Inicio > Firmas > Estación en curva > Perdóname, Federico

Perdóname, Federico

Perdóname, Federico

Todavía queda alguna taberna en la vieja Alcaicería de Granada, ese pequeño conglomerado de callejuelas estrechas que entran y salen de los alrededores de la catedral. Hace unas semanas nos intentó llevar Ángel a una de ellas, pero estaba tan atestada que ni siquiera fuimos capaces de instalarnos en un rincón mínimo que quedaba entre la esquina de la barra y la puerta. Era un sábado y andaba la ciudad celebrando la fiesta de las Cruces, así que el margen de maniobra era escaso y tuvimos que irnos con la música a otra parte. Unas horas antes habíamos pasado por la Plaza de los Lobos y el desgraciado portal de la calle Angulo, en cuyo bajo se abre un restaurante cuyo nombre no puede ser más desafortunado. Todavía no se había desatado ninguna de esas enfebrecidas polémicas lorquianas que arrecian de vez en cuando y nada hacía presagiar que fuera a empezar una. Surge ahora de nuevo el debate a raíz de unas declaraciones de los Javis, que han triunfado en Cannes con una película que por lo que he leído toma como punto de partida una obra de teatro inacabada, y los dimes y diretes vienen a coincidir con el éxito que vuelve a cosechar Juan Diego Botto con sus representaciones de Una noche sin luna, un monólogo realmente memorable que ha agotado las localidades del Teatro Español. Justo el otro día, en una terraza de Santa Ana, asistí a una tertulia espontánea que se organizó en torno al fusilamiento de Lorca y el paradero de sus restos, y como siempre ocurre hubo teorías en torno a la localización exacta del cuerpo y a las razones por las que, tantos años después, nadie ha querido o sabido excavar en el lugar preciso. Dijo una vez alguien, creo que Vázquez Montalbán, que Lorca era el muerto peor enterrado de nuestra historia. No le corresponde a él solo ese triste honor, que comparte con todos los que terminaron sepultados en cunetas o en barrancos inhóspitos, pero podemos convenir en que su caso constituye una de esas heridas que quedan abiertas en la memoria de un país, y que no dejan de doler por mucho que se finja que no existen.

"Ha molestado que los Javis dijesen que se ha hablado poco de la homosexualidad de Lorca. Tienen razón y no la tienen"

Ha molestado que los Javis dijesen que se ha hablado poco de la homosexualidad de Lorca. Tienen razón y no la tienen. No era cosa desconocida, pero tampoco algo que se prodigara a los cuatro vientos ni se incluyera siempre entre las razones que esgrimieron sus verdugos para acribillarlo, quizás porque sus preferencias amatorias ocupaban un lugar secundario respecto a sus ideas políticas ―que, digan algunos lo que digan, se escoraban a la izquierda del tablero y simpatizaban de forma más que abierta con el sistema republicano―, pero también porque hasta no hace mucho ―la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social no se derogó por completo hasta 1995― no eran algo que se aceptase con naturalidad. También estaban, claro, las querencias o los prejuicios de cada uno: tuve una profesora de Lengua y Literatura en 2º de BUP (mitad de los años noventa, instituto público, cuenca minera asturiana) que nos contaba que el problema era que Lorca era un tipo muy simpático y mucha gente le tenía tirria. Hay quien dice ahora ―suelen ser los mismos que traen a colación esa tan traída y tan llevada amistad que mantuvo con José Antonio Primo de Rivera y que, como sabe cualquiera que haya leído un poco, es más falsa que un duro de seis pesetas― que lo que ocurrió en realidad fue que a algunos paisanos suyos no les gustó nada La casa de Bernarda Alba y se tomaron la revancha por su cuenta. Se podría conceder cierto interés a la hipótesis de no ser porque en agosto de 1936 eran muy pocos los que conocían ese texto, que no se había ni representado y que sólo lograría salir a escena casi una década más tarde, en 1945, y desde luego no en España, sino en Buenos Aires.

"Parece ser que fue esa misma noche hasta el Gobierno Civil y desenfundó su pistola ante el jefe máximo sin conseguir que lo liberasen"

La cosa es que el otro día, mientras se hablaba de Lorca ―o más bien de su final― en la Plaza de Santa Ana, me acordé de José Pepiniqui Rosales. Fue uno de los impulsores del golpe de Estado en Granada y ya se había distanciado de sus jerarcas cuando su hermano, el poeta Luis Rosales, escondió a Federico en la casa familiar de la calle Angulo. Parece ser que fue esa misma noche hasta el Gobierno Civil y desenfundó su pistola ante el jefe máximo sin conseguir que lo liberasen, y que volvió al día siguiente con una orden de libertad para Lorca que había conseguido que le redactasen en el Gobierno Militar, pero ya era tarde: lo habían asesinado unas pocas horas antes. Pepiniqui Rosales acusó durante el resto de su vida aquel episodio. Fue envejeciendo y en las décadas de los cincuenta y sesenta solía dejarse caer los sábados por las tascas de la Alcaicería granadina. Allí se lo solía encontrar Manuel Vicent, que estudiaba Derecho en la ciudad, y alguna vez contó ―yo se lo leí a Víctor Fernández― que el hombre se agarraba borracheras descomunales y siempre terminaba llorando en silencio y pronunciando con la voz resquebrajada tres palabras que constituían una letanía cuyos ecos se diluían en las calles perfiladas por la sombra de la Alhambra: «Perdóname, Federico, perdóname».

3.7/5 (3 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios