Hay librerías famosas por sus pintoresquismos. Entre todas ellas, la Acqua Alta (Venecia), se hace notar por la disposición de su fondo editorial en góndolas y bañeras. Pero, sobre todo, por los innumerables gatos, que campan a sus anchas entre los libros, dando lugar a una escena que hubiera hecho feliz al gran Edgar Allan, reconocido amante de los mininos.
De Livraria Lello (Oporto) se alaba su escalera art nouveau, pero, en su conjunto, la librería Lello es un espacio fabuloso. Su descripción bien podría ser la del arranque de una de las muchas ficciones que aguardan al lector en sus estantes. De hecho, se dice que hay algo de su magia en algunos escenarios de las aventuras de Harry Potter.
Pero, para esos ángeles subterráneos de los que nos habla Jack Kerouac —aquellos marginados, inmersos en su bohemia de jazz, estupefacción y contestación parsimoniosa, con la mente a punto de ser destruida por la locura en el San Francisco de mediados de los 50—, no hubo más librería que la City Lights del número 261 de la Columbus Avenue, allí en North Beach, no muy lejos de Chinatown, pero aún en el centro del barrio italiano. Y si, puestos a escribir una guía turística de la ciudad, hubiera que buscar un pintoresquismo a la City Lights —que desde 2001 es uno de los orgullos oficiales de Frisco—, ese sería el emblema de la defensa de la primera enmienda de la constitución, cuando en 1957 el pueblo del estado de California contra Lawrence Ferlinghetti, a iniciativa del juez Clayton Horn, por considerar una obscenidad Aullido y otros poemas, cuarto número de la colección Pocket Poets, de City Lighs, la editorial que, a modo de complemento de la librería, fundaron Ferlinghetti y Peter D. Martin pocos días después de la inauguración de un establecimiento llamado a convertirse en un territorio mítico. Toda una referencia de la contestación y la cultura a la contra, una historia que empezó otro mes de junio, el de 1953. Hace en estos días 73 años.
Hijo de una francesa, aunque nació en el Nueva York de 1919, es muy probable que si al poeta beat Lawrence Ferlinghetti, siendo un niño, le hubiesen preguntado que qué quería ser de mayor, él hubiese respondido, lisa y llanamente, que francés. Aunque su madre perdió la cabeza y no pudo criarle, creció al cuidado de sus tíos, que le hablaban en la lengua de Baudelaire, y acabó por trasladarse con ellos a Francia. En fin, que Ferlinghetti fue tan afrancesado como el propio Kerouac. Nennis McNally, el biógrafo por excelencia del gran Jack, define al Ferlinghetti que de regreso a Estados Unidos quiere montar una librería como un esteta del boulevard de St. Michel. Trasladado de Nueva York a San Francisco a comienzos de la década, había vuelto de Francia con dos ideas aguijoneándole en la cabeza: las ediciones de bolsillo vistas en París —al parecer, muy infrecuentes en aquella sazón en Estados Unidos— y las librerías con su propia editorial, o viceversa. Puesto a organizar algo semejante en San Francisco, se asoció a Martin, hijo de un anarquista asesinado diez años antes, como Jean Vigo, el Rimbaud del realismo poético. Y así nació City Lights, que debe su nombre a Luces de ciudad (1930), la célebre película de Charles Chaplin. Martin, además de uno de los primeros afectos a la cultura urbana de los que tenemos noticia, era un cinéfilo notable.
La historia del que habría de ser el centro neurálgico de la Beat Generation empezó a escribirse en junio de 1953. Dos años después, en el 55, su horario intempestivo, su ambiente distendido —nada que ver con el de esos establecimientos de libreros afectados, como poetas subvencionados por el régimen— y los happenings de los bardos de la nueva bohemia convertían esas lecturas en eventos espontáneos, casi improvisados, donde la línea que separaba al rapsoda y sus oyentes parecía desdibujarse. A veces, entre los ángeles de la desolación y los ángeles subterráneos —de los que hablamos en la entrega anterior—, aparecía el propio Kerouac.
Convertida en un cenáculo de la cultura a la contra, cuando Ferlinghetti ganó el juicio al que le llevó el pueblo de California, empezó el peregrinaje a la City Lights de los beatniks. Otro día abordaremos la diferencia entre beat —“identidad”, a decir de Ginsberg— y beatnik —“imagen”, según la misma fuente—. Hoy celebramos a la City como aquel centro de peregrinaje de los sediciosos del mundo entero. Tras los beatniks llegaron los hippies, y con ellos Bob Dylan acompañando a Ginsberg; Burroughs también, por supuesto.
Ferlinghetti murió en 2021. Pero su espíritu aún inspira a la librería. Todavía es ahora cuando la editorial City Lights da a la estampa algunas de las mejores ediciones en inglés de Noam Chomsky, así como de los discursos de Angela Davis, prueba irrefutable del compromiso de la librería/editorial con las ideas innovadoras, críticas y radicales. Al igual que de su resistencia a la censura. Si alguien que me aprecie visita la City Lights Books, que me encomiende a ella porque, merced a sus ediciones, empecé a amar la literatura a la contra. Así se escribe la historia.


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