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La comunidad invisible

Llegó la Feria del Libro de Madrid y, con ella, los reencuentros. Escritores con escritores, lectores con amigos y, por supuesto, también con escritores. Yo nunca estuve al otro lado. El de los que leen, quiero decir. Antes de ser escritora, jamás fui a una feria literaria. Supongo que no se estilaba entonces donde vivía, o que no existía el hábito ni en mi entorno ni en mi familia. Yo acudía a bibliotecas, a librerías, pero nunca se me habría ocurrido asistir a una presentación ni a una feria para conocer a los autores. Y no era solo porque el asunto me pareciese una extravagancia innecesaria, sino porque el que escribía no revestía para mí ni el más mínimo interés. Su creación era la que me cautivaba, no su persona. Desligaba ambos conceptos por completo. De hecho, y en el colmo de la insolencia, ni siquiera me molestaba en leer la biografía del autor en la solapa, porque lo consideraba una pérdida de tiempo. ¿Qué era más importante que la historia? Si era buena, tenía que sobrevolar la cabeza de quien la escribiese, superándolo todo y volviéndolo insignificante.

"La firma comenzó a resultar esencial, porque el intelecto, el estilo y el carisma al otro lado sí eran relevantes"

Pero sucedió algo tan sencillo como que fue pasando el tiempo. Las lecturas que me parecían insípidas seguían manteniendo el anonimato forzoso de sus autores, pero las brillantes despertaban mi interés por la mano que ejercitaba la pluma en cuestión. Y no porque de pronto me hubiese vuelto una cotilla, sino por el contexto. ¿Por qué aquel autor había escrito sobre un tema determinado y de aquella forma? ¿Cómo era posible que hubiese logrado un dominio y plasticidad en el lenguaje tan exactos? La musicalidad de los textos, ¿tenía que ver con la lengua materna de cada escritor o era cuestión de técnica? Comencé a comprender la importancia del contexto en la creación, y consideré por fin la obra y el obrero como a un todo. La firma comenzó a resultar esencial, porque el intelecto, el estilo y el carisma al otro lado sí eran relevantes. Y no solo eso, sino que descubrí que cada voz era singular y única, y esa identidad jamás podrá ser emulada por la inteligencia artificial, por mucho que se empeñen los super programadores. En definitiva, y por culpa de este descubrimiento, comencé a codiciar la lectura de determinados autores, pero aún así no acudí nunca a una feria literaria hasta que yo misma comencé a escribir.

"Se crea una comunidad invisible, que termina por dejarnos menos solos el resto del año"

La primera vez que me senté en una caseta, recuerdo que me pareció rarísimo que alguien tuviese ánimo para que yo le estropease el libro con mis garabatos, pero la alegría de la gente, la ilusión, eran contagiosas. Y ese hábito perenne, consecutivo y reiterado de acudir cada año en familia a la Feria de Madrid me pareció precioso. Seleccionar autores, obras a leer, cosas que hacer en la capital. Lectores que sonríen al autor convencidos de que los recordarán, porque al fin y al cabo el año pasado charlaron un rato, aunque en la práctica no haya nada más terrible y volátil que la memoria de un escritor. Se crea una comunidad invisible, que termina por dejarnos menos solos el resto del año. A los que escribimos, porque ya sabemos quién está al otro lado, y los pensamos en cada palabra. A los que leen, porque saben que se verán abrigados por otra nueva historia. Y no crean que es una comunidad frívola y ligera. La emoción compartida de quienes ya no están también nos une. Este año he firmado varios de mis libros a personas que habían muerto, porque sus familiares sabían que, de estar, habrían acudido al encuentro. Es algo tremendo, casi brutal; hasta ahora solo me había sucedido tras la pandemia de 2020. Comprendo que suceda este tipo de comunión espiritual, de conexión, porque los libros, las historias y las aventuras que suceden en ferias como las de Madrid convierten a la comunidad lectora en un animal vivo: invisible, sí, pero atemporal e infinito.

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