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Cuando el suicidio no es ficción

Cuando el suicidio no es ficción

Partiré de una verdad incómoda, tan incómoda que cuesta trabajo reconocerla: el gran problema del suicidio no lo tiene el que se va sino los que se quedan. Sé que lo he expresado de manera muy brusca, y yo mismo me siento obligado a matizar. Por supuesto que el que se va —quien se suicida— pierde lo más valioso de todo, la vida. Y que, sin duda, hay un sufrimiento anterior, insondable, casi incomprensible desde las coordenadas de quienes no lo padecen. Pero tras el acto consumado no hay nada más. En cierto modo —entiéndase sin una pizca de cinismo— el suicida ha conseguido su objetivo: por los motivos que fuese, la vida era insoportable. Ahora descansa en paz.

Quienes no descansan en paz a partir de ese momento son los allegados, los íntimos, los que le querían. Y cargan con una doble cruz: no solo su ausencia, como pasa en cualquier deceso, sino el remordimiento. ¿Qué hice mal? ¿Qué faltó? ¿Qué debí decir y qué debí callar? ¿Por qué no me di cuenta antes? Aquel beso que no di, aquel abrazo que evité, aquella caricia que contuve… ¿podría haber servido? ¿Podría haberlo evitado? Más sutil aún: ¿por qué no entendí las señales? ¿Cómo pude estar tan ciego y tan sordo? ¿Por qué no me quedé aquella tarde? Y todas esas preguntas sobre el sustrato más cruel: da igual, ya no tiene remedio, y ese pesar me acompañará toda la vida. Toda mi vida. Él o ella se fue, pero yo llevo su carga, siempre la llevaré.

"Allá donde no pueden llegar ni la ciencia ni el conocimiento empírico, donde los datos y los hechos carecen de sentido, irrumpe la fuerza torrencial del discurso que rompe las barreras de lo establecido"

Podemos hacernos las ilusiones que queramos, pero el suicidio en sí es incomprensible. Por supuesto, explicaciones hay muchas. Siempre buscamos razones. Necesitamos creérnoslas para atemperar nuestro desasosiego. La psicología, la psiquiatría y la medicina en general nos echan una mano. También la filosofía, claro. Recuerden aquella famosa frase de Albert Camus a comienzo de El mito de Sísifo: «El único problema filosófico verdaderamente serio es el suicidio». Pero ese planteamiento no reconforta, sino que nos perturba más si cabe. En el fondo sabemos bien que se nos escapa algo que, mira por dónde, resulta ser lo más importante de todo.

El contexto bosquejado resulta decisivo para explicar el paso siguiente: la intromisión de la literatura en este embrollo. Es importante subrayarlo porque no es una mera cuestión estética o, en general, no estamos refiriéndonos a la dimensión artística de la escritura sino a algo más hondo, visceral y aflictivo: la necesidad de escribir para entender, para tratar de explicar lo inexplicable. Allá donde no pueden llegar ni la ciencia ni el conocimiento empírico, donde los datos y los hechos carecen de sentido, irrumpe la fuerza torrencial del discurso que rompe las barreras de lo establecido para crear una realidad paralela que se superpone a la realidad convencional y la ilumina con una nueva luz.

La función de esta literatura testimonial no consiste propiamente en inventar una realidad sino más bien recrear un mundo —uno de los mundos posibles— a partir de unos hechos (reales, claro) que gravitan con toda su fuerza sobre la vida y la conciencia de quien toma la pluma. De ahí ese marchamo que se ha popularizado pero que en principio encubre un oxímoron: «literatura de no-ficción». Porque lo primero que no es una ficción en este caso —¡ya nos gustaría!— es el hecho luctuoso que se toma como punto de partida… y de llegada. El suicidio que se trata de explicar es bien real. El vacío que nos ha dejado nos hace difícil la respiración. Los remordimientos, justificados o no, retuercen la conciencia. La palabra se erige, pues, en la única salida. Solo ella puede hallar un sentido. La literatura es consuelo y catarsis, penitencia y salvación.

"La canadiense Miriam Toews nos sorprende en principio con una narración dramática que, sin embargo, desafiando convenciones, parece no querer renunciar al humor: Tregua, que no paz"

De las innumerables obras disponibles que responden a estas características, he querido tomar como referencia tres de reciente publicación, disponibles ahora mismo en nuestro mercado editorial, que condensan otros tantos rasgos que las convierten en especialmente valiosas para esta reflexión: primero, abordan tres tipos de suicidio o, mejor dicho, enfocan al suicida desde tres perspectivas diferentes, conyugal, fraterna y filial; segundo, son muy distintas entre sí, tanto en el fondo (contenido) como en la forma (estilo literario); y tercero, aun con todo, o precisamente por ello, constituyen tres muestras representativas de las heterogéneas formas o reacciones que los hombres y mujeres de este enloquecido mundo del siglo XXI adoptamos ante el tema de la muerte en general y de la muerte voluntaria en particular.

El italiano Matteo B. Bianchi es el autor de La vida que nos queda (Gatopardo, traducción de Mariana Ribot). El título es muy indicativo de aquello que señalaba al comienzo: para el que se queda, para el que aún le queda el resto de su vida, el suicidio de su amante constituye un punto de inflexión. Hay un antes, que tendemos a idealizar (aunque el autor trata de evitarlo) y un terrible después. En este sombrío presente el pasado adquiere una resonancia siniestra, como si cada recuerdo fuera una premonición desatendida, el aviso que no quisimos ver. Una frase banal adquiere una dimensión insondable: el amante de Bianchi le dice poco antes de quitarse la vida «no te preocupes: cuando vuelvas ya no estaré». Lo que Bianchi estaba lejos de suponer era que esa ausencia anunciada era… para siempre. ¡Para siempre!

La canadiense Miriam Toews nos sorprende en principio con una narración dramática que, sin embargo, desafiando convenciones, parece no querer renunciar al humor: Tregua, que no paz (Sexto piso, traducción de Julia Osuna Aguilar). Pero no se confundan, es el humor del que más que sonreír se muerde los labios y ahoga una lágrima o, de manera más exacta, trata vanamente de reprimir un llanto incontenible. El título es inequívoco: la autora ha renunciado a una paz imposible después de que el suicidio irrumpa en su familia por partida doble (su padre y su hermana). A lo más que aspira es a disfrutar —¡menuda palabreja!— la tregua imperfecta en que se ha convertido su vida. Y aun así, hay que vivir. El impulso vitalista termina por imponerse y logra que las heridas abiertas se conviertan en cicatrices: están ahí, incluso duelen, pero es posible respirar.

"Siendo como dije antes, tan distintos entre sí desde cualquier punto de vista, estos libros presentan no obstante una serie de características que perfilan la actitud de nuestro tiempo ante la muerte, el duelo y el suicidio"

La aportación española llega de la mano de Pol Guasch, autor de Reliquia (Anagrama, traducción del original catalán de Unai Velasco). Quien escribe es el hijo del suicida. Y el concepto que le sirve de título vuelve a ser indicativo no ya del tono de la narración sino hasta de sus entrañas: la reliquia, que en sí misma puede estar desprovista de valor o interés para alguien ajeno, resulta ser lo más valioso del mundo si nos devuelve lo único que ya queda de nuestro ser más amado. Pero, al mismo tiempo, la propia fijación en esa reliquia nos devuelve al abismo, nos confronta con una realidad implacable y cruel, la ausencia. En su sencillez, la primera frase del libro que hallará el lector tiene una fuerza demoledora: «habría agradecido una nota». No hace falta más. ¿Cómo se puede decir tanto con tan poco?

Siendo como dije antes, tan distintos entre sí desde cualquier punto de vista, estos libros presentan no obstante una serie de características que perfilan la actitud de nuestro tiempo ante la muerte, el duelo y el suicidio. Lo intentaré compendiar brevemente: el primer elemento en común es la relegación de la dimensión religiosa o trascendente, que ocupa, en todo caso, cuando aparece, un lugar subalterno. Segundo, no hay condena moral sino modesta tentativa de entender. Tercero, tampoco hay una épica o mitificación del suicida, en el papel de héroe trágico de la literatura romántica, sino una actitud compasiva ante el ser humano desvalido. Cuarto, la relevancia de la muerte se desplaza hacia el entorno de los vivos, de modo que el suicida comparte protagonismo con aquellos que se ven afectados por su acto. Quinto, en la reflexión subsiguiente, el desasosiego de estos últimos, los que se quedan, termina por ganar terreno en forma de disquisiciones sobre el vacío, la culpa, la angustia y el remordimiento. Sexto, en un mundo de continuas banalidades, se enfatiza el contraste que supone la muerte como factor decisivo e ineluctable de la condición humana: no hay vuelta atrás. Por último, como corolario de todo lo apuntado, no se trata tanto de exorcizar la muerte, ni siquiera de explicarla o aceptarla, cuanto a aprender a vivir después de que se lleve a nuestros seres queridos.

Durante mucho tiempo, la literatura abordó el tema del suicidio revistiendo de romanticismo la siempre implícita condena moral. Desde las expresiones más clásicas —el Werther de Goethe, por ejemplo— hasta la épica de la derrota en los héroes decimonónicos, los suicidas quedaban revestidos de un aura trágica, casi sublime. Les derrotaba la vida o, más bien, su hybris, es decir, su ambición desmedida, como si fueran dioses mortales. Por eso ellos mismos decidían sobre la vida y la muerte, empezando por la propia. Más adelante, el positivismo y los avances científicos impusieron los enfoques médicos y psicológicos, intentando desentrañar la conducta suicida mediante diagnósticos, traumas o patologías. La literatura reciente, como acabamos de ver, desplaza el foco del suicida al doliente próximo, del hecho en sí a las consecuencias que produce. Como una bomba, importa la detonación, es innegable, pero también y sobre todo, la onda expansiva que pervive mucho más allá.

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