Menciona Javier Cercas en El periódico de la democracia, el libro que acaba de publicar a propósito del quincuagésimo aniversario de El País, las columnas que durante años escribió Juan Cueto en el diario, tanto en las páginas cotidianas como en el suplemento dominical. La referencia era una cuestión de justicia: Cueto fue quien inventó la crítica televisiva en nuestro país, pero fue además un articulista lúcido y sagaz que sabía hilar conceptos en apariencia contrapuestos con una finura y un ingenio desacostumbrados. Tenía el raro don de anticipar el rumbo de los tiempos antes de que los tiempos supieran a qué atenerse. No estoy seguro de que haya encontrado sucesores, tan originales eran sus planteamientos y tan viva su prosa, y sin embargo tengo la impresión de que su memoria se ha venido diluyendo en los últimos tiempos, no por revanchismo ni por maldad, sino por puro desinterés o, casi peor aún, por ignorancia. Puede que sea una sensación falsa: a veces uno piensa que los autores a los que admira y ya no están no gozan de la posteridad a la que los deberían abocar sus méritos ―me ocurre con Cunqueiro o con Torrente Ballester, algo menos con Delibes porque parece que él mantiene cierta presencia― y en consecuencia los recuerda o reivindica de cuando en cuando, por aquello de clamar un poco en el desierto. Bien está, a fin de cuentas, corresponder a quienes tan buenos ratos nos brindaron.
Con Cueto tuve ese pálpito desasosegante cuando no correspondía, esto es, cuando él aún estaba vivo, aunque ausente, y nadie parecía dispuesto a rescatarlo, siquiera simbólicamente, de los márgenes en los que él mismo se había atrincherado. Entablé trato con él a finales de la primera década del siglo, cuando lo quise llamar para una entrevista y me costó dar con su teléfono porque nadie parecía conservarlo. Cuando al fin lo conseguí y marqué el número, la voz que respondió desde el otro lado se mostró sorprendida de que le interesase a alguien lo que tuviera que decir. Había cambiado la legendaria Villa Ketty, aquella mansión desaparecida en la que un nazi había decorado con esvásticas los azulejos del cuarto de baño, por la menos popular Villa Josefina, un chalet que había pertenecido a los Vinck y se levantaba ―espero que ahí siga― a unos pocos pasos del Museo Evaristo Valle. Estuvimos charlando un par de horas y dio comienzo una amistad que nos deparó encuentros frecuentes. Al principio lo telefoneaba cada dos o tres semanas y me acercaba a verlo. Cuando después se mudó a un piso junto a la playa de San Lorenzo, ya no hizo falta concertar citas: él desayunaba cada mañana en la misma cafetería y yo me dejaba caer por allí una o dos veces por semana para ver cómo iba. De aquellas charlas salió un libro que se tituló Cuando Madrid hizo pop en el que se compendiaban algunas de sus obras para arrojar un fresco sobre las sociedades líquidas en las que nos hemos venido moviendo a lo largo de las últimas décadas. Lo publicó Trea y tuvo poco después su complemento en Yo nací con la infamia, la recopilación de artículos que le preparó Juan Cruz para Anagrama. Pareció que se remediaba entonces un olvido tan prematuro como inexplicable, pero tampoco. A nadie se le ocurrió poner su nombre a una calle de Oviedo, su ciudad natal, cuando se intentó liberar de resonancias franquistas al callejero. Se habló una vez de dedicarle una cátedra en la Universidad de Oviedo, pero hasta donde sé todo sigue siendo agua de borrajas. Cuando murió en enero de 2019, no se presentó en la ceremonia de despedida una sola autoridad autonómica ni municipal. Terminamos tomando la palabra Pedro de Silva, Tino Pertierra y yo. Dije entonces desde el púlpito ―cómo se habría reído él si llega a verme en ese trance― que su figura era para la Asturias de nuestra época lo que las de Clarín o Jovellanos habían sido para la de las suyas. Mi querido Francisco García Pérez, que me acompañó en esa jornada tan triste y estuvo conmigo en un homenaje que se celebró unas semanas después en la sede de La Nueva España, dijo que era una observación acertada. No parece que hasta la fecha se la haya secundado mucho.
Es esa suma de desidias hacia su memoria ―sería injusto obviar que hay excepciones: en la web del Instituto Cervantes está digitalizada la colección completa de Los Cuadernos del Norte; fue una de sus obras más importantes, aunque escribiera bien poco en ellos― la que acentúa la satisfacción que me da el ir reencontrándome con Juan en ciertas páginas que poco a poco han ido llegando a mis manos. Me ha ocurrido en el libro de Cercas, pero también en Lo que queda a la espalda, las memorias que Pedro de Silva ha dialogado con César Iglesias, y en Ciudadano Riego, un peculiar e interesantísimo ensayo en el que Tito Montero pone unos cuantos puntos sobre no pocas íes. Buena cosa es que emerja su figura poco a poco, más en unos tiempos en los que tan necesario se hace reverdecer el espíritu de las ilustraciones venerables para hacer frente a la ola de contrarrazón que amenaza con llevarnos por delante. El Cueto que yo conocí era un hombre desencantado de sus viejas ilusiones. «El progreso fue un fracaso», me dijo cuando empezaba a constatarse nuestra obstinación por avanzar a ciegas, ignorando el sentido y la dirección de nuestros pasos. Quizá intuía ―tenía ese poder, ya lo he dicho― el túnel al que nos abocaría ese empeño desnortado, ése ante cuyas puertas nos encontramos ahora sin saber qué nos puede aguardar al otro lado.


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