Inicio > Blogs > Ruritania > Los secretos de Gaudí, cien años después de su muerte

Los secretos de Gaudí, cien años después de su muerte

Los secretos de Gaudí, cien años después de su muerte

El 7 de junio de 1926 un tranvía atropelló a Antoni Gaudí. Tres días después murió. En el centenario de este fallecimiento, el escritor y periodista Jesús Bastante, autor de El aprendiz de Gaudí (La Esfera), reflexiona sobre la obra del hombre por quien el papa León XIV aterrizará el día 10 en Barcelona.

*****

Cuentan las crónicas de la época que el genial Antoni Gaudí solía caminar algunas tardes, tras su tradicional rezo en el oratorio de San Felipe Neri, hasta alcanzar la playa. Desde allí, contemplaba la torre de San Bernabé. La más cercana al mar. La custodia de los primeros secretos de la inabarcable fachada del Nacimiento, y de su propia vida. En esa torre, la única que vio terminada en vida, se desarrollan muchos de los secretos del arquitecto, y de su entorno, que ficciono en El aprendiz de Gaudí. La de San Bernabé, que a comienzos de siglo XX se presentaba, casi fantasmagórica, en mitad de solares deshabitados, cabreros pastoreando sus rebaños o el primer campo de fútbol de nuestro país.

Y fue la única porque el 7 de junio de 1926, hace ahora justamente un año, cuando el “arquitecto de Dios” acudía, fiel, a San Felipe Neri, Gaudí fue atropellado por un tranvía. Se cumplían, exactamente, 33 años desde que concluyera la cripta diseñada por su antecesor, y pudiera empezar, realmente, “su” obra.

"Gaudí cruzó la calle sin mirar, como tantas veces, como solían hacer las personas de su edad. Apenas sintió el choque del tren de la línea 30"

Absorto en sus pensamientos, sus dudas, sus ausencias, el arquitecto volvió la mirada para contemplar la torre vigía de “San Bernabé”. Después, suspiró con fuerza y echó a caminar. Quizá pensando en su sobrina, Rosetta. O en Pepeta Moreau. O en alguien parecido al ficticio Pau de mi novela. Y en todos los proyectos que quedarían sin construir.

Gaudí cruzó la calle sin mirar, como tantas veces, como solían hacer las personas de su edad. Apenas sintió el choque del tren de la línea 30, que transitaba desde el Arco del Triunfo hasta plaza Catalunya, destrozándole la vida… Y una voz, cada vez más lejana, preguntando si alguien conocía a aquel anciano mendigo, con la cabeza rota y sangrando por el oído.

Nadie lo reconoció, nadie se preocupó por él. Tanto es así, que acabó con sus huesos en el hospital de la Santa Creu, el sanatorio de los pobres, donde los enfermos se apilaban en hileras, apenas divididos por biombos o separadores de madera, que no aislaban de los gritos, el olor a suciedad y el hedor a muerte.

Gaudí fue trasladado hasta la cama número 19, y olvidado, hasta que pasó por allí el capellán del centro, quien inmediatamente lo reconoció. Ya era tarde: el 10 de junio de 1926, el creador de la Sagrada Familia entregaba su alma a Dios. A las cinco y ocho minutos de la tarde de ese día, víspera de San Bernabé, quien daba nombre a la única de las torres del magnífico templo que pudo contemplar antes de cerrar los ojos para siempre. Y cuyo nombre esconde un misterio que se desvela a lo largo de las páginas de El aprendiz de Gaudí.

Justo cien años después de su muerte, León XIV rezará ante la tumba de Gaudí y, posteriormente, bendecirá el último de los 18 campanarios (sin campana) proyectados, la Torre de Jesús. Ante la mirada de todo el mundo. Exactamente lo contrario de lo que ocurrió un siglo atrás. Gaudí murió solo. Ahora, tal vez, “resucite” (sea beatificado) en olor de multitudes.

"Antoni Gaudí trabajó durante media vida sabiendo que jamás vería terminada su obra maestra. Un siglo después de su muerte, ese instante está a punto de llegar"

Y es que la soledad fue una metáfora de su vida, y de su obra, como también lo es de esta novela. Durante décadas, cuando la ciudad no había terminado de descubrir “su” Sagrada Familia, ésta permaneció olvidada por muchos, prácticamente dejada de la mano de Dios.

Antoni Gaudí trabajó durante media vida sabiendo que jamás vería terminada su obra maestra. Un siglo después de su muerte, ese instante está a punto de llegar. Cabe imaginar la felicidad que debió sentir el arquitecto de Dios el 30 de noviembre de 1925 al mirar hacia el cielo y descubrir, refulgiendo a pleno sol, el mosaico de la cruz y la “B” mayúscula del apóstol en dirección al Mediterráneo. “Quin goig”, cuentan que susurró al contemplarla. “¡Qué gozada!” no dejan de repetir quienes hoy admiran el templo desde dentro, y desde fuera, convirtiéndolo en uno de los monumentos más visitados del mundo.

Antes de fallecer, el genio de Reus pudo ver, con sus propios ojos, el efecto de su obra para el futuro. Cien años después, con el resto de campanarios alzados hacia el cielo, raspando la “montaña de Dios” (la Sagrada Familia ya es la iglesia más alta del mundo, pero cuando finalicen las obras continuará por debajo, apenas metro y medio por debajo de Montjuic, pues ni siquiera Gaudí podía superar al mismo Creador), el mismísimo Papa de Roma rinde pleitesía al “arquitecto de Dios”, y a los secretos que transformó en piedra. Algunos de ellos, como las columnas helicoidales del interior del templo, se van desenredando a medida se suceden las páginas de El aprendiz de Gaudí.

5/5 (10 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios