Steven Spielberg está completamente equivocado y ha hecho una película muy larga con su equivocación. Asociamos a Spielberg con extraterrestres, con divertimento y con algunos movimientos de cámara estimulantes. Es un gran director de cine. Su nueva película, El día de la revelación, propone una vuelta a su obsesión alienígena (muy sensata en un señor de 79 años, por cierto). Spielberg quiere que los aliens existan; quiere, más que nada en el mundo, que te creas que existen.
Entonces ha hecho toda una película, liado a cientos de personas, gastado más de cien millones de dólares para que sepas que existen. El día de la revelación no es, en rigor, una película; es el telegrama más caro de todos los tiempos.
Dice: “Los extraterrestres existen”. Stop. Y eso es todo lo que deseaba decirnos Spielberg.
Así, la película podría haber acabado a los diez minutos de empezar, cuando un científico superdotado roba los archivos secretos de la empresa Wardex, encargada durante décadas de ocultar eficientemente las pruebas de vida en otros planetas. El robo no tiene otra motivación que ese disclosure del título en inglés, hacer públicos informes, vídeos e imágenes de extraterrestres en nuestro planeta. Sin embargo, el guionista da un inmenso rodeo para (spoiler) acabar revelando esos informes, vídeos e imágenes de extraterrestres en nuestro planeta en los últimos diez minutos. El rodeo no nos interesa, pero podemos decir rápidamente que la película es mala por ese rodeo y que, pensada desde su final, no tiene el menor sentido.
Lo que nos interesa es la obsesión periodística de Spielberg, su anhelo de primicia y condenación. Quizá su avanzada edad le ha hecho dar este paso descabellado: disfrazar de cine una verdad que él necesita que validemos. Hemos de suponer que, después de décadas pensando en alienígenas, y del poder y de los contactos que el director de ET tendrá en su país, Spielberg podría muy bien haber conseguido archivos reales de extraterrestres y jugarse una imputación por revelación de secretos después de ponerlos en circulación. Sin embargo, me da que Spielberg no puede demostrar que existen de verdad los aliens, y se ha empeñado en convencernos con la fuerza de su cine.
En la propia película, percibimos su desnortamiento epistemológico. Primero, debemos asumir que una empresa estadounidense que trabaja codo con codo con el gobierno ha conseguido durante setenta años ocultar cuerpos reales de extraterrestres y vídeos ciertos de ovnis volando por América. Esto resulta enternecedor. Si hay algo innegable sobre la vida alienígena, sobre un ovni que venga, sobre un extraterrestre que ponga un pie en nuestro planeta, es que no ha visto ninguna película humana nunca, tampoco las de Spielberg, tampoco las de Nolan. O sea, el extraterrestre no sabe que tiene que aterrizar obligatoriamente en Estados Unidos y es muy posible que aterrizara, por ejemplo, en Carabanchel. O en Lille. O en Mongolia. O en Coronel Pringles (Argentina).
De hecho, no es improbable que la falta de cinefilia más allá de la estratosfera hiciera que esos extraterrestres de visita al planeta azul aterrizaran a plena luz del día, y en una plaza atestada de gente, y fueran por tanto vistos por miles de personas y grabados por miles de móviles y también por la televisión, como sucede hoy en día con cualquier cosa que agita los tardeos en las plazas.
Así, la primera tesis de Spielberg se desmorona muy tristemente. No debemos creer en extraterrestres porque el gobierno de Estados Unidos, con una habilidad increíble mantenida durante más de medio siglo, los haya ido ocultando según llegaban; debemos creer que no existen extraterrestres porque en el planeta hay más de doscientos países, y no todos cuentan con equipos instantáneos y ultraprofesionales de agentes que esconden a ET a nada que asoma la nariz en un Mercadona. En Tailandia, Camerún o Ecuador a lo mejor no tienen recursos suficientes para tapar una llegada alienígena. Es más: a lo mejor no llegarían los aliens en una sola nave, sino en cientos, todas a la vez. Por tanto, la invisibilidad que justifica el disclosure es en sí misma un imposible.
La segunda tesis de la cinta es de extracción moral. Dice Spielberg, su peli, que nosotros somos los malos, y los extraterrestres los buenos. Que los estamos “maltratando” y “torturando”, cuando ellos sólo venían a saludar y hacer juntos manualidades LGTBIQ+. Esta idea es tan infantil que no vamos a perder más el tiempo con ella.
Una tercera propuesta es que la certificación de vida inteligente en otros planetas sería un putadón para Dios. O sea, la religión cristiana y sus diversas confesiones se tendrían que rendir ante un enano verde con antenitas que llegara pidiendo abrazos. Esto tampoco hay por dónde cogerlo: que una creencia ultramundana fuera a ser rebatida por una creencia extraterrestre. Es como decir que si los fantasmas existen de verdad, entonces no existen los zombies.
Finalmente, se ponen muy contentos en la película porque la vida alienígena significa que “no estamos solos”. Obviamente, siendo ocho mil millones de personas, o no estamos solos o ya estamos todo lo solos que podemos estar. Si la gente se siente sola en su casa, no es porque no haya marcianitos, sino porque nadie le invita a tomarse un café. Salvo Pascal, que dijo “el silencio de los espacios infinitos me espanta”, la mayoría de la gente se espanta por el silencio de su teléfono móvil.
Con todo, la gran equivocación de Spielberg no es creer que haya alienígenas; no es creer que acabarían con las religiones; no es creer que estamos solos o que los enanos verdes son gente de bien. Su gran error es creer que nos importa lo más mínimo.
Porque esa es la conclusión delirante de su filme: que la gente, en todo el mundo, flipa en colores, se queda loca, deja pasar el autobús, se pierde el Mundial porque acaba de ver unos vídeos en los que sin lugar a dudas se demuestra que existen los extraterrestres. ¿Y?
Eso es lo que no entiende o no calcula Spielberg: que nos daría igual que haya vida en otros planetas pasados los primeros titulares y los primeros memes. Seguiríamos con nuestra vida como seguimos después de las filtraciones de Assange, de las filtraciones de Snowden, de las atrocidades de Epstein y de literalmente cualquier cosa que nos pongan delante en nuestro teléfono.
Sería la Eurovisión de los aliens, el trending topic de la vida intergaláctica, muchas camisetas y gorras serigrafiadas y, finalmente, después del meneo y el negocio y los picos de audiencia en los periódicos digitales, la nada.
Steven Spielberg cree que la vida alienígena supondría un cambio en la Historia de la Humanidad. Lo cierto es que seguiríamos yendo el lunes a trabajar y buscando pisos con tres habitaciones.


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