y el viento se cuela por las rendijas, la única redención posible es tener un buen montón de leña seca para la chimenea. Y eso no se cambia ni por un amor maduro ni por una banda sonora de Ludovico Einaudi. Si me apuran mucho, quizá sólo lo cambiaría por un leñador a lo Jason Momoa, que asegura entrar en calor de una manera o de la otra.

Pero incluso él, tarde o temprano, descubriría lo mismo que descubrimos todos: que el campo no es una postal ni una terapia.

Es un pacto. Y sólo dura mientras uno sea capaz de sostenerlo.

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