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Nace Céline, el fascista charlatán al que la Generación Beat rindió pleitesía

Nace Céline, el fascista charlatán al que la Generación Beat rindió pleitesía

Son dos las razones que invalidan las notas biográficas al uso puestos a hablar de Louis-Ferdinand Céline. Por un lado, siendo éste un autor casi exclusivamente autobiográfico, suele estudiarse su vida en base a los protagonistas de su obra. En efecto, todos ellos son un trasunto del escritor, quien los concibe para revivir un episodio de su propia experiencia. Ahora bien, dicha experiencia se presenta convenientemente modificada por el autor. Engrandecida aquí, empequeñecida allá, en aras de la idea que Céline quería proyectar de sí mismo. Supone en ambos casos una alteración de la verdad. Sí señor, Céline bien podría ser la prueba de la frecuencia con que la literatura es un ajuste de cuentas con la vida misma.

Es una lástima que Maurice Bardèche, el autor de la primera biografía de Céline publicada en España (Louis-Ferdinand Céline, Aguilar, Madrid, 1990), también fuera un conocido colaboracionista y uno de los principales ideólogos del neofascismo surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Impulsor ni más ni menos que de la teoría del negacionismo —mediante la que pretendía que el exterminio de los judíos llevado a cabo por los nazis fue un invento de los aliados para ocultar sus propios crímenes—, semejante desatino, expresado por primera vez en su libro Núremberg o la tierra prometida (1947), le descalifica, tanto o más que sus filias políticas, para hablar de Céline y de cualquier otro tema que requiera la referencia a la verdad. Con todo y con eso, sin duda consciente de que escribe para gente razonable, de buena voluntad, y por lo tanto temerosa del fascismo, hay en su texto afirmaciones de innegable lucidez. “La infancia de Céline, las imágenes y los fantasmas de su juventud —nos dice— se encuentran camuflados tras un montaje caricaturesco pseudo-biográfico, el de sus novelas”.

"La segunda razón que invalida las notas biográficas al uso, puestos a hablar de Céline, es un prejuicio: el que nace de la indignación que provocan en cualquier persona de buena voluntad sus filias políticas"

Esa primera causa que dificulta el enjuiciamiento del “Céline antes de Céline”, que lo llama Bardèche, es común a todos los escritores autobiográficos. El mismo Jack Kerouac —quien, por cierto, descubrió a Céline a un tipo que sé a ciencia cierta que empezó a amar la literatura tras la lectura de En la carretera (1957)— es un ejemplo meridiano de esta norma. Sin embargo, esa dificultad que entraña la adecuación de la verdad en pos del mito, en Viaje al fin de la noche (1932), la novela de nuestro escritor por antonomasia, es aún mayor. Puestos a demostrarlo, habrá que recordar que una de las primeras cosas que maravillan al lector de Viaje… es la capacidad de Ferdinand Bardamou —trasunto de Céline— para “verse” a sí mismo desde un punto de vista ajeno al suyo. Verbigracia, el pasaje en que desfila junto a su regimiento mientras la multitud vitorea a las tropas. A la larga, esa visión desdoblada no es más que dar otra vuelta de tuerca, rizar el rizo de esa acomodación de la verdad a la que nos referimos.

La segunda razón que invalida las notas biográficas al uso, puestos a hablar de Céline, es un prejuicio: el que nace de la indignación que provocan en cualquier persona de buena voluntad sus filias políticas. Prejuicio que, sin embargo, hay que insistir, no condena a un genocidio aún mayor, e igualmente depravado, que el de los nazis: el de los comunistas. Los titanes del asalto de los cielos, puestos a organizar la dictadura del proletariado —que llamaron a la dictadura de los miserables—, en su afán de exterminar a la burguesía entera, a lo largo de todo el siglo XX, se llevaron entre noventa y cien millones de personas por delante. En fin, siendo como es Céline el colaboracionista por antonomasia, lo más fácil es endilgarle el prurito de “fascista charlatán”, de “antisemita arrogante” con el que le define —entre muchas otras cosas, casi todas más loables— Maurice Bardèche en la solapa de su libro.

Sin embargo, para sus admiradores más devotos —y lo son mucho considerando las fuertes sumas que se han pagado por sus manuscritos cuando salen a pública subasta—, como el mismo Bardèche sostiene, Céline es también el trapecista de la sintaxis, el artífice de una simbiosis magistral entre la verdad y la forma en que ésta se expresa.

"Educado, como el común de los mortales, en el no matarás, el paso de la observancia de esta regla al polo opuesto, a matar porque la patria lo ordena, le supone a Bardamu un auténtico problema ético"

Aunque las sutilezas del lenguaje de Viaje al fin de la noche sólo le son reveladas al lector francés —traducida al español originalmente en una espléndida versión de la autora de novelas infantiles Carmen Kurtz—, bien es verdad que el escepticismo generalizado que rezuma la obra maestra de Céline también es perceptible en otros idiomas. Según apunta Carlos Pujol en la Historia de la Literatura Universal de Martin Riquer y José María Valverde (Planeta, Barcelona 1986, vol. 9), se trata de “una pesadilla de frenético nihilismo que se expresa en un lenguaje agresivamente innovador, como un colérico tartamudeo que arrasa todas las normas convencionales y que reúne sin cesar un argot colérico, obsceno y lírico a la vez”. Tanto es así que, pese a que el sentido de ciertas frases se pierda en el camino que va de su lengua a la nuestra, leer a Céline en español constituye una experiencia tan apasionante que muchos de sus admiradores intentan negar que fuera un nazi. Puestos a ello argumentan el exacerbado escepticismo que inspira sus mejores páginas.

No se equivocan del todo en su empeño. Sin ir más lejos, el problema que una vez acabados los desfiles le plantea a Bardamu, ponerse a matar gente, dista mucho del belicismo fascista. Educado, como el común de los mortales, en el “no matarás”, el paso de la observancia de esta regla al polo opuesto, a matar porque la patria lo ordena, le supone a Bardamu un auténtico problema ético. Nada que ver con el culto a la muerte fascista. Mejor dicho, nada que ver con el culto a la Parca de todos los totalitarismos que hicieron verter la mayor parte de la sangre que corrió en el pasado siglo. Bardamu es totalmente ajeno a quienes exaltaban la muerte del enemigo porque le iba restando fuerzas en la batalla y la del camarada porque generaba mártires para la causa propia. No faltará quien sostenga que se trata de una adecuación de la realidad. Aun en el caso de que así fuera, Céline, a través de Bardamu, quiso mostrarse como un personaje más interesado en salvar su vida que en la gloria de la patria. Más cerca, al cabo, del desertor, de Boris Vian, que de ese valeroso soldado del ideario fascista.

"No creer en nada es una sutil forma de creer en todo. Hay algo en Bardamu que nos recuerda a la búsqueda de Diógenes con su linterna"

Ya avanzando en la lectura, la experiencia africana del escritor, una de las partes principales de Viaje al fin de la noche, también es reveladora. Iniciada después de la desmovilización de Bardamu en 1916, en sus páginas Céline no es el André Gide de Viaje al Congo (1927) —toda una requisitoria sobre la brutalidad caucásica en el continente africano, que a su modo y en menor medida, jugó un papel en la condena del colonialismo semejante al de La cabaña del tío Tom (Harriet Beecher Stowe, 1852) en el de la esclavitud—, pero tampoco se muestra más racista que el resto de los blancos de su tiempo. Si cabe, incluso lo es menos que Joseph Conrad, el por siempre bendito y alabado, en El negro del Narciso (1897) o El corazón de las tinieblas (1902), esta última la que registra un mayor número de analogías con la experiencia africana del francés. En tanto que Conrad, como Kipling, está convencido de que la colonización es una misión sagrada de Occidente, Céline se presta a la brutalidad y el sadismo de la colonia con cinismo. No desde la nefasta convicción de estar llevando la civilización occidental a los salvajes. Es decir, sojuzgándolos a sangre y fuego para la posterior explotación.

Es en Camerún donde el francés se siente libre por primera vez y se convierte al nihilismo. También es en África donde se entrega a ese afán de vagabundeo, que ya hemos visto en Rimbaud y luego veremos en los beat, los primeros en reivindicar a Céline para la heterodoxia de la segunda mitad del amado siglo XX. Y será cuando Robinson, ese Robinson de tan nefasta gravitación para nuestro protagonista a lo largo de todo el relato, ya este momentáneamente olvidado. Será durante ese periplo de tres meses en busca de colmillos de elefante, a cambio de dos paquetes de tabaco Maryland, que le lleva hasta la Guinea española. Bardamu se sentirá entonces invadido “por una gran indulgencia hacia todo”. Al fin y al cabo, no creer en nada es una sutil forma de creer en todo. Hay algo en Bardamu que nos recuerda a la búsqueda de Diógenes con su linterna.

"Puesto a sortear esa dificultad para el estudio del autor que presenta el relato autobiográfico, Bardèche se basa en la correspondencia africana del escritor"

Está claro que se evidencia una evolución entre el Bardamu que llega a Bikobimbo en julio de 1916, quien siempre tiene el revólver a mano y se hace él mismo la comida por miedo a que lo envenenen, y el que acaba comiendo mono en la jungla; entre el Bardamu que cree que todos los nativos son antropófagos y el que acaba curándoles. Tal vez sea hacia un punto impreciso, desdibujado, pero, desde luego, esa evolución de Bardamu / Céline no es hacia el fascismo. Las visiones del imperialismo de Kipling o Conrad son mucho más condenables que la del francés, que pinta la colonia como la mera —y cruel— explotación de los nativos. La angustia ante la decadencia de la raza blanca, que el francés presenta en el pasaje africano, no guarda relación alguna con el dogma de la superioridad caucásica de sus colegas británicos.

Puesto a sortear esa dificultad para el estudio del autor que presenta el relato autobiográfico, Bardèche se basa en la correspondencia africana del escritor. En concreto, en las cartas referidas a una amiga de la niñez: Simone Saintu. En ellas, Céline habla de “un escepticismo lamentable”, que es “cuanto la vida se merece”. Acaso venga a poner más a las claras lo lejos que se le queda el fascismo a ese Céline africano su análisis del coraje físico: “una falta de imaginación”. “No hay que lanzar anatemas”, escribirá igualmente a su corresponsal. Quedémonos con ese Céline antes de con el que propone en esas mismas líneas, casi a renglón seguido, “considerar como prototipo de libertad el de una organización militar que garantiza desde fuera las individualidades alemanas”. Afortunadamente, concluye: “Experimento un profundo fastidio por cuanto tenga que ver con la belicosidad. Me pregunto hasta qué punto una victoria, alcanzada al precio de la consunción de un país, es una victoria” (Cahiers Céline, 4, Lettres et premiers écrits d’Afrique 1916-1917, Galimard, París, 1979). El primer Céline está más cerca de la rebeldía. El simplismo, la intransigencia y la perentoriedad, los asuntos que le convirtieron en un conservador, llegaron más tarde.

"Tan mujeriego como políglota, las mujeres y los idiomas serán su llave y su norte en un periplo por unas sombras que no son otra cosa que cuanto de absurdo encierra la existencia"

Nacido en Courbevoie (Sena) el 27 de mayo de 1894 —esto es, un día como el de hoy, hace 132 años—, el Céline con el que Louis-Ferdinand Destouches habría de entrar en el parnaso de la novelística del siglo XX era uno de los nombres de su madre. No hay lugar a dudas: la mejor forma de conocerle es leyendo Viaje al fin de la noche, tan autobiográfica como todas sus novelas, pero la que concierne a ciertos episodios cruciales en su vida. Convertido en Ferdinand Bardamou, Céline cuenta su experiencia en la guerra del 14. Las heridas que le causan los mismos alemanes a los que luego se venderá en el 39 le convierten en un héroe de Francia, y le licencian. Tras la experiencia africana ya referida, Bardamou se traslada a unos Estados Unidos agobiantes, que empiezan a convertirse en la superpotencia que son actualmente. Médico de profesión, acaba compartiendo las miserias de sus primeros pacientes —quienes raramente le pagan— en un suburbio de París, donde no tiene ningún problema en practicar abortos a las embarazadas pobres y no cobrarles. Tan mujeriego como políglota, las mujeres y los idiomas serán su llave y su norte en un periplo por unas sombras que no son otra cosa que cuanto de absurdo encierra la existencia.

El inmediato éxito que obtiene Viaje al fin de la noche se verá refrendado por el Premio Renaudot y la publicación de Muerte a crédito (1936), que conforma con la anterior un díptico en torno a Bardamou, si bien, en este último caso, lo que se nos refiere es la adolescencia y la juventud de Ferdinand. Ya catapultado al éxito, indignado con los empresarios judíos que se niegan a estrenarle un ballet, comienza a gestar un antisemitismo que tiene una primera manifestación en Bagatelas para una masacre (1937). Aunque su prosa, agresiva e impetuosa, sigue estando dotada de un elevado nivel estilístico, ya no hay justificación que valga.

"Adalid de la cultura de la ocupación alemana de Francia, se verá forzado a seguir a sus amigos nazis en retirada. El otrora bendito por la crítica literaria y más tarde por el invasor alemán, ya es un proscrito"

Céline cae en todos los tópicos comunes a la conspiración hebrea, que se repiten en toda Europa y se remontan a la España de los Reyes Católicos, los primeros que expulsaron a los judíos, y alcanzan hasta la izquierda de nuestros días, con sus príncipes de la paz, presuntamente corruptos hasta las cejas. Valiéndose de la dudosa elocuencia de unas estadísticas, anécdotas y datos, cuyas fuentes son vagas o no aporta, el autor culpa a todo el pueblo hebreo de las supuestas maniobras de los financieros judíos, que a su entender ostentan el poder en Francia, para poner en marcha una conjura en contra de los gentiles. La Francia que acusó de traición injustamente a Alfred Dreyfus, por el simple hecho de ser judío, volvió a manifestarse en Bagatelas para una masacre. La Francia que se rebeló contra aquella ignominia se escandalizó ante el violento libelo de Céline. Pero a dos años de la infamia de Vichy, su voz apenas se escuchaba. Bagatelas para una masacre, aunque no es el Mein Kampf (1923), sí proporcionó un argumento a quienes el 16 de julio de 1942 asintieron en París durante la redada del Velódromo de Invierno, cuando fueron detenidos 12.884 judíos parisinos para su posterior deportación e internamiento en los campos de exterminio. Tanto Bagatelas como L’ école des cadavres (1938) y Les beaux draps (1941), los otros dos libelos antisemitas de Céline, fueron a dar motivos a quienes miraron para otro lado cuando 42.000 judíos franceses fueron enviados a Auschwitz.

Adalid de la cultura de la ocupación alemana de Francia, se verá forzado a seguir a sus amigos nazis en retirada. El otrora bendito por la crítica literaria y más tarde por el invasor alemán, ya es un proscrito. El autor de Viaje al fin de la noche ya sabe lo que es la maldición. Según Bardèche, también sabe lo que es el miedo. “Incapaz de controlar la imagen que de él mismo había creado y prisionero de un pánico incontrolable”, el escritor se dispone a “adoptar la máscara trágica del vencido, del desecho humano”.

"Francia le confisca todas sus posesiones, el pueblo entra en su casa, arramblan con su biblioteca. Pero su nueva condición de repudiado por sus paisanos le convierte en una suerte de perdedor"

Los franceses que se prestaron de buen grado a la ocupación se cuentan por cientos de miles. Pero al no haberse significado, se adaptaron sin mayor problema a la Francia libre, con las mismas que en épocas más recientes se pasaba de votar al partido comunista a votar al Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen. Ya en Alemania, la colonia de exiliados afectos a Vichy se instala en Sigmaringen (Baden-Württemberg), junto al mariscal pelele. Aunque el escritor la presentará bajo el prisma de la caricatura, a veces tan patética como ese gabinete ministerial que sigue en fila india a Pétain en De un castillo a otro (1957), la vida en estos nuevos émigrés será todo lo miserable que merece serlo. Faltos de alimento, combustible, alojamiento, medicinas… sufren el desprecio constante de sus amigos alemanes. Céline es el médico de esos exiliados entre noviembre de 1944 y marzo de 1945, antes de cruzar toda Alemania bajo los bombardeos, que pusieron fin al Reich que habría de durar mil años, en compañía de su esposa, Lucette.

Cuando cree haber encontrado refugio en Dinamarca, París pide su extradición. Aunque no es devuelto a Francia, sí que es encarcelado en Copenhague. Mientras permanece en la prisión danesa, el antiguo héroe de la Gran Guerra es despreciado públicamente en su país. Como ya le ocurriera a los émigrés del Antiguo Régimen, Francia le confisca todas sus posesiones, el pueblo entra en su casa, arramblan con su biblioteca, pero su nueva condición de repudiado por sus paisanos le convierte en una suerte de perdedor. Su nueva postura le hace sentirse a gusto: al fin y al cabo, vuelve a estar contra todo y contra todos, lo que cuenta para él.

Una ley de amnistía de 1951 le devuelve a Francia, donde vuelve a ejercer de médico. Al final de los años 50, un último atisbo de su genio despunta otra vez en la trilogía que dedica a su exilio danés, integrada, además de por De un castillo a otro, por Nord (1960) y Rigodon. Inédita hasta 1969, esta última apareció ocho años después de la muerte del autor.

"Hace hoy 132 años la humanidad vivió uno de sus momentos estelares porque alumbró a uno de sus mayores enemigos. Céline odiaba al mundo entero"

Ya en su último recinto, según se nos presenta él mismo en De un castillo a otro, Céline es un viejo avaro, huraño, malvado, amargado y misántropo. Sin mujeres a las que camelar como la Lola de Bardamu, sin mujeres junto a las que huir como Lucette. No hay más compañía que los perros, los gatos y el erizo con que nos lo muestran sus últimas fotografías, algunas junto a Arletty. Como apunta Maurice Bardèche, el tiempo, presto a limar los rencores de la guerra, obra en favor de Louis-Ferdinand Céline al margen de los odios y cariños que este autor, uno de los grandes que diera el siglo XX, profesara en vida.

Seguro que significa algo que, en sus últimos años, Allen Ginsberg —de origen hebreo—, y William S. Burroughs fueran a rendirle pleitesía. La grandeza de la obra de Louis-Ferdinand Céline está por encima de cualquier consideración que pueda desprenderse de su vida. Siempre que vengo a reivindicar a un autor de sus características, recuerdo una entrevista que tuve oportunidad de hacerle a José Hierro en la Menéndez Pelayo, hace ahora treinta años. El cántabro había dedicado un poema al poeta fascista Ezra Pound y yo le pedí razón de aquello escandalizado. Hierro, que como todos sabemos fue un represaliado por Franco, con un amor a la literatura que me iluminó me contesto: “Si Hitler hubiera escrito un buen poema no se vería afectado por su actividad criminal”. Aún me descubro ante aquella respuesta. Hace hoy 132 años la humanidad vivió uno de sus momentos estelares porque alumbró a uno de sus mayores enemigos. Céline odiaba al mundo entero.

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