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22 de junio de 1936: Un trabajador de cuello blanco

22 de junio de 1936: Un trabajador de cuello blanco

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Lunes, 22 de junio de 1936: Un trabajador de cuello blanco

La calle de Alcalá eran edificios imponentes de oficinas y comercios lujosos, clubes elegantes y cabarés con luces de neón ahora apagadas. Esquina con Cibeles estaba el Banco de España y, encarándolo, el Ministerio de la Guerra. En el centro de la plaza, la diosa, con su carro tirado por leones, medio daba la espalda a la fachada blanca y reluciente del Palacio de Comunicaciones.

Con el buen tiempo, las aceras se llenaban de veladores que sacaban los cafés, sobre todo entre la calle de Sevilla y el Banco de España. Al atardecer, se llenaban de peñas ruidosas y vendedores de periódicos. Pero por la mañana permanecían vacías. Era una zona de negocios donde la gente entraba y salía por las puertas giratorias de los bancos.

Delante de la iglesia de las Calatravas, malamente cubierta por un mantón, una mujer daba el pecho a su hijo. El hombre la miró de reojo. Le desconcertaba encontrarla siempre ahí, al menos desde que trabajaba allí cerca. Poco después entraba en su banco.

"Barea tenía mujer, hijos, amante, hasta casa de campo. Trabajaba desde hacía diez años en una oficina elegante, gestionando licencias. Y sin embargo eso no le impedía seguir considerándose socialista"

—Buenos días, don Arturo.

—Buenos días, compañero. ¿Cómo ha ido el fin de semana?

—Bien, aunque menos tranquilo de lo que a uno le gustaría.

Arturo Barea sonrió al bedel y tomó el ascensor enrejado. Su edificio era de los más altos de la calle. Su despacho estaba en lo alto de una torreta. Las únicas paredes de fábrica daban a las casas adyacentes. El resto era de cristal. El techo, una gran claraboya encajada entre vigas de acero. En invierno costaba Dios y ayuda calentarlo y en verano era una sauna. Con el buen tiempo, las cortinas que cubrían los ventanales se abrían y se dejaba abierta la puerta de la terraza para que corriera el aire. Al salir del ascensor, Arturo saludó a su secretaria. Le dijo que no lo molestaran durante diez minutos.

—Bueno, pues aquí estamos. Otro día más —murmuró mientras se instalaba. Se quitó la chaqueta y la dejó colgando del respaldo.

El futuro escritor estaba a punto de cumplir treinta y nueve años. Ya era, para todos, don Arturo. Ahora no vivía en una buhardilla sino en un piso principal. Tenía mujer, hijos, amante, hasta casa de campo. Trabajaba desde hacía diez años en una oficina elegante, gestionando licencias, rodeado de gente elegante, con problemas elegantes. Y sin embargo eso no le impedía seguir considerándose socialista. En el pueblo toledano donde pasaba los fines de semana, había sorprendido a la cocinera enseñándole su carné de afiliado a la UGT:

—Muchachos, don Arturo es un compañero —les dijo la mujer a sus dos hijos—. No otro hijo de puta como los que van al casino con los ricos.

Arturo Barea sonreía recordándolo. También recordó la impresión que causó la víspera, cuando, elegantemente vestido, entró en la Casa del Pueblo a animar a los compañeros de la construcción. Se votaba si aceptar o no la mediación del jurado mixto que proponía el Ministerio de Trabajo. Allí había intercambiado impresiones con otros socialistas.

—Es lo mejor para la UGT. Además, esto no es poner fin a la huelga. Es aceptar el jurado mixto como terreno para la discusión. A fin de cuentas, ¿no es la legislación de Caballero?

En la calle, algunos cenetistas se acercaron a insultarlos. Gritaron lo de siempre: que los socialistas habían traicionado el espíritu de Asturias y no cumplían sus compromisos. A los de la CNT les decepcionaba que la UGT hubiera convocado un referéndum unilateral entre sus afiliados. Algunos pensaban que era una maniobra para dividir a los trabajadores y que había que mantener la unidad con la CNT, pero la mayoría eran partidarios de flexibilizar la situación.

"¡Qué razón tuvo siempre Pablo Iglesias! El todo o nada de los anarquistas no llevaba a ninguna parte"

—Esto no es la batalla final contra la patronal y la burguesía. Hay que llegar a un acuerdo. La posición del PSOE nunca fue el maximalismo.

Barea volvió a casa con la sensación de que el sí a la propuesta del Gobierno iba a triunfar. Y hoy lo confirmaban los resultados aparecidos en El Socialista que tenía sobre la mesa del despacho y que hojeó rápidamente: dieciocho mil trescientos treinta y siete votos afirmativos y quinientos cincuenta y tres en contra. Se imponía el pragmatismo.

Aquel siempre fue el único camino para solucionar el problema obrero, reflexionó Barea. Se llevó las manos a la nuca y se reclinó en la silla. ¡Qué razón tuvo siempre Pablo Iglesias! El todo o nada de los anarquistas no llevaba a ninguna parte.

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