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Guerra total: el gran bulo editorial del año

Guerra total: el gran bulo editorial del año

Se anuncia en todos los medios culturales una “secuela inédita” (el anglicismo nos lo regala la editorial Renacimiento) de A sangre y fuego, obra clave de Manuel Chaves Nogales. A quienes llevamos algunas décadas reconstruyendo el exilio español en Francia e Inglaterra se nos han quedado los ojos como platos. Y no es para menos. El torpe epílogo que acompaña a la edición nos confirma que estamos, por utilizar otro anglicismo en sintonía con el acontecimiento, ante el gran bulo (opcional usar fake) editorial del año.

Aunque en la cubierta se anuncien como relatos inéditos de Manuel Chaves Nogales, estos supuestos hallazgos de Guerra total no solo no están firmados por el periodista sevillano, sino que se oculta la firma de quienes sí los escribieron y publicaron con sus nombres: otros autores de la época, a los que se reduce tristemente a la categoría de “seudónimos de Chaves Nogales” y, para colmo, se les rebaja altura acusándolos de no ser narradores.

Si Chaves nunca habló de un proyecto semejante en los años que transcurrieron hasta su muerte y las piezas las firmaron sus colegas de la época, ¿cómo se puede justificar la atribución? No es una pregunta retórica. Con el bombástico anuncio de “primerísima edición”, Linares compila los relatos de autores como Eduardo Borrás o Antonio Ruiz Vilaplana, atribuyéndolos —sin más prueba que una intuición bastante desafinada— a la mano del periodista sevillano. Como el editor continúe con este afán panatributivo, no va a quedar autor de la época con apellido propio.

"Las ínfulas de las visitas a remotas hemerotecas polvorientas y los viajes a Latinoamérica son ya marca registrada de la franquicia Linares"

Sobra decir que la “caza de inéditos” es una práctica de riesgo cuando se carece de formación filológica. A lo largo de las noventa páginas de relleno del epílogo de Guerra total, en las que se esquiva convenientemente todo aquello que tenga que ver con sus verdaderos autores, se ofrecen razones tan peregrinas que no conseguirían ni el aprobado en un comentario de texto de primero de carrera. Se habla de la Inteligencia Artificial de manera tan acientífica que más parece una bola de cristal que una herramienta generativa de texto. Sabemos los filólogos que el editor está confundiendo churras con merinas: la lingüística de corpus es una cosa y la forense, otra, por más que estén relacionadas y compartan herramientas (software que, por cierto, ni siquiera se cita en las casi cien páginas). Por eso no aparece ningún experto mencionado en la larga lista de agradecimientos: nadie en activo apoyaría, desde luego, conclusiones tan alejadas de lo que requiere un riguroso procedimiento de atribución.

Las ínfulas de las visitas a remotas hemerotecas polvorientas y los viajes a Latinoamérica son ya marca registrada de la franquicia Linares. Lo único cierto en medio de este disparate es que, desde hace años, pueden leer ustedes estos relatos en sus dispositivos electrónicos, y con alta resolución, si acceden a la hemeroteca digital de nuestra Biblioteca Nacional. Allí, gracias a nuestros impuestos, se pueden descargar de manera legal y gratuita los números de Madrid (también están en otros repositorios, que no menciona el editor, precisamente porque no ha hecho trabajo alguno de cotejo de estos relatos).

"Más grave, si cabe, es el caso de Eduardo Borrás, quien, al contrario de lo que se anuncia en Guerra total, está lejos de ser un seudónimo del autor de A sangre y fuego"

Basarse en conjeturas e intuiciones sin rigor documental para intentar dar gato por liebre no solo supone un menosprecio a los lectores, sino que se corre, con ello, un segundo riesgo: el de borrar la identidad y el trabajo de otros periodistas del exilio republicano, que también sobrevivieron enviando sus crónicas desde Francia. Es posible que quienes apoyan una hipótesis tan descabellada defiendan próximamente que títulos como “Una generación sin padres ni patria” son “puro Chaves”. Dirán ciegamente que su autor, Lumo Reva, es un claro seudónimo de nuestro cronista sevillano, como ya se hace en Guerra total. Pero el seudónimo pertenece al venezolano Rafael Delgado Jorge, que publicó esta pieza en El Nacional de Caracas bastantes años después de que hubiera fallecido Chaves.

Más grave, si cabe, es el caso de Eduardo Borrás, quien, al contrario de lo que se anuncia en Guerra total, está lejos de ser un seudónimo del autor de A sangre y fuego. Dramaturgo, periodista y guionista catalán, exiliado tras la Guerra Civil, Borrás castellanizó la tilde de su apellido y utilizó un único seudónimo documentado: Enrique Albritt. Como bien indican Ignacio C. Soriano y Francisco Madrid en su exhaustiva Bibliografía del anarquismo en España (1868-1939), Borrás estuvo muy implicado en la escritura de guerra. En 1933 estrenó en Madrid el drama pacifista No hay novedad en el frente (coescrito con Emiliano Gómez de Miguel y conocido por el subtítulo de Maldita sea la guerra). Exiliado en Santo Domingo, Cuba y, finalmente, en Argentina, Borrás destacó gracias a sus obras teatrales, guiones radiofónicos y unas adaptaciones cinematográficas que lo han consagrado en el gremio.

Otra víctima del virus panatribuidor de Linares es el periodista y escritor Fernando de la Milla, a quien la propia editorial Renacimiento publicó hace unos años (¿Ya no nos acordamos de Sybaris?). En los años veinte, De la Milla fue redactor de los diarios La Nación y Ahora, y durante la Segunda República, jefe de redacción de El Imparcial. En 1938 se trasladó a Francia, donde trabajaba para Le Petit Journal. Un año antes, la Imprimerie Coopérative Etoile le había publicado en la capital francesa una entrevista con Jean Cassou sobre la defensa republicana de la democracia.

"El anunciado acontecimiento editorial del año se ha sumado, por desgracia, a los bulos a los que nos están acostumbrando en todos los frentes"

Como librero de viejo, Linares haría bien en adquirir Un tal Adolfo Hitler, editado por Poseidón, de Buenos Aires, en 1944, para que no vaya catalogando a Borrás tan alegremente como alguien que nunca supo narrar. En el relato, unos conjurados raptan al Führer y lo someten al peor castigo que hay para un dictador narcisista: le practican una cirugía estética para que nadie pueda reconocerlo y todos crean que está loco cuando dice ser quien es. Se le aconseja igualmente que se haga con la obra de Antonio Ruiz Vilaplana Destierro en Manhattan: Refugiados españoles en Norteamérica, publicado en México D. F., en 1945, por EDIAP. Todos estos autores, profesionales del periodismo de la época, compartieron espacio geográfico y político con Chaves, pero la coincidencia de estilo y temas no debe ser jamás excusa para jugar a los trueques con la autoría. Conviene recordar que no todo vale y, menos, para inventar segundas partes, que con la excepción del Quijote, nunca fueron buenas.

El anunciado acontecimiento editorial del año se ha sumado, por desgracia, a los bulos a los que nos están acostumbrando en todos los frentes. Aquí, se observa a simple vista que la diferencia entre relatos es verdaderamente notable. Mezclar la obra de varios narradores, negarles su autoría y empaquetarlos bajo un nombre ajeno para venderlo a diestro y siniestro no es, ni más ni menos, que lo que parece. Guerra total debería haberse publicado en la colección dedicada a la piratería, que tanto divierte a su editor.

Que alguien mercadee con una mentira tampoco presenta novedad alguna. No será ni el primerísimo ni el último. La cuestión es otra: estos relatos atribuidos no solo no son obra de Chaves Nogales, sino que les roban a Delgado, Borrás, De la Milla y Ruiz Vilaplana lo más sagrado que tiene un escritor: su autoría.

***

Coda: Dado que los derechos de gran parte de estos autores siguen aún vigentes, nos encontramos no solo ante una falsa atribución, sino frente a un posible delito contra la Propiedad Intelectual.

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