Podemos leer la última novela de Francisco Bescós, que ha titulado escueta y significativamente Mantis, como una novela negra, por unos cuantos motivos. El más evidente es que aparece publicada en una colección de novela negra, lógicamente contiene crímenes y sangre, tensión argumental y misterios que se administran con buen ritmo. Por si eso fuera poco, Bescós es conocido por sus novelas negras. ¿Qué más dudas tendríamos del género ante el que nos encontramos? Y sin embargo, Mantis es algo más que una novela negra. A todo lo característico de lo criminal le añade una poderosa crítica social, un escenario sórdido y vacío y un narrador original y potente; todo ello aderezado, por supuesto, con su característico humor.
La novela tiene lugar en un centro logístico a las afueras de Madrid. Una nave que podría ser distópica si no fuera tan real. Allí, con buena documentación, se nos muestra la cara oculta del comercio internacional, lo que hay detrás de cada objeto que compramos o nos llega limpiamente a la puerta de casa. El matadero sanguinolento de los que solo quieren ver filetes refrigerados en bandejas de poliespán.
La ubicación en la fea Alcarría industrial de las afueras de Guadalajara nos lleva a uno de esos territorios huecos que crea la modernidad. Uno de esos no-lugares por los que pasamos a diario sin llegar a verlos. Son esas zonas intersticiales de lo urbano que ya trabajó en La Ronda y que añaden al libro un moderno extrañamiento: el “nuevo siniestro” que aparece cuando lo cotidiano sufre un cambio de significado y se convierte en inquietante. Bescós sabe descubrir esos lugares que cumplen dichas características: polígonos industriales, almacenes de restos químicos, andenes y medianas de autopistas, aparcamientos abandonados… Esas rebabas de la ciudad que en este libro son recuperadas por la naturaleza, representada por esos jabalíes que devoran el primer cadáver de la novela. Solo cuestionaría alguna referencia, como en el texto de contra, al páramo como sinónimo de descampado. El páramo alcarreño es un ecosistema árido pero lleno de vida, con encinas, lavanda, romero o tomillo y no tiene que ver con la industrialización, sino con la mesta.
Otra peculiaridad de la novela de Bescós, y hasta aquí estoy logrando esquivar el argumento para que nadie se me queje, está en la elección de una voz narrativa sesgada y manipuladora que no cumple ninguno de los tropos del género. Acompañamos en todo momento a Fina, una empleada con parálisis cerebral (que no intelectual) que le mantiene un brazo doblado sobre sí mismo y le ha valido el apodo de mantis, insecto con el que se identifica, que da nombre al libro y se convierte en recurso simbólico de toda la trama. No estamos acostumbrados a ver personajes con estas características, y menos tratados de tal manera. El autor dibuja a Fina sin piedad ni condescendencia, y el resultado es un personaje memorable en el sentido literal de la palabra. Pocas veces sucede que uno se quede con ganas de más.
Mantis tiene otra imbatible característica de la narrativa de Bescós, y es el recurso al humor que destilan sus páginas. En este caso, al estar la narración atravesada por la mirada de Fina, el humor nos llega teñido de sarcasmo, cáustico y amargo como la vida que le toca vivir.
Por lo demás, la novela goza de gran plasticidad visual. Arrastra al lector en todas sus páginas tanto si hay sorpresas —que las hay— como en las zonas de remansos. Ese ritmo, que no es ni trepidante ni contenido sino ambas a la vez, termina —como suele ser habitual en el autor— con un fin de fiesta fabulosamente organizado donde se desvelan muchos misterios y nos hace fabular, quizá, con una continuación.
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Autor: Francisco Bescós. Título: Mantis. Editorial: Reservoir Books. Venta: Todos tus libros.


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