En el mes de diciembre, en Sevilla, en 1927, un grupo de poetas homenajeó a Luis de Góngora en el tricentenario de su muerte. A partir de ese momento nació una de las generaciones literarias más recordadas. Rosa Amor del Olmo se anticipa a la celebración de su centenario con una serie de artículos semanales para revisitar aquel momento desde una perspectiva literaria, cultural e incluso humana.
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Dentro de la Generación del 27, Pedro Salinas y Jorge Guillén ocupan un lugar aparentemente sereno. No tienen la teatralidad trágica de Lorca, ni la plasticidad cambiante de Alberti, ni la intemperie moral de Cernuda, ni la expansión cósmica de Aleixandre. Su intensidad es de otra clase: menos espectacular, más concentrada; menos volcánica, más sostenida; menos dada al gesto, más fiel a una exigencia interior. En ellos la modernidad no se expresa como ruptura ruidosa, sino como depuración, inteligencia, vigilancia verbal y música secreta del pensamiento.
Los dos comparten una condición decisiva: son poetas-profesores, hombres de lectura lenta, de cultura europea, de conversación intelectual, de trabajo universitario y de conciencia formal. Salinas fue escritor, filólogo y profesor; pasó por la Sorbona, Sevilla, Cambridge, el Centro de Estudios Históricos, la Universidad Internacional de Verano de Santander y, tras la Guerra Civil, el exilio norteamericano. El Instituto Cervantes divide su obra poética en tres etapas: una inicial, vinculada a la poesía pura y las vanguardias; una etapa de plenitud amorosa; y una etapa de exilio. Guillén, por su parte, fue también profesor, lector en la Sorbona, catedrático en Murcia y Sevilla, exiliado en Estados Unidos, traductor de Valéry y Supervielle, y autor de una obra concebida con una conciencia de unidad rarísima en la poesía española contemporánea.
Esa cercanía vital no fue solo biográfica. Fue también epistolar, crítica y moral. La Correspondencia (1923-1951) entre Pedro Salinas y Jorge Guillén, editada por Andrés Soria Olmedo y publicada por Tusquets en 1992, confirma la profundidad de un diálogo que atraviesa casi tres décadas decisivas. Dialnet registra la obra como una correspondencia de 631 páginas entre ambos poetas, y Francisco Javier Díez de Revenga la leyó bajo una fórmula muy justa: “dos voces a nivel”. La expresión importa porque evita jerarquías falsas: no estamos ante un maestro y un discípulo, sino ante dos inteligencias paralelas que se reconocen, se miden y se acompañan.
Pero lo verdaderamente interesante está en la diferencia. Salinas y Guillén creen en la inteligencia, sí, pero no la emplean del mismo modo. En Salinas, la inteligencia se vuelve búsqueda, deseo, pregunta, aproximación. En Guillén, se vuelve construcción, evidencia, arquitectura, plenitud. Salinas piensa hacia alguien; Guillén piensa ante el mundo. Salinas persigue un tú; Guillén organiza un universo. Salinas avanza por tanteos, rectificaciones y descubrimientos; Guillén aspira a la forma cerrada, al bloque verbal exacto, a la iluminación de lo que está ahí. La poesía de Salinas nace muchas veces de una pregunta. No se conforma con sentir: quiere saber qué significa sentir. No le basta amar: quiere averiguar qué revela el amor sobre el yo, sobre el tú, sobre la realidad que aparece transformada por la presencia de la persona amada. Por eso su gran ciclo amoroso —La voz a ti debida (1933), Razón de amor (1936) y Largo lamento (1939)— no debe leerse como simple desahogo sentimental, sino como una investigación lírica del amor.
El amor, en Salinas, no es reposo: es método de conocimiento. El enamorado no se limita a celebrar a la amada; intenta rescatarla de las apariencias, encontrar su verdad última, descubrir el ser que late detrás del nombre, del rostro, de los gestos, de la presencia inmediata. La amada no es solo objeto del poema: es el camino por el cual el sujeto poético se descubre a sí mismo. De ahí la importancia de los pronombres. El yo y el tú no son simples marcas gramaticales: son el escenario entero del drama amoroso. En Salinas, amar es aprender a vivir en esa tensión entre identidad y entrega, posesión y distancia, realidad e invención.
Ricardo Gullón vio muy bien que la poesía saliniana no brota de una separación rígida entre idea y sentimiento, sino de su integración. Según Gullón, conviene no exagerar el intelectualismo de Salinas, porque junto al pensamiento actúa siempre una percepción sensual y una corriente de emoción; la poesía resultante nace de un ajuste entre sentir y pensar. Ahí está una de las claves: Salinas no enfría el amor al pensarlo; lo intensifica. Su análisis no destruye el misterio, sino que lo vuelve más fino. Por eso su lenguaje parece sencillo y no lo es. Tiene aire coloquial, flexibilidad, soltura conversacional; pero debajo de esa transparencia hay una maquinaria muy delicada. La música de Salinas no depende de la rima ni de la brillantez ornamental. Es una música de avance mental: el verso se mueve como se mueve una conciencia que descubre, duda, corrige, se acerca, se aparta y vuelve a empezar. Gullón habla de poemas “fluidos, densos, de lengua familiar y sobria”, perfectamente organizados mediante una cuidadosa selección de materiales. Esa es su música interior: no canta desde fuera sino que piensa cantando.
La irregularidad métrica saliniana no implica descuido. Al contrario: responde a una voluntad de acompasar la forma al movimiento de la intuición. El poema parece hablar, pero esa naturalidad está trabajadísima. Salinas logra que la inteligencia parezca respiración. El lector entra en el poema como quien entra en una conversación amorosa, pero pronto descubre que esa conversación está construida con una precisión extrema. La ligereza es una conquista, no un punto de partida.
También conviene salvar a Salinas de otra reducción: la del “poeta del amor” entendido en sentido estrecho. Su amor no es decorativo ni dulzón. En La voz a ti debida hay ascenso, invención, esperanza; en Razón de amor, una sensualidad más compleja; en Largo lamento, la experiencia de la pérdida y la memoria. Gullón distinguía entre el primer libro como canto y reflexión hacia el amor, y el segundo como reflexión desde el amor. La diferencia es decisiva: Salinas no escribe siempre el mismo poema amoroso, sino las fases de una conciencia atravesada por el deseo.
La relación con Katherine Whitmore, documentada por sus cartas, añade una zona biográfica poderosa, pero no debe convertir los libros en mero expediente sentimental. La UIMP recuerda que La voz a ti debida se vincula a esa historia amorosa y que Whitmore fue inspiradora de la trilogía formada por La voz a ti debida, Razón de amor y Largo lamento. Pero la grandeza literaria de Salinas consiste precisamente en transformar una experiencia concreta en una arquitectura universal del deseo. La biografía enciende la chispa; el poema la convierte en conocimiento.
Guillén parece partir del extremo contrario. Donde Salinas busca, Guillén va a afirmar. Donde Salinas pregunta, Guillén contempla. Donde Salinas dramatiza la distancia entre yo y tú, Guillén aspira a la presencia plena del mundo. Su gran palabra no es deseo, sino ser. Su poesía quiere fijar el instante en que las cosas aparecen con una evidencia jubilosa: la luz, el aire, la mesa, la mañana, la ciudad, el cuerpo, el tiempo, la materia. En Guillén, el mundo no se deshace en sombras: se ofrece como forma.
Cántico, publicado por primera vez en 1928 en Revista de Occidente, se convirtió en el núcleo de su obra. El Instituto Cervantes lo considera a menudo el libro cumbre de su generación; después vendrían Clamor, con sus tres partes publicadas entre 1957 y 1963, Homenaje (1967), Y otros poemas (1973) y Final (1982). La Fundación Jorge Guillén documenta además la organización de esa obra bajo el título general de Aire nuestro, que reúne Cántico, Clamor, Homenaje, Y otros poemas y Final. La diferencia entre Cántico y Clamor permite evitar otra caricatura: la de Guillén como optimista ingenuo, ajeno al dolor histórico. Cántico afirma; Clamor introduce la presión de la historia, los conflictos políticos, la temporalidad, el deterioro, la amenaza. Pero incluso cuando el mundo se agrieta, Guillén no renuncia a la claridad. Su obra no pasa de la alegría a la desesperación, sino de la plenitud a una conciencia más compleja de lo real. La luz sigue siendo necesaria, precisamente porque la sombra existe. Ricardo Gullón, en su estudio sobre el cuarto Cántico, habló de una obra lentamente madurada, ampliada desde los poemas iniciales de 1928 hasta los 334 de la edición de 1950. Subrayaba además su unidad profunda: por encima de los cambios, Cántico mantiene una firme posición vital y estética. Esa fidelidad a una forma de mirar es una de las marcas de Guillén. No escribe libros como quien cambia de máscara, sino como quien va levantando una construcción total.
El rigor guilleniano no es sequedad. Es vigilancia. Podemos destacar en Guillén un lenguaje muy elaborado, selectivo, pulido, contrario al efectismo, y una depuración que busca quedarse con lo esencial de las cosas. Esta idea es fundamental: Guillén no quiere impresionar con exceso verbal, sino alcanzar la máxima intensidad con el mínimo de dispersión. Su poesía no acumula; concentra. No ornamenta; perfila. No se derrama; cristaliza.
La poesía de Guillén puede parecer quieta solo a quien confunde exactitud con inmovilidad. En realidad, está llena de tensiones internas: entre instante y duración, claridad y misterio, júbilo y tiempo, mundo y conciencia. Incluso su ritmo es una forma de pensamiento. Gullón observó, comentando un poema de Cántico, que el verso podía reflejar el movimiento del baile y que el rigor guilleniano se mantenía tan vigilante y exigente sobre la obra madura como treinta años atrás. Esa vigilancia no apaga la música; la disciplina. Salinas y Guillén comparten, entonces, una misma apuesta: la poesía no debe entregarse a la facilidad emocional. Pero cada uno resuelve esa apuesta de manera distinta. Salinas hace de la emoción una aventura de la inteligencia. Guillén hace de la inteligencia una forma de gratitud ante el mundo. Salinas demuestra que el amor puede pensarse sin perder ardor. Guillén demuestra que la claridad puede cantar sin volverse pobre. Ambos se oponen a la retórica vacía, pero no a la emoción; se oponen al sentimentalismo fácil, pero no al sentimiento.
En el mapa del 27, su papel es decisivo porque representan una modernidad sin estridencia. Frente a la imagen más visible de las vanguardias —la ruptura, la metáfora fulgurante, el gesto iconoclasta—, Salinas y Guillén practican una revolución de precisión. Su modernidad no está en destruir la frase, sino en limpiarla; no en abolir la tradición, sino en volverla más inteligente; no en gritar la novedad, sino en exigir al poema una temperatura exacta.
Tampoco son poetas encerrados en una torre. La historia los atraviesa, aunque no siempre de manera explícita. La Guerra Civil y el exilio modifican el horizonte de ambos. Salinas, instalado en Estados Unidos y Puerto Rico, escribe una poesía donde la claridad empieza a convivir con la amenaza técnica, la catástrofe histórica y la pregunta por la civilización. Guillén, también exiliado, incorpora en Clamor una conciencia más áspera del tiempo histórico. No abandonan su rigor: lo ponen a prueba. Ahí está quizá su grandeza más honda. La inteligencia, en ellos, no es una defensa contra la vida, sino una forma de permanecer fiel a ella. El rigor no es una cárcel, sino una ética. La música interior no es una decoración sonora, sino la respiración profunda del pensamiento cuando encuentra su forma. Salinas escucha el temblor del amor hasta convertirlo en conocimiento. Guillén escucha el orden del mundo hasta convertirlo en canto.
Si Lorca lleva al 27 hacia el mito, Alberti hacia la metamorfosis, Cernuda hacia la herida del deseo y Aleixandre hacia la materia visionaria, Salinas y Guillén lo llevan hacia una zona menos aparatosa y quizá más difícil: la de la exactitud emocionada. Son los poetas que demuestran que la claridad también puede ser extrema, que la inteligencia también puede arder, que la forma también puede contener una vida entera.
Por eso no conviene leerlos como poetas fríos. En Salinas, la palabra tiembla porque busca al otro. En Guillén, la palabra brilla porque reconoce el mundo. Uno escribe desde la sed de presencia; el otro, desde la plenitud de la presencia. Los dos convierten el poema en un instrumento de precisión espiritual. Y en ambos, bajo la limpieza de la superficie, suena una música interior: la de una conciencia que no se conforma con sentir, porque quiere comprender; y que no se conforma con comprender, porque necesita cantar.
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Referencias
Salinas, Pedro. Presagios (1924), Seguro azar (1928), Fábula y signo (1931), La voz a ti debida (1933), Razón de amor (1936), Largo lamento (1939), El contemplado (1946), Todo más claro y otros poemas (1949), Confianza (póstumo). La cronología por etapas de la obra poética de Salinas está recogida por el Instituto Cervantes.
Guillén, Jorge. Cántico (1928 y sucesivas ampliaciones), Clamor —Maremágnum (1957), Que van a dar en la mar (1960), A la altura de las circunstancias (1963)—, Homenaje (1967), Y otros poemas (1973), Final (1982). La Fundación Jorge Guillén documenta la integración de estos libros en Aire nuestro.
Gullón, Ricardo. “La poesía de Pedro Salinas”. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Útil para trabajar la relación entre pensamiento, sentimiento, amor, lenguaje coloquial y precisión formal en Salinas.
Gullón, Ricardo. “El cuarto Cántico de Jorge Guillén”. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Especialmente útil para la lectura de Cántico como obra orgánica, madurada y sostenida por una afirmación vital.
Díez de Revenga, Francisco Javier. “Pedro Salinas: de La voz a ti debida a Razón de amor”. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes; edición digital a partir de Los Cuadernos del 27, núm. 3, 1986.
Salinas, Pedro, y Jorge Guillén. Correspondencia (1923-1951). Edición, introducción y notas de Andrés Soria Olmedo. Barcelona, Tusquets, 1992.
Instituto Cervantes. “Pedro Salinas. Biografía”. Fuente útil para la trayectoria académica, las etapas de su poesía y el exilio americano.
Instituto Cervantes. “Jorge Guillén. Biografía” y “Biblioteca Jorge Guillén”. Fuentes útiles para su trayectoria, su relación con Valéry, la cronología de Cántico, Clamor y Homenaje, y la caracterización de su lenguaje depurado.


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