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El Borges poeta

Al Borges lector del Borges poeta le gustaban “Poema conjetural”, “Poema de los dones”, “Everness”, “El Golem” y “Límites”. Son poemas de los años 60 (su madurez, marcada por la vuelta al verso) concentrados en dos libros: El hacedor y El otro, el mismo, poemas donde se enlazan tres de sus temas predilectos, según su propio decir: la perplejidad metafísica, la perduración en mí de los muertos y el destino paradójico de los poetas.

Seguir su trayectoria, leerlos en su orden de enumeración, permite entender mejor uno de los retratos posibles del Borges poeta: el Borges aficionado a un juego especulativo (“juegos con el tiempo y con lo infinito”) donde la partida es la memoria completa y cifrada del universo, donde una conciencia ajena observa y donde las piezas que se deslizan por el tablero intuyen sus límites y se preguntan, abismadas, por el más allá de éstos.

"La voluntad individual no coincide con los designios divinos y no es azar para Borges"

“Poema conjetural” es uno de esos poemas monologados que siempre le gustaron a Borges  (“las cosas que le ocurren a un hombre les ocurren a todos”). La voz del hombre de leyes Francisco Narciso de Laprida suena hasta el momento de morir asesinado en el último verso del poema. Es, por tanto, una voz liminar, que transcurre “por arrabales últimos”. La llave de este poema es el sentimiento de un júbilo trágico: el descubrimiento, en el espejo último de la vida, del destino prefigurado de ésta, “la perfecta / forma que supo Dios desde el principio”. En Borges era habitual esta imagen por elevación: el trazo de un espacio o un recorrido que sólo adquiere sentido contemplado desde fuera o desde arriba. De ahí su gusto, bien conocido, por los laberintos y por las bibliotecas.

En una biblioteca y con nueva forma de monólogo transcurre “Poema de los dones”. Y de nuevo habla una máscara (un hombre que esconde a otro o a otros), con la particularidad de que ahora ese hombre se apellida Borges y coincide biográficamente con él mismo. Ha sido nombrado director de la Biblioteca Nacional, como así ocurrió en la Argentina de 1955. De nuevo aparece la mano de Dios como artífice de un destino paradójico (“con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche”). Dios concede el deseo de una biblioteca a quien ya no puede ver. La voluntad individual no coincide con los designios divinos y no es azar para Borges (para el Borges que protagoniza el poema y para el Borges que lo escribe); no es azar sino unión con otro (algo también habitual en su poesía, que el yo sea plural, que un hombre sea él y otro al mismo tiempo). En este caso, el Borges ciego del poema se reconoce en el Paul Groussac ciego y también director en su día de la biblioteca (hombre de letras admirado por él). “Yo soy el otro, el muerto”. Lo importante, de nuevo, es que la percepción subjetiva alcanza su límite y se enfrenta a un estado de perplejidad metafísica. Un misterio que el protagonista no puede resolver porque la vida en esta biblioteca, en esta forma mortal, se le antoja sujeta a la indefinición del sueño y a la limitación del olvido.

"El humano que crea observa los límites de su creación, de naturaleza autista, y se pregunta por la creación divina, observadora de estos límites"

Pero el olvido no existe, sentencia el primer verso de “Everness”, poema fundamental y muy querido por Borges, acaso porque se enuncia desde el centro mismo de su forma de entender la existencia y la creación, desde su credo (un idealismo al estilo del inmaterialismo trascendente de Berkeley). El olvido existe para el pobre yo mortal, perplejo ante las señales del destino (ironía, fusión con los muertos…), pero no para Dios, cuya memoria cifrada, el conjunto del pasado y del futuro, es el universo. “Ya todo está”. El problema es que ese todo sólo puede contemplarse desde otro lado, traspasado el umbral del mundo sensible, porque al mortal sólo le cabe recorrer el laberinto (“y las puertas se cierran a tu paso”).

“Everness” se cierra mencionando en su último verso los Arquetipos y Borges los retoma en el segundo de “El Golem”, reservando el primero para uno de los grandes teóricos de éstos, Platón. “El Golem” es un poema largo, tragicómico, centrado en la creación, en la imperfecta creación humana (“los artificios y el candor del hombre / no tienen fin”). El humano que crea observa los límites de su creación, de naturaleza autista, y se pregunta por la creación divina, observadora de estos límites.

“Límites” es el último poema mencionado por el Borges lector de Borges en la ancianidad, el Borges que espiga su última antología de poemas, la más precisa. Acaso sea su favorito y cierra el camino con una despedida. Representa una última noche y, con la llegada de la mañana, una voz que se asoma a lo más lejos que, en su imaginación, puede llegar la voz de un hombre. La voz que hablaba al comienzo, la que se detenía en el instante último de Francisco Narciso de Laprida, asesinado por los montoneros de Aldao, ahora se enuncia como si suspendiera un primer paso en el vacío, casi ya fuera de sí misma: “espacio y tiempo y Borges ya me dejan”.

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Nota con motivo de la reedición de las obras completas de Jorge Luis Borges en el 40º aniversario de su muerte

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