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Los motivos para escribir

Los motivos para escribir

El que trabaja con las manos,
la cabeza y el corazón es un artista.

Francisco de Asís

Creo que nada sucede por casualidad. Todos los hechos llegan por alguna razón inexplicable a nuestra vida, se posicionan y toman su lugar, durante una temporada, a través de símbolos y señales que hay que saber reconocer. Es lo que me ha sucedido estos últimos meses con la poesía, que se ha interpuesto en mi camino, me ha perseguido y se ha manifestado de diferentes maneras: lecturas, películas, exposiciones y festivales. En lugar de resistirme y desoír, he seguido sus rastros como quien busca un tesoro. La he sentido, oído y vibrado con las inflexiones de cada verso. Sin duda, todo ha confabulado para facilitar esta aparente casualidad.

La primera señal la encontré en El loco de Dios, de Javier Cercas, libro que, desde la primera página, aclara que el título proviene de San Francisco de Asís, que eligió llamarse el loco de Dios, aunque el argumento obedece a una pregunta esencial sobre la resurrección de la carne y la vida eterna, cuya respuesta sólo la puede dar el papa Francisco. Perseguir al nuevo loco de Dios y acompañarlo en su viaje a Mongolia le ha dado un motivo más que suficiente para escribir y responder a la pregunta de su madre: ¿se producirá el encuentro con su padre después de la muerte? Un libro original que explica la vida y la muerte, como la primordial preocupación de la humanidad y redondea el vínculo entre Francisco de Asís y el papa Francisco, con la frase pronunciada por su madre en el lecho de muerte: “ser humilde sale a cuenta”.

"Un puente entre la tradición poética italiana del maestro, con aquellos “buscadores de almas” que reconectan con la naturaleza"

La segunda señal fue el homenaje especial que le ha tributado el Instituto Italiano de Madrid a la figura inmortal de san Francisco de Asís, a los 800 años de su muerte, durante el Festival de Poesía Italiana, una original velada poético-musical, entremezclada de poemas, conversaciones, performances, artes plásticas y conciertos, bajo la dirección artística de Davide Rondoni, porque “es imprescindible escuchar a los poetas hablar de la naturaleza de modo libre, fascinado, sobrecogedor, no ideológico”. Un encuentro entre autores italianos y españoles contemporáneos y otras voces universales del pasado, que han tenido suficientes motivos para inspirarse en san Francisco de Asís, quien fusionó la poesía, la espiritualidad y la humanidad. Un puente entre la tradición poética italiana del maestro con aquellos “buscadores de almas” que reconectan con la naturaleza, como expresó Elena Fontanella, directora del Instituto. Precisamente fue Federico García Lorca y su poema “La caracola”, que cumple 100 años de creación, el que abrió el programa.

En este significativo viaje poético, la conferencia-espectáculo de Rondoni-Sparagna, basado en El cántico de las criaturas de Francisco de Asís, hizo retornar a los astros y a otras criaturas al ritmo de la música, que se sintió en cada movimiento del cuerpo. La orquesta popular italiana configuró las voces de la naturaleza con organillos, percusiones y otros instrumentos, mientras el cántico elevó a la plenitud, la visión antigua y actual del mundo, “matriz de toda la poesía posterior italiana, desde Dante a Petrarca, de Jacopone a Leopardi, de Pasolini a Ungaretti”, a quien también se homenajeó en el festival.

"Reencontrar la huella de san Francisco de Asís a través de la poesía fue retornar al colegio franciscano en el que estudié"

Sin embargo, reencontrar la huella de san Francisco de Asís a través de la poesía fue retornar al colegio franciscano en el que estudié, con profesoras y profesores laicos y un director franciscano que nunca llevó el hábito. Un colegio mixto, cuyo lema “Paz y bien” fue nuestro norte. Aprendimos a convivir en justicia e igualdad de género, en todas las actividades: concursos, desfiles, danzas, festejos, tómbolas, en las competiciones deportivas y en el cuadro de honor mensual de cada aula. Incluso en las misas, actos y celebraciones del patrono san Antonio de Padua las tareas se repartían en forma equitativa y voluntaria. El convento, al lado del colegio, era una construcción colonial magnífica con soportales en los cuatro lados, jardines y huertos con árboles frutales. A veces algún compañero seminarista traía ciruelas y nos invitaba en el recreo. Entrar en el claustro era estar en el cielo, un mundo aparte al que se accedía por unas escaleras muy empinadas. Un paraíso libre del mundanal ruido y del tiempo que parecía detenerse. La estupenda y copiosa biblioteca, rodeada de estanterías de madera de techo a suelo, con enormes incunables, nos esperaba cada vez que teníamos tareas grupales. Algunas veces aprovechábamos para husmear y bajar a las catacumbas, curiosos por comprobar las leyendas que circulaban en torno a los conventos. Estar allí era descender al infierno oscuro, húmedo y frío, aunque el miedo nos hacía retroceder, justo antes de descender al siguiente tramo más lúgubre y angosto.

Siempre observábamos, con perplejidad, cómo el viejo sacristán, el más antiguo del convento, con su raído hábito marrón y el cordón blanco atado a la cintura, arrastraba con dificultad los pies y desaparecía en una minúscula puerta hacia el campanario, para cumplir con su obligación de cada día. Cuando los repiques eran acelerados, sentíamos regocijo porque anunciaba alguna festividad cercana y significaba un recreo añadido. Por aquel tiempo, nuestro profesor de literatura, un apasionado de la poesía, impostaba la voz cuando leía los poemas elegidos y hacía vibrar a toda el aula. Por él conocimos Los motivos del lobo, de Rubén Darío y, nos dio suficientes argumentos para memorizar los extensos versos como una lección de vida. El poeta nicaragüense también tuvo motivos para inspirarse en el mínimo y dulce Francisco de Asís, un ser de carne y hueso que hasta hoy vive en la memoria colectiva. Aquí el primer párrafo:

El varón que tiene corazón de lis,

alma de querube, lengua celestial,

el mínimo y dulce Francisco de Asís,

está con un rudo y torvo animal,

bestia temerosa de sangre y de robo,

las fauces de furia, los ojos de mal:

el lobo de Gubbia, el terrible lobo,

rabioso, ha asolado los alrededores;

cruel ha deshecho todos los rebaños;

devoró corderos, devoró pastores,

y son incontables sus muertes y daños (…)

"Quizás ahora más que nunca, en el mundo actual existen más fuentes y sobradas razones para escribir y leer poesía, con el fin de conocer e interpretar con profundidad al ser humano"

Francisco de Asís sí tenía muchos motivos para plasmar el fruto de la gracia que, según él, le había otorgado Dios: “El Señor me dio a escribir sencilla y puramente”. Uno de los libros que recopila sus oraciones, alabanzas, cánticos, cartas, admoniciones, reglas de vida, florecillas, relatos y leyendas es San Francisco de Asís: Escritos, leyenda mayor, florecillas, una mirada conjunta de varios estudiosos que revelan sus pensamientos, su grandeza y su personalidad, escritos que reflejan el camino que encontró durante su transformación para ser como Cristo. Según las fuentes biográficas, él dictaba sus escritos en el dialecto italiano-umbro a los hermanos más diestros en el manejo de la pluma, lo que explicaría los distintos estilos de composición sobre su azarosa vida.

Quizás ahora más que nunca, en el mundo actual existen más fuentes y sobradas razones para escribir y leer poesía, con el fin de conocer e interpretar con profundidad al ser humano. Textos que nos devuelvan el sentido primigenio de la vida en conjunción con la naturaleza. Versos que despierten nuestra sensibilidad y amansen al lobo que llevamos dentro. Tal vez ahora más que nunca, hay más motivos para volver a los versos de San Francisco de Asís:

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz:

donde haya odio, ponga yo amor,

donde haya ofensa, ponga yo perdón,

donde haya discordia, ponga yo unión,

donde haya error, ponga yo verdad.

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