La Generación Beat —Beat Generation, que así, en inglés, gustaban llamarla, fascinados, sus primeros lectores españoles, hace ahora medio siglo largo, aquellos que daban cuenta con avidez de sus títulos referenciales en aquellas impagables ediciones argentinas que, como por arte de magia, llegaban a la España del tardofranquismo— fue un grupo de poetas surgido en la universidad de Columbia (Nueva York) con un novelista que actuaba de heraldo —Jack Kerouac— y otro, que nunca se consideró uno de sus miembros —Willliam S. Burroughs—, quien básicamente fue su mentor en el consumo de sustancias estupefacientes y en esa heterodoxia que habría de ser el germen de la contracultura.
Allen Ginsberg fue un iluminado que acabó sus días siendo uno de los poetas más celebrados de la centuria pasada, aunque nunca medró ni entre los burgueses ni entre los infaustos políticos, aquellos que reparten la gloria literaria con sus premios, prebendas y subvenciones entre quienes versifican para su halago, cómplices sin paliativos del régimen de turno. Ginsberg vivió humildemente en cuchitriles del East Village de Manhattan. A veces hasta sin luz eléctrica: la iluminación de su vida y de su obra alumbraban su casa.
“Ángeles subterráneos”, llamó el gran Jack a aquellos protagonistas de la bohemia de las ciudades, del underground de los cafés en el que las audiciones de jazz —bebop de Nueva York y cool de San Francisco para ir volando de costa a costa— se alternaban con los recitados de los rapsodas. Ginsberg, el autor de Aullido (1956), con su poesía vibrante, descarnada y honesta a carta cabal, gravitaba como una conjura en aquellos cenáculos del desorden. Sus versos arramblaban con todas las convenciones y hablaban sin tapujos sobre la realidad social, la espiritualidad, y la experiencia humana, con un estilo muy libre, a veces hasta profético. Parecía el oráculo de Delfos.
Pues bien, el tres de junio de 1926, hace hoy justo un siglo, un centenar de años, Irwin Allen Ginsberg venía al mundo en Newark (Nueva Jersey). Hijo de un profesor y de una emigrante rusa —ucraniana según otros autores—, treinta y tres años después, el joven Ginsberg habría de dedicar su segunda colección de versos a su madre: Kaddish, como la oración ritual que los judíos ofrendan a sus muertos sería el título. Ahora bien, Ginsberg, el Ginsberg que hizo historia, era un budista converso y practicante. Ya habrá tiempo para hablar de cuánto pudo influir el budismo de Kerouac y Ginsberg en ese acercamiento a las espiritualidades orientales de ciertos sectores de la heterodoxia occidental. Hoy celebramos la vida de Allen Ginsberg, una existencia pródiga en momentos estelares.
Uno de ellos tuvo lugar en el verano de 1944, cuando ya se presagiaba el último de la guerra y un calor especialmente húmedo abrumaba Nueva York. Fue en aquel estío cuando Lucien Carr —compañero de cuarto de Allen Ginsberg—, el Rimbaud de aquel grupo de estudiantes heterodoxos de la universidad de Columbia que constituyó el núcleo fundacional de la Generación Beat, apuñaló a David Kammerer hasta matarlo “por su obsesivo acoso”. Pero que nadie se llame a engaño, Ginsberg fue un hombre de paz que, en aquella sazón se vio envuelto en un hecho violento, uno de los primeros hitos, por cierto, de la Generación Beat.
Ginsberg no fue solo un ángel subterráneo, también lo fue de la desolación, que llamaba el gran Jack a aquellos vagabundos del desierto y las ciudades fantasma del oeste de Estados Unidos. Aunque el poeta no cuenta entre los grandes viajeros del grupo, su espíritu también fue errante y marginado. Un solitario, buen representante de la desolación y la melancolía de la vida on the road, de la experiencia Kerouac. Sí señor, Ginsberg fue el abanderado de ese círculo de poetas y escritores, la Beat Generation, que compartían una misma visión de los marginados, los errantes, y los rincones más desolados de la sociedad.
El 44 fue también el año en que conoció a Burroughs y a Kerouac. E incluso habría de residir un tiempo en el domicilio conyugal de Burroughs y su primera esposa, Joan. Más aún, en el 53, cuando Burroughs viajó durante siete meses entre Colombia y Perú en busca de la ayahuasca, el alucinógeno en que creyó encontrar el colocón definitivo, Allen Ginsberg fue su corresponsal. Las cartas del yage (1963) fue el texto resultante de aquel periplo. Siempre interesado en el otro lado de la percepción, la segunda parte de Aullido está escrita bajo los efectos del peyote, otro potente alucinógeno.
“He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura”, arranca la edición definitiva de Aullido, y han sido muchas las versiones españolas de estos versos desde aquella primera, dada a la estampa por Producciones Editoriales, como número 2 de la colección Star Books en el remotísimo año 76. El proceso que se siguió contra Aullido, prohibido a los pocos meses de su publicación por la crudeza de su lenguaje —parangonable a la interdicción puesta en su momento a Las flores del mal (1857) de Charles Baudelaire— dio lugar a una de las grandes batallas de los defensores de la primera enmienda de la constitución estadounidense.
Ángel subterráneo y de la desolación, Allen Ginsberg fue uno de los testigos de la defensa en el juicio contra los ocho hippies que habían convocado las manifestaciones contra la Convención Demócrata celebrada en Chicago unos meses antes, e hizo de su deposición ante el juez un relato que es, de hecho, la crónica del nacimiento y desarrollo de la contracultura estadounidense.
“El peso del mundo es amor, bajo el caos de la soledad, bajo el caos de la insatisfacción, el peso que llevamos es amor”. Permítasenos acabar con esta otra traducción de un fragmento de Aullido debida a un freak de los años 70 del barrio madrileño de Chamberí, el cantautor Hilario Camacho, quien entre aquellas arideces de la canción protesta al uso musicó a Ginsberg en España para solaz de aquellos lectores de la Beat Generation en editoriales argentinas, ya irrevocablemente inadaptados, amantes del rock y, por ende, ajenos a esos tostones de la canción de autor que ya apuntaba maneras hacia la prebenda y la subvención. Gloria eterna a Ginsberg, bajo el caos de la soledad, bajo el de la insatisfacción, el peso del mundo es amor.


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