Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Viernes, 26 de junio de 1936: Sobre la guerra
Me ha dicho tu tío el cura que te interesas mucho últimamente por Marruecos y la guerra, Pepe.
—¿Y qué te ha contado?
—De Europa dice que no se puede uno fiar de Mussolini.
—¡Bah! Mussolini hizo creer a los italianos que son invencibles, pero por el momento solo la han emprendido contra un país feudal cuya caballería va armada con arcos y flechas. Me recuerda a cuando nos lanzaron a nosotros contra los norteamericanos.
—Según el tío, Francia estima que Italia no puede hacer nada mientras esté metida en la campaña de Abisinia. A los franceses lo que les preocupa es Alemania. Eso dice todo el mundo.
—La gente habla demasiado de la guerra sin conocerla, Pepe. A los jóvenes os puede parecer emocionante, a través de los periódicos. La realidad es otra cosa. Antes se ensalzaba el honor, el morir por la patria. En la guerra moderna no hay nada honorable. El soldado muere como un perro. Un tiro en la cabeza a lo mejor es rápido, limpio. Pero bien distinto es que un proyectil te arranque la mandíbula. O que te alcance en el pecho y te ahogues. Y si es en el estómago, la sensación es de que te vas por la pata abajo, como se dice vulgarmente. Eso es morir por la patria. Ver que una explosión cercana se te lleva las piernas o un pie. O tener un brazo colgando mientras te quemas o vomitas las tripas…
—Usted nunca me había hablado de esto, padre.
—No lo hice, porque no cambia nada. Ningún catálogo de horrores aleja a los hombres de la guerra, Pepe. Antes de ir, nadie cree que va a morir. Cada cual piensa que la muerte solo alcanza a los demás, y no es posible desengañarlos. La guerra deberían hacerla solo quienes lo desean. Pero esos desaparecen pronto. Luego quedan los que luchan amenazados por los oficiales. Y nadie gana nunca, porque nunca se puede aniquilar al enemigo totalmente. Aunque miento: lo peor es dar tierra al cadáver de un compañero en campaña. Un cadáver en un cementerio pasa al reino del silencio y la paz. Le acompañan las lágrimas, oraciones, el recuerdo de los seres queridos. En cambio, en campaña se cava una fosa, se le cubre con tierra. A veces el jefe dice unas palabras, o el capellán, si lo hay, y el muerto queda abandonado hasta que una bandada de cuervos escarba en la tierra y, a los pocos días, alguien tira la cruz y desaparece la única señal de su presencia. ¿Qué gloria hay en eso? Cuando se ha vivido, Pepe, se entiende por qué gente como Besteiro está totalmente en contra de la guerra. De cualquier tipo de guerra. ¿Qué hemos sacado de Cuba y Marruecos, más que dolor, fatigas y muerte?


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