En 1992, el editor y librero Abelardo Linares conmocionó al mundo literario con la resurrección de Manuel Chaves Nogales. Ahora, más de treinta años después, lo vuelve a hacer con el rescate de ocho relatos inéditos que publica bajo un mismo título.
En Zenda regalamos uno de los relatos presentes en Guerra total (Renacimiento), de Manuel Chaves Nogales.
***
CARABINERO
Episodio de la Guerra Civil
—¿ Cómo te llamas?
—¿Cuándo ingresaste en el colegio?
—Ayer.
—¿Tu padre, era clase?
—No; era carabinero.
—Enséñame los dedos.
El teniente Díaz examinó los dedos del aspirante al Cuerpo; la extremidad del índice izquierdo estaba amarilla de nicotina.
—Esto se ha terminado. Los alumnos del colegio Alfonso XII no fuman. Aquí hay que olvidar las malas costumbres para ser un buen carabinero. ¿Te has enterado?
—Sí.
—¿Qué es eso de «sí»?
El oficial se levantó colérico y propinó una fuerte bofetada al muchacho. Romero quedó sorprendido. No había sospechado que allí, en el Colegio de Huérfanos, pegaran; y menos por desconocer lo que todavía no le habían enseñado. En días sucesivos fue enterándose de todos aquellos detalles: había que contestar siempre «sí, señor, mi teniente»; había que cuadrarse y saludar cada una de las muchas veces que un oficial entraba o salía en un lugar donde estuviesen los alumnos o se cruzaba con estos en los patios; que había que callar con los superiores, tuviesen o no razón; y aprendió, también, que en el colegio Alfonso XII se comía, a diario, un bacalao pésimo, casi podrido.
De entre todos los oficiales instructores, fríos, adustos, autoritarios, muchas veces crueles, Díaz era el peor. Los carabineros jóvenes temblaban cuando él estaba de semana. Parecía gozar exigiendo de los educandos, en los hechos más banales, el esfuerzo máximo e imponiéndoles en todo el mayor rigor. Por una orden suya, el aseo se realizaba a las seis de la mañana, en el patio; en invierno, los doscientos alumnos, desnudos de cintura para arriba, formados en varias hileras, tiritaban de frío esperando su vez en un turno implacable. Cuando el teniente Díaz estaba de semana asistía a la escena, complaciéndose en ver a los alumnos poner la cabeza bajo el chorro de agua helada que, al correrles por las espaldas, aún tibias del lecho, les movía a gestos y ademanes grotescos.
Para Andrés Romero, la bofetada injusta que recibiera el día de su ingreso fue como el espaldarazo que le incorporaba a la vida. Hasta aquella fecha, su niñez había sido dulce y tranquila. No había conocido a su madre, muerta cuan do él contaba pocos meses. En su padre había encontrado un buen amigo, sin ideas políticas o sociales definidas, pero con un sentido general profundamente humano. Sus ideas se agrupaban en dos polos: amar la naturaleza y odiar el embuste y la injusticia. Enfermo en la cama, antes de morir le había dado al hijo el último consejo:
—Perdona a tus enemigos, sea cualquiera el daño que te hicieran; pero ayuda al débil. Sé justo y fuerte cuando se trate de defender a los demás.
Muerto su padre, Romero llegó al colegio del Escorial con una curiosidad sin límites. Pronto comprendió que sus estudios quedarían limitados a las matemáticas, uso del fusil y conocimiento del reglamento del Cuerpo de Carabineros. Los oficiales no podían enseñar más de lo que ellos mismos sabían. Se sucedieron los días, monótonos como los verdosos uniformes. Una tarde, al preguntarle a otro alumno por qué no se estudiaba geografía, este le contestó riéndose:
—¿Para qué? Con conocer los dos o tres kilómetros que nos toquen de posta cada noche…
—Pero ¿cuando salimos no nos destinan a las capitales?
—¡Claro que no! De nuevo ingreso, cubrimos las vacan tes en los puntos más aislados, en las playas más perdidas.
Comprendió: tendría que perder los mejores años de su juventud en un rincón de España, a cambio de una exigua soldada de cuarenta duros mensuales. Los demás compañeros se reían de estas inquietudes. Se aisló, sin apenas darse cuenta de ello. Un sentimiento de superioridad le distanciaba de sus condiscípulos, alborotadores y superficiales; y también de sus profesores, endurecidos por el ordenancismo, rutinarios por cansancio, que apenas si recordaban lo que habían estudiado años antes en la Academia. Cada tarde, en largos paseos por las afueras, pensaba melancólicamente en su porvenir, perdido en una costa apartada. Al tormento de estas preocupaciones prematuras se unía el malestar que le producía la creciente agresividad del teniente Díaz. Era una corriente poderosa de antipatía física, en la que, por ser mutua, Romero tenía asignado el papel de víctima, al que le forzaba su puesto, netamente inferior. Cualquier pretexto servía para que se desatase la iracundia del oficial instructor. Así, una tarde en que Romero curioseaba por el coro del monasterio, fue sorprendido por Díaz, que le interpeló agriamente:
—¿Qué haces aquí?
—Nada, mi teniente. Visitar el monasterio…
—¡A ti qué te importa el monasterio, imbécil! Vas a ir ahora mismo a pelar patatas.
—Es que estoy franco de servicio, mi teniente.
Fue la segunda bofetada. Una bofetada cuyo eco se perdió entre las viejas piedras cargadas de historia.
—¡Al calabozo inmediatamente! ¡A mí no se me contesta!
No protestó, impotente para hacerlo; pero pensó que su padre, al aconsejarle por vez postrera, le había considerado con excesiva benevolencia. No; él no podía perdonar al teniente Díaz aquella persecución de que le hacía objeto: un botón desabrochado, las botas poco lustradas, un cigarrillo fumado furtivamente, eran motivo para que el instructor le castigase con severidad excepcional. Pasaba los días en el calabozo, más tiempo encerrado que libre. Comenzaba a invadirle una sombría desesperación, cuando una mañana corrió la noticia de boca en boca: el teniente Díaz había sido trasladado. La alegría fue unánime. Romero experimentó la sensación de que recuperaba algo largo tiempo perdido: por una parte, el sosiego; por otra, la confianza en sí mismo. Y entonces se atrevió a intentar un proyecto acariciado por espacio de muchos meses. Una tarde, en el patio, abordó al capitán médico López Dueñas:
—Mi capitán, ¿no podría ayudarle a usted en los trabajos de laboratorio? Tengo mucha afición a la química.
López Dueñas era un hombre bonachón y afectuoso. Ves tía de paisano casi siempre y con marcado desaliño. Le respondió:
—Bien. Pásate mañana por mi casa.
Al día siguiente acogió a Romero amablemente:
—Bueno, pues sí; estarás aquí conmigo. Pareces buen chico. Puedes fumar. Aquí no estamos en la Academia, ¡qué caramba! Y quiero que me trates como a un compañero. Yo soy socialista, ¿sabes?
Para el huérfano la palabra «socialista» era inédita. Día a día, las relaciones entre el capitán López Dueñas y el mucha cho se hicieron cordiales, afectivas, amicales. Al médico le gustó el carácter concentrado y estudioso de Romero. Le proporcionaba libros, que este leía rápidamente. Poco a poco, los ojos del alumno se abrieron a las teorías sociales. El capitán le hablaba de los «grupos con fuerza directiva», de las evoluciones políticas, de las diferencias entre un régimen y otro, entre los distintos sistemas económicos. Para el futuro inmediato, López Dueñas se contentaba con la implantación en España de una república moderada. Y así, en aquel laboratorio, rodeado de probetas y retortas, Romero llegó a la conclusión razonada de que vivía en una sociedad falsa, injusta e inhumana. Esto avivó los vientos de sus recuerdos infantiles. Viendo al capitán médico, oyéndole teorizar, Romero recordaba a su padre, franco y noblote, prendido también en el anhelo, aunque intuitivo, de una nueva justicia social. López Dueñas llegó a tener por el muchacho una auténtica devoción. Algunas veces, le decía:
—Tú valdrás, Romero. Esa ingenuidad tuya vale más y es de mayor eficacia que todos los recursos de los propagandistas profesionales. No pierdas esta ingenuidad. Es una fuerza positiva. En cambio, son fuerzas negativas el escéptico y el fanático. El que no ama nada no respeta nada. Destruye, simplemente. Y lo que conviene es transformar…
***
Cuando ingresó en el Cuerpo, fue destinado a Villaricos, una playa solitaria de Almería, cerca de Águilas. Todos los días, a las siete de la tarde, tras el sorteo de postas, iba de servicio, el fusil a la espalda, hasta la madrugada. Se sentía perdido y estéril. Encontraba su vida vacía e inútil. Pero habituado al estudio junto a López Dueñas, se refugió en los libros. Pasaron meses y meses, iguales entre sí. Siempre lo mismo: el rumor del mar y el paisaje. Nada turbaba la calma de aquel punto aislado en la geografía española. Cuando se hundió la monarquía, socavada por sus propios vicios y defectos, apenas si se percibió en aquel confín de Villaricos. Se cambió el membrete de los oficios y se arrancaron de los uniformes las iniciales y las coronas. Solo Romero experimentó una emoción profunda, que extrañó a los demás.
Meses después, Andrés Romero, seguro de sus estudios, se presentó al comandante del puesto:
—Mi teniente, vengo a pedirle un mes de permiso.
—¿Para qué?
—Para presentarme en los exámenes de ingreso a la academia de oficiales del Cuerpo.
El teniente se quedó perplejo. No comprendía que un carabinero pudiera tener más aspiraciones que pescar y disponer de una mujer sumisa y sucia. Se encogió de hombros:
—Bien; hoy mismo trasladaré su petición al capitán.
***
Cuatro años después, en febrero de 1936, don Andrés Ro mero, teniente de carabineros, era destinado a Barcelona. Apenas llegado al cuartel de la calle de San Pablo, quedó desagradablemente sorprendido: estaba a las órdenes de su antiguo jefe, el teniente Díaz, ascendido a capitán. Díaz le reconoció enseguida:
—¿Usted fue carabinero?
—Sí, mi capitán. Acabo de salir de la Academia.
La antigua antipatía persistía. Díaz aprovechó aquella primera entrevista para ponerla nuevamente de manifiesto:
—Le recuerdo muy bien, teniente; fue usted uno de los peores alumnos que tuve.
—Es posible, mi capitán; pero ahora he obtenido el segundo puesto entre los alumnos de mi promoción.
En aquella situación, distinta a la del Colegio de Huérfanos, Andrés Romero se sintió más seguro. No obstante, Díaz continuó, en lo posible, tratándole con marcada severidad. Le obligó a cumplir con celo especial todos los servicios, incluyéndole en muchos de los extraordinarios. Le vigiló con escrupulosidad machacona, en busca de un descuido que justificase la humillación de imponerle un arresto. No pudo conseguirlo. Romero, desde el primer día, se distinguió por su conducta intachable y por el trato familiar que empleaba para con los carabineros. En cuantas ocasiones podía le gustaba vestir sus ropas civiles. Y por el resquicio de su afectuosidad con los inferiores, el capitán Díaz quiso filtrar el derecho a una amonestación:
—He observado que trata usted a los carabineros de manera muy particular. Lo comprendo. Asoma en usted, por encima del oficial, el antiguo carabinero; el hijo del carabinero. Pero no olvide que su cargo de hoy se compagina mal con esa excesiva camaradería.
El capitán hablaba en la sala de armas, en presencia de otros oficiales, con intención de humillarlo. Seguro de sí, Romero replicó con dureza:
—Lo siento, mi capitán. No existe en el reglamento ningún artículo que prohíba, dentro de la más estricta disciplina, hablar en el tono que sea con los números. Por lo tanto, conceptúo su advertencia como personal.
Se cuadró y despidiose secamente:
—¿Manda usted algo? ¡A sus órdenes!
***
En los primeros días de mayo llegaron al cuartel de la calle de San Pablo varios cajones. Romero preguntó al sargento:
—¿Qué es?
—Material de guerra: fusiles, ametralladoras y municiones. Acaban de traerlos del parque.
Los compañeros de graduación, un tanto apartados de él, se mostraban reservados, impenetrables. Por rumores, Rome ro llegó al conocimiento de que se hablaba de un levantamiento de las organizaciones obreras. Se inquietó. Si realmente se preparaba una intentona revolucionaria, debía ser de extraordinaria importancia para que el Cuerpo de Carabineros –el más civil de los organismos militares– tomase precauciones.
Una mañana, al salir de la oficina, se le acercó el sargento:
—Perdón, mi teniente: ¿verdad que sucede algo grave?
—Que yo sepa… ¿Hay alguna novedad?
—Parece que hay mar de fondo. El capitán ordenó esta mañana que se redoblase el servicio de cuartel; y nos ha advertido que estuviésemos prevenidos ante cualquier evento. A usted me atrevo a preguntarle qué pasa, porque… En fin, ¡a usted le apreciamos de veras!
—Pues mira, franqueza por franqueza: lo que a mí me han dicho es que estamos en vísperas de un movimiento revolucionario de tipo obrero…
Se sinceró:
—Si esto fuese verdad, nosotros, que somos del pueblo, hijos y hermanos de obreros, tendríamos el deber de no hacer armas contra ellos, contra los trabajadores. Especialmente, porque no debemos olvidar que la República es el pueblo.
Preocupado por los rumores, Romero frecuentó por vez primera los círculos y casinos militares. No le gustaba el ambiente de esos centros, en donde solo se decían necedades y fanfarronerías. Comenzó, desechando sus escrúpulos, a interesarse por las conversaciones. En breves días se dio cuenta de cuál era el «movimiento obrerista» que se proyectaba; era, simplemente, una sublevación militar de tipo fascista. Para ello se contaba con todos los mandos del ejército, con Falange Española, los partidos monárquicos, el nacionalista, el alto clero y los banqueros. Tuvo la certeza de ello, aunque no conocía los detalles, al oírle decir, cierta tarde, a un coman dante de caballería:
—A bofetadas vamos a terminar con ellos. No va a quedar ni un extremista vivo.
Sintió el deseo de replicar. Pero se contuvo. Hubiese te nido que enfrentarse con todos los socios del casino y poner en evidencia sus sentimientos. Se había propuesto enterarse de todo. Y así, cada tarde, asistía a las tertulias de la plaza de Cataluña. Luego, por las noches, se reunía con el sargento en un bar apartado. En dos semanas, el teniente Romero consiguió atraerse a la totalidad de sargentos de su cuartel, que, a su vez, establecieron contacto con sus compañeros de diversos puestos. Romero les ponía al corriente de cuanto se tramaba. Y silenciosa, anónimamente, aquel grupo reducido de hombres acordó oponerse, por los medios a su alcance, llegado que fuese el momento, a la traición de los jefes y oficiales del ejército. Para ello se contaba con la adhesión incondicional de los cabos y de los individuos del Instituto de Carabineros de guarnición en Barcelona.
A últimos del mes de junio, el capitán Díaz empezó a mostrarse amable con el teniente Romero. Un atardecer, al salir juntos del casino militar, Díaz le cogió por el brazo y le dijo:
—He de hablarle de cierto asunto grave.
—Estoy a sus órdenes, mi capitán.
Atravesaron la plaza y enfilaron el Paseo de Gracia. Habló el capitán:
—¿Tiene usted buenas relaciones con los sargentos del cuartel?
Romero se sobresaltó. La pregunta, hecha a bocajarro, le había desconcertado. Se repuso rápidamente y contestó:
—Las reglamentarias, mi capitán.
—Sí, sí, comprendo. Mire, voy a serle sincero. Ya sabe usted la difícil situación por la que atraviesa el ejército. Está a punto de estallar un movimiento anarco-comunista contra el régimen. Si el ejército se uniese a los rebeldes, la República se hundiría. Hay que pulsar a los sargentos, a los cabos y a los soldados. Usted, por su carácter, es el oficial más indica do para hacerlo en nuestro cuartel.
El teniente Romero notó como si le quitasen un gran peso de encima. Se había intranquilizado tontamente. Era odio so lo que le proponía Díaz; pero aprovechó la oportunidad que se le presentaba de poderse mover con mayor libertad. Aceptó:
—Encantado. Mañana mismo me pondré al habla con ellos. Ya le daré cuenta de mis observaciones.
—Mida usted bien sus palabras, teniente.
Se despidieron. Romero descendió por el paseo en dirección a las Ramblas, para encaminarse directamente al cuartel. En un ángulo del zaguán cruzó unas palabras en voz baja con uno de los sargentos:
—Avisa a tus compañeros. El golpe de Estado ya está decidido. No sé exactamente para qué fecha, pero será un día de estos. Solo temo que la República no sepa defenderse… en cuyo caso tendríamos que doblegarnos. Sea como sea, estad todos alerta.
El 14 de julio Romero fue convocado a una reunión que se celebraba en el hotel Colón. Los generales de la plaza, estrechamente vigilados por la policía y las juventudes de los distintos partidos de izquierda, no pudieron asistir a ella. Habló, en nombre de los jefes ausentes, un coronel delgado y nervioso, que expuso:
—El día 19, al romper el alba, saldrán las tropas de los cuarteles para declarar el estado de guerra. A mediodía, una comisión militar tomará el mando de la Generalidad. La capitanía general cursará sin descanso las órdenes pertinentes. Por la mañana tomaremos, como uno de los pri meros objetivos, la central telefónica. Se emplazarán ametralladoras y piezas de artillería ligera en las plazas de Cataluña, Urquinaona, Universidad, España, Palacio, Tetuán y Lesseps. A las siete de la mañana coincidirán en la plaza de Cataluña las fuerzas que hayan salido de los cuarteles de Pedralbes y Atarazanas. Mañana se darán a los jefes de unidad órdenes por escrito…
Romero salió sumido en hondas preocupaciones. El plan de los militares estaba cuidado hasta en los menores detalles y parecía imposible impedir su realización. ¿Debía dejarse arrastrar por los hechos? Titubeó un instante. Enseguida reaccionó. Seguramente, a aquella misma hora, en un lugar distante de España, su maestro, el capitán médico López Dueñas, estaba también moviéndose con la fiebre del contraataque. Se emocionó recordándole, con su figura bona chona y desgarbada. Al calor de la evocación, el teniente Romero se sintió fuerte, a la altura de las circunstancias.
***
A las doce de la noche del sábado 18 de julio, Romero salió a la calle. Quería observar el ambiente popular. Quedó sorprendido gratamente desde el primer minuto. El pueblo se preparaba ardorosamente a la defensa. Cerca aún de su casa, en la esquina de la calle Conde del Asalto con el Paralelo, vio a un grupo de obreros, en actitud de montar la guardia. Un automóvil se paró en aquel momento frente a la puerta del Pompeya, cabaret situado en aquella encrucijada. Uno de los obreros se adelantó y encarándose con el propietario, que descendía entonces, dijo:
—Discúlpenos… Hemos de requisarle el coche.
—¿El coche? ¿Por qué?
—No es el momento de dar explicaciones. Vea: he aquí un volante de la conserjería de gobernación de la Generalidad.
Salieron a relucir las pistolas. El obrero, enérgico, conminó:
—¡Basta de tonterías! ¡Vengan las llaves!
Dos minutos después, una pareja de guardias de asalto se hizo cargo del automóvil. Romero se alegró. Aquello marchaba bien. Se adentró por el Paralelo. En cada esquina, en medio de las calles, patrullas obreras circulaban incesante mente. Por algunos comentarios hechos en voz alta se enteró de que se habían establecido guardias en las puertas de los cuarteles. A las cuatro de la madrugada, cuando Romero cruzaba la calle de Pelayo, sonaron los primeros disparos. Al principio fueron aislados; pero, a poco, el fuego se percibía nutrido y por descargas. Percibió claramente el desdoblarse agudo de las cintas de ametralladora. Echó a correr Rambla abajo, vestido de uniforme; al cruzarse con los núcleos de obreros, guardias de asalto y mozos de la escuadra, que marchaban ya, arma al brazo, gritaba:
—¡A las armas, compañeros! ¡A la lucha contra los milita res traidores! ¡Viva la República!
Las patrullas le veían correr y quedaban entre sorprendidas y confusas. Algunos incluso llegaron a corear sus encendidos vivas. Romero llegó jadeante al cuartel. En el patio estaban, con los sargentos y cabos, ciento y pico de carabine ros. Alguien, preguntó:
—¿Qué hacemos, mi teniente?
—¡Vamos!
Iban a salir cuando, en el dintel de la puerta, se recortó la figura del capitán Díaz. Vestía de uniforme y llevaba su pistola en la mano. Con voz ronca, inquirió:
—¿A dónde van ustedes?
El teniente Romero, replicó:
—¡A defender la República!
Díaz levantó el brazo para disparar. No tuvo tiempo. Romero le partió la frente de un tiro certero. Quedó tumbado en la misma entrada. Por encima del cadáver salieron en tropel los carabineros. De la oscuridad salió una voz:
—¡Alto! ¿Con quién estáis? ¿Con nosotros o contra nosotros?
Firme la voz, Romero preguntó:
—¿Quiénes sois vosotros?
—¡El pueblo!
Alegremente, con un grito que les salía de dentro, los carabineros respondieron:
—¡Con vosotros, hermanos! ¡Viva la República popular!
—¡Viva!
Se unieron en un solo grupo. Romero, entonces, recordó la reunión del hotel Colón. Sin pérdida de tiempo se dirigió a los obreros:
—¡Escuchadme un segundo, camaradas! Que uno de vosotros vaya a la Generalidad en busca de una orden para que se os entreguen las armas sobrantes que tenemos en el cuartel: ametralladoras, fusiles y municiones. Aquí quedarán seis números para haceros la entrega…
Le interrumpieron con entusiasmo:
—¡Vivan los carabineros republicanos!
—Silencio, por favor. No hay que perder tiempo. Haced lo que os digo. Y, enseguida, que otros compañeros circulen estos avisos: las tropas saldrán, en primer lugar, de los cuar teles de Pedralbes y Atarazanas. Quieren tomar el edificio de la Telefónica. Quieren emplazar artillería en la plaza de la Universidad, en la de Cataluña…
Salieron los enlaces a cumplir cuanto había ordenado el teniente de carabineros, Ardía la ciudad en un chisporroteo de disparos. El tiroteo se agudizaba intensamente hacia Atarazanas. Romero, con decisión súbita, se arrancó las estrellas. Se acordó del último consejo que le diera su padre. Evocó, como en un relámpago, al capitán López Dueñas. Comprendió que iba a vivir una jornada equivalente a toda una vida. Se volvió a sus hombres:
—¡A Atarazanas! ¡Adelante! ¡Viva la República!
Y se perdieron por las callejuelas estrechas, que conducían a la libertad o a la muerte…
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Autor: Manuel Chaves Nogales. Título: Guerra total. Editorial: Renacimiento. Venta: Todos tus libros.


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